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Feb 25, 2018 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en Crónicas de la clase media macrista
Yo digo que la primera instancia de abordaje del fenómeno que vivimos debe implementarse, necesariamente, a partir del modelo salud-enfermedad.
Y lo digo desde la experiencia común, en la que cada vez hay más ejemplos de enormes masas de personas que, en apoyo de las aberraciones diarias que vemos construir, ACTÚAN EN CONTRA DE SU PRINCIPIO ELEMENTAL DE AUTOCONSERVACIÓN.
No hablo sólo de la negación recurrente y reactiva que estos sujetos van experimentando cada vez que uno les evidencia el naufragio, lo que ya daría pábulo para una psiquiatrización colectiva. (Me refiero, por ejemplo, a la anécdota inconcebible del tipo que NO QUISO MIRAR LA FOTO DE LA PILETA PINTADA, por más que le insistían que ese despropósito era verdadero; o a actitudes como las de aquellos que, todas las veces que ven familias que se endeudan para salir a comer en tres pagos, creen advertir la punta del ovillo de la consagración del modelo “no vuelven más”).
No hablo en exclusiva, tampoco, de esos obcecados que desarticulan la correspondencia entre la realidad “óntica” y la imagen mental que, mediada por la percepción, se genera respecto de esa realidad.
La clase media, que durante la debacle del 2001 sacaba parrillitas ilegales a la vereda para sobrevivir vendiendo choripanes a un peso, o fomentaba la ilusión de la “pequeña y mediana empresa” -que se dedicaría a criar y vender caracoles, conejos o chinchillas- y terminó cazando al vuelo un puesto de ordenanza en alguna municipalidad o malvendiendo su título universitario de universidad de masas; esa clase media, objetivamente, llegó a irse en vez de a Barcelona a lavar copas -después de un período de reconstrucción de la patria- a pasar el fin de semana largo a lugares remotos del país en avión y con pago de hotel con tarjeta de débito, es decir, en el momento. Les guste o no, el kirchnerismo les reorientó el camino del esfuerzo que nunca les había servido más que para amoblar la casa, en DÉCADAS de sacrificio. Décadas de sacrificio para pagar una fiesta de 15 o mantener el Rambler.
La clase media que años después votó aspiracionalmente TIENE ese registro ancestral de fiestas de casamiento en el patio y fútbol infantil en la vereda. Un registro que hace a su esencia y no se borra ni aun tapándose los ojos con Ray Bans de imitación, como la vemos hacer quizás para interponer todavía algo más –por si no bastara la soberbia y la cortedad de criterio- entre la realidad y ella.
Y tiene, finalmente, el recuerdo cercano y vívido de haber mejorado durante el kirchnerismo notoriamente su estándar, su confort y sus condiciones de trabajo y de salario, que ahora ve cada vez más rápido decaer, aunque no diga nada.
Yo venía notando la posibilidad de otra debacle más o menos desde marzo de 2013, la época en que Jorge Lanata comenzó a agitar los antivalores presentes en las estructuras morales de prácticamente todos los individuos de la clase media urbana argentina.
La confirmé cuando, al mismo tiempo y a su mismo ritmo, florecieron cada vez más comunicadores especialmente contratados que mentían y descontextualizaban ocupando más y más horas del día y más y más medios de comunicación. Poco a poco, el vecino “de a pie” se fue convenciendo de cuestiones sumamente absurdas: que un millón de dólares pesa un kilo y cien gramos; que Néstor Kirchner tenía una bóveda secreta en su casa y era tal su ambición, que se encerraba en ella para contemplar el dinero robado; que Cristina Fernández de Kirchner no era abogada, a pesar de que había trabajado en ese métier durante 25 años; que su hijo treintañero jugaba a la Play Station todo el día y era mantenido con plata de los impuestos que todos pagábamos; que GUARDARON BAJO LA TIERRA, A LA INTEMPERIE, UNA SUMA QUE RONDARÍA LOS QUINIENTOS MIL MILLONES DE DÓLARES; que las personas presas por delitos aberrantes cobraban un subsidio como premio por haber delinquido; que el vicepresidente falsificaba billetes y realizaba estafas poniendo como dirección de sus “oficinas” una duna de arena en una ciudad balnearia; que debajo de la tumba de Néstor Kirchner había varios millones de dólares escondidos, producto de los robos cometidos en la función pública y otras decenas de mitos crueles y a la vez aptos para avivar la ilusión de toda una pléyade de ignorantes dispuestos.
Sin embargo, venía también advirtiendo desde esa misma época un fenómeno curiosísimo: la clase media “honestista”, a la par que vociferaba su deseo de matar a todos los “negros planeros de mierda” y mandar a todos los kirchneristas a cumplir una condena eterna a trabajos forzados, esa clase media voluntariamente degradada ya mostraba uno de los primeros signos de que todas sus manifestaciones podrían ser producto de una enfermedad colectiva.
