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Jun 24, 2018 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en Crónicas paceñas: V – Al Chicho
Ciudad de fuertes contrastes tanto en lo humano como en lo paisajístico, La Paz alberga infinidad de personajes sumidos en la marginalidad y que aun así irradian luces propias frente a las sombras. La epopeya del relator es captar y retratar esas almas en limbo trascendiendo la mirada costumbrista para posarse en toda su carga social. Aquí la historia de un pibe criado en las calles, como cualquiera de los millones que a duras penas crecen en nuestras urbes latinoamericanas.
Al Chicho lo conocí hace unos años. Llevaba el cabello corto y una sonrisa traviesa alumbraba su larga nariz. Calculo que tendría unos quince años, cuando acompañaba a vender golosinas en el puesto de la esquina a Felipa, su madre, a quien le decían “La Pipa”. Ella tenía las iniciales del marido grabadas en una carilla de oro que cubría el diente medio del lado izquierdo. Un recordatorio, tal vez, del amor de mantis que entregó al borracho que le ayudó a traer al Chicho al mundo y que luego optó por amar más a la botella. El hombre no se enteró de los desvelos, de los pañales sucios y de cómo luego sudando Felipa fue haciendo plata sola.
La Pipa empezó vendiendo cigarrillos en la madrugada en la puerta de un boliche conocido del centro, vendía también chicles y otras golosinas, con su hijo en brazos, helándose de frío. Con el tiempo y el buen olfato para los negocios cambió las golosinas por bretes (1) de agridulce polvo blanco. Hoy “La Pipa” es rica y el padre del Chicho reapareció. Cada vez que intenta pedirle unos pesos, el brillo del diente de oro lo saca tostando. Las malas lenguas dicen que La Pipa es traficante, aunque pocos saben cómo pedir para que el chocolate se vuelva “polvo blanco” o el chicle, “yerbita dulzona”. Sólo ves la fila de autos familiares o de alta gama haciendo cola en su puesto de dulces, ahora ubicado en una avenida de un barrio de plaza. Su voz es aguda y entrometida en la conversación de sus clientes. Le gusta piropear a los chicos jóvenes y saludar con el diente de oro a las chicas que le compran agua en botella.

Cuentan que el Chicho robaba chicles a su madre y los revendía para luego irse al cerro a fumar yerba con sus amigos. Con el tiempo se fue quemando por dentro, primero los pulmones y luego la esperanza se tiñeron de gris y sus dientes se perforaron de tanto fumar paco. La Pipa se farreaba los domingos, con un pretendiente que manejaba un radio taxi rojo. De borracha se acordaba de su hijo, le decía que lo quería harto y su diente le lloraba cerveza en el hombro mientras le daba para más chicles. El Chicho lava y cuida autos, frente a la Iglesia de Cemento de la Calle 21 de San Miguel. Juega “pesca-pesca” con El Choco vende flores y en la tarde se sienta en la acera a espiar de reojo los calzones sucios de las malabaristas de semáforo que llegan de Argentina y Uruguay y hacen escala en La Paz antes de partir al Cuzco. Le gusta tomar sol, encender a escondidas su pipa y recordar travesuras de infancia, abrazándose, meciéndose.
Chicho conoce bien el cartón de una televisión Samsung de 60 pulgadas que le sirve para sentarse y jugar a molestar a la rubia gitana, esa que La Pipa cuida y nadie sabe por qué. Él y La Gitana tienen peleas frecuentes por el cartón. Ella se lo roba para cambiar los pañales de su bebé, detrás del quiosco. El Chicho la molesta, quiere tocarle la espalda y ella lo putea. “Sólo te he hecho cosquillas”, le dice riendo. La Gitana termina el coqueteo con una patada certera en el culo del galán y lo hace desaparecer. Luego le devolverá el cartón manchado de pis para que el Chicho lo use para sentarse al sol.
Caminaba ida y vuelta buscando, con sus chapulines reilones (2), mancha viva en carne viva. Antes que se arranque el cuerpo, lo he visto caminando por los barrios “jai” (3), esos que inflan el pecho por sus escaparates y cafés. Cuando termino esta nota hace más de un mes que La Gitana y El Choco han dejado la zona. El Chicho sigue quemando el cuerpo y escapando de La Pipa. Es su madre y si lo encuentra fumando porquerías “a sopapos lo va a besar”. “Ella sigue mala”, dice, aunque ahora tiene sombrero de tela fina y tres terrenos, es dueña de edificios en San Miguel (4), cuentan. Le gusta apoyar su cabeza en el vidrio de la peluquería “Glamour” y reírse en el espejo, sacándoles la lengua a las chicas. “Loco de mierda”, le dicen y se va corriendo.

Ayer me encontré con él, cuando con mis llantos de almohada caliente caminaba a las 7 AM. Miraba sonsas penas en el piso y me topé con sus zapatos sonrientes. El sol de invierno rebotaba en su frente, estaba arrodillado en mitad de la acera al frente de un café, y sus brazos cruzados dentro de la chompa temblaban con furia. Sereno recitaba algún mantra, algún rosario, quién sabe. Perseguía ángeles, cagando de frío y tistapi (5). Nadie lo ha mirado, pocos caminan por estos cafés a esta hora. En el encuentro noté cómo en silencio sus ojos pedían algo al viento y, mientras se persignaba compulsivamente, una lágrima gris bajó por su ojo izquierdo.
Me mira y no se acuerda de cuando nos conocimos. Estos años fumándose la calle lo han golpeado y no dice nada. De pronto, el libanés dueño del Café “Beirut”, con un baldazo de agua fría como ha perros nos saca de la contemplación. El agua salpicó la culpa y mis zapatos lustrados. El Chicho ha corrido asustado y yo lo he reñido por manchar mi saco.
Glosario
(1) Bretes: Sobres de papel que incluyen aproximadamente un gramo de cocaína, con una pureza del 70% y un costo de 12 dólares.
(2) Chapulines reilones: los chapulines son las clásicas zapatillas tenis “Converse” de punta blanca de goma; el adjetivo “reilones” es para ilustrar que están rotos.
(3) “Jai”: Por “higt”, alto, de clase acomodada.
(4) San Miguel: zona cara de la ciudad.
(5) Tistapi: expresión aymara que refiere a los escalofríos.

Paul Tellería Antelo (1970), narrador paceño de la generación post Macondo. Licenciado en Psicología de la Universidad Católica Boliviana y Escritor de Oficio. Ha caminado y respirado la hoyada paceña capturando sus rincones y personajes los últimos veinticinco años. Publicó tres libros con Editorial 3600: De las especies innombrables (2003), Trajines y Haceres (2008) y Acto de Agua (2015). Participó como invitado en las antologías: Warikasaya, Cuentos Stronguistas (2009); Conductas Erráticas, Crónicas de No Ficción (2009); Domingos por la Tarde, Antología de Cuentos Futboleros (2014); y Una espuma de música flota, Antología de Cuentos de Bolivia y Ecuador (2015).
En 2017 fue responsable en calidad de compilador de la antología Sed y Sangre, Cuentos de la Guerra del Chaco. Fue colaborador por más de diez años de diferentes suplementos literarios como Fondo Negro y Letra Siete. Ha publicado en revistas literarias de Bolivia y Latinoamérica como Pie Izquierdo, Letralia y Otro Arte. Actualmente tiene en preparación un libro de cuentos y otro de poesía.
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