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May 13, 2018 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en “Aun así, despojada de todo, eres la más fuerte”
Que el 7 de mayo hubiese cumplido 99 años -cuando vivió un tercio de esa edad- es motivo suficiente para evocar a Eva Duarte, personalidad de enorme trascendencia en la historia argentina y cuyo influjo llega hasta la actualidad. Pero además, la lectura de un profundo texto de su hermana Erminda al recuperar su cuerpo en 1971, dimensionan el homenaje y la reflexión mucho más allá de la efeméride. Literatura, crónica y testimonio convergen en este intento por rescatar su valor político frente a una extensa historiografía de estereotipos misóginos y de cosificación.
Lo confieso, debí celebrar el espíritu para remontar esta nota. No tiene que ver con crisis escriturales ni con trampas que uno se tiende a la hora de ponerse, ni con que la temática elegida finalmente no seduzca. No, de ninguna manera. Pasa que los días no vienen siendo amables, pululan los fantasmas de todo tipo -nacionales, existenciales, personales- y ciertas fotografías que hemos perjurado no volver a ver se empeñan en escupir sus negativos de mierda atentando contra la exigua voluntad. Así es que este nuevo sábado en La Paz, mientras mentalmente optaba por ir destruyendo el plan original de escritura que me tracé para esta nota sobre Evita, y estrechando angustiosamente los plazos de entrega para mi editora en Mendoza, decidí salir al sol (idiota) y por un rato mirar la vida pasar en el barrio.

Entonces, a la par de los pasos por calles empedradas, empinados pasajes y colorinches plazas y placitas, fueron desechándose en la papelera de los pensamientos, como ahora en la de la compu, todas las complejidades que dispuse para armar el texto, desde mi repaso pormenorizado de los más significativos escritos literarios sobre Eva Duarte y en especial sobre la violencia ejercida mil veces sobre su cuerpo muerto -“Ella”, de Juan Carlos Onetti (https://journals.openedition.org/lirico/1594), “Esa mujer”, de Rodolfo Walsh (https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3705-2007-03-31.html), “Santa Evita”, de Tomás Eloy Martínez (http://fundaciontem.org/santa-evita-por-carlos-fuentes/), “Eva Perón”, de Libertad Demitrópulos (http://www.diasdehistoria.com.ar/content/reeditan-la-biograf%C3%AD-de-eva-per%C3%B3n-escrita-por-libertad-demitr%C3%B3pulos), o “Evita vive en cada hotel organizado”, de Néstor Perlongher (http://www.celarg.org/int/arch_publi/gasparricc2015.pdf)- hasta los diversos enfoques biográficos y analíticos que han dado cuenta de su impronta insoslayable en la historia (https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-53783-2005-07-17.html), de su centralidad en el odio de clases contra el peronismo de parte del estatus quo intelectual y culturoso (http://www.revistaanfibia.com/ensayo/la-prosa-antiplebeya/), o de la fobia que hasta el día de hoy le tienen ciertos feminismos remilgados y más bien peludos. Para quienes estén interesadxs en seguir algunos de estos hilos están los enlaces, en cuanto a lo último apuntado dejo esta cita de una nota periodística de María Moreno (https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-273-2002-07-26.html):

