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Jun 19, 2016 La Quinta Pata Historia Comentarios desactivados en Los hombres de estaño a orillas del Titicaca
Mary Ruiz de Zárate
Un país minero a través de las centurias, de economía contradictoria y vida social impregnada de singularidades, cumbres inasequibles, altiplanicies, y luego más allá dela selva, al sur, el árido Chaco. Llanos inhóspitos erizados de cactáceas. Por doquier el silencio continuo y milenario, que en la cima de los picos andinos ofrece la impresión de que el cielo y la tierra amenazan con juntarse.
Ese es el país de los aymaras; Bolivia, la tierra que posee el lago grandioso, el Titicaca, centro de dos grandes civilizaciones, al cultura de los aymaras y la cultura de los quechuas, que es como decir la de los pueblos más civilizados y característicos de Sudamérica. De ambas, las más antigua es la de los aymaras.
En la actualidad [N. del E.: 1970], los 600.000 aymaras que quedan, viven en lucha constante con un medio hostil, ocupando gran parte de la cuenca del Titicaca, a alturas que rebasan los 3.800 metros.
Estos indios se llaman a sí mismos haque, que significa seres humanos. Su lengua, muy parecida a la quechua, poseedora de gran riqueza de sufijos, usa cinco vocales, coloca sus verbos al final de la oración y carece de géneros. Tiene por nombre, entre los indígenas el de haque aru, o sea, “habla de los hombres”.
El licenciado Polo de Ondegardo, en sus numerosas crónicas del siglo XVII comenzó a generalizar el nombre de aymaras para designar a las diferentes ramas de los colla. El uso persistió y caben dentro del término: los lupaca, que actualmente ocupan la parte oeste del lago Titicaca hasta el río Desaguadero del Sur; los collagua, que habitan el noroeste de Arequipa, en el río Calca y fuentes del Vitor; los pacaces o pacajes, al este del Titicaca y por el sur hasta Callapa; los caracas o carangas, situados entre el río Desaguadero y el lago Coipasa; los charcas que se encuentran al nordeste de Poopó; los quillaguas o quillacas, al sur del Poopó; los omasuyus, al oeste del Titicaca; los coyahuayas, en las provincias de Muñecas y Caupolicán; los cauquis, en las aldeas de Tupe, Huaquis y Laraos (en territorio peruano).
De la importancia y extensión del dominio aymara o colla dan buena muestra las ruinas del Tiahuanaco y la difusión de las tumbas o sepulcros del tipo llamado chulpas, que pueden observarse en todo el país.
Construcciones megalíticas, alineaciones de menhires que terminan en la famosa Puerta del Sol, con interesantes relieves y grandes monolitos esculpidos, estatuas de dimensiones colosales, algo toscas en la ejecución, admiraron a los ingenieros militares del inca Maita Cápac Yupanqui, cuando este llegó, avanzando más de 70 kilómetros después de pasar el lago Titicaca, a la fabulosa Tiahuanaco.
La influencia de las construcciones ciclópeas de los aymaras se observan en la fortaleza de Saccsayhuaman y en el Templo del Sol de Coricanchá, en El Cuzco.
No se ha determinado con exactitud si la invasión quechua destruyó los últimos vestigios del poderío colla, pero sí se ha definido que era un hecho la desintegración del sistema social dirigido en la cúspide por una clase guerrero-sacerdotal, después de un gran cataclismo de la naturaleza.
Absorción quechua y posterior vasallaje hispano
El régimen comunitario de los incas se impuso a la altiplanicie boliviana, y por consiguiente, se produjo una fusión étnica que amalgamó los caracteres físicos, reduciéndolos a un mismo común denominador, como son los braquicéfalos, de estatura baja o media, pómulos salientes, frente baja y bóveda alta, ojos de tipo perimongólico de Aichel, cara plana con nariz grande, cuello corto, pecho abombado, por efecto de la latitud, hombros y caderas muy anchos, brazos largos y piernas cortas; piel oliváceo pardusca oscura en los adultos y frecuencia de anomalías craneanas – como el llamado os incae – huesos wormianos, supranumerarios.
