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Sep 15, 2021 La Quinta Pata Rincones Comentarios desactivados en La cultura de la calle (una noche de vendimia en el club Pedro Molina)
La Calle era como el mismo universo: siempre estremecida y a punto de conflagración. Pero también habían islas humanas con habitantes solitarios, lugares sospechosos de misterios tras rejas que ostentaban musgos y verdor, madreselvas, claveles del aire, damas de noche, tupidas y encrespadas enredaderas, como eran las fantasías de los muchachos de la esquina, que se esforzaban en descubrir más allá de esas rejas, ritos extravagantes, seres esfumados en leyendas. Y si alguien se atrevía, rescataba de su modesta memoria aquellos aquelarres mitológicos, aprendidos en las revistas de historietas como el Ti Bits y El Tony. Es que de esos lugares, de esas islas asomaban las muchachitas pálidas, recatadas, donosas. De esas islas aparecían los contados jovencitos acicalados, corbata y saco como poniendo distancias. De allí se deslizaban autos último modelo, y también una especie de lejanía y menosprecio para con los de la Calle.
Hasta que un día el Palito corrió la voz de que la Dorita, de viejo cuño, de un apellido que había precisamente dado el nombre a la zona desde el mismo momento en que en el reparto de los colonizadores se quedaban con la mejor parte de los colonizados. Decenas de hectáreas medianamente cultivadas se iban transformando merced a las necesidades, en pequeños lotes que primero albergaban el sudor y la esperanza de cientos de propietarios proletas, hasta que el tiempo y el esfuerzo hacían de las taperas, casitas muy bien alineadas y ornamentadas.
Pero si el patrimonio se iba desgajando de a poco, la alcurnia social se iba acrecentando. Y este era el grave orgullo de la Dorita cada vez que asomaba por la calle con sus pasos cortitos, movimientos menos felinos que las otras chicas, más sobria, pero con aire que no dejaba de provocar la atracción y las ensoñaciones de los vagos. Entre tanto recato, podía vislumbrarse, realzados por las sedas y las gasas de sus finos vestidos, las formas y las curvas de sus aptitudes anatómicas.
La cuestión fue que la noticia primero no parecía ser tal sino apenas un rumor de esos que en la Calle podían alterar el ritmo de las numerosas tertulias en los almacenes y los mercaditos del barrio, pero no tanto. No obstante, no pasó mucho tiempo en que los decires fueron mucho más contundentes que el escepticismo, según lo contó con lujo y detalles el Palito, que a su vez tenía la versión fiel y exacta por parte de sus hermanas, o sea que la Dorita iba a ir al Club Pedro Molina porque ese sábado, precisamente, se elegía a la reina de la vendimia del barrio:
-Ma qué elección ni qué elección, dijo el Lolo, si esta mina se presenta le gana a todas por varios cuerpos-
-¿Y la Lucía?, le retrucó el Pichuco, con los pechos que tiene la pasa por encima-
-Pero manga de comechingones y niños de pecho, lo que ustedes no saben, no se han dado cuenta, que esto de la reina se va haciendo cada vez más para las niñas bien, y no para las minas que laburan y se rompen las manos y se tostan de sol a sol o de sombra a sombra, según donde laburen, éstas tienen más carne de minas, pero son morochas, cabellos negros y lacios, no saben revocarse la cara, y las manos las tienen siempre llenas de callos, y entonces qué clase de reina puede ser la Matilde, por ejemplo, si se le pone la Dorita al lado media rubia y blanca, manos de seda, y que sabe decir de una sola tirada, “¡muchas gracias público presente, dejaré bien sentado el prestigio del barrio y de este noble club!”, y la Lucía, otra de las que quiere ser, apenas sabe que el micrófono no es un bicho que pica, y la Dorita que tiene el viejo con la guita loca, me vas a decir que no va a ser reina?, “vos no sabís lo que decís o sos tarao.”
Y de ahí en más, que era el martes por la tarde, el baile encendió las expectativas y la imaginación voló hasta la estratósfera de la efervescencia. Y aunque en esos días se había armado una bronca fenomenal en la China entre Chiang Kai Shek y Mao Tse Tung, nadie se dio por enterado y en vano el Diario “La Libertad” (diario menduco de la tarde y tribuna del peronismo) se desgañitaba gritando desde sus primeras páginas que Mao había emprendido la gran Marcha, y que los comunistas estaban liquidados, y que el sacrosanto imperio de Occidente estaba a salvo, en la Calle Larga y la Media Luna, y todo el barrio a la redonda, se concentró en el gran revuelo que el sábado por la noche se iba a armar en el Pedro Molina.
