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Feb 18, 2018 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en En el nombre del perro: notas para una psicología del cambio
Hace unos meses, alabábamos en una reunión de amigos la belleza de la nueva integrante de la familia de nuestros anfitriones: una hermosísima bebé de poco menos de un año, profundamente simpática, de ojos cuyo brillo denotaba un campo fértil para la evolución de la inteligencia y que desenvolvía una intensa interacción con el entorno, producto de una curiosidad incesante que a todos nos infundía ese regocijo de advertir, de algún modo, que seremos dichosamente continuados en nuestro paso por el mundo y que ese mismo orden natural confirma y legitima nuestra actual existencia. La confluencia de miradas instituía a la niña en un Otro deseado que, además, nos completaba, en tanto también éramos percibidos por ella, siquiera como objeto de esa interacción deslumbrante.
A poco que la privilegiada apareciera a bordo de un cochecito que la exponía a la benévola consideración de la mesa de los adultos, el padre comentó, como quien habla soñando: “Y pensar que le quería poner Carolina”.
“Bueno”, convinimos, “es un lindo nombre y en realidad debe estar entre los diez o veinte más elegidos. ¿Cuál habría sido el problema?”
“Es que así se llama mi perra, que la adoro”, contestó nuestro amigo.
“¿Carolina? ¿No se llama ‘Cori’?”
“No. Le decimos “Cori”, pero se llama Carolina. Y, además, tiene mi apellido. Carolina [pongamos] Balmaceda”.
El asunto me disparó un cúmulo de imágenes que se habían instalado en algún lugar de la conciencia y que ahora brotaban espontáneas y frescas, libres del yugo de atemporalidad en que habían permanecido inmóviles y superfluas. ¿No había visto yo perros que se llamaban “Cristóbal”, “Jeremías”, pececitos carassius de nombre “Samuel” o “Francisco”; el gato de una vecina no se llamaba “Napoleón”? ¿No había tenido en mi infancia del barrio porteño de Flores un compañero de curso dueño de una mascota de gracia “José Bonifacio”, como la calle en que vivía? La tendencia que ya lleva unos 15 años de bautizar “Pedro” a los niños, ¿no fue recuperada luego de décadas en las que ese nombre estuvo mayormente reservado a los loros, enjaulados bajo las parras de las casas de dos patios? En todos los casos, se trataba de nombres que la clase media eventualmente le pondría a sus hijos, en contra de aquellos que resultan de uso de otros estratos: si alguna mascota se llama “Brian”, “Felicitas”, “Kevin” o “María del Pilar”, es más producto de la casualidad o de la excepción que de la confirmación de una tendencia.
La cuestión, sin embargo, excede el mero hecho de la antroponimia. Existe, no bien se hurgue en la búsqueda de coincidencias, un monumental pasaje de cuestiones específicas del mundo de lo humano al de las mascotas. Quienes antes buscaban “cruzarlas” para obtener crías, ahora ponen avisos en redes sociales en los que manifiestan que su animal de compañía “busca novia”, e incluyen la foto del casadero, quizás a fin de que la eventual partenaire del apareamiento pueda hacerse una idea más completa de aquél con quien formalizará el connubio. Se ha generalizado, también, la puesta en rodaje activo de “campañas de adopción” de perros y gatos, a partir de la institución jurídica que tiene por objeto proteger el derecho de niños, niñas y adolescentes a vivir y desarrollarse en una familia que le procure los cuidados tendientes a satisfacer sus necesidades afectivas y materiales, conforme lo establece el artículo 594 del actual Código Civil y Comercial de la Nación respecto de los seres humanos. En otras iniciativas, se les busca un “hogar de tránsito”, del mismo modo que a los niños o a las personas en situación de calle.
Muchos de mis contactos de Facebook celebran el hecho de que su mascota “fue mamá”, y se declaran, según sus edades, “tíos” o “abuelos” de las crías. Conozco personas que, cuando van al cine o a cenar a casa de sus parientes, generan culpas e intranquilidades por el hecho de haber “dejado solos” a los “chicos”.
El tema ha llegado, también, a lo institucional. Una publicidad del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires exhorta a los conductores de automóviles a estacionarlos a una distancia de un metro respecto de los contenedores municipales de basura; es decir, enseña, el equivalente a cuatro carritos de las compras colocados uno junto al otro, o a un Romualdo, a saber, el perro que a continuación aparece en pantalla y saca adorablemente la lengua mientras mira de perfil a la cámara. El mismo Gobierno concede a los caniches la facultad de liberar al hombre del estrés, y los coloca en unas “jaulas” instaladas en algunas plazas públicas, para que el transeúnte los acaricie durante algunos minutos. Hay también pivotando ciertos proyectos de identificación documental de mascotas que se hallan en vías de implementación en varias provincias y que aun no se han puesto en práctica. Como eco de esta necesidad latente en un amplio sector de la población, existe en el sitio de e-commerce Mercado Libre una variada oferta de fabricantes de Documentos Nacionales de Identidad “personalizados” para Mascotas, del mismo formato que los DNIs, que se exhiben para la venta a un precio que va desde los 80 a los 160 pesos, de modo de vulgarizar, a través de un valor asequible, ese derecho.
