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Nov 27, 2016 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en Lina y el ofidio
Por Carlos Lucero
Depende como se mire, pero a veces, suele resultar luctuosa la moraleja legada por la semblanza de una vida. De alguien que, aunque de modo lateral, habitó en la marcha de nuestro sendero biográfico. Aunque nadie constituya por sí mismo un patrón válido para otro, las cosas suelen darse de un modo tal, que terminan por afectarnos. Que nos punzan, acaso superficialmente, sin atravesar la hondura de nuestras fibras, pero sentimos que nos duele. Y rumiamos, con tardía ingenuidad, algo así como: ¿Por qué no me di cuenta, en ese entonces, de que tal persona arrastrara esa angustia? O ¿qué pudiera haber hecho yo para ayudar a alguien cercano que desmagnetizó su brújula y se precipitó, sin amparo alguno, en la cabal desdicha? Se escinde una especie de frívolo remordimiento, que no llega al arrepentimiento. Sin embargo siento que brota algo así como un deterioro que perturba, hasta llegar a deslizarse internamente como una culpa. Típico sentimiento bastardo que carcome las entrañas, de manera enfermiza, a quien lo padece. A quienes lo padecemos, digámoslo en un plural que, sin honra para exhibir, nos incluye.
No he olvidado a Lina. ¿Por qué habría de hacerlo? A Lina la tengo ubicada en esas zonas que la memoria conserva para represar vivencias que se anudaron en lejanos días de infancia.
Su nombre genuino era Adelina. Y su apellido sonaba algo así como Suárez,…o Juárez, no estoy seguro.
Ha pasado tanto tiempo… (Cada vez que razono de este modo, caigo en cuenta de que el aparato rememorador, que hasta hace poco, trabajaba de manera impecable, hoy trastabilla. Advierto, y no me gusta, que ralentiza y vaga como entre lagunas…)
Eran tiempos de amistades convividas, entre alocados encuentros y desencuentros juveniles. Constituíamos una camarilla, no muy especial, pero para nada conforme con el rincón en que nos había tocado nacer y, a nuestro modo, como si existiera un culpable, procurábamos que se notara en el entorno. En general, con la gente de esos comienzos, y medida que crecíamos, volvíamos a vernos de vez en cuando. No nos reuníamos con intención de vernos, es verdad, porque simplemente sabíamos de nuestros respectivos paraderos. No habíamos, entre nosotros, pactado cultivar lo que llaman “una profunda amistad”, ni establecer lazos sentimentales para estrechar. Sin embargo, rara vez faltaba la referencia de nuestra ubicación. Sabíamos, por esa ósmosis comunicacional que se da en las ciudades pequeñas, que por ahí andaba uno, por allá el otro, y por aquí también andaba uno mismo, viviendo.
Lina era una de las muchachas que crecía junto a nosotros, para conformar un grupo amalgamado de manera nada sólida. En común apreciábamos la coincidencia de la época de nacimiento y formación. Dentro del conjunto, habíamos caída en cuenta de que cada cual transportaba una ansiedad personal que nos diferenciaba. Pero Lina, nuestra amiga, era dueña de inquietudes propias. Ella guardaba preocupaciones difíciles de definir por la vaguead de los informes con que contábamos. Además Lina no simpatizaba con la idea de dejar al aire sus intimidades. Pero intentemos adelantar. Según nuestros registros, Lina hacía merodear sus inquietudes intelectuales alrededor de exóticos temas. Místicos, por definirlos de algún modo. O tal vez misteriosos fuera un término más apropiado, aunque no sé si correcto.
Olvidé mencionar que Lina logró ingresar en la facultad de letras de la Universidad Regional, para luego cultivarse en literatura antigua. Dentro de esos claustros, muchas veces la vieron, eso sí en soledad, consultar raros tratados que giraban alrededor de mitologías y aspectos teológicos orientales. Alguien dejó filtrar que se la solía ver caminando por los pasillos de la facultad, llevando bajo el brazo, apretado con energía, un libro que trataba sobre “uroboros”. Y esa palabra nos dejó petrificados. Nadie la había oído nunca.
