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Ago 12, 2018 La Quinta Pata Cultura Comentarios desactivados en El trole de mis abuelos
Este cuento pretende ser un saludo, un cariñoso recuerdo a los queridos troles. Esos, los nuestros, que desaparecieron de la noche a la mañana. Fueron cambiados por contaminantes, ruidosos y demasiado veloces micros. Un negocito de algunos. Acaso siguen circulando con felices almas a bordo, rodados oníricos, como éste que les presento, el de mis abuelos.
oOo
—Si no quiere subir Nono, se queda sin sopa. Y sin pan—- el ultimátum funcionó. Estirando lo más que podía su pierna derecha, esa de la rodilla que de pronto se convertía en flan y lo mandaba al suelo con bastón y todo, trepó en cámara lenta, colgado de un pasamano y empujado (se daba cuenta) por una de sus nueras, hasta la intimidad del trole. Dos escalones. Altísimos. Diseñados, pensaba, para esos que conquistan el Aconcagua por la pared sur. Entró. Exhibió pase libre de jubilado y el chofer del conductor del transporte lo saludó con una leve inclinación de cabeza. Antes de sentarse miró a los viajeros. Los mismos de todos los días.
—-Por favor chofer, me lo baja a las 13 en esta misma esquina— escuchó la voz de la nuera, flaca, calambrienta, con ese trasero mínimo de futbolista del Sub 17 y esas piernas largas y oscilantes, igual que las marionetas de los Piccoli di Podreca, que actuaron en el teatro Mendoza allá por los 50.
—-No se preocupe señora, ya lo conozco al abuelo—- atento el chofer y miró la hora en su reloj pulsera: 8.30. Abuelo. Todos los canosos de repente para los demás son abuelos. Los pelados, si caminan despacio, también. Alejó Nono ese pensamiento y le quedó la imagen de ese títere de patas flacas, con menos carne que una bicicleta pistera, su nuera.
Y se sumió en un mundo de atenuada ira. Nunca se explicó como su hijo eligió a un artefacto como ese para casarse. Se acordaba de antiguas apetencias. Siempre a él le fascinaron las mujeres de caderas anchas y pechos soberbios, aptas para la maternidad, la lactancia y, antes, para el placer. Cómo su hijo no heredó sus gustos. Por cual recoveco genético se le dio vuelta y abjuró de Marilyn Monroe, de la Isabel Sarli y de la Porota de la Tercera Sección. Qué le pasó al pendejo.
El trole iba por la calle Perú que engancha, zanjón de Los Ciruelos y vías muertas mediante, con Perú, la Vieja, allá en Las Heras y se completaba el pasaje. Se encaramó la Jovita, eximia bailarina de folklore, no sin antes improvisar, pañuelo al aire, unos calmos pasos de cueca. Catapultada por futuros deudos y herederos de su departamentito en el Barrio Cano (ex Casas Colectivas o el Conventillo del Cuello Duro) apareció con toda su carga de criolla buena moza la tía Lola. Tía, no más. No tuvo hijos. En la cuarta vuelta. La esbelta figura de Omar Rinaldi , con ese aura de distinción, se recortó en el marco de la ancha puerta. Buscaba con la mirada al Ricardo Mena, Fernando Lorenzo o al Mario Franco, cualquiera de esos muchachos con los que se podía conversar tan bien.
La Virgen de la Carrodilla, rocanrroleada por el Sergio Embrioni, se sacudía una vendimia llena de tules, hielo seco y hombres de negro. Portada en su palanquín, fue depositada en el centro del pasillo del trole. Aleluyá. El Pato, con su gorra de cuidador de autos, ascendió seguido del Lucio y su amigo invisible. Pedro Limán y María Chucena, treparon juntos, manoteando asientos para no caerse. Conversaban animadamente.
—-Y le robaron el carrito al manisero—- contaba Pedro
—-Afuera llovía…adentro, también llovía—- se molestó María, al pasar al lado del Gaucho Florido que hacía flexiones con tarros llenos de agua y por ahí salpicaba.
