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Oct 23, 2016 La Quinta Pata Mundo Comentarios desactivados en Los asaltos a Mosul y Alepo: la propaganda que consumimos
Por Patrick Cockburn (traducción: Hugo De Marinis)
Estuve en Irán a principios de 2011 cuando informes provenientes de fuentes opositoras en el exilio afirmaban que en el país había protestas y movilizaciones por doquier. Se le otorgaba cierta credibilidad a estas afirmaciones. Hubo una marcha de 30.000 personas en el norte de Teherán el 14 de febrero – en honor de las protestas masivas contra el alegado fraude en las elecciones presidenciales de 2009 – que tomaron por sorpresa a las autoridades. Los comentarios de los expertos de occidente abrigaban esperanzas sugiriendo que los levantamientos de la Primavera Árabe podrían expandirse a Irán.
Pero cuando llegué a Teherán daba la impresión que no pasaba mucho pese a que abundaban policías antidisturbios que lucían aburridos bajo la lluvia sin hacer nada. Parecía que las movilizaciones se habían esfumado, pero cuando quise confirmarlo en Internet me encontré con que no era así. Los portavoces de la oposición señalaban que las movilizaciones tenían lugar todas las semanas no solo en el norte de Teherán sino en otras ciudades iraníes. Estas opiniones se ratificaban en videos en línea que mostraban manifestantes resistiendo los embates a palos de la policía antidisturbios y de los hombres de la milicia.
Conocí a algunos amistosos corresponsales iraníes que trabajaban para la prensa extranjera y les pregunté por qué me era tan difícil dar con alguna marcha. Estos periodistas estaban bien informados pero no podían trabajar porque sus credenciales habían sido suspendidas por las autoridades. Se me rieron cuando les describí mi vana búsqueda de protestas antigubernamentales. Me explicaron que no las encontraba debido a que habían cesado a principios del mes.
Un periodista que usualmente simpatizaba con la oposición me dijo que “el problema es que el panorama de lo que pasa en Irán en estos momentos proviene en gran medida de los iraníes expatriados y resulta a menudo o una expresión de deseos o pura propaganda”. Le pregunté por los videos en línea y me contestó que en su mayoría eran fraguados con filmaciones de movilizaciones reales pero que habían sucedido en el pasado. Me señaló un video particular que supuestamente fue filmado en pleno invierno, en el que árboles cubiertos de frondosos follajes se veían con claridad en los segundos planos.
Interrogué a los periodistas si esto no era culpa del gobierno iraní que, al suspender las credenciales de los reporteros locales que eran testigos creíbles, creó un vacío informativo que rápidamente fue ocupado por propagandistas opositores. Los corresponsales estuvieron de acuerdo hasta un punto, pero agregaron con pesar que si tuvieran la libertad de informar, “los editores de occidente “no nos creerían porque los exiliados y sus medios los han convencido que aquí hay grandes protestas. Si negamos esto, los jefes pensarán sencillamente que hemos sido intimidados o cooptados por el gobierno.”
Esta fue una experiencia beneficiosa para otros opositores porque luego en el mismo año, en Libia y Siria activistas de la oposición lograron obtener el control del relato en los medios y de ese modo excluyeron cualquier otra interpretación de lo que pasaba. En Libia, Gadafi fue demonizado como la única causa de todos los males de ese país mientras que sus adversarios eran alabados como valerosos combatientes por la libertad cuya victoria significaría el advenimiento de una democracia liberal para el pueblo libio. En vez de esto, como era más o menos predecible, la caída de Gadafi redujo a Libia a un estado fallido y criminal con escasas chances de recuperación.
En el presente de Irán y Siria se observa el mismo proceso. En ambos países, dos grandes centros urbanos árabe-sunitas – el este de Alepo en Siria y Mosul en Irak – están sitiados por fuerzas vigorosamente apoyadas por poder de fuego aéreo foráneo. En Alepo, alrededor de 250.000 civiles y 8.000 insurgentes se encuentran bajo el ataque del ejército sirio, aliado con paramilitares chiitas de Irán, Irak y Líbano, y apoyado por las fuerzas aéreas de Rusia y Siria. El bombardeo al este de Alepo ha causado justificadamente revulsión y condena en el mundo entero.