“Evita abrió la urna a las mujeres ‘por Perón y para Perón’. Era su manera de enunciarlo y de conseguirlo. Que fuera ‘para ellas’ es lo que ellas deberían ganar en el futuro. Marysa Navarro es la biógrafa más autorizada de Evita, un tema que no puede abandonar mientras sigan apareciendo las Evitas ficcionales, las tramadas por el furor gorila o la misoginia romántica, que como que la hay la hay. Es una mujer apasionada que hace restallar las españolas para defender el rigor científico y autorizarse a hablar sólo como historiadora.
–Las feministas argentinas al rechazar el voto femenino eligieron la libertad entre comillas, se declaran democráticas, entran en el juego del Partido Socialista y del Frente Democrático y abandonan la lucha por el voto. Se organizan y dicen absolutamente no porque el voto no puede venir de un gobierno dictatorial. Entonces ellas pierden como en la guerra. Y cuando Evita tiene que organizar el partido lo hace con una base completamente diferente, la misma que tiene Perón y eso tiene consecuencias gordas. Es sintomático que en las selecciones, Argentina tiene la mayor cantidad de mujeres en el Parlamento. No tendrán ninguna iniciativa pero se sienta el principio de que las mujeres tienen que estar en el Congreso, elegir y además ser elegidas. En esas elecciones fueron candidatas Alicia Moreau de Justo y Alcira de La Peña y eso es un cambio radical en la historia de América Latina. En la compilación ‘Evita, mitos y representaciones’ publicada por Fondo de Cultura Económica, Marysa Navarro plantea la hipótesis de que el mito de Eva se sustenta en que jamás se la ha abordado dejando de lado las primeras biografías escritas sobre ella y que obedecen a determinados intereses políticos, de género y de clase.
–A partir del golpe militar de 1943 tanto el Departamento de Estado de EE.UU. como gran parte de los partidos políticos de la Argentina, entre ellos el socialista, tenían la idea de que el país estaba en manos del nazifascismo, con el demagogo Perón a la cabeza. Para las elecciones de 1946 la oposición dejó de lado las diferencias y se unió en un frente que abarcó a la UCR y los partidos Demócrata Progresista, Socialista y Comunista. Hay que entender en este contexto la aparición de los tres libros escritos en 1952 que marcarían todas las investigaciones posteriores sobre Evita: ‘El mito de Eva Duarte’ de Américo Ghioldi, ‘Bloody Precedent’ de Fleur Cowles y ‘The woman with the Whip’ de María Flores (Mary Main). El título de mi artículo ‘La Mujer Maravilla ha sido siempre argentina y su verdadero nombre es Evita’ es irónico: porque a Evita le hacían hacer en 1946 las cosas más impensadas cuando ella aún no tenía ningún poder. Uno de los elementos que saco a relucir es que esas tres obras son la base de mucho de lo que se ha escrito después. Hay toda una intención de disminuir el rol político, de cosificarla y convertirla en un ser femenino malvado, lo peor de las mujeres. Y fueron escritos cuando Evita se estaba muriendo y al mismo tiempo en la mayor altura de su poder para reducirla a estereotipos de mujer terriblemente misóginos”.

Supongo que fue la trituradora en tránsito de ideas malas la que me abrió el apetito al ronronear sólo pensando en Eva. Últimamente me siento un Pablo de Rokha cualquiera: no puedo garabatear ni el menor apunte sino describo antes olores, sabores y preparaciones culinarias, así como los hábitos de sus hacedorxs, que asaltan cada media cuadra y a cualquier hora en las calles paceñas. Describo primero y me sacio después. No, mentira, hoy funcionó al revés. Iba por un relleno de papa y una salteña -cosas “delis” si las hay- pero “Lo de Romero” ya había cerrado. Por suerte, a unos metros, una chola corpulenta ofrecía por veinte pesos y rodeada de comensales, su lechón callejero. Acuclillada sobre la vereda, con destreza insuperable, preparó de su horno de papel, con sus manos y sobre el delantal que le cubría el vientre, una vianda como para tres comidas, con chanchito, papas, mote, plátano y la infaltable llagwita picante a la que luego le agregué rabanitos. Ya no conseguí pan en marraquetas así que compré dos empanadas en un kiosco. Definitivamente la perspectiva culinaria me había devuelto el alma, seguí pensando en la nota pero ahora contento, y subí rumbo a mi casa.

