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Sep 04, 2016 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en Prólogo en obligación
Por Carlos Lucero
Irrigar, sin mucho esmero, estas líneas sobre el papel, se ha convertido en una exploraclón de andanzas dentro de un contexto temporal que aún no termina, sino que augura proyectarse más allá de la limitación temporal de los sentidos.
A los efectos, celebramos la suerte de haber cruzado nuestro camino con el de un testigo directo y protagonista de los hechos que nos interesan. Un amigo, que aunque hoy peina abundantes cana, cuenta con una memoria bastante fiable. Sin más trámites, nos asegura que todo comenzó y tuvo su epílogo en el mismo año 1969 cuando la edad promedio del grupo enq ue participaba sólo era de sólo veinte y algo de años.
_ ¿Cómo fue esa ocurrencia de venir a Jujuy, tan al norte de la Argentina?_
_ Jujuy tiene una naturaleza muy distinta a Mendoza _ expone con tranquilidad _ Aspirábamos a desarrollar nuestra experiencia en un ámbito diferente al que estábamos acostumbrados_
_ ¿Y de qué modo vinieron? _
_En esos años, el tren encarnaba al transporte económico, eficiente y popular, que estaba a disposición de todo el mundo. Recuerdo que fue un largo y ruidoso viaje. Llegamos remolcando bártulos y en la mente la imagen de un sitio despejado y tranquilo. Tal era la condición para sambullirnos a desarrollar nuestros temas de trabajo interno, según la propuesta de Silo, nuestro Amigo y Guía en cuestiones de honduras de conciencia.
_¿Eran muchos? ¿cuántos… más o menos…?
Éramos casi treinta jóvenes, casi todos de Mendoza y Santiago de Chile
Otro esfuerzo de memoria y continúa:
_ El contorno que habíamos elegido se situaba en la ladera de un cerro no muy alto, pero frondozo en arbustos y rumores de una fronda llamada “yunga” o bosque subtropical. Su limite más notable lo dibujaba un plateado fluir que, con ánimo alegre, conversaba con su medio vegetal _
Era una acertada metáfora, del río Yala.
Dadas las circunstancias, cuenta este amigo, este grupo contaba en un comienzo, con rústicos refugios de lona para habitar. Lo cual urgía la elevación de una casa para convertirla en un ámbito adecuado para el Centro de Estudios y que sirviera, a la vez, de morada durante un año.
_ Al llegar divisamos una suave pendiente con buenas dimensiones que nos pareció conveniente. Estuvimos de acuerdo en que ése iba a ser el lugar. Comenzamos a desmalezar. Nivelar y medir, de acuerdo a los consejos de compañeros que estudiaban arquitectura en Santiago., pero resultó que en su parte media, una inmensa roca en letargo, asomaba sobre el nivel del piso, fijando un tropiezo que debía ser sobrepasado a la brevedad. Cuando logramos someterla, recien entonces pudimos cumplir con nuestro anhelo de edificar con piedras una casona que resultó abrigada y apta para nuestras necesidades_
Este amigo, nos hace saber que dieron por concluída la totalidad de la tarea, seis meses después, a mediados de diciembre de aquel año premonitorio.
Hoy, las paredes, solo las sólidas paredes, profundamente florecidas en moho, resguardan lo contado aquí.
La piedra
Amanecida, una débil tajada de frio se desprendió del invierno y fue a caer como planeando, sobre el fértil caos que se aloja en el corazón del cerro.
Seguramente evitó campear las nervaduras de la yunga porque había reparado que, en las recientes madrugadas, anda suspirando en brisas, un vaivén de trueque con pájaros.
En un suave declive del cerro, resalta un espacio que, de acuerdo con el horizonte, encubre a La Piedra. La piedra yace en silencio, sin mensajes del pedruzco que la ronda como si quisiera que la severidad de su dimensión, quedara al abrigo de algún requerimiento.
Solamente con un atisbo de su cabeza calva, La Piedra revela con apagados reflejos de su taño de cuarzo, la lentitud de su latir. Traspasa la limpieza de aquella superficie blancuzca, la hondura de su nivel, que se quedó adormecida en sordidez de milenios.
En lo insondable de su descanso, La Piedra no podía sospechar la inminencia del día postrero.
Tampoco evitar que, en su entorno se sucediera, antes del mediodía, la amenaza de un acoso.
Es una ambición de centinelas de la que no tiene recuerdos. Son cinco hombres que vinieron de la razón y que se preguntaban cuál era la manera mas expedita de desgajar ese cuerpo. Ocurre que, sin averiguar sus secretos, intentan forzar aquella inexpugnable naturaleza que hasta hoy la cobijaba. Se miraron, observaron y convinieron en armarse con aceros en punta de distinto tino.
En la vasta serenidad de su sílice, la Piedra permanece lejos de acusar recibo de ajenas intenciones.
(Qué sabían ellos de la concreta realidad que la piedra hundía en su entraña).
El acuerdo rapaz de la ignoracia de los hombres, hizo que se destrabara un empuje de metal, tan inútil, como duro. Engendrándose un ímpetu de martilleo que fue incrementado tal vez, por inmaduras veleidades de poder.
Se deshicieron en músculo para liberar sobre la piedra su esfuerzo con violencia de hierro, y más tarde soltaron su rabia para solamente magullar, asestar, y rebotar.
Porque aquel esfuerzo no alcanzaba a herir el brillo que aumentaba conforme al embate del grupo armado que se deshacía en lamentos. Aturdidos y con impotencia, retrocedieron. Y volvieron. A pesar de la frustración, los intrusos no desistieron.
No deseó la Piedra, no estaba en su ser, soportar tanta vehemencia. La Piedra, con esperanza de roca, hizo un llamado desde su vientre de sílice, para pedir por ayuda…
Recado que hizo arribar al baqueano…Con figura teñida de paisajes y ancestros, sin avíos ni ataduras, ese otro hombre se arrimó de manera diferente.
Pensó a la Piedra con intensidad y logró conocer en su propia piel, la intimidad de su esencia. Y entendió su afán generoso.
Con sus manos recogió ramas y madera que se convirtiron en leña. De a poco fue otorgándole abundancia de un amor que se concentraba en calor. Y luego, sin vueltas, acudió al agua y salió de sus brazos una helada impertinencia que obtuvo la fractura instantánea de sus vértices de cuarzo enterrados desde siempre.
De este modo, y solamente de este, asintió la roca en desprenderse de su condición, para contribuir a la intención de los intrusos. Había quebrado de repente y con estruendo, sus molduras en un arrebato de fragmentos.
En su estallido, la Roca se había trasformado en partículas esparcidas que multiplicaban por mil, la luz del sol.
No quedaba ya dureza ni extremo sobresaliendo que interrumpiera el nivel del terreno. Los hombre tenían ahora su voluntad cumplida y el baqueano satisfecho, comprendió su obra.
Pero la Piedra siguió sin entender qué ejemplo encerraba aquella bulla de alharacas.
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