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Feb 05, 2017 Federico Mare y Andrés Casciani Calibán y las musas, Historia Comentarios desactivados en Esperanto: la utopía de un idioma-mundo sin fronteras
Desde sus orígenes en las postrimerías del siglo XIX, el esperantismo, en tributo a sus convicciones humanistas, ha enarbolado el ideal de una cosmópolis fraterna y pacífica inspirada en la mancomunidad idiomática del esperanto. Ese ideal filantrópico, en virtud de afinidades electivas muy obvias, pronto se imbricaría con la tradición internacionalista del movimiento obrero y las izquierdas, especialmente en su vertiente libertaria, de intensa sensibilidad y vocación utópicas.
Por otra parte, los esfuerzos lingüísticos y culturales del esperantismo encaminados a redimir el mundo del flagelo del etnocentrismo en todas sus variadas formas de intolerancia y prepotencia (patrioterismo, guerras, imperialismo, xenofobia, genocidios, colonialismo, etc.), tuvieron, como no podía ser de otro modo, importantes correlatos en el campo de la producción artística. Una somera alusión final a esos esfuerzos resulta, por ende, inevitable en el marco de la presente sección.
El 26 de julio de 1887, en Varsovia, cuando la antigua capital polaca se hallaba bajo el dominio autocrático del zar Alejandro III Romanov, un inquieto y talentoso joven de 27 años publicó, bajo el enigmático seudónimo de Dr. Esperanto, un escrito intitulado Lengua Internacional. Prefacio y libro de texto completo. El autor se llamaba Ludwik Lejzer Zamenhof (1859-1917), un médico oftalmólogo polaco de familia judía aficionado al poliglotismo y la lingüística; y la obra –que posteriormente habría de conocerse como el Unua Libro– constituye el primer manual de esperanto en todo el mundo. Zamenhof es nada menos que el inventor de la lingvo internacia o «lengua internacional»; de ahí que ésta fuese luego rebautizada por sus hablantes como esperanto, el bello y sugerente alias utilizado por aquel Quijote sin igual del entendimiento universal (esperanto significa «esperanzado», «que tiene esperanzas»).
A diferencia de otras lenguas francas o vehiculares empleadas a lo largo de la historia universal –como el arameo, el sánscrito, el griego, el latín, el chino mandarín, el árabe, el náhuatl o el francés–, el esperanto, al ser un idioma de origen artificial y uso libremente convenido, está exento de connotaciones supremacistas que lo vuelvan política y moralmente cuestionable (si hoy la humanidad se vale universalmente del inglés como segunda lengua, ello se debe a más de dos siglos de hegemonía imperialista anglosajona, primero de Gran Bretaña y luego de EE.UU., una situación que no tiene nada de encomiable). Además, debido a su extraordinaria simpleza (alto grado de coherencia y regularidad gramaticales, tanto en sintaxis como en vocabulario y fonética), su aprendizaje resulta de una facilidad insuperable.
Al crear el esperanto, deseó Zamenhof –humanista apasionado, librepensador militante– aportar su grano de arena al diálogo internacional, a la comunicación por encima de las atávicas barreras del idioma, a la comprensión mutua allende todo particularismo étnico. Y no por capricho de diletante, sino en aras de la confraternidad entre los pueblos y la paz universal.
En efecto, Zamenhof siempre inscribió su brega esperantista en el marco más amplio de una filosofía cosmopolita, filantrópica y pacifista de tintes deístas a la que llamó homaranismo («humanismo» en esperanto), inspirada en las enseñanzas de Hilel, un renombrado rabino de la Antigüedad, como así también en las llamadas religiones cívicas, asociadas a la Ilustración y la Revolución Francesa.