En la esquina una escena entre pantagruélica y fraternal hizo que Evita se me volviera a agigantar en el pensar y que modificara levemente mi alimentación espiritual: un viejo, un lustra, con un pedo alegre de aquellos, se despanzurraba boca al cielo de la risa mientras que un muchacho joven, sobrio y compinche, le seguía el juego y cálidamente le sostenía la cabeza por la nuca. Me enternecí, me reí, me acordé del viejo sin dientes de una lejana nota que sobre Eva escribí (http://la5tapata.net/redistribuir-evita/), seguí devastando la presente y torcí hacia el supermercado. No iba a disfrutar del lechón sin un buen vino rosado. “¿Y por qué esta recurrencia de Eva? ¿qué tiene que ver?”, me asesté por el camino. “El hilo de Ariadna”, me respondí, “la solidaridad hermana para rescatar a Teseo del laberinto”, “lo que navegando anoche por la obra de Daniel Santoro (http://www.danielsantoro.com.ar/mundoperonista.php?mp=6) para ilustrar esta nota descubriste”. Salud.

Entonces, despojado de toda cáscara sesuda y de referencias brillantes, me quedo sólo con lo que fue la lamparita primigenia de esta nota, lo que al final transcribo para ustedes. Se trata de un fragmento de “Mi hermana Evita”, biografía de Erminda Duarte publicada en 1972 (http://www.evitaperon.org/mi_hermana_evita.htm), meses después de que su cadáver embalsamado y violentado durante dos décadas desde su secuestro por parte de la “Revolución Libertadora”, haya sido recuperado por su marido. Investigando un poco tropecé con que las hermanas Duarte son en parte responsables del amordazamiento que hasta hoy continúa de “Mi mensaje”, único legado testimonial de mano propia de Eva (http://pajarorojo.com.ar/?p=5714). Sin embargo, la hondura descarnada del relato de Erminda al encontrarse casi veinte años después con la materialidad corporal de su hermana, es conmovedora y amerita su redescubrimiento. Además deja al descubierto para mejores análisis esa “tradición” argentina que no comenzó con ella pero que sí se perpetró masivamente después de ella, la de la desaparición de los cuerpos, por un lado, y la inscripción del odio en los cuerpos vivos y/o asesinados de las mujeres, por el otro.

El texto fue leído por los hermanos Leonardo y Juan Sebastián Roncheti en “Cosa de Negros” (http://www.fmlapatriada.com.ar/event/cosa-de-negros/), recomendable programa radial que FM La Patriada emite los jueves a la medianoche. El “hallazgo” me empujó a editarlo por Radio Cut, con lo cual también está disponible su versión en audio (https://radiocut.fm/audiocut/mi-hermana-evita/). Esta especie de “pase mágico” me lleva a una última reflexión sobre Eva, ahora con palabras de Alan Pauls (https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-277-2002-07-26.html):
“Si Evita es la radio, más que el teatro o el cine, no es sólo por razones históricas (buena parte de su carrera artística la hizo ante un micrófono, fueron los contactos con ciertos jerarcas de las telecomunicaciones los que la acercaron al poder, y nadie ignora el papel que jugó la radiofonía en el aparato de propaganda peronista); es porque el dispositivo radial transforma en una realidad técnica ese divorcio estremecedor entre el cuerpo y la voz con el que Eva, inaugurando un estilo fúnebre único -una tanatopolítica-, ensortijó alguna vez a Perón. Territorio sobrenatural, la radio es el reino de la voz en off: voz desencarnada, etérea, extraordinariamente ubicua… Y Evita es la radio incluso el 17 de octubre de 1951, cuando su retrato oficial inaugura las trasmisiones de la televisión argentina. Es ella, sí, pero el cáncer avanza, y es Perón el que la sostiene desde atrás, por la cintura, mientras ella saluda al pueblo con los brazos en alto. El 4 de junio del año siguiente, día de la jura del segundo mandato de Perón, la enajenación corporal se radicaliza: Perón y Evita saludan a la multitud desde el auto en marcha, pero si ella se tiene en pie es gracias a la estructura de yeso y alambre que la sostiene, disimulada en el interior de su abrigo de visón, y que prefigura las elaboradas maniobras del embalsamador Pedro Ara. 33 años, 33 kilos. Es un cuerpo enfermo, inerte -el cuerpo de una muerta en vida-, pero quizá sea el cuerpo que su voz necesita para emanciparse, sobrevivir y asegurarse definitivamente una prerrogativa de la que sólo los fantasmas pueden jactarse: volver. Para hacer tanatopolítica no basta con ‘estar’ muerta: hay que hablar en calidad de muerta, hablar desde el más allá, que es lo que Evita hace cuando lanza el gran lema de la política zombi: ‘Volveré y seré millones’”.

