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Oct 23, 2011 La Quinta Pata Nacional Comentarios desactivados en Maquedita
La mañana estaba fría y nublada. No era un día adecuado para realizar una visita, aunque no creo que exista ese día para visitar la ESMA. La ubicación geográfica no importa, no importan las calles que la circundan, qué línea de colectivo llega o cuánto cuesta el taxi desde Sarmiento y Ayacucho, o por lo menos no cuenta para mí en este relato. La memoria, esa por la que trabajan los que en ese lugar están, ha guardado en mí, los olores, colores, raspones en las paredes, el tufo de Capucha. Me queda grabado el piso brillante del casino de oficiales, lustrado y lustroso, las columnas de la entrada. La cadena, qué ¡dolor! Esa misma cadena que una y mil veces machacaron las ruedas de los autos sobre el asfalto frente a la garita de entrada al centro clandestino de detención. Esa cadena que marcó el principio del fin para 5000 hermanos, la misma que sirvió como puerta de salida a varios nacidos en un cuchitril inmundo, después de salir de sus panzasmamás calentitas, esas mamás que nunca volverían a ver. La cadena que dejó una huella en el piso hundiéndose una y mil veces hasta marcar el duro asfalto.
Supuse que haber recorrido el pasillo del ECUNHI donde miles de rostros aéreos me miraban pasar, iba a prepararme para lo que vendría después. Y no, recorrer el casino de oficiales me quebró el alma.
Me imaginé el sótano que hacía las veces de centro de registro y tortura como un sitio amplio, grande, muy grande, un sitio por donde pasaron miles de personas y que debía tener el espacio suficiente para los miserables que allí estrujaban y pisoteaban sueños. Pero no, el lugar es chico, en su momento tabicado por paneles de aglomerado o cartón prensado que se modificaba según las necesidades del momento. Convivían los que documentaban a los secuestrados, con los que trabajaban en el laboratorio fotográfico, los que esperaban su turno para caer en las garras de los torturadores y los torturados. Es imposible imaginar tamaño horror. En la planta baja hay una sala muy amplia e iluminada, el lugar en donde se decidía la suerte de los desgraciados. Está justo sobre el centro de torturas. Mientras la guía explicaba cómo se tapó una escalera que llevaba al sótano y cómo disimularon el acceso a un ascensor, se me aproximó un hombre de edad indefinida, vestido con un grueso saco de paño, tenía pelo cano. Un espeso bigote le desdibujaba el labio. Me dijo en voz muy bajita que había un libro disponible por si quería dejar alguna opinión.
Cuando la guía nos mostró el lugar en donde funcionaba la maternidad, una profunda desesperación me invadió y no pude seguir. Solamente pensé en bajar, salir de ese lugar. Al llegar al hall de entrada el mismo señor que me ofreció el libro se arrimó y me pasó el brazo por el hombro. “Amigo, no se aflija, me dijo y se presentó. Me llamo Maqueda aunque todos me dicen Maquedita”, y trabajo aquí desde el comienzo ¿De dónde vienen?, me preguntó, “desde Mendoza” y él me calmó diciendo, cuando bajen sus acompañantes les voy mostrar algo que pocos ven. Ha sido un viaje largo para llegar hasta acá.
Cuatro formábamos el pequeño grupo que caminó por un pasillo estrecho y oscuro. Frente a una pesada puerta de madera que cerraba la estancia a donde íbamos a entrar, Maquedita nos contó una historia: Cuando el equipo de conservación trabajaba en la zona, decidieron rodear el sótano, en donde funcionaba el centro de torturas, con una zanja para detener el avance de la humedad en las paredes y proteger cualquier marca que ayudara en la investigación. Se iban a impregnar con un líquido especial contra los hongos. Los obreros se encontraron con una raíz de un árbol que se llama tipa y que estaba adherida a la pared. Trabajaron mucho con barretas y picos y la muy tozuda no quería salir, con fuerza pero con cuidado lidiaron con ella hasta que lograron desprenderla. Yo andaba por ese lugar viendo en qué ayudar y los obreros que me conocían y que sabían que guardaba todo me dijeron que me llevara esa raíz que seguramente iba a saber que hacer. La raíz está acá” . Nos hizo pasar y sobre un pedestal de madera había una gruesa raíz con la forma perfecta de una persona crucificada. No era una forma simbólica, no era una interpretación, era un cuerpo humano retorcido de dolor colgando de los brazos.
Después de abrazar y agradecer a Maquedita nos fuimos. Juro que no llovía pero durante mucho tiempo y mientras salíamos las cosas estaban detrás de una cortina húmeda. Siento que ningún día es bueno para visitar la ESMA, pero hay que visitarla, hacer un ejercicio de la memoria. Este camino lleno de obstáculos que hemos comenzado a recorrer, lo soñaron 30000 compañeros, le pusieron la vida.
* Los Barriales
La Quinta Pata, 23 – 10 – 11
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