En 1914, sobre el luctuoso telón de fondo de la Primera Guerra Mundial, en una Europa donde la tergiversación chovinista del pro patria mori había desencadenado el horror del fratricidio a una escala nunca antes vista, Zamenhof expresaría a contracorriente:
Estoy profundamente convencido de que todo nacionalismo representa para la humanidad nada más que la mayor de las desgracias, y que todo ser humano debería esforzarse en crear armonía dentro de la especie humana, cuyas únicas fronteras debieran ser geográficas, no raciales o religiosas. Es cierto que el nacionalismo de los pueblos oprimidos, que es una reacción natural de autodefensa, es mucho más excusable que el de sus opresores. Sin embargo, si el nacionalismo de los fuertes es innoble, el de los débiles es imprudente, porque cada uno da origen y sustancia al otro, y representan un círculo vicioso de miseria del que la humanidad nunca escapará a menos que todos sacrifiquemos nuestro egoísmo de grupo y hagamos un esfuerzo por permanecer en una tierra completamente neutral.
Ésa es la razón por la cual, a pesar de los sufrimientos desgarradores de mi pueblo, no me aliaré al nacionalismo hebreo [se refiere al movimiento sionista], pues prefiero trabajar solamente por la absoluta justicia entre los pueblos. Estoy profundamente convencido de que puedo hacer mucho más bien por mi desdichada especie de esta manera, que a través de esfuerzos nacionalistas.
Tal fue la gran esperanza del Dr. Esperanto. Esperanza en favor de la cual –debe saberse– desistió de patentar su formidable invento. Pues era un hombre sabio, y entrevió que su criatura podría propagarse más rápido y mejor si era enteramente libre, si ninguna atadura mezquina la constreñía. Hoy hablan esperanto varios centenares de miles de personas en todo el planeta.
Particularmente significativa, por su riqueza de implicancias, ha sido la relación entre esperanto y socialismo. Las dos grandes corrientes de este movimiento internacional, el anarquismo y el marxismo, fueron, en el primer tercio del siglo XX, un campo especialmente fértil para la propagación de aquel idioma –el primero de ellos sobre todo–, dada su marcada vocación ecuménica; una vocación que respondía tanto a razones doctrinales como estratégicas (internacionalismo proletario). En la Alemania de Weimar, por ejemplo, donde tuvo una intensa difusión, el esperanto fue apodado sugerentemente el latín de los obreros.
En muchas partes del orbe los ácratas fundaron círculos esperantistas, que en 1906 confluyeron en la liga internacional Paco-Libereco («Paz y Libertad»), y cuatro años después en Liberiga Stelo («Estrella Liberadora»), una entidad análoga pero de mayor tamaño. Y en el ínterin, en el Congreso Anarquista de Ámsterdam (1907), se resolvió recomendar el aprendizaje y la utilización del esperanto como lengua vehicular por excelencia del movimiento obrero internacional. En 1921 se creó la Sennacieca Asocio Tutmonda («Asociación Anacional Mundial», más conocida por la sigla SAT), que supuso un gran avance para el esperantismo proletario.
Durante la Guerra Civil Española (1936-39), en la que tanto descollaron los gremios obreros y las fuerzas de izquierda –el anarcosindicalismo sobre todo–, el esperanto probó ser, en muchas ocasiones, un eficaz antídoto para remediar las dificultades de comunicación existentes al interior del bando republicano. Recuérdese que tanto las milicias antifascistas que combatían en el frente, como las organizaciones revolucionarias que operaban en la retaguardia, estaban llenas de voluntarios extranjeros procedentes de más de 50 países europeos y del resto del mundo: franceses, italianos, británicos, alemanes, austríacos, escandinavos, húngaros, rusos, yugoslavos, polacos, estadounidenses, canadienses, latinoamericanos… En este contexto de extrema diversidad idiomática, el esperanto sirvió a menudo de lingua franca garantizando la comunicación.
También en la Unión Soviética el esperanto recibió un fuerte espaldarazo, a pesar de que importantes referentes del marxismo bolchevique se habían pronunciado en su contra por prejuzgarlo una «utopía» (quimera) pequeñoburguesa y retrógrada, contraria a la revolución. Pero durante los años 30, en plena marea patriotera de re-rusificación, el régimen estalinista decidió extirparlo con violencia por considerarlo un apátrida «idioma de espías». Numerosos esperantistas soviéticos fueron víctimas de las grandes purgas, pagando con la libertad o la vida su activismo «antibabélico».