“Estoy aquí en Madrid, en Puerta de Hierro. Es el 5 de septiembre de 1971 y miro en las ventanas el color del verano, de un verano luminoso que va dejando de ser para entrar en otro paisaje. Ahora también yo voy a entrar en otro paisaje. Siento un soplo ácido que me anuncia tu proximidad. Dejo de ver y de sentir lo demás, atenta sólo a esa parte de tu ráfaga, a esa especie de llamado clamoroso y recorro una pequeña distancia. Paso sólo de una habitación a otra para verte ahora, que hace más de diez y nueve años que estás muerta. ¿Resistiré tu visión? ¿Cuánto valor necesita la piedad? Cuánto amor descubro en esta serenidad mía que parece que me lavara, como si adentro de mí acabara de nacer un río, una inmensa agua de paz que tendré para siempre porque voy a verte, Eva, hermana mía.
Estás tendida sobre una mesa, no intento siquiera cobijarme en mí. Mis ojos ya te han encontrado, mis ojos que tienen que crecer de golpe para recoger tu imagen, esta manera tuya de estar ahora, el contorno de tu ser, tu cara, tus manos que no terminaron todavía de sacrificarse. No hay velas ni flores a tu alrededor porque esta no es una ceremonia funeraria sino un terrible y dulcísimo encuentro. Blanca y yo, tus hermanas, necesitábamos verte. Miro tu frente serenísima y la sábana que te cubre, miro tu cadáver castigado. Ahora es verano todavía. Ocupás todo el largo de la mesa que yaces y tu cabellera cae tan crecida que parece ignorar tu muerte. Cae espesa, casi luciente y es poca la distancia que no la deja tocar el suelo. No ha sido mutilada como lo han sido tu cara y una de tus manos.
Con qué desbordada ternura te contemplo. Tu frente continúa siendo serena pese a que muestra un puntazo en la sien derecha y la señal de cuatro golpes. Veo un gran tajo en tu mejilla derecha y lo que queda de tu nariz destrozada, casi completamente destrozada. Es que tu sacrificio fue más allá de tu último día de vida, porque ningún verdadero sacrificio termina jamás. Por momentos tengo la esperanza de que algo te sobresalte, el pelo, no sé, qué movimientos, sobre todo en tus manos. Si pudieras recordar la costumbre de estar viva, aunque sólo fuera en una de tus manos, tan habituadas a abrirse, a dar. ¿Cómo pueden ahora estar quietas? A la derecha le han cortado el tercer dedo, el del corazón. Te veo así y siento deseos de ayudarte en algo, de ofrecerte algo vivo, de tomarte la mano, tal vez ésa, la que está mutilada, y echar a correr como cuando éramos chicas. Qué alegre necesidad esa la de andar las dos siempre de la mano, como si ya entonces hubiéramos comprendido que por el mundo no se debe andar de otra manera.
Puedo decir que recién ahora te conozco del todo. Te miro, te hablo desde mi alma, escucho casi lejanas las voces de quienes están conmigo en este acto que representa el término de toda angustia mía, de toda desesperación. Es decir, el rescate de un absoluto sosiego, y comprendo que aun así, despojada de todo, eres la más fuerte. Estoy segura que conservas una vertiente de amor. Esta es la prueba: me siento tranquila porque me estás ayudando. Aun así, continúas apiadándote del dolor de los otros. Y ahora parece que hubiera un borde de luz en tu cara extenuada, en tu cara fatigada de estar muerta, Eva, hermana mía.

