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Abr 22, 2018 La Quinta Pata Cultura Comentarios desactivados en La piedad del viento
“Todos los hombres todos, deberían tener en sus roperos un globo aerostático” (Demóstenes Pertiaga)
Paseaba perros Ludovico. Cuatro o a veces media docena de canes de las más variadas estirpes y pelajes lo antecedían en sus caminatas por el Parque Central. Tiraban de correas y cadenas con el mismo fervor que sus parientes, jaladores de trineos. Ludovico, de magras piernas, les regulaba la velocidad de paso o atenuaba los conatos de trote con el “freno de mano”: una gruesa y flexible varilla de sauce que tenía en uno de sus extremos adosada una botella plástica vacía. Apenas uno de los hocicudos viandantes aceleraba le caía sobre entre las orejas un suave golpe.
Buena plata recibía por oxigenar perros finos. Los animales volvían cansados, contentos. Y él también. Con cada paga, que iba directo a su cuenta de ahorros, redondeaba más un sueño que inflaba desde la niñez.
Ludovico, botellero. En mañanas sin perros recorría los canastos de residuos de barrios elegantes en bicicleta y depositaba en una caja de cartón y en una mochila, envases vacíos de vinos caros y al término de una jornada otros billetes, pocos pero reales, pasaban a guarda.
Vendedor de turnos también. En su cronograma semanal de actividades destinaba dos días para llegar en primer lugar o segundo, era muy exigente, a la cola de alguna repartición (tenía para elegir: la que otorgaba registros de conductor, pago de impuestos, servicios públicos) y obtenía un preciado número. Luego se acomodaba en una de las muchas sillas disponibles para que los agraciados con un ticket esperaran que el carromato de cuadradas ruedas de la burocracia iniciara su marcha. Veía llegar a los desinformados, esos que suponían que la atención a sus reclamos, pagos o salud era instantánea. Elegía a uno. Casi nunca se equivocaba. Impaciente. Bien vestido el cliente. Activó con sus protestas el coro de lamentos (no quedaba un turno ni para el presidente de la soberana nación).
—-Siempre es lo mismo—- decían las mujeres, más pacientes.
—-Señor. Yo estoy acá desde las cinco de la mañana y me tocó el ciento cuatro—- repetía un hombre como estribillo de tonada—- el ciento cuatro, si, y no le han mentido-
—-Tiene que levantarse más temprano—- lo retó otro.
—-Ponen asientos para que esperemos porque les da vergüenza colocar camas—- nunca falta un filósofo.
Cuando se apagaban esos breves discursos Ludovico, caminando muy despacio, se ponía al lado de esa persona que ya sentía su día arruinado y hacía negocio. Todo era en pos de su aérea ambición.
Ludovico, llorón. Un amigo que trabajaba en una empresa de sepelios le consiguió una extraña tarea. Fue el inconsolable muchacho pobre a quien el fallecido expoliador de terrenos fiscales le pagó secretamente sus estudios. Actuó también de modo muy convincente en el papel de enamorado de una mujer que nunca tuvo novio.
Faltaba mucho para que su proyecto se materializara. Un hecho impensado lo catapultó de repente al estadio de concreción, en un salto sobre años de pasear perros, juntar vidrio, madrugar por turnos y de sumirse en llantos y pesadumbre en velorios. La madre de Ludovico se durmió para siempre. De pronto la gran casa, a su nombre desde hacía años quedó para él, hijo único. Aun con el dolor en su alma, pena situada al lado de una creciente felicidad, vendió la mayor parte del inmueble. Se quedó sólo con el último patio y un galpóncito. Ahí instalo una precaria habitación y al tercer día de duelo llegó una camioneta portando su sueño: un globo aerostático.
En pocas horas lo armó. Le insufló calor con la garrafa y mechero incluido en el equipo. Con equipaje a cuestas: tres pares de calzoncillos, gorra de capitán, una campera impermeable, varias remeras, pantalón y zapatillas (puestos) termo con agua caliente, cinco kilos de yerba, mate, bombilla y un cepillo de dientes, saltó a la canasta. Había leído mucho sobre globos. En teoría, un experto piloto, claro que sin un segundo de vuelo.
