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May 27, 2018 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en “Pato trabaja en una carnicería” o el resentimiento
Sí que empuñaba la voz hace medio siglo ese muchacho Moris con lúcida rebeldía: “Todo empezó con el chiste que decía/ lo tuyo es mío y lo mío es mío/ no comprendimos que eso sería/ lo que algún día nos heriría”. Sin embargo, y pese a varias alusiones más, esta nota no versa de música ni de su poesía, sino que desde lo personal a lo político intenta dar cuenta de un estado de situación en el que lo social y lo generacional se conjugan en fracaso colectivo. Es entonces, una introspectiva y una retrospectiva despiadada sobre la militancia y los años recientes, sin ánimos de generalizar, pero confirmando que las excepciones hacen a la regla, y con una serie de preguntas lanzadas al futuro. Muy a tono con aquél inicio deslumbrante del rock nacional.
“Hay que sacarlo todo afuera como la primavera”, dice una canción de Piero, “para que adentro nazcan cosas nuevas, nuevas, nuevas”, continúa. No es que ande tan retro, pero eso empezó a sonarme con insistencia a la hora de encarar esta nota, de estricto contenido y direccionamiento desde una primera persona netamente política. O sea, casi una carta abierta, a modo de balance y reenfoque a futuro para mí, pero también una relectura con guiños colectivos. Sabrán disculpar por tamaña autorreferencialidad en lugar de un artículo periodístico o crónica sobre Bolivia, sólo me ordeno escribiendo y es lo que preciso hoy para poder seguir el plan medianamente vislumbrado de mi exilio: terminar por conjurar dolores y fantasmas que me siguen desde Argentina, ajustando de una vez en una vuelta de tuerca todo lo que parezca resentimiento y nostalgia, que de todas maneras perdurarán en la distancia. De allí el fraseo de Piero, que terminó por estrujarme cuando busqué el tema en internet: pertenece al disco “Canto de la ternura”, cuyo arte de tapa muestra al cantautor con su hijito en diáfano amor. Mil veces acaricié ese long play bailando y jugando con mi viejo. Con nostalgia y resentimiento entonces, sigo adelante.
Hace décadas que la idea de trabajar sobre el resentimiento me atrae, desde el Raskólnikov de Dostoievski a los debilitados hombres y mujeres de Cheever, pasando por la mayoría de los personajes masculinos de Kafka. Pese a garabatear sobre el tema ahora por primera vez, los años de hambre en este oficio y, fundamentalmente, los sinsabores de la militancia terminaron por encarnar esa esencia resentida en mí. Al fin y al cabo, este exilio, con todas sus determinantes políticas y económicas que tiene, no deja de ser voluntario, partiendo por “un empezar de cero” imposible e impulsado por “un mandar todo a la mierda” -o casi todo- bastante posible. Porque lo elegí, lo soñé y lo deseo, y lo sostendré con la misma tenacidad que acompañé durante años a los juicios de lesa humanidad. Pero no puedo olvidarme ni dejar de señalar que el destino que forjamos, con más errores que aciertos, con más dolores que comodidades, ha sido condicionado en el marco de una estrepitosa derrota colectiva, con muchos, muchísimos responsables políticos y pretendidos compañeros levanta-banderas que no hicieron otra cosa que aferrarse al mástil y chorearse el pedestal, mientras que miles quedábamos a la intemperie en una tormenta atroz que recién empieza.

No se trata de exculpar los fracasos propios con chivos expiatorios, ni de juzgar sin acuciar al propio ombligo o de encerrarse en un odio paralizante e improductivo. Se trata de pegar el grito de aviso ahí donde hizo y hace falta; de desenmascarar la hipocresía careta -tan pero tan menduca- y la solidaridad a medias, de cartón, que encubre verdaderos actos de egoísmo y rapacidad personal. En fin, de ponerle el cascabel al gato, al menos para sacudir los conservadores esquemas de nuestro falso progresismo y para que quienes se autoproclaman referentes se inquieten un poco en sus posiciones acomodaticias. Un mínimo gesto de humildad sería sano para todxs. En cambio, desmedido sería pretender un asalto a ese status simbólico de poder -o de no poder, mejor dicho- ya que el síndrome de Estocolmo parece pandemia. Prefiero insistir en que como militantes, laburantes y colectivo comprometido, no nos desmerezcamos tanto y abandonemos la fingida ingenuidad y el autoengaño. Lo que gelmaneanamente “hoy nos pasa”, tiene sus cómplices en nuestras filas, ellos no son “El Enemigo” pero se le parecen mucho. El monstruo que aceleradamente nos devora fuerzas y alegría ha sido generado en buena medida por nosotrxs. Y esto trasladado al plano nacional. ¿O vamos a seguir temblequeando por lo cuco que es el cuco sin siquiera abrir la boca ante tanto sapo tragado?
Mi generación y la que viene un poco atrás, que adoleció en las calles del no futuro y la antipolítica, que se recuperó con el kirchnerismo y que creció, y se jugó la vida y la muerte por el país, ha quedado nuevamente desamparada en el ojo de huracán de una nueva crisis demencial, la segunda en quince años. Demasiado ¿no? Con la diferencia de que ahora ya no habrá ni “anomalía” ni tercera vuelta y que tenemos cuarenta años, es decir, estamos totalmente fuera del circuito de la lógica “productiva” capitalista, de “la vida útil”, apenas “aptos” para sobrevivir… Entonces, más allá de la esperanza en lxs hijxs, nosotrxs, lxs que no nos subimos a los botes porque jamás dejamos de remar mar adentro, ¿hasta cuándo vamos a hacerles el aguante a quienes sólo “militan” por su proyecto? Por eso, al mejor estilo D´Elia respecto de la oligarquía, es que políticamente los odio señores representantes, los odio señores referentes, señores intelectuales, señores académicos, señores profesionales. Tanto en las buenas como en las malas han demostrado lo que son: cagones, amarretes, obturadores y en algunos casos hasta directos entregadores. Jamás dejé de tender puentes hacia “los mayores”, pero va siendo hora de que se les exija al menos una autocrítica real -léase, REAL- y permeabilidad para una verdadera renovación en medio de tanto acapara-cargos con sus infaltables sostiene-velas.