Esta impronta de humanización no es nueva: ha sido objeto de una larga literatura psicoanalítica y de difusión, y quizás se venga dando desde el principio de los tiempos. Últimamente, sin embargo, ha adquirido un nuevo y vigoroso impulso, que parece responder a la necesidad de una enorme mayoría de ejercer el amor en acto y no meramente a partir del discurso. Baste ver las intensas campañas de prohibición de pirotecnia fundadas en el terror que sienten los animalitos al escuchar las explosiones, las notas sobre prevención doméstica de enfermedades caninas y gatunas, las recomendaciones sobre la procuración de una alimentación sana y nutritiva, la difusión de centros de atención para el caso de accidentes, el emplazamiento de cementerios y guarderías, las críticas a los adiestramientos violentos y aun la formulación de una cada vez más seriamente abordada psicología para perros y gatos, cuyos profesionales atienden las emergencias conductuales de las mascotas. Algunas personas, finalmente, cambiaron sus hábitos alimenticios y se manifiestan contrarias a comer animales asesinados.
En este punto, cabe interpelar el que considero el pico máximo de inserción de la nueva figura en el imaginario colectivo: la en apariencia inofensiva fotografía en la que se presentaba a un perrito llamado Balcarce, propiedad del presidente de la Nación, sentado en el sillón de Rivadavia. El pelo impecable, un collar que indicaba su domesticación –pertenencia al domus, en el que todos vivimos- el gesto alerta, los músculos en tensión activa, una clara evidencia de satisfacción y la exteriorización de un gesto sumamente simpático. En su cuenta de Twitter, el presidente, en aquella oportunidad, expuso: “Balcarce es el perrito que adoptamos de cachorrito en junio del año pasado y que me acompañó en varios momentos de la campaña presidencial. Desde entonces, se convirtió en “El perrito del PRO”, pero también, en un símbolo del respeto que tenemos por los animales. Los otros días, Balca estuvo en La Rosada y se sentó en el famoso sillón presidencial. Es el primer perro de la historia argentina que llega a ese lugar. Estamos muy orgullosos de él”.
No me parece exagerado decir que la fotografía de Balcarce en el escaño de la primera magistratura ciudadana ha obrado de “bisagra hacia abajo” en la construcción de una nueva subjetividad del cambio. La entronización de la animalidad en el ámbito presidencial prenuncia –y estoy seguro de que debe haber algo escrito sobre esto- una inversión del camino ancestral iniciado desde los primeros atisbos de humanización de las mascotas: la mascotización del ciudadano.
¿Qué mejor, para los adherentes a la nueva doctrina gobernante, que ser tratados como ellos postulan que deben ser tratados los animales? ¿Qué gracia más plena que reconocerse en un amo abarcativo y elegido, capaz de implementar todos los medios al alcance para adoptarnos responsablemente en un contexto discursivo que sigue la lógica de los doce años de abandono en un país devastado? Las ansias de evitación de toda forma de maltrato y la seguridad de que un Jefe de Estado comandará la lucha por esas reivindicaciones integrales, ¿no se ven reflejadas en la higiene de Balcarce, que es a la vez emergente de todas las tendencias de ascenso de categoría óntica del fenómeno mascoteril en que nos espejamos? ¿No nos está asegurando la imagen que habrá techo y comida durante su período, aunque quizás únicamente haya techo y comida? ¿No nos asegura ese ícono un lugar junto al presidente?
Y en un plano contrapuesto: ¿no hemos asistido a la formulación de manifestaciones de alabanza y reconocimiento a favor de los canes de los cuerpos armados de Gendarmería y Policía, que amedrentan a quienes se pronuncian en contra de las políticas del macrismo? ¿No sabemos de decenas de personas profundamente apenadas porque esos perros han resultado heridos, quizás producto de actos de defensa de parte de los agredidos? ¿No se ha construido un parangón entre la tarea represiva de esos animales y su exposición a la barbarie, representada por la irracionalidad de la oposición, a la que el can viene a ordenar?
Quizás –y ojalá- esté equivocado. Quizás seamos tristes espectadores de un fenómeno que tan sólo emerja como una tendencia en tiempos de abandono del auge. Tal vez estemos viendo el producto de la natural inclinación a lo aspiracional en los diversos estadios de inserción en el mercado, de tinte similar a la de “subjetivizar” al vino en el lenguaje del sommelier, en cuya construcción lógica y simbólica es perfectamente posible que un malbec pueda tener “carácter”, “cuerpo”, ser “generoso”, “tierno”, “vivaz”, “joven”, relacionarse en “cabeceo” o “maridaje”, pasar un período de “crianza” y ”jugar” en la boca.
O tal vez, y esto es lo que creo que sólo a mí me parece, YA EXISTA esa puerta abierta hacia la “mascotización” de los ciudadanos bajo la impronta de su pasaje de miembros de una comunidad jurídica a una subclase ya irreversible de “vecinos”, que prescinde de las categorías constitucionales y de la garantía de ser tratados como seres humanos en sentido pleno por el poder.
Un cambio de entidad fundamental en el que el sujeto de derecho no parece ser más que alguien que vive en el fundo lindero, con su gato, su perro y su pecera, en un bloque de subvaloración que lo acerca más a la animalización que a la evidencia de su dignidad inmanente; y ello, aun cuando, con estupor, vemos día a día la plena aceptación de esa nueva investidura.
Nota: Al tiempo de terminar la revisión del presente artículo, nos enteramos a través de las redes sociales de que ha muerto César, el perro del tenista Juan Martín Del Potro.
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