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Jul 20, 2015 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en La soledad de Luperca
Por Carlos Lucero, Mendoza, febrero 2015
“A las hojas de este árbol, que del Levante a mi jardín llegara, hoy les adornan un arcano sentido, que brindan al sabio, motivo de reflexión. ¿Será este extraño árbol un ser que un día en dos mitades se dividiera? ¿O serán dos seres que tanto se comprendieron, que un solo ser decidieran?” Johann Von .Goethe, al Gingo Bilova.
Aunque se sentía fresca, aquella mañana de enero hacía presumir la tórrida repetición de días anteriores. Sin que nada interrumpiera la marcha de su energía, el sol brillaba, digamos que pedía pista, como para que no quedara duda de su potencia para calentar.
Aquí abajo, caminaba con una bolsa luego de comprar medio quilo de pan y. de pronto un mordisco sin violencia en la mano convoca mi atención. Ante mí, se aparece la figura juguetona de Juansindueño, revelando su sonrisa crecida en dientes puntiagudos. Mediante un retozo de brincos, y volteretas, era evidente que trataba de invitarme hacia algún sitio que él conocía. Correspondí a su gesto poniéndome en marcha detrás de él, y respondió al instante con un incremento de agilidad en su contento, como preparándome para lo que pensaba mostrarme.
Estaba claro que lo atravesaba una rara ansiedad. Se apuraba, cruzaba la calle sin esperar a los semáforos y se detenía al otro lado, como perdonando mi lentitud..
Luego de varias esquinas, llegamos a Plaza Italia. La cruzamos en diagonal. Al otro lado de la aridez de la fuente, casi seca, nos detuvimos, mejor dicho se detuvo la inquietud del perro. Habíamos llegado al monumento que recuerda con fidelidad a Luperca, la madre de leche, la loba salvadora de Rómulo y Remo. Aquí, este anfitrión del camino conseguido, colocó su posadera en el piso y alzó la vista con aire orgulloso. Posiblemente esperaba de mi alguna reacción o tal vez al enseñarme la estatua, demostraba que, eso que allí se erguía sobre un pedestal, homenajeaba su estirpe canina. O quizá fuera que la majestad, muy bien lograda de la mole, en algún lugar, le resonaba a su madre.
De cualquier modo, me hizo gracia la solemnidad que reflejaba en su mirada. Pasé mi mano por su cabeza como una felicitación y miré alrededor.
Confesemos que aquel lugar daba para más.
Observé el conjunto de bronce y mármol. Algo en mi conciencia oía los gritos de menoscabo que venían de una parte fundamental de la leyenda Rómulo y Remo eran un vacío, habían sido secuestrados, vandalizados, seguramente debido al valor de su metal. La legendaria Luperca en su pedestal, se encuentra sola,… no hay cachorro de ninguna especie que aproveche la hinchazón de sus pezones.
Y la vieja estética etrusca, ve truncada su intención.
La colectividad italiana de la ciudad no había querido enterarse, ni la embajada. Tampoco las autoridades públicas. En cambio, para el público y los turistas que pasan y miran… el monumento a Roma, se registra como un anhelo frustrado.
Las sorpresas seguían. Caí en cuenta de que, frente al complejo romano, hubo una vez una estela que realzaba el valor de una planta que también asume su quimera. Alguna administración municipal tuvo una vez la acertada idea de encajar dos ejemplares de Gingo Bilova que llegaron a ser magníficos. Según los que saben, en Europa, la excelencia de este árbol ha motivado la musa de grandes poetas. A sus pies, se reafirmaba, con la gala de una cerámica esmaltada, la importancia de esas vegetaciones. Hoy solo es un resto de hierro oxidado, que delata sombras de desidia.
Miré hacia arriba y me entristeció el espectáculo. En estos terruños de larga sapiensa agrícola, alguien injertó una planta de glicinas para que se extendiera por las vigas y cubriera el techo de la bien pensada glorieta. De ese modo la protección de una buena sombra daría alivio y frescor al usuario de los bancos. Sin embargo, de nada sirvió la tradición agronómica de esta región. Abandonada a su suerte, aquel brote de glicinas, había optado por engullir completo, a uno de los ejemplares de Gingo.
El otro había sucumbido. Muerto de abandono, desde hace, quien sabe cuánto tiempo. En otras palabras, que en esta antigua plaza de la ciudad, ya no quedan mellizos romanos, ni estela con poesía, ni “gingo bilova”, ni sombra en los bancos.
Volví a mirar alrededor y busqué a “Juan sin dueño”. Estimé que había superado su trance ceremonial, para volver a condición de perro de calle. Avanzaba con cuidado y elegancia, procurando ganar un punto de empatía con una cuidada caniche blanca que paseaba con su dueña.
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