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Abr 08, 2018 La Quinta Pata Mendoza Comentarios desactivados en Carta abierta al Consejo Superior de la UNCuyo, en defensa de la libertad de pensamiento al momento de jurar
Federico Mare, egresado de la carrera de Historia y a punto de recibir su título, escribió una carta abierta a las autoridades de la Universidad Nacional de Cuyo en defensa de la libertad de pensamiento, solicitando que se permita jurar solamente por su «honor», ya que por una ordenanza vigente desde la dictadura de Onganía, se establece que la jura debe ser «por Dios, por la Patria y estos Santos Evangelios”, o “por Dios, por la Patria y mi Honor” o “por la Patria y mi Honor«.
El hecho tuvo una amplia difusión en las redes sociales y Mare recibió el apoyo de estudiantes, egresados e investigadores del Conicet, e incluso se difundió en varios medios locales.
Tal fue la repercusión que el rector Daniel Pizzi se comprometió, en su perfil de Facebook, a poner el tema en agenda de la UNCuyo.
A continuación, la carta difundida por Federico Mare:
Estimados/as integrantes del Consejo Superior de la UNCuyo:
Esta petición y proposición que difundo como carta abierta, a través de Facebook, he de presentárselas en breve como nota por vía administrativa, con las adaptaciones formales que sean necesarias y las adhesiones que ella concite. Como se trata de un asunto netamente público, no veo nada de malo en este proceder. Al contrario, entiendo que el mismo podría propiciar la reflexión y el debate en el seno de nuestra comunidad universitaria, y también fuera de ella, algo que siempre es positivo.
Seguramente Uds. estarán de acuerdo conmigo en lo siguiente: el juramento de colación no es una nimiedad. No lo es, ante todo, por su finalidad y circunstancias. Cada estudiante de la UNCuyo que egresa, debe jurar –ante las autoridades, en el marco de una ceremonia pública– para que se le haga entrega del diploma; y recibir el diploma significa nada menos que quedar formalmente habilitado/a para el ejercicio de una profesión. Pero hay otra poderosa razón por la cual el juramento de colación es un asunto delicado, serio: quien jura, quien se compromete solemnemente a honrar su vocación u oficio, debe invocar aquello que considera –y asume– como fundamento supremo de su honestidad y rectitud moral, como piedra angular de su conciencia ética y obrar responsable.
El juramento, por ende, involucra creencias, convicciones, ideales, etc., por los cuales respondemos, y conforme a los cuales vivimos, o al menos intentamos vivir. Hablamos, pues, de valores. Ellos son nuestros pilares, nuestro anclaje, nuestro basamento. Nos definen y orientan, nos vertebran e impulsan. Cimentan nuestra identidad y guían nuestros actos, testimoniando nuestra condición de seres racionales y libres. Los valores le dan sentido a nuestras vidas, y también a nuestras muertes. No es poco. ¿Existe algo más sagrado –en sentido literal o metafórico– que nuestros valores?
La ordenanza 21/66 del Consejo Superior, en su art. 28 (versión original), prevé solamente tres fórmulas de juramento: a) “por Dios, por la Patria y estos Santos Evangelios”, b) “por Dios, por la Patria y mi Honor” y c) “por la Patria y mi Honor”. Es una disposición vetusta y estrecha, que hoy resulta anacrónica e intolerante (en rigor de verdad, siempre lo ha sido). No respeta el principio de libertad de pensamiento y conciencia, axioma imprescindible de la convivencia republicana y democrática. Vulnera de modo flagrante el derecho de las minorías a la igualdad de trato, a la no discriminación. Es, por lo demás, una disposición que se remonta a uno de los tiempos más oscuros de la historia argentina contemporánea: el Onganiato, la dictadura militar del Gral. Onganía. No es pura casualidad, no, que la ordenanza 21 haya sido aprobada en la luctuosa jornada del 29 de julio de 1966, pocas horas antes de que se produjera la Noche de los Bastones Largos… ¿No es acaso una coincidencia sintomática, reveladora?
Pero las sociedades cambian, maduran. Y es por ello que las normas pueden y deben ser revisadas, modificadas, actualizadas, corregidas, mejoradas. Sin ir más lejos, en marzo de 2006, a sugerencia de la Facultad de Filosofía y Letras, el Consejo Superior –mediante la ordenanza 8– incorporó una cuarta opción de juramento, a saber: “por Dios, por la Patria, mi Honor y estos Santos Evangelios”. El argumento esgrimido fue muy simple, y a todas luces inapelable: la fe teísta, el credo cristiano y el patriotismo no son incompatibles con el sentido del honor personal. Es una pena, sin dudas, que mi alma mater no haya tenido mayor amplitud de miras y generosidad en su propuesta de enmienda (dado que sus claustros nunca han estado integrados, que yo sepa, sólo por personas cristianas de ideología nacionalista o sentir patriótico), pero eso no viene aquí a cuento. Ojalá que las autoridades actuales de Filosofía y Letras –y por qué no también de otras facultades– reparen aquella triste omisión de 2006 apoyando ahora oficialmente, con firmeza, la petición y proposición que he de hacerles a Uds. más abajo.