Al dominio de los conquistadores españoles se acompaña el trasplante del feudalismo español del siglo que caía, a un ambiente distinto cuyas características producen un híbrido que podríamos llamar: servidumbre americana, dados los lazos que ataban el indio a la tierra, y por carácter transitivo, al encomendero español.
Los bárbaros, capitaneados por Pizarro, corrompieron una floreciente economía y desarticularon el más formidable y eficiente aparato administrativo de su tiempo. La cultura fue aniquilándose hasta llegar a nuestros días, en el que la muestra del ayer esplendoroso es el raquítico menage del indio boliviano.
El oscurantismo religioso contribuyó a darle color al cuadro de miseria y depauperación pintado por la conquista y retocado por el imperialismo yanqui con más vivos tonos aún.
El resultado es: que el hombre aymara, descendiente directo de aquellos collas que realizaron proezas culturales, científicas (como la trepanación de cráneos), militares y artísticas, sea un pobre y miserable indio que masca y masca coca, no para soportar mejor el esfuerzo en las grandes altitudes de atmósfera enrarecida, como confirman los opresores, sino para poder matar el hambre crónica e insensibilizar el estómago que demanda un alimento que no recibe.
Los urus y chipayas
Antiguamente llevados en calidad de colonos por los incas, en las llamadas mítimas, que eran el trasplante de una población desde su territorio a uno lejano para que no pudieran rebelarse, y rodeados de población leal al imperio, en el nuevo lugar de residencia, los urus actuales permanecen en las márgenes del río Desaguadero y en el ángulo sudoeste del lago Titicaca, habiéndose reducido su número apenas a un millar.
La mayoría son pescadores de vida muy pobre, que construyen sus balsas y sus chozas de totoras – especie de junquillos que crecen en las orillas del lago – como hace 300 años lo hicieron sus antepasados, y que no hace mucho, utilizara Thor Heyerdahl para construir la nave Ra. II.
Los quechuas y aymaras desdeñaron la mezcla racial con los urus por considerarlos muy salvajes y por el color de la piel más oscuro que el de los demás indios.
La lengua de los urus permanece intacta debido a este aislamiento, y es muy distinta a la de los quechuas y aymaras. Algunos lingüistas han pretendido relacionarla con la lengua puquina de la zona amazónica, que pertenece a la familia Arauca. Todavía al respecto, no se ha llegado a una conclusión.
En el otro extremo de Bolivia, a orillas del río Lauca quedan actualmente escasísimos restos de la antigua tribu de los chipayas otrora tan orgullosos y fieros, que hicieron “batir duro el cobre” a los ejércitos incaicos y fueron dominados únicamente con el casi exterminio.
Las viviendas que salpican la altiplanicie boliviana son las mismas chozas cupuliformes de estructura regular, construidas de adobe y piedra, con techo de paja, sólidamente fijada, descritas por Pedro Cieza de León, el cronista de Pizarro.
La base de la alimentación aymara, chipaya y uru ha permanecido intacta en algunos renglones y se ha empobrecido en otros, al máximo. Les queda el maíz, de cepas muy degeneradas, del cual hacen la humita y con el que también fabrican la chicha o acca, licor que obtienen mezclando con agua, después de masticarlos para darles el fermento de la saliva, los granos tiernos. Este es el paliativo que encuentran a su penuria.
La carne de los euquénidos andinos, como la llama, la vicuña y el guanaco, la cortan en tiras que dejan secar para convertirla en el charqui, que utilizan en las temporadas que escasea el alimento fresco.
Podemos decir que entre conquistadores primero, y oligarcas e imperialistas después, han dejado al indio desposeído de sus tierras, de sus minas y despojado de su cultura, aunque “piadosamente” le han dejado el chunco, que es su prenda típica, especie de gorro con orejeras, tejido con la lana de us vicuñas.
Cuando todos los chuncos abriguen y den calor a su odio ancestral, canalizándolo por el cañón de sus fusiles todo será como las lavas de sus alterosos volcanes cuando pierden el freno de la nieve.
Fuente: Juventud Rebelde, 16 – 10 – 70
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