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Oct 16, 2016 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en A Pedro le gustaba cantar
Por Carlos Lucero
Para el inolvidable amigo
Siento que estamos ante un intento circunstancial de tomar distancia de tanto basilisco y leyendas de incontenibles costumbres erráticas. No es fácil desprenderse de ellas. Tampoco será posible perseguir sus huellas. Ellos simplemente existen, coexisten, y seguirán adheridos de manera involuntaria, pegados a los recuerdos y espejismos variados. Esos que, a la vida, rinden inapreciable valor estabilizante.
Emplazados en esa situación, partamos tras la recuperación de una rara pero honda incidencia, que fue compartida entre amigos y en circunstancias entrañables. Hoy devenidos en lejanos escenarios de algo que ocurrió a fines de la década de los ochenta del anterior siglo. Fue un lapso dentro de aquel tiempo tan corto, que conllevamos con Pedro y otros afectos del entorno, todos arrimados a las orillas sur del mar Caribe. Y aunque duró solo minutos, y tal vez haya sido olvidada por su héroe, se afincó con fuerza en la memoria de los que estuvimos con él. También pienso que, si a Pedro le llegaran estas líneas, dibujaría una sonrisa de añoranza en la candidez de su rostro, y echaría una mirada al vacío, buscando retrotraer partes de aquel espacio temporal que nos acogió.
Y como suele suceder con los nacientes frutos de la primavera, esos recuerdos despliegan una presión en nuestra conciencia, que no se puede contener. ¿Qué necesidad de aflorar al mundo los mueve? ¿Habrá alguien revelado el misterio? Lo importante ahora es abrirles la puerta y dejar que salgan.
EL COMIENZO
El caso acuerda ser rememorado desde largo tiempo atrás. Cuando aquella infancia en la que el pequeño Pedro, se preguntaba cuáles pudieran haber sido las razonez de los mayores para decidir dejar atrás la raigambre del paisaje y la calidez que campeaba a lo largo de las ramblas de San Sebastián y cambiarlo por otro lugar desconocido. Si allí se encontraba su casa, la familia donde había nacido y los lugares en que había jugado desde siempre. Sin embargo hablaban de partir en familia, rumbo a un país lejano, que, según averiguó, le llaman Venezuela. Una designación que solo la había oído de su tío Ignacio, el hermano incorregible de su padre, aliado permanente de correr aventuras más allá de su país. Como nadie le había echado el cuento de adónde quedaba y de cómo era ese país, tuvo que disponerse a imaginarlo. Pero no podía… porque a Pedro, mucho recelo le producía renunciar a la apacibilidad de su terruño y sentía tristeza. Aquella decisión, tomada por los adultos, era incomprensible para él. Se habían limitado a comunicar que todos iban a emprender una travesía que los llevaría muy lejos. Al otro lado del mar… Pedro no entendía aquello de que el mar tuviese otra orilla, aparte de la que él conocía.
Una honda incomodidad le hacía sentir el hecho de que la familia completa se sometiera a los propósitos de aquel pariente, que no tenía hijos, esposa ni obligaciones como su papá. Era increíble que ese aventurero los hubiera convencido de que más allá del mar, todos estarían mejor.
Así, de este modo se lo habían contado.
Todo estaba dispuesto para embalar y estibar en el vientre de ese coloso, los escasos enseres que procedían de la casa donde nació. Pedro no quiso volver su cabeza cuando marchaba apretado en el asiento trasero de un vehiculo, entre los cuerpos de su familia, rumbo al puerto.
Este había sido el inalterable modo en que Pedro, y sus hermanos, se encontraron en la situación de tener que atravesar el Atlántico, alojados en los camarotes del “Vasco da Gama”. Colosal embarcación que, al percibirla por primera vez amarrada al puerto, con su chimenea airosa, desprendiendo la solidez de un humo gris, conmovió sus sentidos como solo podría haberlo hecho una mansión de gigantes.
Durante muchos días, para Pedro y sus hermanos, el mundo fue nada más que la inmensidad de aquel barco, que los envolvía en la masiva presencia del mar. Permanente brisa, balanceo inevitable y oleaje que se extiende hasta un horizonte que nunca termina. El niño notó que el reflejo de la luna sobre la vibración de la marejada era más intenso que en tierra. La danza, que batía aquella masa de agua, era una sensación nueva que le hacía mantenerse en cubierta casi todo el tiempo, mirando a la distancia, recibiendo en la cara el embate de una fría humedad en gotitas, que arroja el viento. A Pedro le gustaba imaginar que, si tuviera en sus manos una gran caña, podría atrapar un pez muy grande como un bonito o un espada. Grandiosos, como esos que acarreaban los pescadores en el muelle de San Sebastián.
