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Oct 02, 2016 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en En calidad de supuesto
Por Carlos Lucero
Ya no dormía…más bien digamos que transcurrían eso exhalaciones en los que uno va descosiéndose de las sábanas cuando retienen el sueño. Faltaban solo segundos para despertarme del todo,…pero alcancé a escuchar claramente sus pasos que se alejaban, y a continuación, el ruido apagado que sale de la puerta cuando la cierran con la contención de no perturbar. Alcancé a frotarme los ojos, y sin desperezar el cuerpo, la busqué. Con la mirada diluida en el sueño, y de manera aturdida, repasé la habitación,… aunque en realidad, estaba bien seguro de que ya no estaba. Se había ido.
No recuerdo haber fantaseado con algo en especial, pero seguía sumergido en esa imposible interpretación de las cosas que se engendra cuando aun falta un tramo para el despabile.
Pero me quedaba claro que era tarde para correr detrás de ella.
Me sorprendió que fuera de día. Giré la mirada hacia la ventana y vi que el trasluz de la cortina parpadeaba, y se movía como una mano que llamaba, provocándome…Y acudí.
Tal vez me impulsaba un cierto recelo acrecentado entre las sábanas, sin embargo avancé por el cuarto, con la debida torpeza de la circunstancia. Me apresuré a mirar hacia abajo… y alcancé a divisarla. Otra vez me restregué los ojos,… quería estar seguro.
Era ella, claro que sí. Sus pasos cortos estaban llevándola hacia la esquina. Le grité, le pegué un grito y me salió algo así como un aullido. Pero… ¿qué otra cosa brotaría? En ese momento la memoria estaba jugándome con pésima deslealtad: su nombre se había esfumado de mi cabeza.
Corroboré que este vacío dificulta al extremo, la comunicación, pero me urgía llamar su atención de cualquier modo. Ella no me escuchó, era evidente. ¿O no quiso oírme? ¿Cerró acaso sus oidos a mi voz?
No sé, pero en ese momento su estampa cruzó la calle, y no la vi más. No la vi más, y no podía creerlo.
¿Qué podía hacer? ¿Salir a buscarla? ¿Adónde?
Aunque no me guste, debo admitir que, cuando esa mujer desapareció de mi vista, creí sentir acá adentro del estómago, una sensación conocida. El cosmos íntegro proclamaba que se iniciaba, una vez más, la etapa que yo llamo del descuelgue, es decir de quedarse suspendido como un zapato viejo, arrojado al vacío. En olímpico balanceo, desde las alturas de un cable de la luz.
Me sentí peor cuando me di cuenta de que había olvidado su nombre. Es verdad, no lo recordaba, aunque se lo pregunté… y es seguro que me lo dijo claramente. Me parece recordar que se llamaba Irma, no, perdón su nombre era Vilma, no… ¿era Mirna?….bueno, no recuerdo.
Haber olvidado el nombre de esa mujer, hizo que se ahondara hasta el fondo, el corte que provoca la desazón. No aspiro a caer en lo melodramático, pero a partir de ese momento comencé a sentirme preso de un malestar difícil de narrar. Era como caer en cuenta de que la pérdida que lamentaba, era peor, más definitiva, más sin remedio aún.
Ese sueño de plomo que me atacó, la dejó ir. Mi descuido la convirtió en pasado. Mi vacío se diluía en un eventual supuesto. Y en mi cabeza se desataba una nube de justificaciones y culpas a la vez.
Qué fácil es dejar que la juventud se quede atrás y qué difícil se hace, quizá por lo angosto, encontrar el pasadizo que conduce a la madurez. No soportaba que ni siquiera el rumor del nombre de aquella mujer, hubiera quedado en la casa.
Trataba de enfocar mi atención en las cosas, mientras con una cuchara, revolvía un diluido café. Pero era evidente que el suceso portaba una inercia sólida. Se impusieron esos momentos en que esa mujer desarrolló una conversación ajustada. Noté que ella casi no reía, pero enseñaba un peinado sencillo, con el cabello más bien corto. Dejaba, casi sin quererlo, que esos mechones que le cubrían la frente, ejecutaran un vaivén con el que ella sabía adornar la conversación. Su ojos grises, no, sus ojos eran más bien verdes, bueno digamos que de un marrón claro, casi transparente, adquirían la capacidad de emitir un débil reflejo cuando, por generosidad seguramente, festejaba la insulsez de mis chistes. Me gustaba comprobar que, cuando reía y estiraba la garganta, automáticamente dejaba que la lámpara iluminara sus dientes pequeños.
