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Oct 30, 2016 Federico Mare y Andrés Casciani Calibán y las musas, Historia Comentarios desactivados en La Guerra Civil Española y el arte de la poesía
Pocos episodios históricos han dejado una huella tan profunda e indeleble en la poesía castellana como la Guerra Civil Española y el ulterior exilio republicano en tiempos del primer franquismo. Basten algunos nombres propios para probarlo: Antonio Machado, León Felipe, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Miguel Hernández, Gabriel Celaya…
Estos brillantes poetas rebeldes del Parnaso ibérico merecen nuestro recuerdo y homenaje. Pagaron con la marginación, el destierro y la cárcel, o con la muerte misma, la hermosa osadía de cuestionar el sacrosanto ideal del «arte puro» en nombre de la solidaridad humana. A ellos, y a la gesta revolucionaria de la que fueron partícipes, van dedicadas estas líneas.
La ocasión, por lo demás, no puede ser más propicia: se han cumplido 80 años del inicio de la Guerra Civil Española, y también de la primavera insurreccional que marcó a fuego su despertar. Las efemérides no son souvenirs de adorno. Nos interpelan aquí y ahora, de cara a la utopía del mañana. ¿Cómo no rememorar, pues, en este octogésimo aniversario, aquella epopeya devenida tragedia?
España, julio de 1936. El grueso del Ejército español, apoyado por la Iglesia católica, los grandes terratenientes y la burguesía más concentrada, se subleva contra la II República creada en 1931, a la sazón gobernada por el Frente Popular, una coalición de demoliberales, socialistas y comunistas a tono con las nuevas recomendaciones estratégicas (unidad antifascista) de la Komintern. El golpe no es sorpresivo. Era vox populi que la derecha no iba a tolerar mucho tiempo más un gobierno de izquierda, por muy minimalistas y graduales que fuesen sus proyectos de reforma.
Pero el pueblo español se ha preparado para el desafío, y de inmediato, ante la exasperante inacción gubernamental, toma las armas, forma milicias y afronta sin miedo la lucha contra el fascismo. Es el comienzo de la Guerra Civil Española (1936-39), uno de los procesos históricos más significativos de todo el siglo XX.
No obstante, la reacción popular rebasa ampliamente los moldes militares de la defensa antifascista. Es también una revolución social de enormes proporciones. Una revolución cuyo nervio vital radica en el poderoso movimiento anarcosindicalista nucleado en la CNT-FAI, con epicentro en Cataluña; movimiento que tiene como aliados a la UGT socialista –la otra gran central obrera del país–, la Esquerra Republicana –partido catalanista de tendencia socialdemócrata– y el POUM –fuerza política situada a caballo entre el trotskismo y la denominada izquierda comunista–.
Si en el frente las milicias populares combaten valerosamente al enemigo, en la retaguardia se crean consejos obreros y campesinos –los llamados comités–, y también federaciones que los integran de abajo hacia arriba. En Cataluña se crea el Comité Central de Milicias Antifascistas; en Aragón, el Consejo Regional de Defensa; en Valencia, el Comité Ejecutivo Popular… Organismos revolucionarios que, al coexistir con el alicaído pero nunca abolido Estado republicano, dan origen a una típica situación de doble poder que se prolongará por algunos meses.
Asimismo, se colectivizan campos y fábricas, bancos y minas, transportes y servicios públicos. Mas no se trata, no, de una colectivización forzosa –como la que Stalin ha promovido con puño de hierro en el agro soviético–, sino de una colectivización voluntaria y autogestionaria, libre de gendarmes y burócratas; una colectivización hecha por y para la clase obrera, inspirada en los principios del comunismo libertario.
Si la contrarrevolución suscita desde el principio el apoyo financiero y militar sin cortapisas del Eje Roma-Berlín (la Alemania nazi y la Italia de Mussolini), apoyo que a la postre resultará decisivo, la revolución nunca ha de lograr nada remotamente semejante con las potencias aliadas occidentales. EE.UU., Gran Bretaña y Francia, escandalizados por el giro revolucionario de la resistencia antifascista en España, anteponiendo los intereses de sus empresas capitalistas allí radicadas, optan por una política de estricta neutralidad, retaceando los suministros bélicos que la República necesitaba con apremio.