¿Habría en Venezuela peces espada? Nadie lo sabía.
Las semanas, transcurrieron en lentitud, meneándose entre juegos en la cubierta y carreras en los pasillos de los camarotes. En su inquietud, el niño advertía que, de manera paulatina, el clima se iba tornando cada día más cálido. Hasta que, una tarde que se reflejaba en el mar cientos de brochazos de nubes rojas, el capitán les comentó a todos, que mañana tocarían un puerto que se llamaba La Guaira. Era su manera de confirmar que todos habían llegado, sin contratiempos, a la puerta de Venezuela. Hoy Pedro no recuerda detalles del arribo, pero tiene la certeza de que fue en una noche que se batía en calor húmedo. Tampoco se le olvida su primera sorpresa: en tierra firme, y remolcando bultos, descubrió a lo lejos, un cúmulo de lucecitas que parecían prendidas del cielo. Pedro las contempló como si fueran aureolas ornando un enorme pesebre navideño. ¿Acaso formaban parte de un nacimiento, parecido a los que elevaban en su ciudad, cuando llegaba diciembre? Pero era agosto, y esto lo confundió.
LA GUAIRA
Esa primera noche en tierra firme, el sueño lo sumergió en un agitar de olas y piruetas de playas donde sus pies se bañaban a los saltos. Cantando, su madre abrió la ventana del cuarto para que el día le despejara la verdad. Fue en el momento en que la inocencia de sus ojos, se posó sobre los cerros de La Guaira. Esas elevaciones se encontraban cubiertas con una enorme capa de neblina, y debajo, palpitaba un conglomerado de casas, casitas que, en su humilde irregularidad, cobijaban un frente de nerviosa vida como más tarde descubriría.
Pasado el asombro del arribo, Pedro supo que la familia había alquilado una casa amplia donde le esperaba su propio dormitorio. Amplio y con ventanas para mirar con asombro, a las iguanas subir, arrastrando viveza de colores, agarrándose con sus uñas de las corteza de los árboles. Poco a poco, ese suelo que descubrió Pedro, fue llenando sus expectativas, más de lo que había esperado. Su juventud descubría, entre maravillas, una holgura de playas, donde batían con ritmo, olas suaves, muy cerca de su nuevo hogar. Podía disponer a sus anchas de la proximidad de las playas más blancas que hubiera imaginado, a disposición de su disfrute, durante todos los días del año.
La mirada de Pedro se encontraba con sorpresa, frente a un litoral floreciente de palmeras con inmensas hojas, algo extraño para los recuerdos de crudeza de inviernos que había vivido. Este sitio, donde las arenas resplandecían tibias del sol perenne, que recorría el Caribe, el templar de los islotes, le permitieron darle expansión a su habilidad para la natación, pesca, remo y veleros. Al alcance de sus pies y de sus manos, se entregaban, jugosas, las olas con el agitar marino.
No pasó mucho tiempo, y gracias al impulso laborioso de sus padres, la familia pudo edificar en la costa, un establecimiento que abastecía de insumos a la muchedumbre de pescadores de piel ennegrecida, que temprano se hacían a la mar. Hombres que antes del amanecer, iban a buscar la riqueza que vive bajo la convulsión que hace brillar a los cardúmenes plateados.
Con diferencias de actividades, el conjunto de los emigrados del Cantábrico fueron alcanzando buena posición económica. En un corto lapso el adolescente Pedro navegaba en su propio “peñero”, como allí le llaman a un sólido bote de madera, ideal para la pesca, impulsado por un recio fuera de borda, que incluía instrumental para encontrarse con los colores del mundo submarino. Se dejó fascinar cuando supo lo que significa pasar noches acampando en la costa de los manglares, donde las pomposas “coro-coras” atavían sus plumas al atardecer. Supo de los ramales donde anidan y duermen las garzas y en qué recodos de las orillas los peñascos formaban piscinas para bañarse.