—-Perdone señora—- se disculpó el gaucho sin dejar de agacharse rítmicamente y proyectando algunas gotas sobre la estola de ruberoid de María.
—-Métale no más—- lo disculpó Pedro Limán y siguió con su tema —-estaban en la pieza de la pensión Las Criollitas y el manisero escondido en el ropero. Me hacés ver todo el mundo, dijo la mujer. Entonces el manisero habló: señor, señor, pregúntele si vio a mi carrito.
Sonaron fuerte las carcajadas del Nono. “Siempre fue muy gracioso este Pedro”, pensaba sin dejar de reírse cuando vio al Dragón de San Jorge, harto de que le pisen la cabeza en estampitas. Se conocían del kinder garden de las Escuelas Politécnicas Diaz Gascogne.
—-Qué es de tu vida flaco— saludó el Dragón mientras trataba de abrir un blister de lotrial.
—-Bien. Tirando no más. ¿Seguís peleado con los bomberos?—- le preguntó Nono.
—-No. Ya estoy jubilado. Vos te olvidaste. Vivo en el Santa Marta. Todos los años para San Pedro y San Pablo los bomberos me invitan a un asado. Pero tengo que hacerlo yo— se quejaba el Dragón y masticaba un lotrial y un atenolol juntos
—-¿Lo hacés a las llamas?—- se interesó Nono
—-Y, no me queda otra—- respondió resignado-
Desde el fondo del trole, girando en medio de un chamamé venía el Pepe Parlanti abrazado a la Sandunga que en cada vuelta profería insultos y maldiciones. Vio de pronto a la Virgen y detuvo en seco la danza.
—-Discúlpeme usted madame (siempre tan ceremonioso el Pepe)—- le dijo a la Sandunga en medio de una reverencia —-pero tengo que trabajar. La Vendimia es la Vendimia—- y se arrodilló ante la Patrona de los Viñedos, quien calzándose unos bifocales lo miraba extrañada.
—-¿Quién es usted? ¿León Gieco por un casual?—-
Una barricada de neumáticos ardía frente al nidal de los troles. El humo negrísimo y denso entraba por las ventanas de los monobloques Pellegrini. Los vecinos, felices.
—–Está bien el reclamo de estos muchachos—- decía la Meri, y tosía y tosía mientras marcaba el número de su amiga Mirta para preguntarle por el estado de salud de su ahijada Cocó, que se agarró un atracón de ajos.
—-El básico que piden es razonable—- asintió entre arcadas el diariero don Fóscolo que interrumpió su disertación sobre política.
No todos opinaban lo mismo.
——Es injusto que no podamos pasar. Nos están coartando la libertad de trabajo. Y los perjuicios que esto genera: el Parque Central se queda sin nuestra cobertura—- el que hablaba era el vocero de la Asociación Mendocina de Chorros de Bicicletas “Vittorio De Sica” —–Si no nos volteamos una playera o una cross ¿Qué haremos para vivir? A ver vos —-y se dirigía el jefe de prensa de la entidad bike a uno de los encargados del piquete —-¿Vos nos darás la plata para comprar porros y tetras? !Hablá ceú!—- el sindicalista sentado en el umbral de la verdulería de la Dulce Alicia vio que por la avenida República del Perú avanzaba el trole, el único andante, que nunca para. No le contestó al indignado obrero de lo ajeno. Cuando el vehículo traspuso Fray Inalicán ya se oía al coro que emanaba de su interior. El pasaje cantaba “La Virgen de la Carrodilla”, bajo la dirección del maestro Alfredo Dono. Se repitió el milagro. La Señora de las Vendimias escuchó el ruego del Pepe Parlanti que representó en ese momento a los viticultores y a todos los que trabajan la tierra.
—-Es que una oración liberada en un templo, en una fiesta nacional o en la soledad de los surcos siempre llega—- pensó Nono, mientras entonaba ese ruego. Y hasta puede elevarse en un trole que se mueve en una nebulosa de tiempo y espacio. Quién sabe.