Sí, todavía es verano, qué deseos de llevarte afuera a ver el sol. Hace casi veinte años que no ves el sol. ¿O es que ahora ves tantos que el nuestro te parece de una luz pequeñísima? Me consuelo pensando que la luz del mundo ha vuelto a recubrirte después del itinerario que debiste cumplir para llegar hasta aquí. Ese itinerario que nunca conoceremos en la totalidad de sus estaciones. ¿Quién pudiera decir de cuántas llamas se compone la hoguera del martirio? Miro las plantas de tus pies desnudos cubiertas por una lámina de brea. ¿Qué significado tiene esa placa mineral en la planta de tus pies? ¿En qué suelo de brea has estado parada, sostenida por tu propia muerte? Es el único interrogante que me hago. No quiero pensar sino en lo que fuiste para todos, cuando naciste para tu pueblo, cuando naciste para nosotros, los que compartimos sangre, infancia, juventud, ilusiones, penas y alegrías; y se me agolpan los hechos que componen tu historia de chica, porque de todos los hermanos fuiste la menor y nosotros los testigos de tu infancia. Es verdad, fuiste la menor y también fuiste la mayor.
Estaré diez días en Puerta de Hierro, diez días juntas. Mañana me pondré a la tarea de hacerte una mortaja. Ni bien te vi tuve la sensación de que tu sueño no es sólo reposo, sino el éxtasis de quienes se dieron en amor y piedad, un sueño que sigue siendo activo, atento a algo, a alguien. Sé que aun así la visión de tu pueblo te arde bajo los párpados. Es mucho lo que has dado y lo que has recogido para estar absolutamente muerta. Ahora tu cabeza se hunde en la almohada de raso que te hicimos. No dejo de contemplar tu pelo con algo de torrente manso y me sorprendo al comprobar que estás más luciente que el primer día. Hemos recubierto tu casi inexistente nariz y parte de tus mejillas con un trozo de lienzo. Ya tengo la seda blanca, una seda espesa. ¿De qué manera podré cumplir esta tarea que me he impuesto? Blanca me ayudará. En cuanto a mí, Eva, sólo pienso que voy a hacerte un vestido. Es preciso que fije su contorno, será fácil o tal vez dificilísimo, ya que tendré que hacer tu mortaja sobre ti misma, de manera que los pliegues surjan con naturalidad, ya que no podré envolverte en esta especie de túnica, sólo te cubriremos con ella. La seda es dócil y Blanca me ayuda.
Tengo que estar muy cerca de ti, respirarte y dar muchas puntadas, pero me invade tanta ternura. Me sosiega tanto el poder hacer algo por ti que sólo tengo un miedo: el de causarte daño con mi aguja. Intento ser leve como si estuviera cosiendo lienzos de aire. De pronto la aguja se clava ligeramente en tu cuerpo y te pido perdón, perdón por esta ínfima herida y por las otras, por el golpe que seccionó uno de tus dedos, por los que muestras en tu frente, por la agresión cuya señal guarda tu mejilla derecha, por mejor no continuar ya que estoy segura de que a cada golpe, desde el temblor de tu alma, a imitación de Cristo habrás dicho ‘perdónalos señor, que no saben lo que hacen’. Pero no creas que la tarea de amortajarte así, puntada tras puntada sobre tu mismo cuerpo yacente, sea dolorosa. Ni bien te vi quise ayudarte en algo y lo estoy haciendo. Y por fin, convertida en esta seda, en esta envolvente túnica, te digo casi alegremente, como rescatando algún juego de cuando éramos chicas, ‘bueno, señora, ya tiene su traje nuevo’”.

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