Yo la miraba.
Quizá ella notó que sus encantos no eran del todo de mi agrado. Que mi atención mantenía una cierta distancia… ¿Por qué no me gustó Lilian, no Vilma…? O para ser más preciso, no quise que me gustara. ¿Estaría yo adivinando su huida?
De repente sentí que me acariciaba una pequeña esperanza. A lo mejor ha dejado algo, una nota donde me expone un prometedor… “hasta luego”, “hasta la noche”, o quizá un definitivo adiós, algo…Pero busqué sobre el tocador, en el espejo, en los muebles, detrás y nada. Solo el resto humilde de un perfume agradable que yo no había aspirado antes.
Volví a la cocina y caí en cuenta de la disposición que habían adquirido ahora las cosas. Era un escenario nuevo para mí. Era una modificación profunda que había experimentado el lugar donde habito. Todo había quedado en orden, agregaría que en demasía para mi costumbre. Tersa la mesada, sin restos de migas, ni de nada. Limpias las tazas, brillo en cada cubierto, cada plato con reflejos, reposaban de manera impecable en su lugar. Noté que en un costado, el trapo de fregar colgaba nítido y seco. Hasta el inalterable gotear de la canilla, estaba suspendido. No me explico cómo pudo hacerlo.
¿Irma? ¿Linda? No, Mirtha? No. Bueno, qué importa. Da igual si ya no está aquí y no tengo idea de dónde pueda estar. Dijo que trabajaba en una empresa. No, era en un gran estudio de abogados o contadores, o algo así.
Mejor.
Pensándolo mejor, es mejor que se haya ido y que no vuelva más. ¿Qué podría esa mujer encontrar en mi? ¿Para qué habría de quedarse? Por otro lado yo no la necesito. Tantas mujeres hay que deambulan por los cafés y uno se les puede acercar. También en la calle se pueden encontrar mujeres y mejores que esta Cintia… ¿Lina? Claro, ese es su nombre…no. No era Lina. Pero no importa, que se llame como quiera, o como haya querido ponerle su madre, mejor dicho.
Pero me da rabia conmigo porque la memoria me juega esta mala pasada. ¿Gina? Bueno como sea, a ella me refiero, a esa que quizá con un gesto o con algo, hizo que se resquiebren los enlucidos del pétreo material que me recubre y que muchas veces me impiden un alternar fluido con otra gente.
Cuando la vi, me animé a conversarle con soltura. Es raro, pero con ella no se había presentado ni un ápice de desconfianza ni de prevención. Directamente le hablé.
Pienso que algo le cayó en gracia, o se compadeció, vaya uno a saber. El hecho es que ella respondió con la intención de facilitar el diálogo.
La conversación se prolongó un largo rato. Sentados uno frente al otro, junto a la vidriera de un bar. Pero necesito recordar su nombre. ¿Gilda? Quizá, pero no estoy seguro.
¿Cómo no se me ocurrió antes? Si vuelvo a respirar su perfume, es seguro que se estimularán mis neuronas y en consecuencia, se me refrescará la memoria, y ahí nomás aparecerá su nombre.
Ambas manos al trabajo. Me ubico en el centro de la habitación, a continuación echo con la nariz, unos soplos al aire como hacen los perros, en varias direcciones. Pero no percibo nada. Para evitar los sufrientes signos de la derrota, mi aguda astucia me dice que me arrime a la almohada. Excelente idea. Me inclino, pongo la nariz y huelo donde su cabeza se relajó con fruición.
Ese perfume ya se desvaneció, llevándose también su nombre.
Pensándolo bien, qué ingratitud de su parte, una verdadera falta de consideración. ¿Qué le costaba a esa mujer, haberme despertado y saludarme en su despedida? Es lo que corresponde que hagan dos personas que fueron compañeros voluntarios, íntimos, de una noche venturosa, placentera o por lo menos satisfactoria.
Estoy convencido de que para mí lo fue, así lo sentí, no lo voy a negar. Momentos con intensidad de placer. Disfruté de su compañía, de esa posibilidad que me brindaba al dejarme colocar el calor de mi cuerpo junto al suyo y respirar su aliento al acercarme a su rostro. Se producía un provocador ritmo que alternaba entre la exhalación y el efluvio.
