Última Actualización agosto 15th, 2026 9:51 AM
Mar 05, 2017 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en La torre de Londres
Por Alberto Atienza
Eran tres las viejas. Ya nadie en la cuadra recordaba sus nombres. Ni sus caras. Veinte años en el garaje, sin salir, eran mucho hasta para el vecino más memorioso. Por la vereda, frente a esa mazmorra que alguna vez albergó a un automóvil, descendía amarillento arroyo de orín. El hedor que emanaba de los pequeños ventanucos del portón era una barrera para los caminantes, que evitaban el lugar. De alguna manera se acostumbraron a que las ancianas vivieran prisioneras. Era algo natural. Alguien las puso ahí y se quedaron. ¿Quién las sacaría? ¿Para qué?
Llegó al barrio un vecino nuevo. En una semana se situó en ese pequeño mundo. Dónde comprar papas de oferta. Cuál de los dos carniceros de la zona vendía mercadería un tanto dura. La biografía de la rubia Teresita, ya cincuentona, merecedora todavía y que nunca tuvo novio. Doña Amabilia, un verdadero archivo de información vecinal, lo enteró de la anónima historia de las tres cautivas. Venía con otras inquietudes el hombre. Era periodista. Olió la noticia antes que a la baranda que emanaba de esa torre de Londres sin prosapia. Reunió datos y cuando tuvo la nota lista, sin fisuras, ni posibilidades de cartas documento desmintiéndolo, se lanzo sabedor que saltaba con red.
Los detalles de la crónica eran más llamativos que la historia en sí. Detrás de ese cruel encierro había un factótum, de sobrecogedora imagen: una familiar de las cautivas, las dueñas de ese antiguo solar. Otrora ocupaban toda la casa, que compró con su trabajo un inmigrante barcelonés, padre de las presas, fallecido allá por los cincuenta. Vivían bien las tres mujeres, con sus jubilaciones. Hasta que llegó de visita una sobrina lejana, a la que conocían de oídas, la Pepa. Muy simpática. Jovencita. Alegre. Sin embargo tenía un no sé qué: era enana. Como de circo, pero sin carpa. Halagaba a sus tías. Las rodeó de cariños, dulces, regalos. Les trajo un televisor de pantalla gigante donde las viejitas, todavía lozanas, veían los partidos de Boca Juniors. Y la cortita, era contra, los de River Plate.
De a poco fue avanzando la retacona. Cobraba los haberes de las tres, que se retiraron como maestras de la escuela E- 214 “María de las Mercedes Chucena”. Puso el inmueble a su nombre, para evitar gastos de sucesión, les dijo. Y, de a poco, las situó en un régimen alimentario magro. Y ella, con dinero sobrante, empezó a darle rienda suelta a sus fantasías culinarias. Desayunaba con tortas fritas bañadas en miel, una fuente, para ella sola. Almorzaba empanadas criollas, pero de gran tamaño, un bocado XL que no se conseguía en plaza. Las hacía especialmente para ella. Los domingos, en un elástico de cama vieja, convertido en parrilla, asaba dos kilos de costillas arqueadas, un matambre, un vacío completo, chinchulines, mollejas, chorizos. Bebía borgoña, a razón de tres botellas por almuerzo. Los lunes no podía levantarse. Pero los martes ya se sentía bien. Bajaban entonces por su esófago, imperiales rusos, más crema chantillí que masa. Piononos repletos de dulce de leche y cubiertos con crema moka, mal llamados brazos de gitanos, cuando todo el mundo sabe que los verdaderos brazos de gitanos están rellenos de pailas de cobre y de Fords F 100. Merengues Apolo, dignos de estar en órbita por su tamaño. Dos kilos de helados, de agua. Tortas de cumpleaños, sin velas ni felicitaciones, peladas, así no más, puras tortas, para comerlas sin festejar algo como no fuera el simple y fantástico hecho de comerlas.
Y llegó un martes en el que Pepa, no pudo levantarse. Ni para comer. Algo grave su situación. Se dio cuenta que si se largaba del lecho, sus breves extremidades posteriores combadas y extrañamente flacas, no sostendrían la fofa estructura de su obesidad. Tomó el teléfono de la mesa de luz y llamó a dos primas, huérfanas, que languidecían, en sus solterías aun en flor. Les ofreció una paga, superior a lo que ellas ganaban planchando ropa. Llegaron las chicas, contentas y se convirtieron en abastecedoras de alimento de Pepa que nunca más descendió del camastro. A las viejitas, confinadas desde hacía años en el garaje, les llevaban los restos. A su vez estas alimentaban, con lo mismo, a una comunidad de gatos que creció en el aislamiento. Cada vez engordaba más Pepa. Las primas les daban todos los gustos. Y ella, una suerte de globo del que surgían dos delgadísimas y breves piernas de niño raquítico, les permitía atacar el helado que dejó. O el lechón adobado, del cual sólo comió la cabeza. Los vecinos, cada tanto, sentían los malos olores que salían de las almenas del portón. La regla de no intervenir en ese barrio era absoluta.