Sumergido en la mansedumbre de aquellos pueblos de las costas, Pedro aprendió a valorar el temperamento de la gente de piel morena que se expresaba a través de raudal de sonrisas. Conoció y se hizo conocido de aquella multitud que pasaba la vida en sus terrenos laborando bosques de platanales de verde espesura. En ese entorno de lluvias saltarinas y del corta duración, fue sembrando el joven Pedro, tibieza de hondas amistades, que lo acompañarían de por vida.
CHIRIMENA
No sería del agrado de nuestro amigo, que olvidáramos resaltar un ángulo cardinal de sus virtudes. Como vasco que aprecia su estirpe, Pedro había aprendido a seducir a sus amistades con destrezas de cocinero. Tarea que disfrutaba y perfeccionaba en esmeros de agazajos con diversiones. Ingredientes frescos con buenos condimentos, consentían los paladares induciendo sabores de carnes asadas, paladar de espesas sopas de pescados o finura dilatadas de arroz con mariscos de todos tamaños y colores. Langosta, congrio o paellas sazonadas con fervor, eran preparadas y servidas mediante las maneras afables, juveniles, casi irresponsables de Pedro. Cada una de esas ocasiones, invitaban a permanecer en su compañía, cantando y relatando aventuras del mar, hasta que las latas y botellas de cerveza, se amontonaban. ya sin contenido alguno.
Fue, poco más o menos en esa época, cuando Olga, hermana menor de Pedro, mandó construir una cómoda cabaña de fin de semana, cuyo fondo daba justo a las playas de Barlovento. Para precisar, digamos que, en la modestia de un pueblo llamado Chirimena, otra de las tantas aldeas fundadas por gente esclavizada en el siglo XVIII que lograba escapar de sus pretenciosos amos españoles.
Chirimena conserva una playa henchida de sol y palmas, en la que solíamos pasar uno que otro fin de semana, cuando Olga no la usaba. Como en otras poblaciones cercanas, Chirimena se albergaba un conjunto de conocidos de Pedro, que, con palmoteos, solian presentarse, simplemente para saludar y brindar. Muchos colaboraban con botellas, otros solo aportaban copas y jarros, pero todos, camaradas españoles, que se juntaban con italianos y criollos nativos, se repetían en la cabaña de la costa, toda vez que avistaban en el estacionamiento, la roja silueta de la camioneta de Pedro.
El siguiente fin de semana, o en su defecto el otro, arrimaría un festejo similar.
Agotada la existencia de las sardinas en el asador, o cuando languidecía en restos la tortilla de calamares, comenzaba a oírse la guitarra que acompañaba los jubilosos desconciertos de Pedro, que duraban hasta la madrugada. Habían llegado los momentos en que el descanso imponía su presencia. Con esta liviandad, el verde Barlovento venezolano fue trascendiendo en destino y testigo de episodios que alegraron la juventud de Pedro.
LOS NUEVOS JEANS
En aquellos postreros tramos de la década de los ochenta y en las zonas de negocios de Caracas, un grupo de empresarios textiles había decido apostar a una conocida marca de pantalones para jóvenes. Aunque eran prendas de fórmula consagrada, las condiciones del comercio imponían seguir innovando en detalles, para conservar la movilidad de la preferencia del público. La competencia entre marcas se había convertido en una carga de constante inclemencia. Era necesario impulsar, cada tanto acompañado de fuerza e ingenio, campañas de publicidad, para mantener la imagen en alto, que integren componentes originales para llamar la atención de sus posibles clientes. Propietarios de firmas, entre los cuales destacaba Fabricio R. quien junto a sus socios, había sugerido la organización de una fiesta de multitudes en la playa. Los fines de semana, las playas se nutrían de una sólida muchedumbre de jóvenes. El proyecto auspiciado por Fabricio, culminaría en un largo pendón, con su propia marca, que flamearía en el cielo, arrastrado por una avioneta. Aquella ocasión llegaría en el mes de las vacaciones cuando las playas se colmaran de cuerpos frescos, que admiraban esas prendas.
Y así ocurrió.
El segundo sábado de agosto, todo estuvo listo en el mar, frente al brillo que vuelve estimulantes a las playas de Chirimena.
Ese día todo relucía como pintado para la diversión. Desde la mañana, el avión, conducido por el ímpetu de Fabricio, llevando a bordo a su familia, apuntaba, se deslizaba y volvía a pasar, rozando las playas. Era el deleite del piloto, un mundo, cuando le daba aire al atractivo de las banderolas con su marca. Desplegadas en vuelo, los banderines llamaban la atención de la muchachada, que, con gritos y barullos saludaban al conductor del aparato, cuando rasaba sobre ellos. Fabricio a instancia de sus niños, no perdía oportunidad para descender agachado y de ese modo tentar las miradas sobre su producto con las mejores acrobacias. El espectáculo se había convertido en blanco de filmaciones solicitadas por las agencias del mundo de la moda. Iban a reunir material suficiente como para publicar y promover las ventas de la temporada.