El esperanto fue percibido con alarma, hostilidad o recelo por infinidad de gobiernos totalitarios, autoritarios y conservadores: la Alemania nazi, el Japón de Tōjō, la España franquista, los EE.UU. del macartismo… Incluso la Francia de la III República le tuvo animosidad: en 1922, el gobierno de Millerand prohibió su enseñanza en las escuelas y vetó su uso en la Liga de Naciones.
Las preocupaciones estéticas de ese peculiar universo lingüístico-cultural que es el Esperantujo –la comunidad internacional de esperantistas– son tan antiguas como el esperanto. Tanto es así que el propio Zamenhof, en su afán de probar al mundo la plasticidad y fuerza expresivas de su novedoso idioma, incursionó desde un principio en la traslación y creación de textos literarios, inquietudes que nunca abandonaría. En el Unua Libro, por ej., incluyó, además de dos composiciones poéticas de su propia autoría, varios extractos de la Biblia y un poema de Heine traducidos por él mismo. Con el correr de los años, y haciendo uso de sus excepcionales dotes de políglota, Zamenhof volcó al esperanto numerosas obras consagradas de la literatura universal: Hamlet de Shakespeare, Los bandidos de Schiller, El inspector de Gógol, los cuentos de Andersen… Su poema La Espero (ver más abajo), en el que plasmó y condensó su peculiar filosofía homaranista, acabaría convirtiéndose en la letra del himno anacional adoptado por toda la ecúmene esperantista.
Muchos han sido los esperantistas que siguieron el ejemplo literario de Zamenhof a lo largo de la historia contemporánea. Enumerarlos aquí a todos sería imposible. Entre los escritores pioneros –cuya actividad se desplegó durante la Belle Époque y la Primera Guerra Mundial–, se destacan Antoni Grabowski, Kazimierz Bein y Henri Vallienne. Las letras esperantistas no serían lo que son sin su invaluable aporte.
Durante el período de Entreguerras y la Segunda Guerra Mundial, sobresalieron los exponentes de la llamada escuela húngara: escritores de la talla de Julio Baghy, Kálmán Kalocsay y Ferenc Szilágyi, entre otros. También la escuela soviética –muy vinculada a la SAT– adquirió lustre por aquellos años, antes de que la barbarie estalinista, presa de la paranoia, se ensañara con ella.
En la Posguerra, descolló la figura del infatigable Juan Régulo Pérez, un catedrático canario de la Universidad de La Laguna que fundó la Editorial Stafeto, cuya labor en materia de difusión internacional del esperanto durante los años 50 y 60 difícilmente pueda ser exagerada. Particular relevancia tuvo, asimismo, la escuela escocesa. William Auld, su principal referente, fue candidato en varias ocasiones al premio nobel de literatura, destacándose también por su prolífica labor de traducción. Más contemporáneamente, la escuela ibérica cobró notoriedad de la mano de autores como Miguel Fernández, Jorge Camacho Cordón, Abel Montagut y Gonçalo Neves.
La presencia del esperanto en el séptimo arte ha sido más bien escasa y errática. Ello se ha debido, principalmente, a las dimensiones del Esperantujo, muy modestas para la industria cinematográfica (menos de dos millones de esperantohablantes), y también a la extrema dispersión geográfica de dicha comunidad lingüística a lo largo y a lo ancho de los cinco continentes, con los problemas de realización y distribución que esa diáspora acarrea. Dejando de lado documentales y cortometrajes, existen cuatro películas íntegramente habladas en esperanto: el policial francés Angoroj (1964), de Atelier Mahé; Incubus (1966), del estadounidense Leslie Stevens, film de culto entre los amantes del género de terror; el policial Gerda malaperis! (2006), del brasileño Joe Bazilio, adaptación de la clásica novela homónima de Claude Piron; y La Patro (2007), mediometraje dramático también dirigido por Bazilio. El uso incidental del esperanto en películas rodadas en otros idiomas (inglés, castellano, etc.), ofrece múltiples y variados ejemplos, desde la sátira El gran dictador (1940) de Chaplin –donde los letreros del gueto están escritos en esperanto, no en alemán o ídish, como comúnmente se cree–, hasta las pochocleras Street Fighter: la última batalla (1994) y Blade: Trinity (2004), pasando por el thriller psicológico Već viđeno (1987) del serbio Goran Marković, la distopía Gattaca (1997) del neozelandés Andrew Niccol y El coche de pedales (2004) del español Ramón Barea.
