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Mar 03, 2013 La Quinta Pata Mundo Comentarios desactivados en Los muertos del verano
(La morgue de París… Las guías turísticas de fines del siglo XIX la incluían entre el museo de cera y las vidrieras de las grandes tiendas. Los muertos anónimos eran exhibidos sobre lápidas de mármol negro, detrás de una amplia vitrina ante la cual los visitantes podían saciar su curiosidad morbosa. Cada tanto, los empleados corrían unas pesadas cortinas para ocultar el momento en que un cadáver, ya cumplido su ciclo de exposición, era reemplazado por otro recién llegado, a menudo un suicida pescado en las aguas próximas del Sena: de 1864 a 1921 la morgue estuvo alojada en el Quai de l’Archevêché. Se me ocurre que no era la única atracción parisina de su tipo…Villiers de l’Isle Adam describió en uno de sus Contes cruels –“À s’y méprendre!”– el espectáculo de la morgue con las mismas palabras que utilizó, párrafos más adelante, para un café próximo a la Bolsa frecuentado por especuladores).
Los muertos del verano, hoy, son ancianos. Vivían solos, a menudo en una de esas piezas llamadas chambre de bonne que en el último piso de los edificios burgueses construidos a fines del siglo XIX y principios del XX estaban destinadas a la servidumbre, cuchitriles con un lavatorio disimulado por un biombo y los “sanitarios” de uso común (celdas destinadas a evacuar funciones fisiológicas), uno por piso, relegados al final de un pasillo cochambroso.
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Pero en el mes de agosto ese almacén suele estar cerrado por vacaciones. La portera del inmueble ha dejado en su reemplazo a una amiga malhumorada, que finge no oír cuando la llaman, o a una joven displicente, con los oídos clausurados por la prótesis permanente de un ipod. El número de teléfono del pariente lejano no responde. La obra social informa que sus médicos no hacen visitas a domicilio.
Los ancianos han calculado mal la cantidad de botellas de agua mineral que necesitan para enfrentar la canícula, esos pocos días en que la temperatura asciende a alturas que no serían alarmantes en otras latitudes aunque se hacen intolerables en París, días cuando el agua corriente llega a ese último piso calentada, enturbiada por cañerías viejas, expuestas al sol. También es posible que hayan agotado la provisión de fruta fresca, si es que la devaluada jubilación les permite dar unos pasos más allá de las latas de alimento para perros. Los trozos de pan guardados en una bolsa de tela ya están duros. En un estante hay un frasco de mermelada. Al abrirlo, comprueban que lo cubre una delgada capa de moho. Si se la raspase: ¿estaría comestible el contenido?
Algunos han dejado abierta la puerta de la chambre y se sientan al lado del pasillo con la esperanza de detectar algún ruido que delate una presencia humana en el edificio, alguien que pueda oír su llamado y, en el caso poco frecuente de permitirse un reflejo solidario, se atreviese a subir. Se enfrentaría, en ese caso, con algo tan incómodo como puede ser el pedido de auxilio de una persona a quien le resta un residuo de vida. Su aspecto patético podría dañar el buen humor, el paso ágil, la tez bronceada por los que han pagado hasta pocos días atrás.
Porque los ancianos le temen más a bajar una escalera que al esfuerzo necesario, escalón tras escalón, para subirla; en el descenso, toda mínima vacilación, un pie mal apoyado, un desequilibrio que cinco años atrás no habrían siquiera advertido, puede enviarlos rodando hacia un final anticipado. Algunos serán descubiertos sentados en un escalón, la cabeza caída sobre el pecho o apoyada en los barrotes de la baranda, el olor a transpiración no lavada adherido al camisón o la bata, mezclado ya con ese otro olor sin nombre que aparece cuando desaparece la vida. ¿Tendrán sus rostros una expresión póstuma de alivio?
En la primera semana de septiembre la policía empieza a recibir avisos del hallazgo de esos muertos del verano. En el informe del médico legista, la causa de deceso invocada más a menudo es la deshidratación. Una vez averiguada la identidad, se busca contacto con hijos, parientes, con una eventual “persona a cargo”. Rara vez alguien reclama el cuerpo para darle sepultura o autorizar la cremación. La ley no obliga.
Los más renuentes a asumir una responsabilidad suelen ser los hijos. Aliviados de ese progenitor de quien ya habían empezado a desembarazarse recluyéndolo lejos de donde había vivido hasta pocos años antes, sin por ello tener que gastar lo que un asilo geriátrico, aun una “casa de reposo” exigiría, sus excusas fueron poco variadas: “Mamá, seguirás viviendo sola, siempre te gustó ser independiente, pero no necesitas un departamento tan grande”, “Nos vemos obligados a vender el departamento porque un nuevo hijo está en camino”. Ningún anciano se engaña al escuchar esas palabras u otras parecidas; las esperaban, con la serena resignación a la crueldad ajena, con el respeto a la propiedad y el cálculo que las primeras, lejanas lecturas de Balzac les inculcaron.
(¡Balzac! De mi infancia porteña he guardado el recuerdo de las visitas de cierto Museo Dupuytren al que estaba vedado el acceso de menores, una colección de malformaciones congénitas y fetos en formol, gira más circense que científica por las capitales de América. Más tarde iba a enterarme de que el doctor Guillaume Dupuytren [1777 – 1835], modelo del cirujano Desplein en el cuento de Balzac “La misa del ateo”, había sido un anatomista y cirujano militar, autor de un Traité sur l’anus artificiel. Su nombre, sin embargo, quedó asociado con el Museo de Teratología creado tras su muerte).
Porque Francia a principios del siglo XXI sigue siendo la sociedad que Balzac noveló.
Espacio Murena, 20 – 02 – 13
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