Bueno, tengo que revelarme a mí mismo que estuve lejos de sentirme pleno. Tal vez surgió aquello inevitable…, no puedo negar que se interpuso una muy vieja alteración que se empeña en sobrevivir. Algo que ciertamente ella percibió. En tal caso, es seguro que la intensidad de mis recursos masculinos, haya mermado de manera notoria. Es explicable, después de todo me encontraba viviendo una circunstancia excepcional.
Me duele pensarlo de esa manera.
Pero está muy claro, ahora entiendo. Es mi falta de experiencia combinada con la crónica escasez de sensibilidad que arrastro desde siempre. Debí haberme dado cuenta de que, ante mi deficiente comportamiento, ella la pasó mal, se sintió defraudada y se lo guardó, no me lo quiso revelar.
Personalmente hubiera deseado, en ese caso, que hubiera mentido. Ella es mujer,… qué le costaba echar una disimulo piadoso y darme las gracias por “una noche maravillosa” u otra frase cursi que sonara igualmente consoladora. No le costaba nada.
Protesto. Me da rabia. Rechazo desde mis adentros su proceder tan burdo. Estoy seguro de no haberle dado motivos para despreciarme. O quizá sí. ¿Cómo saberlo ahora? Insisto en que simplemente por cordialidad debería haberme dicho “chau”, “me voy”, “que pases buen día”. Acaso por pura formalidad. Entonces yo la hubiera retenido por un momento y le hubiera pedido que me repitiera su nombre. Y lo acompañaría con un beso. Pero irse de ese modo, deslizándose como una perfecta ladrona en la noche, en el amanecer, no, no, eso reveló su condición ilegítima, tortuosa. ¿Perfecta ladrona dije?
Claro… como no lo pensé antes…
La fugitiva me robó. No sé qué aún, pero algo me sustrajo. Si, ahora entiendo todo. Esa mujer escondía una clara expresión delincuencial en la mirada. No lo podía ocultar a pesar de la malograda expresión de inocencia que ensayó en cada gesto. Lo noté enseguida muy bien.
¡Mechera…! ¡Perra inmunda! Con su mirada de “yo no fui” que yo asimilé por completo, terminó estafando mis suposiciones. ¡Qué estúpido, no haberme dado cuenta!
Ahora mismo voy a llamar a la policía, creyó que se iba a escapar. Habrá dejado alguna huella dactilar por ahí, tal vez en un vaso, en la vajilla, bueno ya veremos.
Es mi culpa, claro que sí, no tengo defensa. Soy un ingenuo que nunca toma precauciones cuando me gusta una mujer. Pero desde ahora me juro a mi mismo que… Bueno, reflexioné, alcanzando un límite de bondad. Que le haga bien, lo que sea que se haya llevado.
No obstante, me dispuse a echar un vistazo y revisé por todas partes. Los ceniceros, portarretratos, cristales y adornos de alguna valía, se encontraban en orden.
Luego me dirigí a la antigua cómoda para inspeccionar los cajones. Muchas veces arrincono una plata por ahí, hacia el fondo, para gastos eventuales. Busqué, revolví, atendiendo la sensación de mis dedos procurando acertar con la inequívoca textura de dinero. Estoy seguro, eran tres billetes de cien que reservaba en un costado, bajo mis camisas. Pero solo encontré cien. Cien.
Me quedé sorprendido. Tan descarada no podría ser. Imaginé muchas cosas de ella pero no que fuera una de esas. Robarme doscientos pesos aprovechando mi sueño. Que bajeza…
Aunque, ya va… si vuelvo la vista atrás, y alcanzo el momento, en que tuve que pagar unas cuentas de los servicios de algo menos de doscientos pesos. Claro eso fue ayer, yo los había retirado precisamente de allí. Entonces quedaban cien y los cien allí estaban. Planchaditos, como recién contados y retirados del banco. Silenciosos.
Ya no resistía ningún argumento, nada para preconcebir sobre ella. Nada que a través de una honrada elucubración, pudiera pintarme la clase de persona que, con apatía, admito en mi casa.
Solo que se fue. No deja de ser gracioso. Es el clásico material para usar en una canción de irrisoria calidad. Aquel tan remanido tema de las frustraciones, engaños y peripecias románticas. Yo debería tomar la guitarra y ponerme a llorar… Pero seamos sinceros, después de todo, ella tenía toda la libertad para hacerlo y libremente aprovechó el momento. Evidentemente, no se sintió obligada a dar explicaciones.