El instante de largar amarras y se acordó de su madre. Pensó que ella tal vez intuyó su secreta ansia y apuró su partida para proyectarlo hacia el cielo. En pocos minutos sobrevolaba el Parque Central, distinto desde la altura, muy bello, como un gran dibujo de verde y flores sobre un manchón de cemento. Vio a colegas, paseadores de perros, domeñando jaurías de lujo. El espejo de agua que reflejaba su manso desplazamiento. Los patos cansinos, discutidores, terrenos, lo miraban envidiosos. Desde que llegaron a ese lugar plegaron alas y abrieron picos. Quedaron presos del alimento balanceado que los cuidadores les daban dos veces por día.
La ciudad quedó atrás. El mechero al máximo lo arrimó a unas nubes acostadas, exuberantes como majas goyescas. Respiró hondo. El aire de su nuevo e ilimitado lugar era distinto al del continente. Creyó sentirle un aroma único, nunca percibido. Hasta un sabor, que se le ocurrió era el gusto de la libertad. Con miedo de marearse en demasía, casi ebrio de aire puro, algo escaso por allá abajo, se cebó unos mates. Atravesó ciudades extrañas. Una, conformada únicamente por iglesias, capillas pequeñas, grandes, en torno a una gran catedral. “Difícil ser ateo en ese lugar” pensó Ludovico. Otra de cuadrados y altos edificios que, invariablemente, tenían en sus terrazas chozas de madera, plástico y cartón. Un pueblo de pobreza sobre la suntuosidad de grandes ventanales de apartamentos exclusivos. No pudo descifrar en principio el misterio de esa arquitectura de emergencia sobre la cúspide de las construcciones. Lo ayudó una de sus lecturas. Una frase de Maupassant quien describiendo el París de fines del siglo XIX dice: “los pobres viven en los pisos más altos”. Claro, no abundaban los ascensores. Se le ocurrió que esas villas miserias eran habitadas por personal de servidumbre. Ahí dormían, hombres y mujeres. De día bajaban a atender a sus amos. Quedó fijo su pensamiento. No tenía con quien consultar.
Otra vez los colores. El campo. Hileras de viñedos. Al lado, el verde oscuro de hectáreas de ajo. Los añosos olivos y su tonalidad salpicada de puntos negros, puro alimento. Las chacras, con paños de tomate. Primavera radiante en los frutales. Oprimió el botón de su termo y nada. No le quedaba agua. “Habrá que bajar no más para seguir tomando” Inició el descenso. Un tanto brusco en sus caídas de nivel. El primer aterrizaje. La barquilla de mimbre se asentó cerca de un caserío. Ataba las sogas para que no se le escapara “El Zonda” así bautizó en silencio a su globo, cuando fue rodeado por una gran cantidad de personas, de todas las edades, maravilladas ante el prodigio de ese hombre que descendía, mate en mano, desde el cielo.
—-¿Tienen un poco de agua caliente?— pidió a modo de saludo. Varias voces respondieron si. Una mujer le recibió el termo y se encaminó hacia su vivienda. Los niños, más cercanos en alma al anhelo hecho realidad de Ludovico le preguntaban.
—-¿Usted es un ángel señor?—-
—-¿Por qué tiene una sola ala y es redonda?—- lo interrogó otro.
—-¿Viene a hacer algún anuncio?—- se interesó una preocupada adolescente con el recuerdo de la charla del arcángel Gabriel y la Virgen María
—-Señor ¿Me lleva a dar una vueltita en eso?—- fue al grano el más aventurero.
Ludovico pensó que de alguna manera debía retribuir el agua caliente que ya venía en viaje hacia él. Invitó entonces a tres niños a subir. Ató el extremo de un rollo de soga al tronco de un grueso árbol y la otra punta al aro de amarre de la barquilla. Se le arrimaron los padres de los pequeños. Querían saber si había peligro en ese paseo. Muy seguro Ludovico los tranquilizó. De a poco, con bocanadas de llamas hacia arriba, el globo fue subiendo, un dragón volador que deglutía su propio fuego.
