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Jun 10, 2018 La Quinta Pata Latinoamérica Comentarios desactivados en Un paseo por las nubes
El movimiento es perpetuo y tiene doble dirección si uno se deja ir en una ciudad como La Paz. “Adentro” y “afuera” pueden fundirse en una sola zona a medida que nos perdemos en los recovecos urbanos de la altura. Y así, nostalgia y pensamiento se retroalimentan con la sensibilidad callejera en circunloquios que sólo son posibles si se escribe caminando.
Procuro recorrer los atardeceres con el mismo afán calmante y reflexivo con que lo hacía en Mendoza, por su city cuadriculada y de monótona modernidad sólo salpicada por cuantiosos espacios verdes, o telúricamente, por los callejones de Corralitos con un fondo de sol y montañas nevadas que con los años aprendí a apreciar como el único paisaje que me atrae de mi tierra. O como en los desolados paseos por la costa chilena más agreste y pobre, mi preferida, con el único premio de alguna puesta de sol que jamás es la misma a la anterior o a la venidera. Aquí los prefiero de lunes a viernes a partir de las seis, antes de que la noche ya casi invernal apague los colores y matices siempre variantes de la ciudad y sus largas panorámicas a medida que los huecos en la altura lo permiten. Sin ser taxativo, los sábados me reservo para el tránsito nocturno y a los domingos, cuando no emprendo un paseo más distante, los recorro de mañana o a la siesta, saboreando por los cerros asfaltados el honor que por única vez a la semana lxs habitantes con sus máquinas y sus quehaceres le rinden al nombre de la urbe que lxs cobija. Así es que suelen ser tardes-noches de los días de trajín mundano, cuando el frío empieza a apretar y la lluvia a amenazar, en las que discurro mis pasos, repaso mis batallas cotidianas y los afectos que aunque están me faltan, apaciguo o profundizo la melancolía diurna y proyecto desde las compras para la subsistencia a las esperas y esperanzas por seguir descifrando en búsqueda de laburo, pasando por los planes de escritura en curso o a futuro, porque si algo me ha dado Bolivia es esta sed de escribirlo todo. Son unas dos horas de un caminado rumiar constante en completa consonancia con el movimiento del gentío, las formas, luces y sombras de paisajes y edificaciones que varían a cada minuto, tanto como la piel empedrada o asfaltada de pendientes, curvas y leves planicies en las que me afirmo.

“Laderear” le he puesto a estas interminables caminatas que desgastan zapatillas y ponen a prueba piernas y pulmones. Una vez que fui perdiendo los ojos de turista y la absorbente locura de receptar toda la maravilla de a tirones ansiosos, cambié la estrategia para reconcentrarme en itinerarios de distintos barrios por vez, empezando por el mío, Sopocachi, que aún me sorprende al descubrir inhóspitos respiros bajo el pausado ulular de su amarillo tendido teleférico. Y sigo por barriadas aledañas, más al sur o hacia el centro, pero en todo caso para arriba, con Cotahuma y San Pedro como estandartes y Miraflores como excepción. Otra variante es la de las vías elegidas, así están los “días de puentes”, los de insondables pasajes y los de escaleras peatonales que conducen a recónditos miradores nunca del todo a la par del cielo, porque siempre hay un más arriba. Y sigo encantado perdiéndome, desorientándome por callejuelas circulares que te llevan a un mismo punto de partida o al otro extremo de la ciudad, tratando de aprehender nombres fabulosos y toponimias urbanas sobre pasos andados ya cien veces, pero siempre diferentes. Todo un despeñadero para la visión, porque La Paz nunca está quieta ni es la misma, muta y se adapta segundo a segundo, acaso como las ancestrales culturas que la habitan y habitaron.

“A laderear” entonces salí el miércoles, minutos después de asegurarme unos panes de marraqueta de manos de las cholas voceadoras de la estación, sin más objeto que el de extasiar la mirada con luces que se van encendiendo al caminar sin rumbo y en pensar en los propios zapatos, los que necesito para poder seguir y seguir, con o sin destino. Claro que la abstracción nunca es total, siempre llevo un par de puntazos en el corazón, esta vez la vocecita dulce de la sobrina pajarita que los miércoles nos regala los píos de sus clases de canto, y el llanto dos veces quebrado de mi hermanita, por sentir lo que sentimos, por hacer lo que somos, porque nos extrañamos. También salí con una cuenta pendiente en la cabeza, la de definir qué iba a enviar el domingo para esta publicación, empantanado como estoy en una temática que, así como me atrae, se me hace más y más inconmensurable. Y agregué un incentivo resabio del pasado fin de semana, un pequeño milagro que después de meses conseguí en la calle, simplemente el último vestigio de una flor de churro. “Última tuca hasta vaya a saber cuándo”, pensé. Y entre el deja-vú constante de la miseria previa y actual del oficio, caí en la cuenta de las fechas… A toda la carga anterior agregué: “Mañana es el puto día del periodista en Argentina y ni para celebrarme con porro voy a llegar…”. Recontra-acostumbrado a vivir al día salí a la calle, a quemarlo todo.

