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Dic 17, 2017 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en La luna no es un cuento
Por Rubén Vigo
-Cuando vengas, no te olvides las alas-, así me dice el abuelo y yo entiendo, sé perfectamente que quiere decir eso. Desde el viernes me va llamando
-junte latas vacías m´hijito, déle que esto va bien- y yo meta pedirle a la mami y al papi latas de todo tipo. Eso sí, nunca debo decir para qué son, ese es nuestro secreto, un secreto en grande, un secreto en serio.
Una vez por mes vamos con mis viejos a El Bermejo, allá vive el abuelo Rosendo, solo, solito con su gata Ramira. Para mí es una aventura ir al campo, es lejos, muy lejos, media hora de viaje es como atravesar el continente. Desde el centro de Mendoza arrancamos muertos de calor, vivo cerca de Plaza España, el verde más cercano son arbustos y árboles debilitados y tristes dentro del corral de cemento, -qué sería de nosotros, los urbanos, sin esa sombra que detiene la fuerza del sol- insiste mi papi, y yo bajo la cabeza pensando como crecen libres y felices los olivos, las higueras y el limonero en el fondo de la casa del abuelo.
Apenas salimos de la Costanera y nos metemos por la Mathus, a la distancia se ve trepar el humo desde los parripollos, va jugando entre las ramas de los plátanos para observar la vida desde el cielo. Las catas van y vienen a sus nidos que son bolas de ramitas colgadas en las alturas. El mundo es distinto por acá.
El callejón donde vive el abuelo no tiene nombre, él dice que es para que no lo encuentre la maldad, y así será, porque el abuelo nos ve llegar y le brillan los ojos de alegría, ya sabe que estamos entrando por el desparramo de tierra, el auto apenas metemos ruedas en el callejón pone turbio al aire como nube de paso. La tranquera está abierta, desde temprano la deja así para darnos la bienvenida. El primero que baja soy yo, salgo como un torpedo de la parte de atrás, la negra bolsa de plástico hace ruidos de latas. Los brazos del abuelo son como dos torres que se cierran para contenerme, me levantan como una grúa, me transportan hacia la felicidad.
-¿Trajiste las latas?- me dice serio al oído, y yo, con una sonrisa, le muestro la bolsa y la sacudo. -¿En qué andan ustedes?- pregunta mi papi, pero ninguno de los dos responde, nos vamos cuchicheando y riendo cómplices para el galponcito del fondo don duerme el secreto.
Cuando empezamos con el abuelo a armarla, él me explicaba los motivos, algunas veces entendía y otras nada, pero no importaba, porque lo importante era el sueño compartido, avanzar juntos. Él decía que los malos fabricaban herramientas para bombardearla, por eso tenemos que esconderla, hay que esconderla de los ojos del odio, ella debe brillar siempre, es de todos, y algunos quieren destruirla. -¿Trajiste las latas?- repetía, yo las tenía y se las daba. Esa bola brillante y blanca en el cielo, que algún día iríamos con el abuelo a esconderla, estaba a salvo. El abuelo agarraba la bolsa con cuidado, como si adentro hubieran cristales prontos a romperse, -ya vuelvo- decía, y avanzaba lentamente por la huella del tiempo, lo veía abrir la puerta del galponcito, la cerraba, y lo perdía de vista por un rato. Desde afuera, por el ruiderío, escuchaba como sacaba las latas, iba armando la nave vaya a saber como. Yo nunca entré al galponcito donde el abuelo Rosendo fabricaba la nave espacial para ir a la Luna, ganas de entrar no me faltaban, pero un pacto con el abuelo era un pacto. -Hay que esconderla de aquellos que odian la esperanza y quieren destruirla- insistía. Nunca tardaba más de diez minutos haciendo bochinche dentro de la piecita, y yo, inmutable afuera, sentado en la piedra delante del duraznero, sin sacar la vista de la puerta, por donde en minutos, regresaría el viejo con el rostro tiznado de grasa y las manos grandes para abrazarme y partir de regreso a la casa. Orgulloso iba de la mano de ese gigante con cara de bueno, ese salvador de la Tierra, que por ser humilde, no quería contar a nadie que en nuestro viaje, muy pronto, derrotaríamos a los que odian escondiendo a la Luna. –Tarea cumplida m´hijito, falta poco y partiremos- me decía, y yo me iluminaba, -¿querés una chocolatada?-, y él sabía que sí, que después de regresar del galpón nos íbamos derechito a la cocina donde se iniciaba el rito de la leche caliente y la barra de chocolate amargo que se hundía por placer de saberse necesaria, el blanco inmaculado se tornaba en marrón tibio para que mis labios se llenaran de ternura viendo al abuelo del otro lado de la mesa chupando su mate de calabaza, depositando la vista en la ventana, seguramente, ubicando con exactitud donde estaría la Luna en ese instante.
Un día me pidió un espejo retrovisor de auto, -es para nuestra nave, será para ver a los humanos cuando vayamos lejos, muy lejos de la Tierra, y entender que a las espaldas quedan ellos, sin aprender como se vive-.
–M´hijito, la Luna no está tan lejos, mirala, cerrá los ojos, ¿la vés?-, -sí abuelo, la veo-. –No abras los ojos, mirá el cráter grande, ese de la derecha-, -sí abuelo-, -ese cráter se llama Andrea, es el más grande de todos, acercate-. Y yo me acercaba, estiraba los brazos y movía los deditos hasta rozarlo. –Viste que suave, ¿a qué se parece?- me decía, y yo soñaba, volaba con él –a la espuma, pero no se deshace, abuelo, no se deshace-. -Tocá el interior, mové tus dedos en la arena lunar-, y yo tomaba puñados de arena blanca que se me disolvían en las manos. El abuelo y yo jugábamos por el cielo en aquellas mañanas de domingo, dos astronautas con un solo objetivo, esconder a la Luna de los malos que buscaban destruirla.
Un día de lluvia, a los apurones, sin ser domingo, los papis me subieron al auto para ir a lo del abuelo, ni pude juntar las latas, ni la bolsa, ni nada, fui sentado en silencio en el asiento de atrás, la tranquera estaba abierta, pero la sonrisa no llegó, los brazos tampoco vinieron al encuentro, la chocolatada quedó inmóvil en la mesada, y el galponcito del fondo se devoró el secreto de los dos. Los papis, me dicen que el abuelo, antes de irse, les dejó dicho que no podía esperarme, que debía partir a esconder la Luna de los malos, que había sido muy repentino el viaje, pero que siempre me iba a estar mirando desde arriba, que siempre iba a cuidarme, para que nunca pierda el camino hacia la esperanza.
Fuente: La Mosquitera Revista
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