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Abr 21, 2019 Hugo De Marinis Mundo Comentarios desactivados en ¿Cuál es el corazón de París?
(Toronto) Vive en esta metrópoli un escritor que los viernes publica una columna en la sección editorial del Toronto Star: Rick Salutin. Este nombre no ha de decir mucho para los no canadienses pero para los que pasamos la mayor parte del tiempo situados en esta aún apetecible localidad nos resultan placenteras sus amenas y a la vez ácidas notas semanales. Uno de sus atributos más apreciable es el papel de antagonista que asume en sus escritos, en especial cuando el sentido común en su versión reaccionaria sale a la palestra.
El artículo del viernes 19 discute sobre el infortunado incendio que sucedió en París esta semana y que ha monopolizado los titulares de la mayoría de los medios del planeta. Cuestión entendible aunque un tanto enojosa para los que queremos informarnos de otras vicisitudes, ya sean catastróficas u ordinarias, que asimismo hayan acontecido en el resto del mundo.
También el fuego en Notre Dame hegemonizó las tendencias en las redes sociales. Una digresión: a la gente como uno – que no postea pero es aficionada al chisme caro o barato sobre temas de actualidad que los amigos publican en Facebook – suele maravillarle las controversias y diferendos que se arman en ese medio. Por el accidente de la catedral pude descubrir tres sensaciones, aunque seguro hay más: 1) los indiferentes; 2) los que dicen “bien hecho por imperialistas y liberticidas” (el gobierno francés y la Iglesia católica) y 3) los que lamentan los destrozos con muy distintos niveles de aflicción.
Salutin, en cambio, no se explaya sobre qué le significó personalmente que se quemara ese majestuoso símbolo parisino, sino lo providencial – casi una bendición – que resultó el accidente tanto para la administración de Emmanuel Macron como para la Iglesia católica. El primero, entre otras problemáticas, cercado por las protestas antineoliberales de los chalecos amarillos; la segunda por la saga de abusos, inducidos y reales, por los cuales está obligada a dar respuestas. Pero sin minimizar ni ignorar las dificultades de la jerarquía católica, considero que es el presidente francés el que con más justa razón se lleva todos los galones del oportunismo político. Macron que por lo general no muestra ninguna urgencia en atender las necesidades de los pobres de su país se apeó sin disimulos al caballo de la compunción de los mandamases de occidente y se largó a prometer que en cinco años tendrá la catedral restaurada, contratando a los más grandes talentos para la reconstrucción, sin importar el precio.
En referencia a la valoración de Notre Dame, el columnista argumenta que, “las catedrales son naves sobre las que individuos creativos derramaron su ingenio por siglos, especialmente en el Medioevo y en el Renacimiento – tal vez de la misma forma que estos creativos se empeñan en el presente en hacer para la tele brillantes miniseries o avisos publicitarios. El impulso humano para crear encontrará los caminos para expresarse, como siempre lo ha hecho”. Luego remata el pensamiento con un comentario lúcido que trae a colación el concepto de belleza en la iglesia siniestrada, como si respondiera a las unánimes condolencias cursis que hicieron llegar a Macron medios como el New York Times,The Guardian, líderes como Vladimir Putin o periodistas de inocultables simpatías ultraderechistas como el estadounidense Rich Lowry: “Lejos de encarnar la civilización occidental y cristiana, [Notre Dame] despliega algo distinto: la tremenda capacidad humana de crear maravillas pese a vivir dentro de un sistema de creencias absurdo, o en uno que despliega un aparato excesivo de opresión como el feudalismo o el capitalismo”.
La nota se pregunta, “¿Cuál es el corazón de París? No es Notre Dame, una impresionante fachada que cuando la mayoría de la gente le pasa por al lado la mira apreciativamente, a veces. El corazón de París es su paisaje urbano, su gente abierta a cualquiera, no solo a los creyentes o a los turistas que pagan”. Este corazón parisino, “incluye las sendas a orillas del Sena, las librerías, los puentes, los mercados y los cafés”. Por último, inquiere a su audiencia sobre si tuviera que elegir entre Notre Dame y los cafés, con qué se quedaría. Para Salutin no hay dónde perderse: “Es la ciudad misma en su mayor y más natural sentido el aspecto que todo el mundo comparte sin esfuerzo y no una singularidad artístico-arquitectónica que se erige por encima de todo lo demás, quemándose o no”.
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