El único auxilio estatal de envergadura es el de la URSS, pero a un precio demasiado alto: el ascenso meteórico del moderado PCE y la subordinación creciente de las autoridades civiles y militares del bando republicano a los dictados de dicha organización. Stalin, sabiéndose imprescindible, condiciona cada vez más el accionar –y la composición misma– del gobierno y el ejército republicanos. Y el dictador no quiere que triunfe una nueva revolución social –menos si es de inspiración anarquista– en una coyuntura en la que busca llegar a un entendimiento con Washington, Londres y París de cara al peligro nazifascista.
La revolución, que ya había sido congelada, comienza entonces un franco retroceso: las tierras y las empresas vuelven a manos de sus antiguos dueños, desaparecen los mecanismos de democracia directa, las milicias son disueltas o reconvertidas en tropas regulares… Las termidorianas jornadas de mayo del 37, con sus feroces purgas semiclandestinas, serán el golpe de gracia a un movimiento revolucionario ya moribundo. Los «ultras» son difamados y censurados, perseguidos con implacable celo, encarcelados y torturados en las checas, asesinados del modo más impune. George Orwell en su libro de memorias Homenaje a Cataluña (1938), y Ken Loach en su película Tierra y Libertad (1995), nos ofrecieron un vívido retrato de ese vuelco histórico tan dramático.
La conmovedora afluencia de voluntarios extranjeros (franceses, ingleses, estadounidenses, alemanes, italianos, rusos, latinoamericanos, etc.), aunque muy significativa en términos cuantitativos y cualitativos, no logra detener el avance de las tropas sublevadas en todos los frentes. Para marzo de 1939 todo ha terminado. La represión es sangrienta; el exilio, masivo. La dictadura del general Franco comienza así a proyectar su sombra sobre España, con un telón de fondo no menos oscuro: el de una Europa que, impotente ante el fascismo, se precipita vertiginosamente hacia la barbarie y el holocausto de la Segunda Guerra Mundial.
Al desatarse la guerra civil y la revolución, la mayoría de los artistas e intelectuales españoles se alinearon con el bando republicano y colaboraron activamente en la lucha contra el fascismo. También lo hicieron muchas personalidades de otros países –figuras de la talla de Pablo Neruda, Vicente Huidobro, César Vallejo, Octavio Paz, Nicolás Guillén, Raúl González Tuñón, Ernest Hemingway, Bertolt Brecht, Iliá Erenburg, André Malraux y George Orwell–, las cuales viajaron a la Península Ibérica entre 1936 y 1937 para prestar su apoyo. La expresión más orgánica de este espaldarazo fue la Alianza de Intelectuales Antifascistas (AIA), fundada a finales de julio del 36, en plena efervescencia revolucionaria. Desplegó una labor incansable, omnímoda y eficacísima de promoción cultural que aquí no me es posible detallar.
Algunos artistas e intelectuales del bando republicano concretaron su compromiso militante en la retaguardia poniendo su talento y su esfuerzo, su intelecto y su imaginación, al servicio de una causa que juzgaban sagrada: la liberación de España. Otros lo plasmaron en el frente mismo, dentro de las trincheras, alternando la pluma con el fusil.
Los géneros literarios más cultivados por los escritores españoles durante la guerra civil fueron la crónica, las memorias y la poesía. Los ritmos febriles de la política revolucionaria, la espiral bélica, las innumerables responsabilidades y urgencias que imponía la militancia antifascista, y a veces también –no lo olvidemos– las duras inclemencias de la vida miliciana en el frente, tornaban difícil, aunque no imposible (hubo honrosas excepciones), una escritura de largo aliento orientada hacia la novela y el ensayo. El carácter espasmódico y discontinuo de la redacción contribuyó en una medida no menor a la generalización de la prosa breve y la poesía. Pero fue esta última –si no por cantidad, al menos por calidad– el género literario por excelencia de la hora. Mas no se trató de una poesía pura y elitista –la lírica abstracta e intimista de los parnasianos–, sino más bien de una poesía social, actualista y politizada, entrelazada con la cultura popular, unida al ideario revolucionario por un sinnúmero de vasos comunicantes. Una épica de barricadas y trincheras. Una poética subvertida del pueblo en armas. Calíope desarrapada.
