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May 12, 2013 La Quinta Pata Latinoamérica Comentarios desactivados en Los movimientos sociales latinoamericanos y la alternativa
Por eso, aunque libren luchas valientes, heroicas, constantes, los movimientos sociales tienen solo un apoyo parcial, no alcanzan a mover a todos sus aliados potenciales y de ellos no puede esperarse una alternativa a un sistema que es internacional, global.
Pueden, sin embargo, confluir, unirse con otras luchas y, desde el terreno limitado de lo local y lo nacional, irradiarse, extenderse, influir a distancia en otros continentes como sucedió en el ‘68 o con la lucha de los «indignados» europeos… a condición de tener un eje que pueda ser mundialmente reconocido como común y sea capaz por lo tanto de socializar la lucha y de despertar simpatía, solidaridad activa, esperanzas movilizadoras y ansias de crear «miles de Vietnam». Para ello, no pueden limitarse a combatir una consecuencia o una política del capitalismo, sino que deben poner en cuestión al capitalismo mismo. En una palabra, deben ser políticos y anticapitalistas no solo en las declaraciones sobre un aún indefinido socialismo del futuro sino, sobre todo, en su capacidad de unir contra este las diversas víctimas del capitalismo por sobre sus diferencias de todo tipo y a pesar de ellas, convirtiendo en el eje de sus luchas el combate contra el poder financiero, la dominación imperialista, el poder estatal de las clases dominantes, su visión del mundo y sus valores deformantes, conservadores, opresivos, nefastos e insostenibles. Porque sin una educación política de las mayorías oprimidas y explotadas, sin una batalla por las ideas, una formación en la solidaridad y en el internacionalismo, las mayorías pobres y trabajadoras serán siempre eso, solo mayoría, y el 1% seguirá mandando al 99%.
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Desde México hasta el extremo sur del continente, las luchas hoy son duras pero puntuales, aisladas en el espacio y en el tiempo, y los movimientos sociales no avanzan, lo que permite a los gobiernos dar fuertes golpes a lo más avanzado del movimiento obrero (por ejemplo, electricistas, mineros y maestros en México) y a los gobiernos llamados «progresistas» reprimir violentamente las luchas localizadas en defensa del ambiente contra la minería (como en varias provincias argentinas) o a los movimientos campesinos-indígenas (como en Bolivia) y a los otros gobiernos, como el panameño, el colombiano, el peruano o el chileno, reprimir también uno por uno, por separado, a los movimientos indígenas que luchan por el agua y el territorio, contra la gran minería o por sus tierras y a los movimientos obreros o estudiantiles por aumentos salariales y por la gratuidad de una enseñanza pública y gratuita, como en Chile, por poderosos y persistentes que estos sean.
El repudio a la putrefacción de los partidos e instituciones políticas capitalistas ha dado pie a un reflejo negativo y primitivo, el llamado «apoliticismo» neoanárquico (los anarquistas verdaderos, en España, por ejemplo, eran políticos, defendían la República, eran antifranquistas e integrantes de una izquierda plural y le daban gran importancia al estudio, a la teoría y a la solidaridad de clase en el terreno nacional e internacional). Se necesita en cambio una política anticapitalista, unir políticamente a las diversas rebeliones en torno a una alternativa antisistémica, construir en todas partes movimientos-partidos democráticos y pluralistas independientes del capitalismo y apoyados en organizaciones masivas. Porque la vía de la subordinación al aparato estatal capitalista, como sucede con los movimientos sociales que constituyen el MAS boliviano o, en parte, con los movimientos sociales venezolanos o ecuatorianos, es la vía de la parálisis y la burocratización. Sobre esto retornaré porque hay que aprender de las experiencias venezolana y boliviana, hasta ahora las más importantes en nuestro continente desde el punto de vista de la relación entre los movimientos sociales, los gobiernos «progresistas» y el estado capitalista que estos administran y que, precisamente, debe ser sustituido por los poderes populares para librarse del extractivismo y las políticas neoliberales actuales que todos los gobiernos latinoamericanos aplican a pesar de sus diferencias.
La Jornada, 12 – 05 – 13
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