Porque a decir verdad, en lo que al resto del grupo atañe, estos temas rara vez lograban consenso firme.
Agreguemos sobre Lina, un punto espinoso, pero imposible de eludir. Sin ninguna intención malhadada, agregaremos que era frecuente oír en las conversaciones, alusión hacia su inalterable aislamiento y notable privación de sociabilidad. En definitiva, se trataba de Lina, única mujer en el grupo que mantenía incomprensible soltería.
Como si fuera necesario destacarlo, diré que su trato distaba de ser áspero y su aspecto era, para nada desagradable. Lina exponía, sin alardes, un cuerpo más bien pequeño, de armónicas formas. De su mirada se recibían sutiles señales de candor, que creaban perfecta combinación con la puerilidad que danzaba en su sonrisa. Lina, dejó un día,… mejor dicho dejamos todos, de ser jóvenes.
A esta altura del relato, creo necesario abrir con lentitud la puerta del aspecto más destacado de Lina. De alguna manera, ella había dejado trascender una rara preferencia que a todos nos sorprendía. Lina al principio lo cuidaba, pero luego todos supimos que nuestra amiga almacenaba una muy acentuada tendencia a la filofidia.
En palabras comunes, a Lina le fascinaban las serpientes. Nunca sintió la necesidad de compartir su soledad con algún gato o con algún perro. Lina aspiraba a llenar su vida con un verdadero ofidio. Esos que son grandes, que lucen sobre la piel escamosa, dibujos a rayas de vivos colores. Precisamente especímenes que, a la mayoría, nos provocaba un fuerte recelo y una repulsión física. Aunque a la hora de debatirlo, quedábamos de acuerdo en que esa actitud, constituye un prejuicio sin mayor sostén. Luego me enteré de que mucha gente siente y ejerce, una afición ferviente por estos animales.
Me cuentan que un día, con mucha emoción, Lina se enteró de que, en el mercado del pueblo, se encontraba a la venta un ejemplar perfecto de lampalagua. Agregan que, cuando lo vio, tuvo la certeza de que ese animal debía ser suyo. El propietario, un comerciante clásico del área, que no ocultaba las apetencias que fortifican su oficio, salió a manifestarse apenas notó el talante de Lina.
_Este animal vale quinientos_ declaró mediante delirio enfático._ Aunque se lo puedo dejar para que lo pague en cuotas sin interés, usted vea_ sin quitarle la mirada.
Lina escuchaba o mejor dicho, no escuchaba. Su mente se abstraía en lo que veía en el fondo de aquel enorme cesto de bejuco.
_Pero, en ese caso, le vale seiscientos cincuenta ¿está claro, señorita?_
Lina no entendió, ni le dio importancia a la artimaña. Su mente únicamente ansiaba poseer aquella vorágine que, con flexibilidad, se mostraba como enormidad enroscada sobre sí mismo. Lina pagó y se la llevó a su casa.
Todos aseguran que, a base de consentimientos, alcanzó a amarla mucho.
En su casa, Lina hacía como que dialogaba con ardor de niña, frente a aquel hocico puntiagudo seguido por un cuerpo macizo y flexible.
El ofidio, en relación a Lina, gozaba de un tamaño considerable. Sin embargo su ama lo levantaba, lo abrazaba, y se lo echaba al hombro con ingenua sensualidad. No dejaba de acariciar lo áspero de esa piel de escamas de hielo, que, según había afirmado, le producía sensaciones extrañas. En el pueblo, alguien comentó que nuestra conocida era capaz de alojar en la fauces del bicho, unos ratoncitos blancos, suaves e inquietos, aun vivos y calientes, que ex profeso, adquiría al por mayor.
Ignoro si Lina bautizó o puso un nombre al animal. De todos modos, una amiga en común, me describía aquel extravagante acto de nutrición, que concluía con una sonora exhalación de la garganta viperina. Además Lina aseveraba, delante de sus amigos más cercanos, que, de esos ojos vidriosos, brotaban genuinos reflejos de afecto hacia ella. Admitamos entonces, que Lina se sentía correspondida.