—-!Allá vamos!— gritó Ludovico mate listo en mano.
No fue un vuelo. O si. Consistió en una ascensión, primero vertical, luego en la misma línea pero en un hamacarse lento y después el bamboleo, también suave en la altura. La soga mantenía al globo fijo a tierra. Los niños estaban maravillados. Apenas distinguían a sus mamás. Buscaban algo conocido, identificable en eso, que parecía la doble página central de un libro de figuritas. Se reían porque si. Saludaban a los de abajo. A unas ánades migratorias que alertaban con sus graznidos sobre la presencia de esa curiosa ave circular. La vida de esos pibes campesinos se partió en dos en ese momento. Para siempre. Antes de “volar” en globo y después.
Tierra firme y una especie de revolución entre los adultos. Querían modificar los efectos inexorables del almanaque. Deseaban ser niños de nuevo. Todos pedirían un viaje en globo. Hasta los abuelos. Uno le hablaba a otro anciano, con el que compartía el sol del mediodía, lo máximo en sus atenuadas existencias.
—-Escuché una vez que para recibirse de hombre había que tener un hijo, plantar un árbol, andar en globo y escribir un libro. Tuve siete hijos. He plantado cientos de árboles. Con el libro… ya vamos a ver que hago… pero ahora me subo a ese aparato—-
—-Yo también—- aseguró su compadre con lágrimas en los ojos.
—-Hagamos una cola—- sugirió la señora proveedora de agua caliente marcando con su cuerpo el primer lugar de la fila, el comité de bienvenida de Ludovico que escuchaba un desordenado coro.
—-Ahora nos toca a nosotros—-
Si Ludovico transformó envases de alegría en dinero (botellas vacías) puso romance a cambio de la soledad, cuando personificó al novio de la pobre solterona te has quedado sin ilusión sin fe (por unos pesitos, se entiende). Trocó a un usurero en mecenas (billetes mediantes). Paseó perros salidos de la peluquería, falderos, otros mordedores, de combate. Peludos. Pelados. Iracundos. Mansísimos. Todo, en aras de algunas divisas, su globo bien podría rendirle ganancias. Pensó. Y así fue. Tres pesos la “vuelta” O un pollo. Berenjenas. Dos docenas de huevos, a falta de circulante en algunos bolsillos.
Ya pensaba en como transformar los alimentos para el viaje, sopesaba billetes y monedas en sus bolsillos cuando apareció ella.
Grandes ojos verdes. Agraciada figura. Ludovico la miró y no pudo evitar el impacto de la belleza de la mujer que lo encandiló con una sonrisa derretidora de hombres, por lo menos a él, casi lo licúa.
—–No tengo plata. Le puedo cambiar un paseo por esto—- y le entregó una flor silvestre.
—-Usted ya me pagó con una mirada de sus hermosos ojos—- contestó. Le faltaba el aire, el mismo que arriba le sobraba. Del cuerpo de la chica, de sus labios, de toda ella, emanaba una rara energía que le alteraba el pulso.
Un dulce abismo se abrió en su corazón. “Que me importa el globo” sintió en su interior una voz. Claro. De tanto deambular en la búsqueda de vidrio, asumir personalidades dolientes, madrugar por turnos, lidiar con los caprichos de mascotas, había olvidado al amor de pareja. Su vida, desde la infancia, fue la quimera del nauta. Y las tareas, que emprendía sólo para ahorrar. Luego la concreción. El viaje inicial. Y de golpe, sin aviso, una mujer en su horizonte. “Y esto es para siempre” retumbaba un eco.
Ayudó a Clara a subir. Dio gas. Calculó la velocidad de ascenso para hacerla más lenta. Todo, sin dejar de mirarla ni por un instante. Ya en el acunamiento de la eminencia Ludovico le explicó a Clara que lo suyo, esa iniciación como pasajera, era el bautismo de vuelo. Él, como capitán, debía oficiar la ceremonia. Derramó algo de agua sobre los dorados cabellos de la mujer y la notició que la liturgia, desde el primer pájaro que voló en el mundo, ancestral milagro, consistía en sellar el rito con un beso. Luego, vendría el brindis. No se negó la chica. Y no fue uno. Fueron muchos besos como si se hubiera celebrado un sacramento múltiple. El brindis de festejo no pasó de varios mates.
