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May 28, 2017 La Quinta Pata Creacion Comentarios desactivados en María Rosa Mística
Por Alberto Atienza
Es muy cómodo razonar desde el piso cuando los demás se ocupan de una, mientras yo, en este momento, soy una especie de rosa mística yacente que ha interrumpido con su caída los cánticos, los rezos y hasta la obligada atención al cura que desde su púlpito con parlantes le exige a todo el mundo. Él, sigue hablando. Lo escucho y me doy cuenta que se ha adueñado de la virgen. Es una especie de peludo de regalo que se encontró con el milagro que él nunca pudo hacer. Hasta hoy fue un cura de trocha angosta, un cura de cuarta, que aconsejaba a matrimonios mal avenidos sin haber estado casado, que una vez soñó con ser un santo y llegó a amar a la santidad, pero ésta no lo quiso a él. Un día esa imagen pequeñita de una virgen de un remoto lugar se mandó un milagro, el milagro. Un canceroso desahuciado al que le quedaban según mi padre nada más que dos afeitadas para irse, ese que cada vez que pasaba y decía buenos días las mujeres se santiguaban como ante un difunto y los hombres frunciendo la nariz comentaban por lo bajo: que olor a madera tiene, ese, se mejoró. Fue un milagro. Un médico de los tantos que lo vieron puso en un certificado, una de las ofrendas que la virgen atesora, que su recuperación era inexplicable. Ese término, en un médico, fue otro milagro. Después el tullido de por vida largó las muletas. Bueno, la virgen resolvió males de amores, desfació entuertos, le hizo sacar la lotería a un tipo que sabía que la iba a ganar, favoreció a mucha gente que le ofreció algo. Ella recibía cualquier cosa. Desde dos flores compradas por una mujer muy pobre, hasta el no fumar más de un hombre que se fumaba todo y que disfrutaba haciéndolo.
En eso pensaba yo en el suelo y el médico no venía. Y el de las tetas, el toquetón, tampoco. Eran los únicos dos que podían brindarme emoción en ese momento. El suelo estaba frío y no venían. Llegaba sólo la voz del cura que no se había enterado de mi desmayo y seguía castigando a la gente igual que hace dos horas, anunciando que no teníamos nada que recibir todos aquellos, nosotros, que esperábamos un milagrito. Queríamos un gran milagro en nuestras humildes esferas personales. El, hablaba de milagritos, porque, decía, esta virgen está acá para pedirles cuentas, no para dar, porque todos ustedes son unos pecadores y tienen que aprender a perdonar, porque el país (ya no alcanzábamos nosotros) está dolido por lo pasado y no importa quién desató la violencia, quién quiso desatarla, quiénes fueron sus posibles víctimas, hay que perdonar.
Y dale el cura con su amnistía y la gente se seguía cansando. Yo, en una especie de desmayo perpetuo me asusté porque pensé que si el cura no cortaba su perorata y bueno, no me quedaba otra que morirme. Porque los que vinieron acá a buscar su milagrito deben aprender a perdonar, si no, no habrá milagro, gritó. Cuando dijo milagro, con todo su peso, me di cuenta que ese sujeto al que yo no veía, era el administrador de los verdaderos prodigios de la virgen. Supe que él los estaba retaceando. Calificaba a quiénes lo recibirían. No puede ser, me dije y se me abrieron un poco los ojos. Pude ver un círculo de pies a mí alrededor. Zapatos de toda clase. Más arriba, rostros, un poco aburridos. Esperaban el hoy-gran-espectáculo-hoy que ya no era la salida de la virgen, sino, que yo, me muriera. Aguardaban mi último estertor, mi boqueada final y luego partirían a contar lo visto.
El cura, dale que dale. Se metió de lleno en el fuego del infierno. Que lo parió. Yo vivía en el infierno. En el momento de estar desmayada, no tanto. Un poco descansaba, estiraba mis músculos, la espalda tensa, de tener todo el día o casi todo el día, alzado al bebé. Entré al infierno cuando se fue mi marido, el padre del bebé. Desde ese momento, aunque nunca anhelé su regreso, me sentí muy mal. Vinieron otros, si, pero fue algo de paso y yo, como ahora, mitad desmayada, mitad despierta. No vino el que yo quería, ese que me hace falta en las noches frías y en las calurosas, para que me arregle un enchufe y se cebe un mate, solo, en la cocina mientras yo duermo y dormida siento su presencia casi benefactora bajo el mismo techo. Ese, que en una madrugada de invierno toma al bebé con fiebre y sale desesperado hacia un hospital. Ese. Que no está. Al que espero. Que existe, pero que no me conoce. O que sabe de mí y aún no me ha descubierto. Ni yo a él. A ese, virgen. A ese quiero. ¿Me lo vas a mandar?.
Y llegó el de las tetas, junto con la virgen que salía traída en andas por cinco seminaristas que se le consagraron en esa misa, justo a ella, a la de los milagros, ¿por qué no a la del Carmen? Me pregunté cuando lo anunciaron. No. A ella. Ahí viene la virgen, saquen los pañuelos, salúdenla, gritaba una voz aflautada.
Nadie más me dio bola, salvo el de las tetas, que seguía prendido, como haciéndome fricciones. Estábamos los dos solos. Yo incorporándome de a poco y él, firme, amasándome los pechos. Rajá boludo, le dije, que viene la virgen. Miró para arriba, hacia donde yo miraba y vio la imagen flotante sobre los hombros de cinco curitas y quedo alelado. Se fue. Me dejó en paz.
Porque aquellos que no ofrezcan un gran sacrificio, decía atronadora la voz de los parlantes, no recibirán nada de ella. La virgen, en una de esas vueltas que dio el palanquín, giró su rostro hacia mí. Me pareció que lloraba, que de sus ojos caían dos pequeñísimas lágrimas. O era de los míos. Qué sé yo.
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