Es válido mencionar que la serpiente adoptada por Lina, llegó a medir, más o menos, dos metros de largo. Por un tiempo, la relación entre ambas, se dirigió por ese camino de rara añadidura.
Pero un sombrío día, aconteció algo que Lina nunca fue capaz de anticipar. Al parecer, el animal había tomado la decisión de dejar de alimentarse. Como si fuera posible para la víbora disponer de una huelga de hambre, sus mandíbulas dejaron de abrirse. Sencillamente el bicho se negó a probar bocado alguno. La buena Lina se alarmó. Procedió a hacer todo lo posible para que la víbora volviera a sentir apetito…
Sin embargo aseguran que no hubo caso para que abriera la boca. Ni cantándole canciones, ni ofreciéndole caricias, ni brindándole con ternura, exquisitos ratones pardos, balanceados de la cola delante de su cabezota. El depredador ejercitaba su indiferencia, dejando que su mirada flotara en la nada y su cuerpo en flacidez. La actitud era la misma cuando quedaba frente a los jugosos conejos que con cariño e impaciencia Lina le brindaba con afecto y preocupación. La situación se repetía cuando se trataba de algún desconocido batracio, de esos que en momentos de peligro, se inflan así mismos, para meter miedo a su agresor.
Presa de una angustia que no había sentido nunca, Lina decidió trasladarla a una espaciosa clínica veterinaria que había en otra ciudad. Y no se fijaría en gastos.
Logramos saber que, en el consultorio, unos hombres con guardapolvo blanco, luego de encerrar al animal, sometieron, a Lina, a un extendido interrogatorio. Le solicitaron detalles sobre sus hábitos y comportamiento. Lina no dudó en responder de manera directa:
_ Sí señor, yo me acuesto con ella en mi cama _
_ Ajá, pero, dígame ¿qué pasa a la mañana siguiente?_ fue suspicacia de los profesionales.
Mi amiga les contó que el bicho, generalmente se extendía con placidez, largo a largo a su lado. Y agregó con tono afligido: _Otras veces amanece veces sobre mí, y otras en la cabecera, o a los pies de la cama, y yo no puedo hacer nada para ayudarla, ¡pobrecita! _
Y se le escapaba un lamento largo y reducido, con el labio inferior, inclinado en revés de una sonrisa.
Los veterinarios, posiblemente conmovidos, pusieron el envase de pañuelos desechables a su alcance y esperaron un rato. Al cabo de una corta deliberación, uno de ellos tomó su silla, se colocó delante de ella y la miró. Sin ambages es, el hombre le comunicó que era necesario, por su bien, deshacerse de esa culebra constrictora. Que lo más conveniente era que la dejara consignada acá, en la bohardilla del consultorio.
Lina incrementó sus sollozos, señalando con sus manos un temblor. De ese modo, tapaba su boca, queriendo tal vez disimular su protesta y desacuerdo…
_Yo quiero que usted la sane, ella está enferma. ¿Acaso no la ve?_
_Mujer, comprenda que usted está corriendo un grave peligro… _ el veterinario instaló alta seriedad en su gesto y continuó:
_ Mire, señora, escúcheme con atención: esa serpiente no está comiendo por una razón simple: Pudiéramos describir su conducta, como que el animal se está ahorrando. Tal vez ya cansado de la menudencia de ratoncillos, esté preparándose para darse un gran banquete. Y ese será con usted, mi amiga. _
_Como se lo estoy diciendo_ insistía el hombre_ y es mejor que no se escandalice. Cuando usted descansa en la cama, y la serpiente se extiende a su lado, querida, es porque está midiendo su tamaño. ¿Comprende? Ese animal está calculando el volumen de su cuerpo con respecto al suyo. Quiere ver si está en condiciones de asfixiarla, triturar sus huesos y devorarla. ¿Me entiende?_
Lina no podía creer lo que le decían. Era imposible estar oyendo esas afirmaciones, que acusaban con crueldad al objeto de sus sentimientos.
_No puede volver con ella a su casa_ era la sentencia de esos hombres.