Entre los que abajo disfrutaban de la función, no podía faltar Pedro. Nuestro amigo, aprovechando la magnificencia de la bahía, podía admirar la agilidad de la avioneta para menear las alas y recuperar altura. Varias veces en cada pasada. Compartiendo con amigos, Pedro flotaba en su amado peñero, equipado con avíos suficientes como para atender la diversión. Entendamos jugos de fruta, cervezas, ron y hielo en cantidad. En el aire, el aparato se perdía, varias veces, liviano tras el horizonte y al cabo reaparecía con desenvoltura de bramidos, casi a nivel del público.
Pero algo pasó de repente,.. lo insólito, lo jamás esperado.
Todo los ojos del mundo, todos los movimientos, junto con la hélice del aparato, se inmovilizaron. Ocurrió como si un pájaro que al volar, recibiera el mazazo de una piedra. Sin anuncio previo ni causal evidente, el motor había dejado de trepidar y la avioneta solo planeaba tambaleante. De un extremo al otro de la playa, no tardó en registrarse un silencio que avisaba peligro extremo. Las miradas del público, de manera automática, buscaron la silueta del avión que intentaba con torpeza, una maniobra salvadora. Pero estaba perdiendo altura de manera irremediable en una incontenible caída hacia el mar.
Desde las gargantas, surgió un grito de horror. La música cesó y los bailes se detuvieron. En un soplo, la fiesta se tornó en agria desolación.
Pedro no podía creer lo que veía. El magnífico artefacto que había despertado su admiración, era tragado rápidamente por el agua, a pocos metros de donde él navegaba. Desde su peñero, Pedro alcanzó a distinguir la desesperación en los rostros de las personas en inutil pugna dentro de la cabina. El hombre que conducía, una mujer, y por lo menos, dos niños, trataban con impotencia de romper el encierro que ofrecía la carlinga. Fabricio y su famila, fuertemente cercados, desaparecieron bajo la superficie del mar.
Pedro, por naturaleza ignorante de parsimonias y lentitudes, detuvo su peñero. Arrancó su camisa, tomó aire y se largó al agua sin idea clara de lo que haría. Tenía que bucear con premura para llegar a tiempo. Abajo alcanzó a divisar la cabina del aparato.
Atenazó sus dos manos a la puerta. Hizo fuerza, para tironear dos o tres veces, pero no pudo abrirla. Tropezaba con una trabazón tenaz. Apretó sus músculos y lo volvió a intentar, pero fue en vano. Adentro, una cámara sellada que se inundaba hasta el techo. Pedro ensayó arrancar la puerta, la sacudió con rabia, pero los cuatro ocupantes se ahogaban frente a sus ojos.
No se dio por vencido. Entre jadeos, Pedro emergió para tomar aire. Buscó, encontró y tomó una herramienta. Volvió a descender y en un arranque de ferocidad, violentó la cerradura varias veces, hasta que logró apartar la escotilla, tomar el cuerpo de la niña y subir para dejarlo a bordo de su peñero, mientras volvía por el niño. Hizo lo mismo con la mujer y por último, surgió con el cuerpo exánime del piloto. Pedro procuró hasta el cansancio, revivir a cada uno de ellos. Y en cada uno, la suerte se le negó. La visión de los cuatro cuerpos en su bote, le produjo una angustia que consumía su rostro, mientras miraba alrededor como buscando una respuesta.
En el extremo de la amargura, mi amigo alcanzó a extraer anillos, pulseras, relojes, documentos y los guardó de manera segura. Conocía a familiares a quienes entregárselos.
En solo minutos, el lugar se colmó de pitidos de sirenas, lanchas de salvamento y especialmente de la infaltable avidez de los curiosos.
LOS VISITANTES
Todo estaba consumado en esa mañana de domingo. Pasado el mediodía, la puerta de nuestra cabaña se abrió y pude ver el modo en que Pedro retornaba, con paso lento, mirando hacia abajo. El cansancio se unía al sentimiento que castiga a los vencidos. Pedro llegaba a la cabaña, sin su sonrisa de siempre, simplemente a tirarse con pesadez sobre la litera. Rechazó comer, cerró los ojos, y se quedó dormido. Aunque me había llegado información de los hechos, me eran ajenos los pormenores. Para respetar su estado acatamos su rato de descanso. Luego me contaría el suceso incluyendo los detalles más sensibles.