Muchos de esos datos figuraron en el espacio radial del cronista, junto con la convocatoria a los funcionarios de la Superintendencia de la Vejez, que llegaron en varios vehículos con apoyo policial. Lo primero que hicieron fue sacar en bolsas a los mansos gatos, que no tenían nada que ver con el asunto y los mandaron a sacrificar en una municipalidad adicta a las tradiciones de Auschwitz, pero aplicadas a los animales. Encandiladas por la luz del sol, a la que no veían desde hacia años, las viejitas se reían y agitaban sus magros brazos. Vestidas únicamente con lo que les quedaba, muy poco, de las ropas que lucieron cuando las enclaustraron. No eran concientes de los vahos que despedían, de las costras de mugre de sus caras, ni de sus cabellos convertidos en grotescos sombreros por la suciedad. Las subieron a una ambulancia con rumbo a un asilo
En su cama Pepa se enteraba de lo que estaba pasando. Le contaban sus servidoras, que iban y venían corriendo. Hasta que prendió la radio. Escuchó en vivo y en directo la crónica del vecino que describía a sus tías famélicas, cadavéricas, histéricas, andrajosas. Habló de ella. La mencionó como a un monstruo. Una cosa redonda, voraz, que renunció a caminar por comer, como las gallinas a volar, como los curas a vivir. Alguien la vio en la cama. A través de una ventana. Desde un techo. Y le informó a ese periodista, que la presentaba en el momento de ponerse afeites, carísimos productos, en la cara casi oculta por el promontorio de su abdomen. Narró, con poca precisión, pero de modo humillante, el engorroso trámite de la reiterada y trabajosa evacuación de sus intestinos, la precaria higiene diaria de algodón y perfume. Y se engolosinó, tal como ella haría, en la comida, los banquetes desplegados solícitamente por las dos marías, como ella llamaba a sus escuálidas, al llegar, primas y que ya se las divisaba de lejos como a unas matronas macetudas y de buenos cancos.
El disgusto, el odio concentrado y sin válvulas, afectó a Pepa y ahí no más, al término de la noticia, quedó muerta. Se le paró el corazón, apto para bombear sangre a un país de flanes, caceroladas de foindeau con pan frito, pasteles, milanesas a la napolitana, pizzas rellenas y un pueblo de tejido adiposo que exigía aumentos. Partió. En seco. Antes de desayunar.
Las viejitas enclaustradas. Una de las peores notas de ese periodista. No por la repercusión, que la tuvo, sino, porque la enana falleció. Y le quedó al hombre la sensación, ineludible, de haber actuado como un verdugo. Se consolaba al pensar que procedió bien. El hizo lo de siempre. Acudió en auxilio de víctimas sin voz, en este caso, tres ancianas desvalidas. Pero la última actuación de la villana de poca alzada fue definitoria. Irrevocable. Se murió. Y no se lo dijo, pero quedó de alguna manera inscripto: vos destruiste mi mundo. El cierre de la nota, impensado, era sin dudas el deceso de la enana. Su velorio. El féretro, oblongo y alto, una suerte de tanque australiano con tapa y una cruz dorada. Un envase atípico, lleno de células grasas necrosadas, temblorosas por el hambre que es eterno.
Los parientes, que seguramente aparecerían para cumplir, ameritaban una cobertura extra. Los deudos tendrían que explicar su falta de ayuda a las ancianas. El permiso o la indolencia que posibilitó ese abandono de personas, la condena a que fueron sometidas sólo porque Pepa, bolón insaciable, quería comer. No lo necesario, sino más. Mucho más. Suicidarse masticando. Destruir un cuerpo, que vino al mundo mal armado, atosigándolo de proteínas, vitaminas y lípidos varios. No concurrió el periodista a las exequias. Quedó sin final la crónica. Pero nadie se enteró, salvo el vecindario.
Fue uno de sus últimos trabajos. Dejó la profesión. O ésta lo abandonó a él. La contrahecha y su historia se convirtieron en un puente roto que nunca más traspuso.
Solo, en el término de un indigno día de desocupado, una de esas noches de bolichón con vinos oscuros, invocó a la esferoide mujer en quien encarnó la gula. Un repentino aire frío disipó densos nubarrones de alcohol y eso le dio la pauta de que Pepa, había acudido a su convocatoria. Tal vez llegó rodando por la ancha Avenida de las Ánimas en Pena. La sintió cerca. Percibió su presencia llena de pasión por un salamín picado fino con que acompañaba al tinto el solitario periodista. Se armó de valor. Buscó su rostro en la penumbra de las mesas vacías.
—-Yo te maté petisa—-
—-Y yo a vos— dijo ella.
Y se fue.
Ago 15, 2026 Comentarios desactivados en Скачать МелБет официального сайта MelBet на андройд
Ago 15, 2026 Comentarios desactivados en Melbet промокод на сегодня актуальные бонус-коды при регистрации на официальном сайте Мелбет
Oct 18, 2020 Comentarios desactivados en «Que descanse en paz»
Ago 09, 2020 Comentarios desactivados en Las cosas que me gustan
Oct 02, 2022 Comentarios desactivados en ¿Cómo les fue a las principales empresas argentina en los últimos años? Ventas, rentabilidad y costos laborales
El presente informe tiene por objetivo analizar el estado de situación de las empresas más grandes de Argentina. Para ello se utilizan como base de análisis los balances de las principales firmas industriales y de servicios con Estados Contables disponibles en la Argentina. El informe que se...
Sep 02, 2022 Comentarios desactivados en Informe fiscal: análisis de los ingresos, gastos y resultados del Sector Público Nacional – Datos a julio de 2022
Jul 27, 2022 Comentarios desactivados en Informe fiscal de junio 2022: menores gastos en subsidios y mayores en obra pública
Jul 26, 2022 Comentarios desactivados en ¿Qué pasó con el cuerpo de Evita?
por Pablo Vázquez / Agencia Paco Urondo En la noche del 23 de noviembre de 1955, a poco del golpe cívico militar contra Perón, un comando del Ejército al mando del teniente coronel Carlos Eugenio Moori Koenig, Jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), ingresó al edificio de la CGT...