Una mención especial –con algunas digresiones– merece el drama histórico La ciudad quemada (1976) de Antoni Ribas, largometraje emblemático del Destape español y del nuevo cine catalán. Narra los avatares de una rica e influyente familia barcelonesa durante el agitado período de la historia ibérica –y catalana– comprendido entre el Desastre de Cuba (1898) y la Semana Trágica (1909): la pervivencia de la España monárquica y clerical, el mundo burgués en los años dorados de la Belle Époque, el auge del catalanismo, la cuestión social, el movimiento obrero, el anarquismo, Lerroux y los republicanos, las ambiciones coloniales sobre Marruecos, la Guerra de Melilla, Gaudí, la Escuela Moderna de Francisco Ferrer y Guardia, la utopía esperantista…
La ciutat cremada –tal es su título original en catalán– comenzó a ser rodada en 1975, durante la agonía de Franco y su dictadura; y se estrenó al año siguiente, en los timoratos inicios de la Transición Española, no sin antes sortear múltiples escollos burocráticos que, en el fondo, no eran más que maniobras dilatorias. Esta censura encubierta también se manifestó en la reticencia de muchas distribuidoras a exhibir la película en catalán. Ciertamente, el film dice mucho del tiempo que evoca, pero también del tiempo en que se realizó, ambos signados por la crisis colonial y el renacer del catalanismo (En 1976 España abandonaba el Sahara Occidental, y en 1977 Cataluña comenzaba a recuperar su autonomía).
El reparto incluye, entre otros actores y actrices, a Xabier Elorriaga, Francisco Casares, Ángela Molina, Pau Garsaball, Jeannine Mestre, José Luis López Vázquez y José Vivó. El film se destaca también por sus numerosos cameos, como el del cantautor Joan Manuel Serrat y la escritora Montserrat Roig. Fue galardonado en los festivales de Montreal (1978), Biarritz (1980) y Locca (1981).
Merced a su sugerente trama histórica, y a la censura que ensombreció su estreno, La ciudad quemada se convirtió en un símbolo del despertar posfranquista de la catalanidad.
Traigo a colación esta película porque ella no sólo incluye escenas donde se habla esperanto, sino también porque da cuenta de los fortísimos vínculos que había, a principios del siglo pasado, entre el Esperantujo y el movimiento obrero, especialmente con el socialismo libertario. Barcelona era entonces la meca mundial del anarquismo, y también un importante foco del esperantismo. En 1909, la urbe catalana fue, a la vez, escenario de la Setmana Tràgica y sede del V Congreso Universal de Esperanto. Todo un símbolo. La ciutat cremada testimonia el fervor conmovedor con que muchos proletarios del mundo, hace cien años, aprendían a hablar la lengua vehicular de Zamenhof, en el marco de una experiencia propedéutica y autodidacta mucho más vasta, que era asumida como un aspecto esencial de la conciencia de clase y la subjetividad revolucionaria.
En los corazones de esos humildes obreros del novecientos, palpitaba una bella utopía: la utopía de un idioma-mundo sin fronteras. Que la desmemoria de Babel no la mate.
Federico Mare
NOTA.— El presente artículo es una versión actualizada, corregida y aumentada de otro que fuera publicado en el nº 17 de la revista Poslodocosmo (noviembre de 2013).
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA
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