Es todo tan fácil, tan sencillo en el fondo. Mi ego, orgullo, espejismo o no sé qué, muy lastimado, le buscaba la vuelta, el otro costado, la quinta pata… Vanas tendencias a complicar las cosas, a tornarlas de manera tortuosa. En el fondo algo que averiaba seriamente la paz de mente.
Nada más que eso. Es inútil otorgarle mayor importancia. Decidí ir a bañarme. Antes de abrir el agua, noté que había usado algo de mi champú. Y lógicamente del jabón. Lo más seguro es que esa marca económica que yo desgasto, no haya sido de su agrado.
Ja, Ja, que se embrome, que la próxima vez traiga ella su pastilla con perfume importado…
Reaparecí en el centro del no entendimiento. Se reanudó aquel sentimiento de permanecer, de manera indebida, colgado de un cable, a merced del viento, mirando hacia abajo en un vaivén hipnótico.
Me tiré nuevamente en la cama a pensar. Sobre este estúpido episodio que me hacía sentir oscuro, insignificante, era indiscutible pensar que me ocurriera por algo, o mejor dicho, para algo. Tal vez para recapacitar. No sé. Debería recapitular todo lo que pasó. Es necesario que extraiga una válida conclusión de todo esto, de lo contrario estaré condenado a que me suceda siempre algo parecido. Y no me gusta, no me gusta estar tirado en la cama, con la mirada en el techo, sintiéndome miserable y confundido. Y todo por una mujer que conocí de casualidad, por la calle y la invité a mi casa.
Y maldita sea nuevamente, no recuerdo su nombre. Lía, eso es Lía. No, Lita. No, Tina. ¿Por qué no Tina? Si fuera Tina lo recordaría, porque tengo por ahí una prima con ese nombre. ¿Qué será de la vida de Tina? Nos habíamos querido siempre, desde niños. Me asombra darme cuenta de cuánto tiempo hace que no la veo. Años. Debería llamar a mi prima Agustina, eso es verdad. Mañana mismo le pegaré un telefonazo, aunque sea como para saludarla y saber de ella.
Seguramente hablaremos de las alternativas propias de la familia, me contará de sus hijas y al final, en un intenso ataque de curiosidad, no podrá evadir la necesidad de preguntar sobre mi situación personal, y de que cómo estoy…con quién estoy…No, mejor no la llamo.
Vamos a practicar una pequeña recapitulación, el nombre de esa mujer no es Tina, tampoco Rina, tampoco China, claro que no…ya no sabía qué juego de letras usar para acercarme a su nombre. Mary o Miriam quizá.
Desde otro plano, pienso que esa mujer que esta mañana me abandonó, sabía mirar, lo reconozco. Y eso es importante, porque no cualquiera sabe mirar a otro.
Eso es una condición que va más allá de la forma de los ojos. Va adelante (o atrás) de la mirada. Viene desde sus adentros, desde donde nacen los pensamientos. El saber mirar no lo aprendió en sus ensayos de coquetería. Estamos hablando de algo muy anterior, de algún asomo que proviene de los genes. Eso es algo con lo que uno lidia desde sus etapas celulares. Saber mirar… Claro, ella, cuando dirigía su mirada sobre mí, aunque sea de reojo, parecía atravesarme. ¿Sería una bruja?
Ja, Ja, lo único que faltaba. Mi juicio marchaba sobre un tren de alta velocidad. Debía ralentizar el compás de esa inservible película que pregonaba un argumento pasado de moda.
El ruido de bocinas y de motores apresurados que entraba de afuera, me sacó de la habitación y me hizo preguntarme si Lina habría llegado ya a su trabajo. ¿Y estuviese recordando la noche que pasamos juntos? No lo creo. Seguramente tampoco se acordaría de mi nombre.
Miré el reloj y me di cuenta de que debía dejar las elucubraciones a un lado y salir a trabajar.
En la tarde, antes de cerrar las actividades de este absurdo día, me dispuse a reparar mis sentimientos. Sentí que tenía la secreta obligación de encontrar y hablar con otra mujer. Me pareció lo más indicado para iniciar una compensación terapéutica y de ese modo disminuir la pesadez en el ánimo que me había quedado por lo sucedido anoche. Tendría que respirar hondo, envalentonarme, fingir, impulsar mi semblante y mis frases, para que surgieran abiertas y fueran del agrado de mi potencial interlocutora. Y también eso significa ponerme a prueba. Era un sólido intento de quebrar capas y romper barrotes enterrados en el fondo de mis emociones.