Como estudiante egresado de la UNCuyo, quisiera poder jurar de un modo acorde a mis convicciones, a mis valores, a mi ética, a mi sentido moral. Un modo que no lesionara mi libertad de pensamiento y conciencia, ni tampoco mi dignidad como persona. La libertad de pensamiento y conciencia, igual que la dignidad, son derechos humanos de primerísimo orden, con rango constitucional, tutelados por diversos tratados internacionales, entre ellos la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU.
Quisiera, simplemente, poder jurar por mi honor. Por mi honor a secas. Sin invocar a Dios ni a la patria. Estos dos conceptos son extraños a mi cosmovisión. Si jurara por ellos, me estaría traicionando a mí mismo. No quisiera que mi colación supusiera un acto de claudicación o de hipocresía. Quiero jurar por aquello por lo que cabalmente puedo responder. Puedo responder por mi honor, pero no puedo responder por Dios ni por la patria, porque no creo en el primero ni me siento identificado con la segunda.
Además de ateo, soy socialista libertario. El socialismo libertario, entre otros postulados esenciales, proclama el internacionalismo. Como internacionalista, la idea de patria me resulta ajena. No se me malinterprete: amo mi país. Siento –igual que el común de las personas– un apego sentimental especial por la tierra donde nací, me crié y siempre viví, y donde espero poder morir. Pero esa querencia, ese apego primordial o telúrico por Argentina, no puedo ni quiero sostenerlo desde las premisas ideológicas del patriotismo o del nacionalismo. Soy una persona de talante cosmopolita, y un convencido defensor del internacionalismo. Igual que John Lennon, me gusta imaginar un mundo sin fronteras. Es una utopía de paz y fraternidad.
¿Qué representa para mí Argentina? Representa mi terruño, no mi patria. No se trata de una sutileza semántica quisquillosa. El ideologema patria denota y connota toda una serie de nociones políticas y culturales con las que no comulgo, y que, a mi modesto entender, fomentan una identidad colectiva de tipo esencialista y narcisista que, demasiado a menudo (la historia lo prueba), ha derivado en planteos de excepcionalidad, exclusividad y superioridad, y por ende, en guerras fratricidas.
Hay, asimismo, un problema de género. La palabra «patria», de origen latino, es una contracción de terra patria, «tierra de los padres». Por esta razón etimológica, el feminismo, con razón, cuestiona dicho término, entendiendo que su semántica es sexista, o al menos fuertemente androcéntrica. ¿El país natal no es también, acaso, nuestra terra matria? He aquí otra razón en virtud de la cual, como varón antipatriarcal, no adhiero a la idea de patria.
Podría, desde luego, en lugar de formular esta petición, ser menos principista y más práctico. Podría haber firmado la solicitud de mi título marcando con una cruz la opción “juro por la Patria y mi honor”, y luego, en la ceremonia de colación, hacer lo que tantos y tantas estudiantes vienen haciendo de hecho: improvisar una jura acorde a mi preferencia personal, con la benévola complicidad o lenidad de unas autoridades que, para no quedar como antipáticas ni agriar el clima de celebración, hacen la vista gorda ante dicha irregularidad. Pero yo no quisiera hacer eso…
Mi padre, un mecánico ateo y anarquista que leía a Bakunin y Kropotkin (a él le debo mis ideales), me enseñó que la coherencia –intelectual y moral– es un valor cardinal. Me enseñó que debía buscar el máximo de correspondencia posible entre lo que digo y lo que obro. Si firmo una cosa, no quisiera luego hacer otra. No deseo mentir, faltar a la verdad. Quiero jurar con la misma fórmula que me comprometí por escrito a utilizar. Trato siempre, en esta vida, hasta donde humanamente puedo y soy consciente, de que mis palabras y mis actos vayan de la mano, que no se contradigan. Jurar por algo diferente a lo que rubriqué con mi firma sería un acto de deshonestidad no solo conmigo mismo, sino también con la propia universidad. No me parece saludable.