La sinergia entre la poesía y la Guerra Civil Española alcanzó proporciones y modalidades alucinantes. Sirvan estos datos para ilustrarlo: 1) la tirada de libros de poesía pertenecientes a autores de la Generación del 27 creció a ritmos exponenciales tras las jornadas revolucionarias de julio del 36. 2) Miles y miles de campesinos analfabetos aprendieron a leer y escribir con la poesía. 3) Se generalizó el fenómeno de los poetas espontáneos (al decir de la escritora mexicana Elena Garro), hombres y mujeres de condición humilde que descubrieron –o renovaron– su vocación poética al enrolarse en las milicias antifascistas y combatir en el frente. 4) Se hizo corriente la costumbre de amenizar la vida en las trincheras recitando y escuchando poemas. 5) Merced a un sistema de altavoces, los voluntarios podían recrearse oyendo a los poetas laureados de la AIA declamando sus poemas. 6) Centenares de poetas –consagrados y noveles– publicaron sus trabajos en múltiples recopilaciones de tirada masiva patrocinadas por la AIA y otras organizaciones culturales del bando republicano, como el Romancero de la Guerra Civil, las Poesías de las trincheras y el Romancero general de la Guerra de España. Y por último, 7) proliferaron –y tuvieron amplísima circulación– revistas de poesía como Hora de España y El mono azul, surgidas al calor de la primavera revolucionaria.
De este inabarcable universo poético he elegido, como botón de muestra, apenas un autor y una composición: Miguel Hernández y su recordado romance Vientos del pueblo me llevan, escrito y publicado hacia octubre de 1936, en medio del fragor de la guerra civil, cuando el joven poeta combatía en el Frente del Centro para el 5º Regimiento de Milicias Populares.
Dámaso Alonso calificó a Miguel Hernández (Orihuela, 1910 – Alicante, 1942) como el “genial epígono de la generación del 27”. Es que el poeta y dramaturgo valenciano era varios años más joven que Lorca, Alberti y Cernuda, y su poesía evidencia ciertas influencias de estos tres autores. La mayoría de los eruditos ven en él al escritor más prominente de la Generación del 36. Muy clásico en los albores de su carrera literaria (emulaba a Góngora y otros grandes del Siglo de Oro), luego incursionó fugazmente en el surrealismo al trabar amistad con Pablo Neruda y Vicente Aleixandre. Galvanizado por la revolución y la guerra civil, Hernández se incorporó al 5º Regimiento del bando republicano y participó en numerosos combates. Es en esta etapa cuando la poética hernandiana alcanza su cenit. En el transcurso de 1937 publicó Viento del pueblo y El labrador de más aire —dos libros esenciales de la poesía hispana—, y escribió numerosos poemas que serían recogidos más tarde en El hombre acecha (1939) y el Cancionero y romancero de ausencias (1938-41). Perdida la guerra, Hernández intentó refugiarse en Portugal, pero el gobierno salazarista dispuso su extradición. Tras un corto cautiverio en España, fue dejado en libertad gracias a una gestión de Neruda. Pero al poco tiempo volvió a caer bajo arresto. Fue juzgado y condenado a muerte, pero por intercesión de unos amigos se le conmutó la pena capital por treinta años de prisión. No obstante, su cautiverio duraría poco. A raíz de las inhumanas condiciones de encierro, su salud fue deteriorándose rápidamente. Murió en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante, a los 31 años de edad.
La selección es extremadamente arbitraria, dado que muchos poetas y poemas de calidad comparable han quedado al margen; mas las limitaciones de espacio la vuelven inevitable. Dejo, pues, en manos del público lector la iniciativa de reparar imaginariamente con su erudición –o su curiosidad– este antipático acto de injusticia.
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