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May 06, 2018 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en En el borde
Cuidar coches: lo que tras la crisis de 2001 era una salida paliativa para decenas de familias desempleadas y empujadas a la marginalidad, terminó por convertirse para la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza en un formidable sistema recaudatorio sin tributos ni controles de ninguna clase. Después de 15 años de la más extrema explotación laboral y en la mayor desprotección social, el Intendente Suárez decidió eliminar el formato actual de estacionamiento medido y con él a las 300 personas que subsisten de ese trabajo. Compartimos un análisis de primera mano sobre la historia y las consecuencias de este descomunal abuso institucional.
Por Sebastián Moro
Casi ocho años laburé en la Muni de Capital con los cuidacoches, más o menos hasta 2012. Sin exagerar puedo decir que por fuera del periodismo y del compromiso, es la experiencia laboral más intensa que he tenido, con un aprendizaje cara a cara de la realidad que no te la da la calle con sus formatos clásicos de coberturas de prensa ni mucho menos una redacción. Todavía hoy me llegan recuerdos de sus eternos reclamos, de sus picardías de supervivientes, y de sus gestos de solidaridad cómplice pese a la falta de conciencia generalizada por su condición forzada -desde «arriba» siempre- de marginales resentidos, el lugar más cómodo para la ciudad «blanca y turística» de un poder político feudal que es el mismo desde 1983 -y antes- y para los «ciudadanos pudientes» que ejercen su fascismo a base de monedas.
Salvo dos o tres excepciones, con los que no pudimos romper las barreras de desconfianza mutua, puedo decir que lxs conocí a todxs, a lxs 300 -pibes, mujeres, tipos grandes, viejos, migrantes suburbanos y del campo, inmigrantes peruanos, la gran mayoría habitantes de las barriadas del Oeste de una ciudad cuyo aparato punteril los devora empujándolos a un único camino: eso o la cárcel-, tanto en su ser callejero como en sus realidades familiares y barriales. En conjunto son un corazón chispeante y picudo que sólo quiere laburar, solo quiere una oportunidad para no caer en el designio de la marginalidad.
Juntos fuimos creciendo a los palos, porque también era mi primer laburo «oficial», ya pasando los 20 y sin muchas opciones después de la crisis de 2001. Precarizado pero relativamente estable. Y ellos, siendo hijxs de la misma crisis, cuyas madres y padres venían desocupados y desterrados desde hacía añares, muchos a su vez siendo padres y madres ya, muy jóvenes y con la «exclusiva» vulnerabilidad de estar en la caca absoluta, sólo podían «rescatarse» si laburaban de lo único que el sistema les ofrecía: la yeca, el mangueo al margen de las veredas y de los «contribuyentes» -palabra tan desagradablemente radical-, la puteada y el escupitajo cobarde que no podían devolver -de lo contrario canazo-, la denigración discriminatoria, la persecuta policial, la permanente amenaza institucional…
Pese a todo se la bancaron. Fueron pacientes, mal que mal aprendieron y fueron creciendo. Alguno que otro retomó los estudios o se puso a estudiar por primera vez, otros consiguieron trabajos «más dignos» y a otros se los tragó la desgracia y la violencia del global sistema de exclusión. Pero, en cualquier caso, se reapropiaron de un pseudo programa que nunca fue ni por asomo social, sino solo recaudatorio y confiscatorio de lo que ellos mismos generaban. Para el municipio se trató de un negocio redondo porque además no tributaba un sólo peso, o sea que el 50 por ciento de lo que «se hacía» en la calle pasaba limpito a las arcas capitalinas. Pero ellos, los cuidacoches, siguieron y «entendieron», y así fueron cerrando sus casitas de material y asegurándoles el morfi diario a sus familias. Diario, sí, porque estos explotados ni siquiera tenían derecho a faltar, ya que si se les ocurría enfermarse simplemente ese día sus hijxs ni comían ni iban a la escuela.
