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May 13, 2012 La Quinta Pata El baúl Comentarios desactivados en Azúcar amargo
Como paraíso de las vacaciones, el mundo de la publicidad difunde su visión del Caribe. Un idílico lugar donde el sol siempre brilla y la vida discurre sobre aguas de azul profundo, surcadas por yates en cuyas cubiertas retozan mujeres hermosas sorbiendo embriagantes cocteles de ron. De ese mundo que tanto atrae a los turistas, lo único que conocen los sufridos trabajadores de los cañaverales es el sol quemante.
En Barahona, provincia de la República Dominicana, las plantaciones se extienden hasta donde alcanza la vista. Las hileras de caña, de tres metros de altura, parecen soldados alineados para una revista. Cada tanto aparecen algunas miserables chozas, que conforman un batey, como se denominan las aldeas de los obreros del azúcar. Algunas son tan pobres que ni siquiera nombre tienen, apenas un número.
En el batey número cinco, además de algunas chozas con techo de paja, hay un pozo de agua, un generador eléctrico que funciona durante un par de horas al día y una escuela derruida. El viento trae una fina arena, que penetra en los ojos y se infiltra en todos los rincones.
La caña de azúcar es el único medio de vida. Durante seis meses al año brinda trabajos mal pagos y alimentos, que deben durar hasta la próxima zafra. Los viernes, días de pago, los obreros se alinean, vistiendo sus mejores galas, para cobrar. Todo lo que no gasten ese día quedará para costear las necesidades del hogar.
Al caer la tarde, la mitad de la aldea se congrega alrededor de Mariella Françoise, una negra de cuarenta y cinco años, sacerdotisa o “mamá” del culto vudú, que los esclavos trajeron del África. “Aquí el 80 por ciento de la gente es católica y el 120 por ciento practica el vudú”, declara un poblador. Agitando un macheta [sic], la “mamá” baila hasta entrar en trance, entre tambores que hacen retumbar sudorosos jóvenes incentivados por el ron. La sacerdotisa, de un certero tajo, decapita a un gallo cuya sangre es recogida en una palangana. Con este líquido milagroso moja los cuerpos de niños y adultos, que acuden en procura de curación o alivio para sus males. Después, como poseídos, todos los concurrentes inician una frenética danza que dura hasta la medianoche.
A la madrugada siguiente, olvidado el intervalo mágico del vudú, los hombres retornan a los surcos, machete en mano, para seguir cortando la caña, bajo un enorme sol que agrieta la tierra.
Baulero: Eduardo Paganini
Autor: sin mención. Director: Roberto Gómez. Periódico Acción. En defensa del cooperativismo y del país. Sección Sociedad. AÑO XXIX, Segunda quincena de setiembre de 1995, Nº 698.
La Quinta Pata, 13 – 05 – 12
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