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Feb 12, 2012 La Quinta Pata Latinoamérica Comentarios desactivados en Gobierno, estado, movimientos sociales y poder dual en Bolivia
El semiestado boliviano es un estado capitalista dependiente y está gobernado por un equipo revolucionario que trata de construir un estado capitalista pleno y moderno y, por lo tanto, aleja del poder a los trabajadores en cuyo nombre encara esa modernización. Ese gobierno revolucionario democrático debe combatir al mismo tiempo contra la oligarquía y el imperialismo y para eso se apoya en organismos que, indirectamente, representan a los trabajadores, como ese pool de organizaciones sociales y sindicatos que se llama Movimiento al Socialismo y aparece como partido del gobierno.
El MAS no es el instrumento de poder del movimiento indígena mayoritario ni dirige el gobierno. No es ni siquiera un partido sino una serie de grupos burocráticos de intermediación entre el gobierno y los diversos sectores en que se dividen los trabajadores y el propio movimiento indígena, el cual está lejos de constituir una unidad.
Ante los efectos destructores de la mundialización y las carencias brutales del estado, que a pesar de los esfuerzos del gobierno sigue siendo prebendario, corrupto, autoritario, se afianzan el localismo y el regionalismo (propios de la historia de Bolivia y de los países andinos, con su falta de comunicaciones, sus clientelismos y caudillismos locales, sus oposiciones étnicas e históricas) y se consolida también el corporativismo de las organizaciones sindicales y populares. No hay una idea firme de la unidad boliviana; mientras un grupo de jacobinos trata de armar el rompecabezas desde el gobierno, este descansa en un consenso por la negativa, es decir, en un apoyo aplastante, masivo, antes que nada para evitar que vuelva el pasado y que reaparezca la derecha ligada al imperialismo, que ha sido derrotada pero está ahí actuando en la sombra.
La idea de construir un capitalismo andino con los restos maltrechos de los ayllus (organización social indígena) y con la acumulación capitalista primitiva de la neoburguesía aymara, basada en la explotación familiar y clientelar, es utópica y lo que hay en Bolivia no es un «socialismo comunitario» sino un régimen burgués sin burguesía que lo respalde. El estado reemplaza en efecto a una burguesía nacional casi inexistente (la real, está con el imperialismo) y su acción, por lo tanto, es la de capitalista colectivo. Se está construyendo capitalismo de Estado, neodesarrollista y extractivista que no produce valores de uso (el petróleo, el gas, los minerales son mercancías y, por consiguiente, valores de cambio) y que dedica parte del plusvalor a una política asistencial y distributiva para sostener o ampliar el mercado interno, como hizo Lula o hace Cristina Fernández, que están muy lejos de ser revolucionarios.
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La historia de los movimientos sociales bolivianos es, además, la de la instauración de gérmenes de poder popular frente al del estado. Así sucedió en 1952, con el esfuerzo por instaurar un cogobierno entre el gobierno del MNR y la Central Obrera Boliviana (COB), entonces poderosa; así sucedió bajo el gobierno del general Torres con la Asamblea Popular y en la Guerra del Agua Cochabambina y en la del Gas, que abrió el camino a la aplastante victoria electoral de Evo Morales. El pueblo boliviano jamás ha firmado un cheque en blanco y lo demostró con las movilizaciones que obligaron al presidente más popular en toda su historia a anular el gasolinazo o a hacer la ley corta que anuló el proyecto de atravesar el TPNIS con una carretera a pesar de que la Constitución establece el carácter plurinacional del estado, otorga garantías de autonomía y exige el acuerdo previo de los habitantes de las zonas autonómicas antes de emprender cualquier proyecto.
Ese poder dual difuso y la organización de todos los movimientos con métodos obreros (hasta los contrabandistas tienen sindicatos), a pesar de que el país tiene muy pocos obreros industriales y mineros, indica una fuerza y una voluntad anticapitalistas generalizadas y tendidas hacia el futuro, no hacia el pasado. La descolonización, como la democratización, la hacen hoy los que protagonizan luchas, no los jacobinos que quieren controlarlos. Lo que sucede es que esos poderes duales son locales, puntuales, no tienen un canal que los haga confluir. La construcción entre la pluralidad nacional de la constitución y el carácter unitario del estado, con su gobierno jacobino, centralista, solo puede ser resuelta democráticamente con la federación de autonomías, comunidades en autogestión, etnias, respetando su cultura y su legalidad. Eso no debilita por fuerza el apoyo a Evo.
La Jornada, 12 – 02 – 12
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