Nótese sin embargo la diferencia de perspectiva en los medios internacionales sobre una situación similar en Mosul, situada a 300 millas al este de Alepo donde un millón de personas y 5.000 combatientes del Estado Islámico (EI) están siendo sitiados por el ejército iraquí junto a los peshmerga kurdos, paramilitares chiitas y sunitas, con el apoyo masivo de una campaña aérea liderada por Estados Unidos. En el caso de Mosul, distinto al de Alepo, son culpados los defensores por poner en juego la vida de civiles usándolos como escudos humanos e impidiéndoles evacuar la ciudad. En el este de Alepo, afortunadamente, no hay escudos humanos – pese a que las Naciones Unidas informan que la mitad de la población civil quiere marcharse – sino sencillamente víctimas inocentes del salvajismo ruso.
La destrucción de Alepo por los bombardeos rusos se compara con los estragos en Grozni, Chechenia, 16 años atrás, pero curiosamente no se hacen analogías con Ramadi, una ciudad de 350.000 habitantes a orillas del Éufrates en Irak que fue destruida en un 80% en ataques aéreos liderados por Estados Unidos. En cambio, otros paralelos van más allá: los civiles cercados en el este de Alepo se encuentran justificadamente aterrorizados de lo que la mukhabarat – policía secreta siria – podría hacerles si deciden abandonar la ciudad y tratan de pasar los controles camineros del gobierno sirio.
Pero al principio de este año hablé con algunos camioneros de Ramadi a quienes hallé durmiendo bajo un puente en Kirkuk. Me explicaron que ni siquiera pueden volver a las ruinas de sus casas porque el control de la ruta a la ciudad lo compone una particularmente violenta milicia chiita. Para pasar los camioneros tendrían que pagar una coima altísima y además correr el riesgo de ser detenidos, torturados o asesinados.
La ofensiva sobre Mosul que es liderada por las fuerzas especiales de Irak pertenecientes a las unidades iraquíes antiterroristas y milicias chiitas, se supone que no deben entrar a la ciudad, cuya totalidad de habitantes es árabe sunita. Pero en los últimos días estas mismas fuerzas especiales penetraron el pueblo de Bartella sobre la ruta principal, a 12 millas de Mosul en sus negros jeeps humvees que según se informó estaban decorados con banderas religiosas chiitas. Las tropas kurdas les pidieron a los chiitas que retiren esas banderas a lo que las milicias se rehusaron. Un soldado iraquí de nombre Ali Saad espetó: “Preguntaron si éramos de la milicia. Contestamos que no lo éramos sino de las fuerzas iraquíes y que estas banderas representaban nuestras creencias”.
Quizá el EI no vaya a pelear a fondo por Mosul, pero la probabilidad es que lo harán, en cuyo caso las perspectivas no son alentadoras para su población civil. El EI no combatió hasta el último hombre en Faluya, al oeste de Bagdad, por lo que una considerable proporción de esa ciudad permanece intacta, pero si pelearon con ferocidad en Khalidiya, un pueblo cercano de 30.000 habitantes donde hoy solo quedan cuatro edificios en pie según autoridades estadounidenses.
El sesgo extremo que muestra la cobertura mediática de eventos similares en Siria e Irak tal vez sea un tema atractivo para estudiantes de doctorado que investiguen en el futuro sobre los usos y abusos de la propaganda a lo largo de los años.
Esta ha sido la pauta de lo que se informa sobre las guerras de Siria e Irak en el último lustro No ha cambiado mucho desde 2003 cuando la oposición contra Sadam Husein persuadió a gobiernos extranjeros y a los medios de comunicación occidentales que los ejércitos invasores de Estados Unidos y Gran Bretaña serían recibidos con el mayor entusiasmo por el pueblo de Irak. Al año siguiente los invasores hacían grandes esfuerzos mayormente por sobrevivir. Enredados por los propagandistas de la oposición y por sus propios deseos los representantes de gobiernos extranjeros y los periodistas internacionales erraron completamente la configuración del medio ambiente político iraquí. Mucho de lo mismo está pasando ahora.
Fuente: The Independent, 22 – 10 – 16
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