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Jun 14, 2022 Carlos Almenara Historia Comentarios desactivados en Carlos Rosenkratz y la escasez de escrúpulos
El jueves 26 de mayo, Carlos Rosenkrantz, vicepresidente actual de la Corte Suprema, por voto propio, dio una conferencia en la Universidad de Chile. La semana siguiente se conoció su contenido y causó fuerte impacto.
En el fragmento podemos escuchar que:
“La insensibilidad al costo se sintetiza de modo patente, por ejemplo, en una afirmación muy insistente en mi país, que yo veo como un síntoma innegable de fe populista, según la cual detrás de cada necesidad siempre debe haber un derecho. Obviamente, un mundo en el que las necesidades son todas satisfechas es deseado por todos, pero ese mundo no existe, si existiera no tendría ningún sentido la discusión política y moral. Discutimos política y moralmente, justamente, porque nos encontramos, como decía Rawls, en situación de escasez. No puede haber un derecho detrás de cada necesidad sencillamente porque no hay suficientes recursos para satisfacer todas las necesidades, a menos, claro, que restrinjamos qué entendemos por necesidad o entendamos por derecho aspiraciones que no son jurídicamente ejecutables. En las proclamas populistas hay siempre un olvido sistemático de que detrás de cada derecho hay un costo. Se olvida que si hay un derecho, otros, individual o colectivamente, tienen obligaciones y que honrar obligaciones es siempre costoso en términos de recursos y que no tenemos suficientes recursos para satisfacer todas las necesidades que podemos desarrollar y sería deseable satisfacer”.
Esta declaración es una réplica directa a la frase adjudicada a Evita “donde existe una necesidad, nace un derecho”. Horacio Verbitsky afirma que no ha encontrado el textual en la recopilación de discursos y declaraciones de Eva Perón, pero es evidente que representa el conjunto de su pensamiento y que está instalada como un mito valioso del acervo político y cultural argentino. Contra ella se lanza un desenfrenado Rosenkrantz.
Si estas frases fueran enunciadas por un político se podrían reprochar por la insidia que contienen, en boca de un juez del Supremo Tribunal del país son absolutamente descalificantes. Recordemos que hasta un juez de primera instancia tiene vedada la actividad partidaria, con más razón un juez de mayor rango. Claramente ésta lo es, solo que fiel a la cultura del exterminio de la dictadura y del macrismo, no se expresa a favor de un partido sino por la desaparición de su enemigo, en este caso atacando violentamente un símbolo del peronismo (y del campo popular todo).
Tiene sobrados motivos Rodolfo Tailhade para afirmar que estas declaraciones podrían costarle un proceso disciplinario. Como sabemos, en nuestra Justicia descompuesta, eso no va a pasar, o si se intenta será frenado por la mafia de la que Rosenkrantz participa y lo apaña. Es más, seguirá interviniendo en juicios que involucran al gobierno, al/a los partido/s que detesta, y a cuestiones sociales sobre las que ya pre-opinó, y sobre las que la legislación prevé su excusación.
Ud., lectora, lector, se da cuenta de la violencia de un señor, funcionario público, que cobra un millón de pesos mensuales de dinero público, el que tiene, efectivamente, un costo para todos nosotros, y que espeta a los desamparados que reciben asistencias que no llegan a los veinte mil pesos, que no hay dinero para ellos, que son un costo superfluo.
Lo dicho constituye lo principal de lo que puede entenderse como “la noticia”, sin embargo, estas líneas se centrarán en una especie de nota al pie de la misma.
Me refiero a la cuestión de la escasez.
La palabra se las trae. Constituye un pilar de la economía ortodoxa.
Tomamos, por caso, un manual típico de las escuelas y facultades, y encontramos que “la Economía estudia cómo las sociedades administran los recursos escasos para producir bienes y servicios, y distribuirlos entre los distintos individuos”.[1]
La escasez ha constituido desde siempre una cuestión prioritaria para la disciplina. El propio Adam Smith, que con su “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” marcó el hito fundante del campo de la economía política, la abordó de múltiples modos, uno de ellos “la paradoja del agua y los diamantes”. ¿Por qué si el agua es tan necesaria, vital, es normalmente tan barata y los diamantes que son absolutamente prescindibles para la vida ordinaria son tan onerosos? Esta conocida reflexión derivó en una parte importante de la “teoría del valor”. La respuesta a la pregunta sobre la paradoja del agua y los diamantes que asume la economía ortodoxa es la “utilidad marginal decreciente”. No podemos desarrollar aquí esta cuestión, solo mencionaremos que vincula “utilidad” con cantidades del bien, que a mayores cantidades menor utilidad y que es la gran antagonista de la teoría del valor trabajo.