Dudaba en creerles. Ellos, que conocían su oficio, no entendían lo que estaba viviendo.
Volvió a derramar lágrimas, varias veces más, porque sentía profuso desencanto.
Realmente a Lina le costaba admitir que debía separarse del animal. Porque si renunciaba a su ofidio, sentiría que un poderoso desconsuelo, igualmente comprimiría y devoraría su cuerpo.
En estado de descreimiento, recorrieron sus ojos las paredes y el techo del consultorio. Sin conceder una respuesta, Lina abandonó la veterinaria. Pensó y recordó qué, de todos modos, mucha gente le había advertido sobre los riesgos de aquella afición. No obstante, tras varios días de dudas y cantidad de sollozos de por medio, Lina se resignó.
Pensó en visitar periódicamente al reptil, que yacía en una jaula de fuertes alambres, pero su estado emocional se lo impidió. No pudo. Enteramente defraudada, la mujer soportó un poderoso sentimiento de frustración, que alcanzó a desgarrar las entrañas de su corazón.
Luego nos enteramos que, con el tiempo, Lina pudo ir asimilando la situación. En la universidad concluyó sus estudios y consiguió graduarse de docente. Paulatinamente fue cambiando sus hábitos, haciendo esfuerzos para mitigar aquella sensación de tristeza que oscurecía su vida…
Quizá en la búsqueda de compensaciones, esta amiga nuestra optó por continuar procurando darse gustos diversos, como si estuviera en la búsqueda de un sordo atajo al dolor.
Supimos que logró convertirse en una especialista en preparar manjares para ella sola. Aseguran que Lina aprendió a producir e inventar floridas exquisiteces para degustar en exclusiva sin compartirlas con nadie.
En las tardes solía colocarse frente a la ventana de la cocina. Desde ese lugar le gustaba observar el esfuerzo de los rosales por sobrevivir bajo el manto de abandono y olvido que cubría el jardín. Por su mente desfilaban escenas de su infancia poco feliz. Visiones cinceladas a fuerza de pérdidas, privaciones y escenas ingratas. Robo de juguetes, represiones y gritos. Y esa tarde en la que le tocó dejar a su hermoso ofidio.
Mientras lo hacía, Lina elevaba una cucharada plena de alguna preparación a la boca. Con tardanza, paladeaba la maduración que acompañaba a cada comida y determinaba con precisión si era necesario un tiempo más de cocción, algo más de sal, tal vez otra pizca de nuez moscada…Era la manera de ir graduando el sabor de postres de sabores dulces. De ir catando con finura las porciones fuertemente proteicas y francamente adiposas, con un alto nivel de condimentos, que había aprendido a estimar.
En consecuencia, admitamos con algo de pena que el cuerpo de Lina fue adquiriendo condiciones y dimensiones extremas. Una progresiva obesidad fue robando los rasgos que lucía en tiempos mejores. Pero a Lina no le importó.
Se dice que más tarde se animó a recorrer el sendero más hondo del aislamiento, y se tornó en exceso desconfiada hacia todo el mundo. Muchos opinaron que en todas direcciones y en toda persona, Lina veía un traidor que la comería durante la noche.
Hoy Lina no habita en la ciudad. Consiguió mudarse a una casona en las afueras. Se ha convertido en una mujer mayor, que vive con el corazón sellado con un candado de duda y miedo, en la soledad de aquella casa. Los rumores afirman que no tuvo pareja estable. Y que tampoco volvió a tener amigos, y mucho menos mascotas.
Es lamentable la impresión que nos deja la historia sin soles, de Lina. Es verdad que, a veces, alguien puede acercarse a uno, con falsa amistad, demostrar amor, ternura, cariño celos, precaución. En la vida puede aparecer alguien que te rodee. Que con ardides te sofoque, que se te acerca simulando una pura amistad, con un desinterés solidario. Mientras tanto va conociendo tu vida, detectando tus puntos fuertes y los débiles, para aprovecharse.
A pesar de todo, pienso que en la vida, no es cuestión de convertirse en un paranoico desconfiado…
Aunque a veces…uno no sabe.
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