En todo mi cuerpo latía una seguridad. Era necesario producir ese paso, esa ruptura desde adentro, para proseguir. No podía quedarme asi. Atascado, falsamente indemne.
La calle, como de costumbre era un ir y venir que crujía saturado de rostros distraidos, más bien apesadumbrados. Eso pasa con las multitudes cuando de horarios laborales se trata.
Antes de guarecerme en casa, me daría una vuelta por el café Gran Vitale. Es el que suelo frecuentar y donde hasta los mozos me conocen. Pero no sé que pasó. Casi al llegar, tomé la decisión de alterar el rumbo. Un atisbo me impulsó para que esta vez buscara un lugar diferente para mirar al gentío, especialmente a las mujeres.
Si uno no sabe qué es lo que la suerte se trae, bien vale ayudarla. Este último pensamiento me pareció razonable y posible de poner en práctica. En la otra cuadra habia un par de cafeterías, que permanecían abiertas hasta tarde.
Con precaución miré desde afuera y vi que todas los puestos estaban ocupados. No había ningún lugar en el que no hubiera gente que suspendiera su charla, posiblemente con ánimo de hacer catarsis, e incluir al otro en su naufragio.
No obstante, al fondo, alcancé a ver una mesa en proceso de abandono. Debía apresurarme. Al encarar la puerta sentí un choque con un hombro, con un cuerpo que aspiraba a colarse por la misma angosta entrada. Pedí perdón por mi brusca operación y me encontré con un rostro femenino que se sorprendió. Me apresuré a disculparme poniendo mis mejores maneras a su decisión. A pesar de la dureza de aquella expresión, mis palabras fueron recibidas con un mínimo de reparo. Le concedí el paso y resuelta, avanzó hacia la mesa en cuestión. Cuando la alcanzó se sentó y supongo que en ese momento descubrió mi presencia frente a ella, congelada y sin expresión. Quizá cambió de idea, porque vi que, en un gesto de disculpa me hacía señas como para que me acercara.
Sin mayor rodeo me invitó a compartir con ella el lugar. Le agradecí esperando no molestarla. Me explicó que había concertado un cita con una amiga, pero que, a ultimo momento, la otra no pudo venir.
En síntesis, supe en ese momento, que se me había dado la suerte que esperaba.
Al fin me hallaba con otra mujer a la que estaba dispuesto a estudiar a fondo. No podía permitirme otra frustración. Puse mi aparato sensitivo en su máximo rendimiento y traté de captar aquella presencia con atención. Comprobé que era atractiva. Cultivaba con esmero el arte del maquillaje y disponía con pericia de poses que ella juzgaba apropiada. Prendió un cigarrillo y me contó de la mala suerte que su amiga había tenido con su novio. Porque ocurre que los hombres son dificiles para entender. Y que su amiga es una chica muy buena, pero considera que eso le pasa con todas las parejas que ha tenido porque los hombres son muy raros. Y que le parecía que a ella le pasaba algo semejante. Entonces insistió en armar un panorama enredado, buscando mi opinión, esperando una respuesta a ese laberinto.
Luego inició un detallado relato de su vida, y lo mucho que espera recibir de ella. Repetía que todavía es joven y tiene muchas oportunidades…
Llegó hasta un punto en que dejé de escucharla, solamente se me ocurrió una cosa.
Al invitarla a pasar la noche conmigo, abrió los ojos como sintiéndose ofendida. Insistí y le aclaré que no habia que caminar sino unas pocas cuadras. No opuso objeción y emprendimos el camino.
Despues de recorrer dos cuadras, arribamos al portal del edificio, me detuve para buscar la llave. Estábamos frente a la amplitud de la puerta de vidrio y metal y de reojo alcancé a ver que se aproximaba alguien. Era una mujer. Seguramente una vecina del edificio.
Siguió acercándose y no vió o no le interesó con quien yo estaba. Sosteniendo un paquete en la mano, avanzó hacia mi. La reconocí. Era Agustina.
Sentí que me invadía se cara de pánico. Se apresuró a decir:
_Disculpame, pero es que no tenia ganas de cocinar y había un montón de gente en la pizería_ dijo.
_Pero…Agustina, yo pensé,… creí que vos…_
Tenés que entender…dormías tan profundamente, que me dió no sé qué despertarte
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