Siguen girando los discos de mi viejo, gracias a los cuales no podrá achacárseme el saltar porque estoy lejos, porque me fui. Siempre fui así, lo mamé desde chiquito, “si no canto lo que siento me voy a morir por dentro”. La injusticia me hizo sensible, la sensibilidad me hizo peronista, la marginalidad peroncha me llevó a pulsar el periodismo y la escritura. Todo ese cóctel fatal me hace un resentido. Viví saltando -diciendo para y por el otro- y a los saltos, obligado por quienes señalo más arriba. Y hoy, después de años de dejarlo todo en nombre de un difuso “nosotros”, de encontrarme a medio camino sin espacio, ni tiempo ni materia, y asumiendo apenas el cuarto más arduo de los más célebres versos de Facundo Cabral, porque inevitablemente soy de aquí y soy de allá, y tengo edad -demasiada ya como para hacerme el gil- pero no sé si porvenir, menos que menos, menos que nunca, me voy a callar la boca. Y como es inexorable seguir perdiendo al apostar al olvido, me consuelo con aprender a rascarme en el palenque zitarrosiano de saber que “a nadie le interesa lo de otra gente con sus tristezas”.
No, no puedo olvidarme siquiera en el destierro elegido y con toda la voluntad de abrirme a este multi-universo que casi a ciegas voy descubriendo, de que nuestros granitos de arena fueron y siguen siendo dilapidados por la maquinaria de hacer humo, sólo humo, ni botellas ni espejitos de colores. Son los que precarizaron y los que miraron para otro lado cuando empezaron las estampidas de espacios, proyectos y puestos de trabajo, hace bastante más de dos años ya. Lo que se dice un aprendizaje bien universitario… Y los que se quedaron con las medallitas. Y los que antes de eso, con la sola prepotencia de sus largas batallas, nos tuvieron asquito porque éramos apenas pibxs kirchneristas -de los “sin cargo”, claro-, y recelo porque le encontrábamos el pelo al huevo y nos poníamos a su par en la lucha, aportando nuevas fórmulas y ofreciéndonos. Son los mismos que después, cuando todo empezó a irse al carajo, “redescubrieron” el pelo en el huevo, se olvidaron de tantxs que estuvimos y se enchaparon con otras juventudes, “no tan politizadas”, obvio gordi, porque con la troskeada, o con banderitas con contradicciones supuestamente menores, siempre se han sentido más cómodos.

Así es que me asumo resentido y persisto en ello, creo en eso, en el resentimiento que absorbí de la calle y de la literatura, en el más puro resentimiento arltiano, el verdaderamente liberador, el de las putas y los manyines, de los orilleros y los orillados, de los desterrados de todo continente, de los que perdieron todo y de los que nunca tuvieron nada. Porque coincido con Adolfo Prieto en su análisis sobre Roberto Arlt (http://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/roberto-arlt-la-palabra-como-recurso-ante-la-impotencia): “Su instalación en una franja social y cultural sacudida por códigos fuertemente contradictorios, le retaceó el manejo lúcido de sus propios recursos y le impuso un escenario en el que debía representar una inacabable batalla con fantasmas. El fantasma de la escritura artística, del estilo, fue, probablemente, el que lo acosó con mayor asiduidad y malicia; el que lo obligó a desarrollar el más enérgico espíritu de defensa; y el que lo distrajo, por último, de las reflexiones que mejor convenían a su proyecto de narrador”. Y más coincido con Guillermo Saccomano en su análisis sobre la obra de Arlt (https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/17-35294-2015-04-19.html): “Su gran hallazgo es haber visto en Erdosain el resentimiento como algo transformador. Lo que visualiza es el peronismo”. Es decir, el hecho maldito del país burgués. ¿Acaso hay otro resentimiento más latente, más acabado y más negativo que el de esa burguesía?
Rebelión, resentimiento y nostalgia, en un marco de exilio, son conceptos siempre asociados al tango, que también suena y resuena desde mi computadora por estos días. En la nostalgia se iba a condensar la última parte de esta nota, en parte por la misma necesidad de conjura indicada al principio, en parte porque es un sentimiento más “amable”, a fin de acercar antes que alejar a lxs lectorxs. Pero bueno, el resentimiento se ha ido largo, de adentro hacia afuera, mientras que la nostalgia habita en el espejo que me mira, adornado por las fotos de Evita, de mi madre a los quince años y una mía, prematuramente desmantelando un diario Los Andes a la edad de dos. También me sonríe, ella, la nostalgia en el espejo, desde un hermoso dibujo hecho por mi sobrina. Por lo tanto el tema, también acompañado musicalmente, será revisitado en mejor ocasión, ya que además, va siendo hora de que reconcentre la mirada, torcida o no, por aquí, y tengo muchas cosas por hacer y por escribir. O mejor, como canta Charly atravesando La hija de la lágrima: “Hoy voy a salir/ Hoy voy a olvidar/ Hoy voy a buscar/ Un lugar para quedarme/ Hoy voy a escapar/ No voy a mirar/ Tus ojos ya son/ Del mercurio y no me salvan”.

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