La solución ortodoxa a la cuestión de la escasez es mercados “libres”, autorregulados por precios y fundados en el supuesto de consumidores que actúan racionalmente con base en la utilidad marginal decreciente. Se nos promete así, alcanzar los óptimos “paretianos”[2], máximos insuperables en términos “utilidad” satisfecha.
Este razonamiento funda los programas de estudio de la disciplina en la mayor parte de las facultades, institutos, escuelas, academias. Decimos con toda la voz de que somos capaces: es falaz.
Es urgente desarmar esta trampa conceptual en momentos en que el poder adopta un fortísimo programa propagandístico para difundir masivamente el modelo anticientífico que describimos arriba.
Efectivamente, la “Economía Política” fue convertida en “Economía” a secas a principios del S XX cuando Alfred Marshall sintetizó la tradición clásica con los marginalistas (Jevons, Menger, Walras). Entonces realizó la operación que el poder pretende siempre: hemos alcanzado la explicación definitiva y basta de molestar con explicaciones alternativas que hasta en algún caso dicen que la riqueza la producen los obreros. Esto podría ser contemplado para una religión, a nivel de dogmas, pero si hay un ejemplo claro, patente, de anticientificidad, de ir contra los métodos de trabajo de cualquier ciencia, es, precisamente, éste. Desde entonces, la economía se convirtió en lo que Mario Bunge llamaba una “pseudociencia”, con apariencia de ciencia pero lógicas, métodos, dogmas y conclusiones que contradicen ese estatus; según él, la más peligrosa de todas porque lleva al hambre a cientos de millones de personas.
Una disciplina fáctica, basada en hechos, como corresponde a la caracterización epistémica de la economía política se convirtió en formal, basada en supuestos nunca comprobados en la realidad. Por eso es posible escuchar a economistas que fracasan una, otra y otra vez, insistir con propuestas cuyos constatables fracasos “se deben” a que “la equivocada es la realidad”, siempre dirán que lo que se aplicó no era exactamente el modelo o que la dosis fue insuficiente. Por supuesto, ocurre lo contrario, es el modelo lo que no sirve (para las mayorías, sí para ellos).
Toda organización social es convencional, es decir, las sociedades deciden qué derechos tutelar, cuáles son sus prioridades, cómo establecer sus jefaturas (si establece jefaturas), qué espacio da o niega al individuo. Nada hay de natural en ello. Cada una, cada sociedad, resulta de una evolución social e histórica, y así como hoy rigen cierto tipo de instituciones, ayer fueron otras y mañana, seguramente, también cambiarán.
Si es cierto que hay recursos escasos, y lo es, nada obliga a que se repartan de modo tal que Rosenkrantz reciba un millón de pesos de dinero público mensualmente y otros argentinos nada. ¿Por qué no distribuir lo poco o mucho que hay en partes iguales entre todos? Se dirá que producen distinto; si hemos de juzgar los resultados, Rosenkrantz nos debe plata. Se argumentará que hay quienes construyen su riqueza individualmente, al margen del Estado. El hecho es teóricamente concebible pero no es el caso de las principales fortunas argentinas. Igualmente, como dijimos, las sociedades pueden decidir al respecto, y todo proyecto empresario exitoso supone reglas, infraestructuras, clientes, resguardos patrimoniales, todo lo cual requiere una institucionalidad estatal.
La teoría de la utilidad marginal es una falacia construida contra los cánones científicos. Si un científico quiere saber cómo toma decisiones un agente económico, ¿qué debería hacer? Muy fácil, mirar cómo toman decisiones. Observar. Preguntar. Pues no es el caso de la utilidad marginal decreciente, explicación originada en escritorios a partir de suponer que sería la forma “racional” de decidir.
Es interesante observar que la derecha sostiene la racionalidad de las personas para explicar la economía pero basa sus campañas políticas en la emocionalidad de los electores.
Avancemos un último paso. El agua y los diamantes son recursos naturales, pero no todos los recursos que precisamos son finitos. Nos hemos acostumbrado a convivir con desempleo, el trabajo es un factor productivo central y no parece escaso sino abundante. El capital también amerita distribuciones socialmente más provechosas. ¿Por qué no redefinir prioridades y en lugar de ideologías celebratorias de la desigualdad basarnos en pilares vinculados a la plenitud de cada una de las personas? Sí, a un sólido conjunto de derechos mínimos garantizados.
Estos cuestionamientos teóricos tienen como precondición práctica la reconstitución de la autoridad estatal ante élites sediciosas y desacatadas a los poderes públicos. Son los Rosenkrantz los encargados de que eso no sea posible. Esa es su millonaria (in)“utilidad” social.
[1] Mochón, Francisco y Beker, Víctor; Economía. Principios y aplicaciones. Cuarta Ed. (Buenos Aires, Mc-Graw Hill Interamericana, 2008).
[2] Por Vilfredo Pareto (1848 – 1923).
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