—-¿Qué ocurre, no bajan?—- preguntaban otros aspirantes al vuelo.
—–El globo ahora es de ella, habrase visto—- protestó una vecina
—-Si. Y el muchacho también—- agregó otra todavía en edad de merecer y enojada consigo misma por no haber cortado una flor a tiempo.
Descendieron de la barquilla, se tomaron de la mano y enfrentaron a la gente.
—-Por hoy se acabaron los paseos. Tenemos mucho por conversar—- anunció Ludovico.
Al parecer el globo lo escuchó porque empezó, muy lentamente, a plegarse sobre si mismo.
Una vez por mes “El Zonda” volaba, por así decirlo. Lo tripulaban vecinos y otros entusiastas de pueblos cercanos. Ludovico recibía en pago desde un conejo hasta un wincofón y discos de Leonardo Favio, pasando por un relicario con mechón de pelos de un Lobizón (de Barriales, para más señas). Los escarpines que usó el cacique Guaymallén, atesorados por su aya, una anciana de edad incierta. Una damajuana de vino patero. Un catre de lona. Y hasta confeccionó una lista de lo que le hacía falta. Así quedó amoblado el flamante hogar de Clara y Ludovico. Hogar. No más que una pieza de adobes destinada antes a herramientas en la casa de los padres de la chica, chacareros del lugar.
Ludovico aprendió a doblar la espalda en los surcos. A injertar ciruelos. Manejó las hijuelas, los cupos de agua en las madrugadas frías. Iba en la camioneta del suegro a comprar harina y azúcar a un almacén de ramos generales. Pero, cada treinta días, inexorablemente, “El Zonda” despegaba. Con alumnos de una escuela cercana, dos monjas, un farmacéutico, un poeta que cubrió al pueblo con una lluvia de coplas.
Y mientras Ludovico se transformaba de a poco en un ser terrestre, él, que desde casi su nacimiento ansió el aire como morada, Clara inició una metamorfosis que les ocurre a algunas mujeres: de hada mutó en bruja. De dulce a vinagre. De azahares a estiércol. Ya “volar” no le conformaba. Le pedía un auto a Ludovico. Abrigos de pieles. Hornos microondas. Aparatos para hacer gimnasia. Quería todo lo que brillaba en el televisor blanco y negro que el piloto recibió por una ascensión. Y cuando él le explicaba que nada de eso les hacía falta, que se tenían el uno al otro, pues para él su máxima posesión era ella, Clara lo maltrataba. Desde resignado a fracasado le decía. Que servía nada más que para subir a ese estúpido globo atado a una piola, como un globo de cumpleaños infantil.
Cuando Ludovico quería dormir ella seguía hablando. Y al despertar, la imagen que le llenaba las retinas era la de Clara. Oía su voz echándole en cara falta de ambición, mediocridad.
No había gente en esa mañana cuando Ludovico desplegó a “El Zonda” sobre su pista, un gran círculo bordeado de fardos de pasto en los que se sentaban los pasajeros a la espera del vuelo. O a comentar después las peripecias de ese recto viaje. No era el primer día del mes, sol esperado por tantos. Le pegaba un fósforo al mechero y se le arrimó Clara. Siempre en su último rol, enterándolo que ella no vino al mundo para malograr su belleza al lado de un inepto, que le era imprescindible un set de lencería de la Alameda, una cama solar, cremas hidratantes. Ludovico seguía con las maniobras hasta que el globo alcanzó su turgente redondez, empezó a tensar la cuerda y a elevarse lentamente.
“El Zonda” siguió subiendo. Ludovico lo desató. Vio a Clara hablando y hablando.
El viento, amable con quienes lo habitan, desvanecía, cada vez más, sus palabras y su imagen. Esa piedad del viento…
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