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Jun 25, 2021 La Quinta Pata Otras, Quintaesencias Comentarios desactivados en Con la sonrisa del Ramón como bandera: en el día de su cumpleaños
Domingo al mediodía, camping del sindicato argentino de Televisión, en El bermejo, hermoso salón, ni siquiera inaugurado, o mejor dicho inaugurado hoy. ¿El motivo? El cumpleaños número 90 del Ramón Abalo.
Entre los vaivenes y el ajetreo del caldillo que ha ido gestando la marianita con la marcelita, para libar los elíxires de la vida, y brindar con el negro; decenas de amigos y amigas se apropincuan para levantar las copas invocando en un has luminoso, a los fantasmas del vino.
Ahí observo a grandes amigos míos, de esos que no hace falta verlos demasiado para saber que están presentes. Entre las mesas ya pulcramente conformadas y el salón deliberadamente decorado por la pasión de la Laurita, miro como el Ramón se acerca al sonido para decir unas palabras. Los amigos parecen reclamarlo.
El Ramón golpea una copa, agita una hojita que tiene en sus manos y que le sirve de machete, (parece serio), esboza una sonrisa, todos atienden y el Ramón reza: “Lo que quiero decir es que más allá de todas las cosas que he hecho en vida, y a sabiendas de que venía para acá, porque sabía que me iban a decir que dijera algo, hice un raconto de mi existencia y en eso del debe y del haber, bueno, ¡por supuesto que el debe, queda mucho más que en el haber!”.
Aunque todos sonríen, siento un halo de melancolía en esa frase, por las cosas que podría haber hecho y no pudo o no supo. Ramón continúa, y los amigos que lo rodean se transforman en su público, hacen silencio con un respeto venerable. Pero antes de hacerlo, alguien le grita en voz alta algo ininteligible, pero que el negro escucha y contesta: “¡sí, hice algunas pillerías, pero no tantas, era muy chico!” Todos vuelven a sonreír. Ramón sostiene: “desde hace un tiempo, con el amigo, compañero, y el socio de escritura, Hugo de Marinis, que está acá, junto con su compañera Adriana, un día que el vino de Canadá, tenía que cumplir con una tarea, de su escritura, y no sé porque me dice en un momento dado, -negro, lo único que se me ocurre es hacer un libro sobre tu vida-. Yo le digo, -¡dejáte de joder!, ¿quién soy yo para hacer eso?-. La cuestión es que me convenció y decidimos hacer Ente viñas, guitarreadas y revoluciones, que es una larga conversación entre él y yo”.
Entre viñas, guitarreadas y revoluciones es un libro no solo sobre el Ramón, sino sobre un pedacito de la historia de Mendoza, y que si uno relee, observará mucho más que una autoreferencia ineludible en un texto de esas características, y es la posibilidad de encontrar una cantidad grandiosa de personajes reales, de todos los ámbitos, que mucho tienen que ver con la historia de la provincia, o retazos de ella de los últimos 90 años. Personajes de una historia no oficial, que a todas luces necesita ser reivindicada.
En ese mediodía frío, porque es el mes de comienzos de julio, aunque su cumpleaños es el día 25 de junio, las preocupaciones de la familia en la previa del evento, y al comienzo del mismo no son las palabras del Ramón, sino cómo calefaccionar el recinto para que la gente se sienta cómoda. La muchachada del sindicato se ha portado genial, lo quieren mucho al Ramón, y cada vez que hablo con Marcelo de mi padre, inmediatamente rememora al suyo. En ese interregno, la figura del negro continúa hablando: “Quiero decir esto, (describe el libro) porque ahí está gran parte de esa existencia mía que tiene que ver con lo que yo llamo, la identidad. Yo primero quería ser un gran músico, director de orquesta, compositor, etc, etc, pero tuve un tropezón y no pude serlo. Después fui por casualidad periodista, y también por casualidad, el hecho de empezar a saber a escribir, obviamente eso lo tenía dentro de mí mismo, esa práctica de expresar, lo que uno siente, lo que uno interpreta de la vida, piensa en escribir, y eso es lo que sale en el libro. Y eso tiene que ver con la identidad, porque siempre me interesó saber quién soy yo”.
El Ramón tuvo muchos oficios, aunque solo menciona algunos. Tal vez para él los más significativos, los que lo marcaron, los que construyeron precisamente su identidad. Porque aparte de ser periodista, fue también obrero mosaista, empleado bancario, secretario personal, cantinero, escritor.
Mientras lo escucho atentamente, (admito que había escuchado tantas veces sus historias, que a veces lo molestaba con ironías sobre esas historias), siento que le da un camino diferente al acostumbrado por mí en las tertulias familiares a las que asistíamos asiduamente. Mientras escucho cada vez más atentamente, el Ramón sigue:
“Para algunos amigos, yo era el negro abalo, pero a veces también decían, ¡El Negro Abalo!, y otros tantos también me definían; es medio peronista, medio bolche, es medio revolucionario. En un momento aparece en mi casa una heroína, la Marta Rosa Agüero. Estoy hablando del año 77, yo ya me había tenido que ir disparando a Bolivia. Yo tenía comunicación con mi casa, sabía que estaba toda revolucionada, dada vuelta, con mi compañera Amalia, con mi suegro, con el cual vivíamos, con una cuñada que además había dejado sus dos hijos, porque había tenido que salir disparando a Europa, entonces en mi casa estaban los 3 hijos míos, mis dos sobrinos, más otras situaciones con mi suegro, gente jodida, como todos los viejos (risas), y entonces me volví a la casa medio clandestino. Y enfrente de mi casa está la comisaría 31, pero yo tenía que salir a buscar el mango”.