Y fui testigo de injusticias y vergüenzas institucionales terribles: las manos que no se dieron a los que sufrían accidentes de tránsito, los cajones que ni siquiera garparon por el pibe que se suicidó o por el que murió ahogado en un ataque de epilepsia mientras juntaba guita para mandarle a su mamá y a su hermana en España, la ayuda que no brindaron a la hijita de otro y que murió de leucemia en el Garrahan, el destrato y el desprecio del personal administrativo en general, que fue empeorando más y más con el transcurrir de las sucesivas gestiones…

Desde que renuncié pasó a ser un grato problema para mí el atravesar apurado el centro: me reconocían en la calle, me paraban, me abrazaban, me pedían que volviera porque «vos sos copado Sebita, vos nos tratás bien», me contaban sus dramas, me invitaban porrón o un par de secas y, últimamente, se quejaban con mucho dolor sobre el trato que recibían. Y ahora sé que además la misma institución que durante quince años se llenó con ellos, los usó y abusó sin capacitarlos ni ofrecerles lo mínimo, vuelve a expulsarlos para reconvertirlos en obligados delincuentes o meros mendigos, si es que todavía no está penalizado vivir del aire. También supe que otro chico se suicidó ante la indiferencia, la ignominia y la hipocresía clasista de una sociedad pacata y de su correlato político generalizado.
Para ellxs, para los bardeadxs por todo y despojadxs de todo, es que pienso este día internacional de lxs trabajadorxs como una real reivindicación y una alerta gigante para todxs lxs que aún no nos caemos del mapa. Y apunto un par de anécdotas para que además se conozca cómo verdaderamente son:
I) Abril-mayo del año pasado, por ahí. Hermosa protesta colectiva en tribunales federales de calle España contra el 2×1 de la Corte Suprema de Injusticia para liberar a los genocidas. Mediodía pasado, horario pico en que los cuidacoches van hasta “la comuna» a renovar la compra de tarjetas de estacionamiento para la tarde o para el otro día. Los rostros de preocupación de lxs militantes por el nuevo atropello, el mío de una mustiedad sin nombre. Ellos, “los tarjeteros”, saben exactamente qué hago yo ahí, cubriendo los juicios y revelando el terror. Me respetan por eso. Pasa el flaco «Keke» con su chaqueta verde, me pregunta qué pasa, le cuento. Su respuesta fue una síntesis perfecta de lo que cómo pueblo sentíamos ante la verdadera inseguridad jurídica. Y lo dijo con mucho odio: «¡Qué pija tener que luchar para que no suelten a estos viejos culiados! Cuidate hermano».
II) Febrero de este año, un par de días antes de partir a Bolivia. Voy apurado, con diez mil cosas en la cabeza por calle San Martín. Pero a la altura del Correo, cuando veo a dos de los guachines que siempre más quise, me dije «no me puedo ir sin despedirme de ellos», sabiendo cómo corre el reguero del rumor en la calle y que, si les contaba, en minutos se enteraría media Mendoza… El Marianito y El Gurí sobre la calle, voy hasta el filo del cordón y en personaje les espeto «loooocos, portensé mal». Sus caras, sus risotadas, sus alegrías y sus sapiencias me fortalecen de inmediato. Nos abrazamos onda scrum. «Sebitaaa, cómo andás, cuándo vas a volver a la muni…» La misma cantinela de siempre, adorables. Les cuento que me voy, que por un largo tiempo no quiero pisar Argentina salvo para ver a mi familia. Se ponen tristes pero de toque se recomponen, me hacen chistes y empiezo a despedirme. Ya soltándonos, el Marianito grita en el medio de la calle «Sebita, nun-ca te va-mos a ol-vi-dar». Y yo: «Yo tampoco». Y levanto la voz «Cuídense, de los ra-tis y de los ra-di-ca-les». «¡Vaaamo nomás!», fue lo último que les escuché, junto con sus carcajadas.
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