Entiendo perfectamente –y respeto de corazón– a todas las personas que, condicionadas por la necesidad de obtener el diploma con urgencia, sin complicaciones ni disgustos, llenan la solicitud eligiendo una fórmula que, en el fondo, no les complace ni representa; y que luego no habrán de respetar, o respetarán de mala gana, sin convicción. Pero yo soy celoso y testarudo con mis principios, igual que mi difunto padre, y no quisiera contradecirme, ni quedarme luego con la sensación amarga de haber claudicado.
Por todas estas razones que he argumentado, les solicito que me permitan jurar por mi honor a secas. Me comprometo solemnemente a responder por él. Les aseguro que daré todo de mí, todo, para honrar mi profesión de docente e historiador (como de hecho creo haberlo estado haciendo en estos últimos años donde no tuve aún el título, pero sí la vocación de historiar y enseñar, de investigar y escribir bajo el madrinazgo de Clío, la musa de la historia). Juro ante Uds. aquí y ahora, mucho antes de poder hacerlo en la ceremonia de colación, que, en mi futuro desempeño profesional avalado con diploma, no defraudaré jamás a la UNCuyo. Me comprometo a trabajar en mi oficio con honestidad y rigor, y con sentido del bien común. Si jurara por la patria, sería un perjuro. Haría un juramento en falso, carente de todo valor moral. Lo único que les pido es que me permitan jurar por aquello por lo cual puedo efectivamente responder: mi honor.
Junto a esta petición, quisiera elevarles también una proposición: que se enmiende el art. 28 de la ordenanza 21/66, introduciendo una quinta fórmula de juramento en beneficio de todos aquellos alumnos y alumnas que, como yo, no creen en Dios ni se sienten contenidos/as en la noción de patria. Si solo bregara por la resolución de mi caso particular, estaría siendo egoísta, individualista. Es mi anhelo que esta quijotada, amplificada sobre la marcha por la solidaridad de muchos y muchas, reporte también un beneficio general, más allá de mi persona, que es solo un ave de paso, entre miles y miles de aves de paso.
La enmienda aquí propuesta no es ninguna ocurrencia extravagante. Ya hay precedentes importantes. La señera Universidad Nacional de Córdoba, cuna de la Reforma Universitaria, permite desde 2007 jurar solamente por el honor. La UBA, por su parte, contempla esta cuarta opción: “Juráis por vuestro honor y aquello que consideráis el máximo valor ético, como testimonio del compromiso que contraéis para siempre…”. Y sin ir tan lejos, la vecina Universidad Nacional de San Juan –nacida como un desprendimiento de la UNCuyo– también ha flexibilizado el juramento, introduciendo la noción de compromiso y declarando opcionales tanto la invocación a Dios como a la patria.
Es más, tenemos un antecedente ejemplar en nuestra propia universidad: el Reglamento Interno de la Facultad de Ciencias Médicas, aprobado en agosto de 2009 –a través de la ordenanza 7– por el Consejo Directivo de esa casa de estudios. El art. 106 del mismo establece que “El egresado puede optar por una de las siguientes fórmulas al iniciar el juramento o puede combinarlas: 1- Por Dios, por la Patria y por los Santos Evangelios. 2- Por Dios, por la Patria, por los Santos Evangelios y por mi Honor. 3- Por Dios y por la Patria. 4- Por Dios, por la Patria y por mi Honor. 5- Por la Patria y por mi Honor. 6- Por la Patria. 7- Por mi Honor”. Esta amplitud y flexibilidad axiológicas que exhibe nuestra Facultad de Ciencias Médicas, concretada en un abanico de siete fórmulas de jura libremente asociables, debieran ser un paradigma a seguir para todas la facultades, una fuente de inspiración para la UNCuyo en su conjunto. Ojalá este sueño pronto se haga realidad.
El art. 28 de la ordenanza 21/66, que fija las distintas fórmulas de juramento, dice que queda “a libre criterio” de cada estudiante de la UNCuyo “la elección de una de ellas”. A más de medio siglo del golpe militar de Onganía, y de la Noche de los Bastones Largos, sería por demás saludable que ese margen de autonomía decisoria de las personas fuese ampliado, en tributo a la diversidad cultural y la libertad humana, sin cuya vigencia plena la civilidad democrática resultaría impensable.
Por lo demás, sería un contrasentido que una universidad pública y laica no salvaguardara a rajatabla la libertad de pensamiento y conciencia. Así como existe la libertad de cátedra, también debe existir mayor autonomía al momento de jurar. Si aquella es un principio a valorar y fomentar, ¿por qué no ha de serlo también, entonces, la libertad de juramento?
Saludo a Uds. cordialmente,
Federico Mare
DNI n° 25.789.013
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