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May 25, 2009 La Quinta Pata Cultura, Otras Comentarios desactivados en Raúl Scalibrini Ortiz: el mosquetero del pensamiento nac & pop
Raúl Scalabrini Ortiz fue, ante todo, un hombre de fe. Un hombre con una religión pequeña y personal, moderada, pero con sus propios ritos: era un militante de la patria. Un hombre preocupado por ella, dispuesto a urdirla, deshilarla, homenajearla. Preocupado por esa fe, escribió en su libro de poemas Tierra sin nada. Tierra de profetas: “Sin una creencia, un hombre vale menos que un hombre”. Mosquetero, junto a Arturo Jauretche y Juan José Hernández Arregui, del pensamiento nacional y popular argentino, es un hombre fundamental en la historia cultural argentina por su trabajo como forjador de lo que se conoció como la “conciencia nacional”. Fue cuentista, poeta, periodista, investigador, escritor, economista amateur, historiador revisionista y polemista. Como la mayoría de los intelectuales de su época, lo fue todo. El 30 de mayo se cumplen exactamente cincuenta años de su muerte.
Hijo de Pedro Scalabrini, un reconocido naturalista vinculado con el positivista Florentino Ameghino, Raúl Ángel Toribio –ese es su nombre completo– nació en la ciudad de Corrientes el 14 de febrero de 1898. Su padre, que fue director del Museo de Historia Natural de Paraná, le legó la obsesión por sistematizar su pensamiento y que sus obras alcanzaran estatus científico. A principios de siglo, la familia se estableció definitivamente en Buenos Aires, donde Raúl estudió el bachillerato en el Colegio Nacional Sarmiento. Años después, se recibió como ingeniero agrónomo en la Universidad de Buenos Aires. Nadador y boxeador, Scalabrini Ortiz se forjó como intelectual fuera de las aulas: siempre se consideró a sí mismo como un autodidacta, quizás la encarnación moderna del librepensador renacentista.
Habitué de la librería que Manuel Gleizer tenía en la avenida Triunvirato al 500, Scalabrini conoció allí a escritores como Leopoldo Marechal, César Tiempo y Jorge Luis Borges, entre otros. Pero, sobre todo, se conectó con Macedonio Fernández, el autor de No todo es vigilia la de los ojos abiertos. Por aquellos años, Scalabrini publicó su primer libro, una serie de relatos titulada La manga.
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Yrigoyenista tardío, viajero por el mundo, integrante de la agrupación FORJA (Fuerza de Orientación Radical para la Joven Argentina) junto a Jauretche, Luis Dellepiane, Homero Manzi, periodista –trabajó en Resistencia, dirigió Señales, desde el que apoyó el ascenso del peronismo al poder y Qué, la revista que sostuvo la llegada de Arturo Frondizi al gobierno en 1958– y escritor, Scalabrini es autor de varios libros fundamentales para entender el siglo XX: El hombre que está solo y espera (1931), Política británica en el Río de la Plata (1940), Historia de los Ferrocarriles Argentinos (1940), Los ferrocarriles deben ser del pueblo argentino (1946), Yrigoyen y Perón, identidad de una línea histórica (1948) y Bases para la reconstrucción nacional.
Recientemente, la Editorial Fundación Ross de Rosario, publicó por primera vez y para homenajearlo en el medio siglo de su muerte, las Obras completas en cinco tomos. Silvina Ross, la directora de la editorial y autora del proyecto, asegura que la salida de las Obras completas está en relación con la “vigencia de su pensamiento”. “Fue un gran escritor, su libro El hombre que está solo y espera deslumbró en ese momento más que los libros de Jorge Luis Borges, pero cuando su genio literario lo puso al servicio del pensamiento nacional y popular, pasó a ser un maldito. Circula mucho su trabajo, pero afuera de la academia. Quisimos rescatar sus textos y darles unidad ahora que se cumplieron 50 años y era necesario difundir su pensamiento y hablar de su ética: nunca aceptó cargos públicos y fue consecuente en su cotidianidad. Formó parte de una generación que interpretó los deseos del pueblo rompiendo con las teorías europeas centralistas”.
En esos libros se puede descubrir la matriz del pensamiento de Scalabrini: un nacionalismo económico y existencialista basado en la explotación de los recursos naturales por capitales criollos, la nacionalización de los servicios públicos como herramienta necesaria para controlar la economía y el férreo manejo de los ferrocarriles y de los recursos energéticos –sobre todo del petróleo– como piedra fundamental para iniciar un proceso de industrialización que independice económicamente a la Argentina de las potencias extranjeras, en particular, de Gran Bretaña.
El propio Scalabrini definía sus ideas como “un nacionalismo mínimo, un nacionalismo defensivo de lo que es legal y jurídicamente nuestro, un nacionalismo que quiere amparar el justo derecho de usufructuar en paz los dones de la naturaleza y de su propio esfuerzo”. No había grandes elementos de xenofobia en su ideología, no había desprecios ni prejuicios, ni siquiera condenas rimbombantes. Era dueño de un manso patriotismo plural, democrático, que él mismo se encargó de definir a lo largo de toda su obra.
Política británica es, tal vez, uno de los libros de investigación más importantes del revisionismo histórico de la primera mitad del siglo XX. En esas páginas, Scalabrini relata pormenorizadamente la actuación de Gran Bretaña en la desmembración de las Provincias Unidas del Río de la Plata –Uruguay, Paraguay y Bolivia– y la deformación económica de la República Argentina, que derivó en lo que se conoció como el sistema agroexportador y que estuvo en función de una dependencia –él la llama “coloniaje”– respecto del comercio de productos manufacturados de la vieja isla.
El otro libro fundamental es Historia de los ferrocarriles, en el que, con agilidad periodística, narra el entramado de negocios espurios con el que se construyeron los ramales que surcaron el país: “Una inmensa tela de araña donde está aprisionada la República”, como él la define.
Para Scalabrini, los ferrocarriles fueron el instrumento de dominación, pero también pueden ser una herramienta de emancipación. Por eso apoya el proceso de nacionalización del primer gobierno de Juan Domingo Perón que mantuvo en manos del Estado ese resorte hasta su privatización, en la década del noventa. Pero esa pasión por “los fierros” proviene del hecho de que Scalabrini fue un industrialista. En sus escritos periodísticos, fue tajante respecto de por qué un país debe fabricar sus propios productos manufacturados.
Casado con Mercedes Coralera desde 1934, Scalabrini apoyó al gobierno peronista (1946-1955) desde afuera del movimiento, pero tras el golpe, su militancia resurgió. Escribió en el periódico El líder y en Qué, desde donde se esperanzaba con el advenimiento de Arturo Frondizi, ilusión que se acabaría pronto cuando descubriera que el autor de Petróleo y política iba a tachar con los contratos petroleros con empresas extranjeras lo que había escrito años atrás.
Pero Scalabrini ya no tenía fuerza para la furia. En 1958 le detectaron un cáncer avanzado y su salud se deterioró rápidamente. Finalmente, murió en su cama rodeado de libros, escribiendo y corrigiendo escritos póstumos, el 30 de mayo de 1959.
Crítica digital, 24 – 05 – 09
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