—– !Que no siga! !Se va a prender fuego!—- alertó un manifestante apoyado por otros.
—–Es uno de los coches rusos—- aclaró el líder —-no pudieron incendiarlo ni en el sitio de Leningrado. Déjenlo avanzar.
Atropelló a las gomas el trole. Quedó el desparramo. Algunas insistían en rodar y eran acostadas a palos por los manifestantes. Cuatro de ellas partieron detrás del vehículo, inundadas por el clima místico que se irradiaba de su interior. Despedían olor a incienso y no a caucho quemado y piadosas chispas de color celestial. Se supo. Eran cubiertas que usó en su auto el cura Contreras.
Se alejó el trole ruso rápido por la calle Perú. En la parada de la Ciudad Oculta, donde termina el Club Pacífico, se apretaban ciudadanos esperando a un micro. De pronto se desplomó en el interior del “Tovarich” (así lo bautizaron los viajeros) un silencio casi de caverna. Dicen que cuando eso ocurre es que pasa un ángel volando por sobre las cabezas de los reunidos. Y se alzó una voz.
—La muchacha viñadora / con sus ojos color almendro / tiene agridulce las manos / y toda la noche en su pelo. / En un alegre coloquio / se entiende con los sarmientos / que se inclinan por besarle / el bello rostro moreno / Por los callejones se lleva / lleno de frutos su cesto / mientras Mendoza, la arisca / se desangra en vino nuevo —El Goyo Torcetta hablaba mirándolo fijo al Carlitos Levy, sentado a su lado, quien tomó el guante
—Hay otra vendimia / detrás de la hojarasca / una tristeza mal disimulada / Un abuelo parco / casi cepa ya / mira incrédulo y espera / y no canta / alguien debiera pedir perdón / hay otra vendimia detrás de las guitarras / una uva no celebrada / una danza diaria de protestas / heridos vinos de todas maneras, y hay quien no debiera gozar de este vino / hay otra fiesta detrás de esta fiesta / Silenciosa y magra / guarda un cáliz para otra celebración / de agua y tierra / de manos y vides / de otoño en ciernes / que celebración al fin /
El pasaje entero se prendió en esa especie de payada a la mendocina en la no que se buscaba un triunfo sino que consistía simplemente en una suelta de poesía al aire para transformarlo, brindarle más luz. Se encendió en el rostro de Torcetta esa sonrisa que lo identifica y no se le borró, ni por un segundo, mientras lanzaba sus palabras al ruedo.
—Cuando el horizonte / le dibuja su sueño al día / le enamora el alma / a las guitarras. / Como un viejo profeta otoñal / como un oráculo de los vientos / regresa siempre de la leyenda / porque la vida anhela / el don de su canto / con el que se endulza / desde siempre / la niñez del vino—-
Levy vibraba en otra dimensión
—Ya ven que poca importancia tienen los / fuegos de artificio / cuando se atajan / soles intransferibles cada mañana / las luces de neón, los carros oropelados / las reinas fotografiadas por turistas / a quienes no hay que ofender de pobreza / Perdón, la cosecha avanza / y vosotros / no estáis invitados
“Tovarich” llegó a los portones del Parque General San Martín. El momento que todos esperaban para mirar la cordillera y perfumarse con esa brisa que bajaba a la ciudad luego de acariciar hielos eternos. Nono metió la mano en uno de los pequeños bolsillos de su chaleco, parte inseparable del traje azul con tenues rayas bordó que compró en “Suixtil”. Buscaba su reloj “Longines” de doble tapa. No hacía falta. La voz del chofer se le adelantó.
—–Paraná y Boulogne. Acá tiene que bajar. Mire, lo está esperando su nuera.
—–Qué se va a hacerle—- dijo Nono y terminó de abrir muy lentamente los ojos.
(Los poemas pertenecen a los libros “Destierros” de Carlos Levy y “Los duendes del agua y la piedra” y “Compadre del Sol” de Gregorio Torcetta)
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