A las pocas vueltas me encontré entre cerros en un pasaje-mirador que me había sorprendido el día anterior, donde fumé a espaldas de unos adolescentes que sonreían por mi secreto mientras verseaban en hip hop. De pie y alucinado con la ventana que me permitía ver sol, luna y cielo sobre esa porción de ciudad con sus principios de luces titilantes, sucedieron en el pensamiento resquicios recientes, y no tanto, del camino que elegí: la satisfacción por la entrevista “free-lance” que me acababan de publicar y por la cual el entrevistado -embajador y expresidente- me preguntó si podía linkearla en tuiter; las esperas cada vez menos desesperantes en “los tiempos del Pachacuti”; la resaca del singani que me pone malo y las correspondencias no correspondidas que también me ponen malo; las angustias argentinas y la alegría porque voy a dormir en brazos de mi madre de nuevo; el apetito y el soñar recuperados después de años, hambre de comida y el pan onírico de las personas que amé, empezando por mi viejo; los amores que como meciéndose en el mar vienen y van, o peor, no dejan ni de ir ni de venir, cuando lo que yo quisiera es anclarme lo más mediterráneamente posible; la memoria de libros y canciones que se cuelan; el karma infausto del periodismo militante y lo que a muchxs nos significó; la incesante reflexión sobre el resentimiento y todo lo perdido; los amigos perdidos, las mil horas brindadas, las notas perdidas y los archivos perdidos que nunca a nadie le importaron; la Mona cantándome hace unas semanas: “Sho tengo un tío que se llama Sebi, es divertido y es periodista, cuida tooodos todos los papeles, querido Sebi, es periodista”; la víspera con sus heridas abiertas; las lágrimas recientísimas de mi hermana… Y yo tragando saliva, la misma con la que antes de partir prometí “regar las raíces escondidas”.

Los suspiros pueden ser más largos que la distancia. Y suspiré, largo y tendido, al ir quitando la vista del horizonte para continuar la caminata en caracol hasta perder cualquier noción de hacia dónde ir. Así fue que otra vez me topé con el “Dilema de Guachalla”, nombre de una calle cuya inclinación debe andar por los 70 grados y la perspectiva no es mejor hacia abajo, donde todo se hace más céntrico y ruidoso y la avenida Ecuador me marca el inexorable regreso a la soledad de la casa. Siempre a tono con lo introspectivo resolví aplicar el viejo axioma que también me trajo hasta aquí: “De los laberintos se sale por arriba”. Y mientras seguía subiendo y perdiéndome en círculos concéntricos y sinuosidades que pueden llevar a cualquier parte, entendí cabalmente aquello de que lo único importante del camino es hacerlo. Entonces, una vez cuesta abajo en la rodada y con los obligados descansos en plazuelas -“Adela Zamudio”, “Carlos Gardel”, “Andrés Bello”- fui pintando mi aldea, como hace añares me sugirió un amigo.

Saludé de frente al antiguo bondi azul con su cartel de “Buen Amigo” que se me venía encima, repuse energías y apacigüé la gula con asadito casero de una chola esquinera, de lejos vi a otro argentino que ubico del barrio y hace malabares, contemplé envidioso a cinco parejas que en el filo de la noche se regocijaban bailando felices en un parquecito… Cuando quise acordar, había “cruzado el Ecuador” y estaba de vuelta a metros de mi casa, en el bellísimo Montículo cuya panorámica corona un tercio de la ciudad desperdigada por doquier. Ahí, una escena acompañó el último cigarrillo antes del encierro nocturno: Tres pibas y dos pibes de unos quince años, recién salidos de la escuela, jugaban al amor naciente ajenos del mundo, con besos de arrebato simulado, fotos de celulares y exposición de destrezas diversas, como la del flaquito más intrépido -o más enamorado-, que saltó la alta reja circular que protege a una imponente fuente de Neptuno y entre carcajadas ofreció sus tributos al dios de piedra de las aguas. También los miraba un tipo grande, “el hombre del Montículo”, que todos los días fuma y fuma sentado en un banco a la misma hora, el hombre que está solo y espera. Y yo ahí, inmerso en las simetrías del universo, buscando la síntesis de los espejos. Tragué saliva, la misma con la que prometí “regar las raíces escondidas”, y me guardé en la habitación a leer y escuchar radio.
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