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Mar 16, 2015 Ricardo Nasif Opinión Comentarios desactivados en Are you cipayo?
Resulta curioso que un término tan milico, tan yanqui, se haya consolidado mundialmente para dar conformidad o aprobación en una charla, en un mensaje de texto, en un formulario de control de calidad o en la representación mental de la observación de un puño cerrado con un dedo pulgar en alto.
Sin dudas hay un lenguaje imperial que se expande tanto como la ocupación militar, política, cultural, social y económica que realiza constantemente Estados Unidos. Y no sólo hablo del idioma inglés, que puebla nuestras comunicaciones cotidianas, también -y sobre todo- me refiero al contenido de términos que el imperio impone en forma global. Por ejemplo: hablan de globalización para disimular dominación, de terrorismo para esconder sus propios genocidios, de libertad para justificar sus golpes de estado, de austeridad para anunciar pobreza, de mercados emergentes para marcar el destino de las naciones dependientes… y así la caterva de eufemismos que se repiten en el norte y hacen eco en el sur.
“Globaloney. El Lenguaje imperial. Los intelectuales y la izquierda” es el título de un libro del sociólogo estadounidense James Petras. Este texto fue presentado por el autor, junto a David Viñas y Eduardo Pavlovsky, en Buenos Aires, en setiembre del año 2000. En su conferencia Petras criticó la contradicción de los escritores e intelectuales -llamados de izquierda- que cuestionan los efectos del dominio imperial tomando en sus análisis el concepto de globalización y muchas de sus premisas y a quienes buscan desesperadamente alcanzar respetabilidad académica utilizando el mismo léxico de los teóricos de la globalización para obtener algún reconocimiento o certificación.
Para Petras es incongruente que intelectuales de izquierda siempre citen fuentes burguesas: que ataquen al neoliberalismo, por ejemplo, a partir de los presupuestos de un libro de George Soros, que para hablar de pobreza tomen cifras del Banco Mundial y que legitimen las opiniones de quienes han recibido “prestigiosos” premios de empresas extranjeras que explotan a trabajadores o títulos de universidades norteamericanas consagradas por el establishment.
El poder imperial y el de sus pretendidas colonias procuran apropiarse de todo, no sólo de los bienes de producción, del capital, de nuestro trabajo, sino también de la historia, del conocimiento, del lenguaje, y muchos suelen (solemos) ser más o menos funcionales.
En los clivajes de las culturas débiles, las expresiones reprimidas, las artes acomplejadas de inferioridad y los símbolos y las lenguas colonizadas de las naciones dependientes se consolida la hegemonía burguesa. Las palabras son entonces una síntesis de dominación. Como dijo en 1966 John William Cooke, un gordo peronista argentino con un nombre muy inglés, “en un país colonial, las oligarquías son dueñas de los diccionarios”.
Tres décadas antes algunos pensadores argentinos habían iniciado ya la tarea de crear y resignificar las palabras. Uno de los subversivos de los diccionarios coloniales más destacado fue, sin dudas, Arturo Jauretche. A él le debemos la difusión de un amplio glosario vernáculo de términos indiferentes a la real academia española y de toda injerencia lingüística exterior. Vendepatria, oligarca, mediopelo, tilingo, intelligentzia, zoncera, cipayo… se instalaron definitivamente en la jerga nacional y popular.
En los siglos XVIII y XIX, en la India, se los llamaba cipayos a los soldados indios que estaban al servicio de Francia, Portugal y Gran Bretaña. Jauretche toma ese término, en 1935, en el semanario Señales para describir a los oligarcas -esos dueños de los diccionarios argentinos- que ponían el interés nacional al servicio de los dictados extranjeros.
Se podría hacer una enciclopedia ilustrada de varios tomos -no emulando la británica- con los principales referentes del cipayismo argentino. No voy a mencionar a todos, por miedo de olvidarme de alguno y quedar mal, es más, voy a nombrar sólo a un par de cipayos coetáneos a Jauretche, como flor de botones de muestra.
En 1932, en Canadá, una comisión argentina se reunió con otra inglesa para negociar la venta de nuestras carnes vacunas. El entonces vicepresidente de Argentina Julito Roca (hijo del gran Julio) y Guillermo Leguizamón (director de una empresa ferroviaria inglesa en Argentina) formaron parte el grupo nacional. En un banquete oficial, luego de largas genuflexiones, dijo Roca: “Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del imperio británico”. El catamarqueño Leguizamón no fue en zaga y agregó, para despejar la mínima duda, que “la Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su Graciosa Majestad”.
A su majestad le debe haber hecho mucha gracia tanta pleitesía, pero mucho más el jugoso acuerdo conocido como Pacto Roca-Runciman que se firmó un año más tarde, donde el gobierno infame de Agustín Justo se comprometió a vender las carnes de sus socios rurales argentinos a precios inferiores a los competidores internacionales, liberar cargas impositivas sobre productos ingleses, impedir que se instalaran frigoríficos argentinos en la Argentina y crear un Banco Central controlado por su majestad. Lo que se dice: una joyita carnal para la corona.
Lamentablemente la tradición y continuidad históricas del cipayismo en Argentina -y en América latina- no ha sido interrumpida, década tras década se han sumado nuevas cabezas colonizadas a nuevos imperios.
En los últimos años nos hemos enterado, gracias a la revelación clandestina de cables diplomáticos de la metrópolis norteña, que empresarios, políticos, periodistas, jueces y fiscales trascendentes del país han sido habitués de la embajada yanqui en Buenos Aires.
Sin embargo, siguiendo al profesor Roberto Bardini (autor del libro “De patriotas, gurkas y militantes”) con cierta nostalgia podemos decir que cipayos eran los de antes. Los cipayos de la India del siglo XIX, quienes a diferencia de los nuestros terminaron rebelándose contra los abusos y maltratos del reino de la Gran Bretaña.
Es por eso que la palabra cipayo no hace justicia con la historia de aquellos indios insurgentes. Vamos a tener que inventar nuevos términos o redefinir los que circulan, mientras existan sirvientes oligárquicos y entreguistas -como los llamaba Evita- que se desvivan por el ok del capitalismo foráneo.
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