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Dic 29, 2013 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en Milicos eran los de antes -(III)-
«Con el agrandamiento de Mendoza se agrandó la policía. A mayor número de diablos, más angelitos con machetes. Se crearon seccionales en la cañital y puestos policiales en los departamentos y el silbato del desvelado vigilante, con su alertar a todas horas de la noche. Llevaba la confianza a los vecindarios entregados al descanso. Yo había progresado en mi carrera y lucía uniforme, no de simple catarato sino de oficial. En una como academia se nos daba clases de escritura, del procedimiento policial y de buenos modales. Yo era ignorante, no lo niego, pero iguales parches lucían mis camaradas. En fin, que con remiendos del medio saber, medio dábamos cumplimiento al cargo. ¡Me olvidaba! Teníamos en la Penitenciaria a un tonto pícaro para remate de males. Este loco lindo ganó sus buenos tragos de vino y restos de arrollados en los ramadores del Zanjón. Era bizco y, de yapa, cheuto y con estas restas a su cara de zorro, componía los visajes más descarados y tentadores. ¡Era capaz de quebrar la serenidad del fraile más caviloso y rezador! El jefe le trajo de pion, sin sueldo, pero con cama y comida. Resultó ¡de apague! para ciertos casos. Con sus endiabladas musarañas, guiñadas, quiebres y jetonerías y con la ayuda de sus ojos descarrilados que apuntaban a la punta de la nariz, y su labio partido que mostraba tres dientes, remascaba tales morisquetas que hacía que se agarraran la barriga a fuerza de reírse con las carcajadas más desgobernadas. ¡Desataba chorros de risión!…Los antiguos reyes tenían bufones para alegrarse; pues, nosotros la gozábamos con éste. El jefe supo sacarle provecho porque, aparte de largarse sus panzadas de risa, lo aprovechaba en los días de visita a los presos para que hiciera reír a los que penaban en prisión. Los pobres que gemían entre altos murallones olvidaban penas y se iban con la risa más disparatada al son de los visajes del spenco y los visitantes volvían a sus casas pensando que la Penitenciaría de Mendoza no era tan mala como decían por ahí. No. Se comía bien (pal 25 de Mayo y 9 de Julio). Y, los días de visita, ¡había condimento de risadas!… ¡Que Dios lo haya perdonado al jefe! La fama de este diablo de la risión la conocían los mandones más encumbrados y tanto, que cuando se cargaban de nubes negras y arrastradas, caían a la Penitenciaría como al descuido… El jefe lo hacía venir al bufón ¡y eran de oírse las carcajadas de los estirados del gobierno!
«Días pasados se me dio la loca por visitar a un Museo que atesora grandezas patrias. Allí contemplé una galería de cuadros con personajes de tiempos idos. Se oreaban en marcos dorados tras de cristales y en pose de héroes, generales, coroneles, gobernadores, senadores y diputados nacionales y otros güitreros de cancha menor. ¡Por la grande! Todos muy serios, dignos, puros, austeros… ¡Hayjuna! Conocí a muchos de ellos, vivitos y dando coletazos. ¡Los tengo presente! ¡Los veo en sus salones dorados, hechos unos basiliscos, dando puñetazos a la gran mesa cargada de expedientes y vociferando contra los opositores como si fueran satanases! Sí, y les vuelvo a oír sus desparramos de gritos, dándonos órdenes a nosotros, los «policías bravas», de no mermarles palos y plomo a los de la contra. La policía, señores míos, es la ejecutora de órdenes que le caen del Embrolladitivo, del Palanganativo y, principalmente, del Joditivo, de quien depende. Esas órdenes, buenas, regularonas y más que malas, ¡hay que cumplirlas! ¡Cumplir es el deber del policía! Por eso carga con el odio del castigado el pobre milico, del que sólo ve el látigo que le castiga las espaldas, pero no ve ni oye al que maneja todo desde su dorado escondite. Sí, del que de arriba tira la piedra y esconde la mano….»
La extraordinaria obra de Juan Draghi Lucero
Casi a finales del 1800, en 1892, este gran escritor había nacido en Santa Fe. Pero, además, se lo da por nacido en la misma época, en Luján de Cuyo, Mendoza. Al menos es mendocino por adopción y una legítima y extraordinaria expresión de la narrativa cuyana. En el podio mayor sus «Mil y una noches argentinas» es la más emblemática, y junto al resto de sus ficciones narrativas se la debe considerar una de las más enjundiosas de la literatura argentina con proyección universal. Lo dice el poeta León Benarós: «…con él aparece en la literatura argentina un escritor de profundo sentido andino, específicamente cuyano tanto como americano y universal, cuyo destino de clásico puede predecirse desde ahora. El idioma -por momentos antañón- es riquísimo y expresivo, delicado, tierno, suntuoso, abundante en diminutivos, acariciadores, con cierto gustoso de dulce casero y pleno de los almíbares de la lengua…
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