Principalmente, por dos motivos: por el notorio absurdo de sus espejismos y porque, a través de la adhesión voluntaria al significado repugnante de todas esas imágenes distorsionadas, la clase media se conducía a sí misma, segura y soberbia, hacia su exterminio.
Esa clase media, además, DESEABA SER CASTIGADA.
O al menos estaba dispuesta a que la castiguen, con tal de ver que a todas las minorías que aun hoy continúa odiando se les aplicara también un castigo, por alguna causa que nada tenía que ver con nada que hubieran hecho, sino sólo por resultar beneficiarios de una política de redistribución de la plusvalía que no ella, sino los ricos, se apropiaban también desde tiempos inmemoriales.
Entonces, comenzaron a pulular en las redes sociales carteles reivindicatorios de “la chancleta de mi vieja” (a la que atribuían poderes didácticos); alabanzas a los “trucos que hacía mi viejo con las manos” (en referencia a los cachetazos); se manifestaban dispuestos a “comer polenta toda la vida” y a “apagar el ventilador y el aire acondicionado” con tal de que “nunca más vuelva la Yegua”; gritaban su vocación de “hacer sacrificios”, de “agarrar la pala para dar el ejemplo”, de “no salir nunca más de vacaciones” para “apoyar el Cambio”. A partir de las primeras estafas a los jubilados, que coincidían con las primeras decapitaciones de los salarios y las oleadas iniciales de despidos, muchos le posteaban directamente a Mauricio Macri: “Señor presidente, tome mi vida y la de mi padre si la necesita; pero por favor salve al país de la devastación”.
¡La clase media, para salvar su vida –pensaba entonces- está dispuesta a que la maten! ¿No es una contradicción?
Pero, ¿no es también un ACTO DE MASOQUISMO?
Y entonces, ¿no es una ENFERMEDAD?
No soy médico ni psiquiatra, pero sí estudié psicología y psiquiatría forenses. No hay un solo texto que no recalque que el instinto más esencial del hombre es el instinto de conservación.
Es un INSTINTO, ni siquiera se piensa. Esos mismos textos enseñan que actuar en armonía con el principio de autoconservación es actuar en sentido saludable; y que los comportamientos que van en contra de la integridad de ese principio son indicadores de enfermedad.
En función de estas bases, por ejemplo, nos damos cuenta de cuándo una persona es inimputable: si se daña voluntariamente a sí misma, no está en sus cabales. Un tipo que mata a alguien y luego se pega un tiro y no alcanza a quitarse la vida, va a juicio y termina internado en un neuropsiquiátrico, porque, llevado por su alteración estructural, se atacó a sí mismo, infringió el principio de autoconservación que hasta una mosca evidencia cuando escapa de la palmeta. En estos casos, se concluye que el homicida no es un delincuente: está loco; padece una alteración morbosa de sus facultades mentales.
7.- SINTOMATOLOGÍA. CASOS CLÍNICOS.
No obstante la tendencia a permanecer íntegros y conservarnos, hoy vemos jubilados que, aun cuando sus haberes no les alcanzan ni para los remedios, están dispuestos a perder todavía más y afrontar las consecuencias de la Reforma Previsional sin discusión, a cambio de que “no vuelvan los K”.
Vemos tipos que toman créditos siderales para mantener el nivel de vida que llevaban con la kretina, a pesar de que saben que pueden perderlo todo (y, últimamente, que los pueden embargar sin orden judicial); en algunas discusiones en las que uno advierte la explosión que se viene, un puñado de razonadores incipientes confiesa que “tenemos razón”, pero que ellos “van a seguir apoyando este modelo”.