Doña Rosalía emprendió la ofensiva y empezó a juntar a las comadres y las concientizaba para evitar el posible ultraje y que “estos ricos de mierda no crean que nos van a seguir explotando, haber si le mandamos una carta a la Evita, y va haber la que se va armar”, y con las juntas de las comadres se inició también la juntada de las firmas para tenerlas a mano por si acaso se armaba una componenda y el reinado de Pedro Molina -el barrio- se erigía en el pedestal de una nueva era de argucias y de fraudes de los poderosos, como “en la década infame”, según apuntó doña Eulogia, la madre de la Lucía, que había aprendido lo que sabía porque de vez en cuando iba a la biblioteca de la Unión Vecinal “Villa Linda”, en la calle Las Heras pasando la Calle Larga, y se llevaba un libro a la casa:
-Tenís que aprender agarrar los libros –le decía a su hija- y como dice tu padre, porque somos burros, los ricos nos explotan-
Ya la advertencia a no reincidir en un pasado ignominioso de los argentinos, encontró amplio eco, lo que hizo estrechar filas, aún más a las comadres. La rebeldía, aunque nadie podía aseverar que los hechos se producirían tal como se pensaban, iba atrapando a las más amplias capas de esta sociedad tranquila y pacífica por antonomasia, incapaz de matar a una mosca, como decía doña Rosalía, la madre del Pichuco, cada vez que se refería a alguien que era bueno:
-Somos buenos pero no zonzos, si quieren guerra, la van a tener-
Y como se lo propuso, Doña Rosalía se dedicó a buscar firmas, y casi nadie se negaba a estampar su trabajosa caligrafía, menos si la destinataria iba a ser la “compañera Evita”. Pero tuvo que esmerarse en traspasar dos escollos: uno, cuando alguien que no sabía escribir, entendía que podía hacer una cruz o poner la huella digital:
-¿Pero cómo compañera?, cómo le vamos a hacer ver a la compañera Evita que somos analfabestias, trate de dibujar la firma-.
Y el otro escollo era el más embromado y se presentaba cuando la solicitud de la firma se hacía a las que no simpatizaban con el General y la Señora. Eran varias familias, más que nada bolches, pero que podían sumarse contra la oligarquía barrial:
-Al fin y al cabo, decían las comadres, somos de la misma pasta de pueblo decente y trabajador, y aunque sé que usted es radical o comunista, le vengo a decir que tenemos que unirnos para vencer a los gansos-
La cuestión fue que la movilización iba in-crescendo mientras se aproximaban las horas cruciales y finalmente las comadres estuvieron de acuerdo en que a la compañera Evita, “no la tenemos que molestar, sólo si la cuestión se convierte en una mula más grande que la mula de Lavalle” aludiendo –lo de la mula- a una versión de los lavallinos, que en los años 30, hicieron cundir por todo el país que una mula de ese lugar, había tenido cría. A la Dorita se sumaban como aspirantes al trono, la Ana María, por el Club Sayanca, hija del Jilguero Contrera (así le decían porque era cantor de tonadas), y la Gladys, del club Argentino, hermana del Chaca, que así le decían, porque era el único que en varias leguas a la redonda era hincha de Chacarita Juniors. Quedaban dudas sobre si el
Club Aníbal Ponce, otro centro social de la Calle, de prosapia marxista mandaría representante, “hay problemas con la cana” dijo el Paco, que era habitué del Aníbal Ponce, “creen que todos somos comunistas y que nos vamos a comer a los niños crudos”. “El presidente, Vicente Mirón es un tipo de fierro, y el otro día se tuvo que rajar”.
El enigma sobre la Dorita también crecía, en cuanto todos preguntaban: -¿y a quién va a representar?- “Y a lo mejor se representa ella misma, tiene derecho decían”, lo que despertó respuestas furibundas, y el dilema no se aclaró en ese momento. Y llegó el día, mejor dicho, la gran noche. El Pedro Molina estaba repleto, y la versión oral posterior, decía que no cabía ni un alfiler. Primero fue el baile, la animación del Armando, los tangos del Ayala, las danzas del Tordo Nieto, de cuño folklórico, y del Pato Serrano, bailarín de zapateo americano, que terminaba su número graznando como el pato Donald, y de ahí su apelativo.
En el estrado se encontraban las candidatas, menos la Dorita, que sí estaba acompañada por sus familiares ocupando una mesa alrededor de la pista.
Un redoble de la batería -la percusión de entonces- hizo callar a la concurrencia y la atención se fijó en el escenario, en las reinas, hasta que el Armando, con su voz abaritonada, dijo:
“Señoras y señores, bla, bla, bla, bla, pero antes de proceder al acto vendimial primero hará uso de la palabra la señorita Dorita aquí presente”. Y mientras la Dorita subía y se aproximaba al micrófono, se oyeron algunos silbidos lo que no inmutó a la bella dama, que comenzó su breve discurso:
-¡Buenas noches y muchas gracias, público presente, estoy aquí porque estimo que ustedes y este honorable club merecen una aclaración y es que en ningún momento, nunca, tuve la intención de ser candidata, cualquiera de estas hermosas chicas nos van a representar dignamente!-
Y casi no se terminó de escuchar este último concepto, porque estallaron los aplausos y los vivas a la bella, y el trombón del Agustín (músico en la banda de los Exploradores de Don Bosco) lanzó una clarinada, y el Armando que hace gestos y saluda a la Dorita y la acompaña a descender, y el Mazamorra, -el Antonio- que se para frente a los vagos y les dice:
-Vieron, serán lo que serán, pero son todo un caballero-
-¡Animal, -le retrucó el Chaca-, si la Dorita es una dama!-
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