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Abr 26, 2015 Ricardo Nasif Opinión Comentarios desactivados en Endobook
Sin embargo, hay investigaciones del llamado primer mundo que, por absurdas que parezcan, pueden resultar imprescindibles para nosotros, los sudacas del tercero. Recientemente, científicos británicos revelaron que la endogamia de los gorilas de montaña ayuda a su supervivencia. Los primates de África en estudio pertenecen a un grupo que se ha mantenido separado de otras subespecies durante generaciones. El aislamiento sostenido generó que la reproducción de esta “familia” se diera casi exclusivamente entre sus miembros, endogámicamente -en términos científicos-. Para los investigadores del Reino Unido esto redujo la diversidad genética de los simios sectarios, fortaleciéndose así la supervivencia del grupo.
Hasta ahora la mayoría del conocimiento de la biología y la medicina iban en sentido contrario a las conclusiones británicas del gueto de los monos. La endogamia ha sido reconocida históricamente como causal de enfermedades y muerte.
Es sabido en el mundillo de los historiadores que la familia real de los Habsburgo, desapareció por completo producto de la endogamia. Esta dinastía, bendecida por Dios y la gracia de los ancestros, extendió su poder en buena parte de Europa desde el siglo XIII hasta el exacto año 1700 cuando murió Carlos II. Señala un artículo de Steve Connor, del diario The Independent, que “un estudio del extenso árbol familiar de la Casa de los Habsburgo descubrió que el último rey Habsburgo español, Carlos II, fue el vástago de un matrimonio que era casi tan entrecruzado genéticamente como una relación incestuosa entre hermano y hermana o padres e hijos. Los científicos descubrieron que el afán de los Habsburgo de casarse con sus parientes para mantener la herencia de la dinastía intacta tuvo funestas consecuencias para las generaciones siguientes, que culminó en el último heredero del trono español, que era enfermo e impotente.” O sea, la purísima sangre azul se pudrió por completo en el jugo de la endogamia.
Parece que nuestros viejos parientes neandertales, más cercanos a los monos que a vuestras majestades europeas, la tenían más clara. Según un estudio de investigadores españoles, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, demostró que los neandertales estudiados intercambiaban las hembras entre un grupo y otro. Mientras los machos territoriales permanecían sedentarios en vida familiar, las hembras variaban entre compañeros sus historiales genéticos. Esta conducta de apertura, exogámica, -que pudiera ser calificada hoy de disoluta- fortaleció la descendencia.
Pero la endogamia no es sólo cuestión de instintos o determinismos biologicistas, además han existido y existen tradiciones, costumbres y prácticas culturales que pretenden consolidar una supuesta pureza social, económica, étnica, religiosa o política. En la India el hinduismo ha consagrado durante siglos un sistema de castas que segmenta dramáticamente la sociedad y reprueba la mezcla entre los hombres y mujeres de diferentes estratos. En Israel sólo son legales las uniones entre miembros de la misma confesión religiosa, es por eso que anualmente cientos de parejas interreligiosas contraen matrimonio fuera de su país. Se estima -y lo ponemos en duda- que la mitad de los pobladores del mundo de religión musulmana son descendientes consanguíneos -sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos han sido de las mismas familias-, lo que ha ocasionado, de acuerdo con algunos estudios, daños genéticos irreversibles que afectan la salud de miembros de esa colectividad.
En pleno auge de la primera ola inmigratoria de fines del siglo XIX, la aristocracia argentina estuvo dispuesta a surfearla y rechazó la mezcla de sangre de la oligarquía vacuna con el linaje sucio de los descendientes de los barcos recién llegados de Europa. Miguel Cané escribió en 1884: “Nuestro deber sagrado, primero, arriba de todo, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca que es hoy la base de nuestro país. Cada día los argentinos disminuimos. Salvemos nuestro predominio legítimo (…) colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos nuestras compañeras. Entre ellas las encontrarán nuestros hijos. Cerremos el círculo y velemos sobre él”.
Comprender y definir la estrechez o permeabilidad de la línea del círculo cerrado, la marca que separa el adentro del afuera o el límite que empuja la fuerza centrípeta de la endogamia social, quizá nos ayude a entender los mecanismos de supervivencia colectiva.
Rechazo cualquier tentación a entablar analogías entre los fenómenos biológicos y los sociales y políticos. Aunque no renuncio a mi derecho a la metáfora. Pienso en los últimos ejemplares puros de los gansos del Partido Demócrata mendocino, resistiendo la muerte política, aislados como los obstinados gorilas de las montañas, pero me resulta pecar en un chiste fácil. Más carne para picar hay en nuestra propia endogamia. El epítome de esta cerrazón se da en las redes sociales. Facebook, por ejemplo. Me decía irónicamente esta semana un compañero -que no es investigador de Michigan, ni de Harvard, ni de Oxford- que en las últimas elecciones PASO en Mendoza una encuesta casera entre sus amigos de Facebook le dieron un 70% de intención de voto al precandidato a gobernador que él prefería. Sin embargo ese mismo pretendiente del sillón de San Martín logró en los sufragios reales apenas un 11%. Una distancia sideral entre la percepción virtual de internet y las boletas en las urnas.
Porque en Facebook solemos nadar en aguas homogéneas, nos vinculamos fundamentalmente con el espejo, nos gustamos unos a otros como a nosotros mismos, compartimos la aprobación recíproca, estamos tribalmente a la defensiva frente a los monos de las otras mandas, comentamos nuestras ocurrencias mirándonos el ombligo y etiquetamos el círculo cerrado para velar sobre él.
Esperemos que, por nuestra subsistencia política, aprendamos de la identidad exogámica de las compañeras neandertales, para no terminar ahogados -como en el mito de Narciso- en el reflejo puro de una autofoto en la pantalla.
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