Vemos docentes que defienden la rebaja del sueldo de los docentes y el despido de docentes. Días atrás, hablé con un estudiante universitario que me contó que la mayoría de los estudiantes universitarios está a favor de que no se den más becas a los estudiantes universitarios. A los automovilistas les parece bien que se aumenten los peajes a precios que no podrán pagar; a los empleados públicos les parece bien que se implemente un plan de gobierno para despedir empleados públicos; a los que desean ahorrar comprando dólares les parece bien que el dólar esté cada vez más caro, al punto de que ya no puedan comprar ni un solo dólar; a los taxistas les parece bien que aumente la tarifa del taxi y haya menos gente que tome taxis; la clase media que envía sus hijos a colegio privado está de acuerdo con el aumento de la cuota de los colegios privados; a los usuarios de medicina prepaga les parece bien que aumenten las cuotas de la medicina prepaga; a los amantes del fútbol les parece bien que las transmisiones de fútbol no sean más gratuitas; a los amantes de la cultura les parece bien que se cierren los canales culturales de televisión; a los amantes del cine les parece bien que el Estado deje de facilitar la producción cinematográfica; a los defensores de la Gesta de Malvinas les parece bien que el Estado excluya el archipiélago de las Malvinas de los mapas oficiales y abandone los reclamos diplomáticos; a quienes se manifiestan en contra de la corrupción les parece bien que la Oficina Anticorrupción no investigue ningún caso de corrupción actual de los que se habla en todo el mundo; a los que pagan impuestos les parece bien que el presidente y sus amigos no paguen impuestos; a los defensores del patrimonio nacional les parece bien que el presidente de Shell sea Ministro de Energía y tome cada día nuevas medidas para excluir del mercado a YPF; los que decían que el mal del país era la deuda externa, ahora no dicen nada acerca de que la deuda externa crece cada vez a ritmo más acelerado y que la deuda interna es VARIAS VECES MAYOR QUE TODO EL DINERO CIRCULANTE QUE HAY; los empleados que reclamaban por la baja del impuesto a las ganancias, hoy, a pesar de que a moneda constante ganan menos, aceptan pagar más por impuesto a las ganancias; los que trabajan 8 horas por día están de acuerdo con trabajar 12 horas por el mismo salario; a los pacientes les parece bien que el gobierno disponga aumentos de precios en los medicamentos; a los que viajan en avión en las empresas del presidente les parece bien que los aviones estén en mal estado, se incendien antes de despegar y que sus equipajes lleguen dos días después en colectivo; a los empleados en blanco que postulan honestidad les parece bien que el Ministro de Trabajo tenga empleados en negro.
Vi ayer un video de teléfono celular que filmó un turista de Villa Carlos Paz, en el que se muestra al menos una decena de restaurantes, uno al lado del otro, ABSOLUTAMENTE VACÍOS; desde dentro, los propietarios gritan “aguante Macri” y le dicen “kuka” a la persona que los filma. Me acaban de comentar que hay todo un barrio de emergencia al que van a desalojar, y de 1.250 personas que allí viven, 1.230 están de acuerdo con que los desalojen, ya que, igualmente, “algún día se tendrían que ir”.
La lista de síntomas es INTERMINABLE. Aunque parezca mentira, la larga parrafada ilustrativa que antecede es sumamente INCOMPLETA.
Incluso por estos días, muchos macristas de clase media que vacacionan a crédito en Brasil, lo hacen en zonas en las que hay EPIDEMIA DE FIEBRE AMARILLA y, aun sabiéndolo, DECIDEN NO VACUNARSE. Ya hay por lo menos un infectado que ha tenido que volver al país.
Es posible que, en atención al estado de degradación de este colectivo, todos estos fenómenos de morbilidad respondan a una creencia que también está generalizada entre los privados de virtud: la ilusión de que aceptar la violencia en el propio cuerpo justifica y habilita a ejercer violencia sobre el cuerpo de los demás, que es la dinámica enferma de exclusión que este estamento cultiva desde que bajó de los barcos y comenzó a alfabetizarse, allá por la segunda mitad del siglo XIX.
O tal vez, como sugiere el título principal, se trate verdaderamente de una patología.
Una decisión de afrontar la vida a partir de la dinámica del dolor, luego de haber cultivado irresponsablemente el otro extremo: el de “vivir el presente”.
Quizás, a fuerza de sublimar el instante, los grupos aspiracionales hayan perdido el anclaje en valores sólidos y duraderos, así como también el control de sí mismos, y hoy se definan como “clase contra sí”, en un estado límbico (y estulto) de desorientación objetivamente vergonzante.
O puede que hoy sólo propendan patológicamente, como los delfines, las ballenas o esas ratas del ártico, al suicidio colectivo, alegres y ensayando discursos insuficientes de autojustificación, igual que los niños cuando son descubiertos.
Miren, a mí no se me ocurre prácticamente nada, más que generar discurso, para que DE NINGÚN MODO me vinculen con una aceptación siquiera indirecta de toda esta degradación que la mayoría propicia y vota.
El macrismo está llamado a ser condenado por la historia junto con toda la generación degradada o patologizada que lo trajo.
Pero, para que la historia los condene, tienen que transcurrir precisamente tiempos históricos, que no son ni mañana ni pasado mañana, ni la semana que viene, ni el mes entrante. No veremos, a corto plazo, más que destrucción, violencia e incapacidades brotando en casi todos los que nos crucemos cuando salgamos a la calle.
Estamos obligados a predicar en el desierto, si es que queremos construirnos como hombres libres que eligen la dignidad y la razón a partir del compromiso.
Y a recordar que, cualquiera sea la causa de este desmoronamiento de la virtud y del advenimiento del régimen, ha sido producto de la voluntad libre y soberana de todos y cada uno de sus adherentes.
Lo digo, no sea cosa que nos invada la piedad cuando todo esto pase y se nos ocurra perdonarlos.
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