Mientras él continúa, mi mente se evade apenas un instante, para recordar las situaciones descriptas y las angustias de la época. Recuerdo mientras no estaba mi viejo, las siestas en las que ponían barreras de madera en las esquinas de las calles aledañas a la comisaría, y los niños de la zona salíamos a algunas horas de la siesta a andar en bicicleta, patines o patinetas. Recuerdo las discusiones memorables de mi vieja defendiendo la libertad de prensa y de pensamiento de mi viejo, frente a los policías que lo venían a buscar. Recuerdo también, las cartas a mi viejo, que encontré hace un tiempo, pidiéndole yo todo tipo de cosas. Soldaditos, autitos, juguetes de todo tipo, y prometiéndole para cuando volviera que yo iba a ser un campeón del mundo para él. Mientras mi mente evoca, el Ramón en el costado del salón continúa:
“En un momento aparece Marta, que era una compañera del Partido Comunista, y me dice negro qué estás haciendo, yo le contesto acá estamos tratando de salvarme. Bueno me dice, yo te vengo a invitar para una tarea política, con riesgo de vida. Yo digo para mí, ¿qué me viene esta a proponer, está loca? Y en el fondo si digo que no, va a creer que soy un cagón, entonces dije sí, y de esa manera entré a la Liga Argentina por los derechos del hombre, y hasta ahora soy un referente, según dicen los amigos y compañeros, de esto de la solidaridad con aquellos que en aquella época sufrieron aquella dictadura genocida, y la pasé hasta que vino la democracia”.
Esa etapa para nosotros fue de las más difíciles que nos tocó vivir. Pero no por mi viejo, sino por mi madre. La vimos sufrir mucho ese tiempo. Tal vez demasiado. En ese momento no lo entendí, lo comprendí más tarde. Con el Ramón ausente, Amalia, mi querida vieja tuvo que hacerse cargo de todo, de sus hijos y de sus sobrinos. También de su padre. Pienso a la distancia que la vida fue muy injusta con ella.
Pero como era de suponer, mi viejo con todos los dramas se animó a volver de Bolivia donde estaba refugiado, porque entendió a costa de una temeridad supina que era más importante la familia que su propia vida.
Mientras pienso esto, Ramón lo hace en voz alta:
«En alguno de esos momentos, me pregunté quién soy, desde aquel primer momento en el cual quise ser músico, hasta el que fui después, periodista, también hacía algo de literatura, habíamos sacado con algunos vagos, una revista, con los cuales tomábamos mucho vino, pero que al mismo tiempo nos dolía la realidad de este país. Y entonces, también fuimos militantes, tan así, que el negro Tejada Gómez, fue diputado, provincial en el año 58, y yo asumí la representación en el año 55, después del golpe, yo estaba en el diario La Libertad, que era un diario peronista, bueno, había otros medios que eran del Estado, radio del Estado, Libertador, e incluso Perón le expropió el diario La Prensa a la oligarquía de la pampa húmeda y se la entregó a la CGT. Así que lo que vino después en el 72, no es nada raro, y yo asumí la representación de los compañeros en el medio que trabajaba. Y de ahí voy al sindicato de prensa, y de ahí a la CGT que fue en Mendoza, el primer lugar que se logró normalizar, después del 55, los gremios, que se hicieron las elecciones en cada lugar. Finalmente, yo soy algo que alguien dijo hace muchos años, yo soy lo que alrededor mío es. Mientras tanto andaba militando. Finalmente y mi identidad eso yo sí lo acepto, que es tal, real, profunda y concreta, es el sentido de solidaridad que lo he ejercido a través de los organismos de derechos humanos, en la Liga Argentina por los Derechos del hombre».
Así de sencillo, y así de profundo. Recuerdo hace muchos años, un día en el que un hombre, un indigente había pasado por casa pidiendo algo para comer. Era pleno invierno. Apenas vestía harapos. El Ramón le entregó su sobretodo. Así de sencillo, y así de profundo. El negro termina así las palabras en su cumpleaños:























«Y volviendo a esa entrevista que me hizo el compañero De Marinis, en el final, él me pregunta, para el final de esta conversación, para ese final de esta larga conversación, para es final de esta larga charla, alguien, algunos tal vez muchos puedan afirmar, que el negro Abalo, es tal por cual. El resultado será un acertijo, con aciertos o no, con gran énfasis en mi visión, soy el prototipo de una realidad, la de este país, la de una Latinoamérica, la del mundo expoliado, mutilado y asesinado, lleno de convulsiones, irracionalidades, anarquías, violencias y revoluciones, sin vuelta de hojas, así somos, así soy yo, sin tiempo y sin espacio para el artificio del existencialismo individualista.
Así, hasta que hayamos aplastado al enemigo oligarca, burgués, sojero, imperialista.
Asumo la vejez sin drama alguno, como también el momento del hálito último, porque la muerte es un instante, la muerta no es nada más que una ausencia. Hasta entonces, una práctica del hedonismo a ful, asados, vinos, mates, cigarrillos, guitarreadas y revoluciones, entre la vida y más allá, y del ejercicio del amor. Un final a todo o nada«.
Esa es la enseñanza del negro. Seguramente que cualquiera puede hacer montones de interpretaciones al respecto, es sumamente sano hacer ese ejercicio, pero es bueno admitir, que si el negro todavía está presente, tiene vigencia y seguirá teniéndola, es porque mi viejo no ha sido un ejemplo de abnegación, sacrificio ni nada por el estilo. El negro es y podrá ser recordado porque fue un tipo sencillamente consecuente con su familia y sus amigos, y una forma de inspiración para los más jóvenes que lo vieron cómo abrazó una bandera y todas las banderas de la solidaridad.
Tan sencillo y tan profundo.
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