Al despertar se sentó sobre la cama, pidió agua y en sus palabras comenzó a manar parte de la tristeza que lo invadía. Estaba claro que su pecho se encontraba soportando un inmenso sentimiento de frustración. Le brindé un cigarrillo y vi como le mojaban los ojos. Permanecimos en silencio.
A Pedro le gustaba cantar cuando caía la tarde. Esta vez hizo un esfuerzo y tomó su guitarra… pero vaciló. No cabía para él, ni un solo pulsar de cuerdas. Para mí, era chocante y desconocido, confirmar en Pedro un estado de esa naturaleza y desde este ángulo, comprendí sus ansias de bajarse casi una botella completa ron y dormir. Estaba por caer la noche.
La alegría que aportaba cada fin de semana, hoy había concluido, desvanecida, en una niebla de mutismo. Dentro de la cabaña, todos permanecimos sin hablar y acerté que solo restaba seguir en la casa, leyendo alguna vieja revista, recostados en nuestras camas. Pero no se podía evitar que el pensamiento viajara con inquietud hacia los golpes que suele dar lo imprevisible. En esas ocasiones, que de manera inesperada irrumpe el tajo de la finitud y nos deja, en un tiritón de estómago, sin respuesta alguna.
De golpe lo más débil de cada uno había quedado frente lo inmanejable. Como nada llegaba a nuestra mente, el cuerpo reclamó que fuéramos a descansar. Cenamos algo liviano, creo que fue arepa con queso, y nos dispusimos a dormir. No tardaron los ronquidos de Pedro en estremecer la litera.
No creo que haya pasado mucho más de la media noche, cuando oí golpes suaves a la puerta. Seguramente era algún amigo de los alrededores que lo buscaba para divertirse. En la mitad de un bostezo puse mis pies en el piso y desde adentro pregunté quién era. Escuché la voz de un hombre que pedía hablar de manera urgente con Pedro. Mi amigo refunfuñó cuando lo desperté, pero se incorporó, arrimándose a la puerta. Yo dejé que atendiera a sus visitantes, y giré el cuerpo para retornar a la profundidad de mi sueño.
Al otro día, desperté temprano, con ganas de prepararme un buen café, salir a caminar y batirme con el aire fresco de la playa. Me pareció raro que Pedro no se hubiera levantado primero que yo. Al terminar de colar, llené una taza para Pedro y se la llevé. Me costó despertarlo. Cuando logré que se recostara sobre su codo derecho para beber su guayoyo sin azucar, me miró como si no me conociera. Noté una fuerte irritación en sus ojos y una rara expresión. Pasándose la mano por la cara, me dijo que no había podido dormir hasta muy tarde, recién lo hizo cuando empezaba a amanecer. Extrañado, le pregunté por qué.
_ ¿Recuerdas que anoche alguien me vino a buscar?_ y bebió otro sorbo.
_ Si, escuché que preguntaban por ti y te desperté _
_ Ajá, ¿y a que no sabes quién era? _ era una pregunta de circunstancia.
_ No, claro, que no. Algún amigo tuyo, no se…No pregunté porque tenía sueño y no quería ponerme a averiguar… Ni me lo imagino _ apresuré a justificarme.
_Mira Carlos tu no lo vas a creer_ calló un momento, se apretó los labio y se rascó la mejilla derecha, como para encontrar las palabras adecuadas_ Era Fabricio. Si, Fabricio el piloto del avión que cayó ayer_
Al parecer la expresión pasmada de mi rostro lo inhibió.
_ Venía acompañado de su mujer y sus hijos. ¡Pues así como lo oyes, coño! Vinieron para agradecerme el gesto y los intentos que yo hice para salvarlos. Me dijeron que me quedara tranquilo, que ellos se encontraban bien y que me iban a ayudar en todo lo que yo hiciera en la vida,… y se fueron _
Luego de esa suerte de confesión, Pedro me pidió más café.
Ese domingo, partimos temprano de Chirimena. Había que llenar gasolina en Higuerote antes de que se arremolinaran los vehículos en las bombas. Y de un solo acelerón, enfilar hacia Caracas.
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