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Mar 04, 2018 La Quinta Pata La Pata Semanal Comentarios desactivados en El perfume de lo insano
“En el tiempo real, en la historia, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas opta por una y elimina y pierde las otras; no así en el ambiguo tiempo del arte, que se parece al de la esperanza y al del olvido” (Jorge Luis Borges: El Falso Problema de Ugolino).
En diciembre de 1985, la mítica revista francesa L’Écho des Savanes comenzó a publicar por entregas la historieta Béatrice et l’invisible, del artista italiano Milo Manara. La trama era sencilla: un científico se enamora de la bailarina Beatriz, de quien no tiene la menor posibilidad de aceptación. Inventa entonces una crema que lo invisibiliza y, una vez probada su infalibilidad, interpela en todo tiempo y lugar el cuerpo de la ninfa. Superado el primer asombro, Beatriz experimenta el “efecto dominó” que el fenómeno meramente sensorial le genera en todos los aspectos de su vida a partir de lo inevitable de la carne. A la par, se despliega en ella un pavloviano crescendo de deseo que alcanza su clímax cuando relaciona la presencia del enamorado etéreo con el aroma del ungüento, que es el de esos caramelos de leche rectangulares y pegajosos (de hecho, en Gran Bretaña la obra se editó bajo el título Butterscotch). Pronto, la secretaria de Beatriz descubre la estrategia del enamorado y, así cerrado el dramatis personae, se inicia un maremágnum triangular de sensaciones, ocultaciones y explicitudes que hicieron de El Perfume del Invisible (título con el que, desde España, se difundió el trabajo) un hito disruptivo en el mundo del cómic.
Nuestro ámbito también dio alguna gema relacionada con la producción de realidades a partir de lo que no se ve. Quizás la más genial venga dada por aquel sketch de Carlos Balá, el del perro Angueto, una maravilla del idealismo trascendental. Para representarlo, al cómico le bastaba una varilla y un collar engarzado en un extremo: así provisto, Balá se paseaba por calles y plazas, en la convicción profunda de que estaba llevando un perro. Cada tanto, el discurso de Carlitos se interrumpía por ladridos que él mismo imitaba; cada otro tanto, Balá conminaba al espacio de aire que rodeaba la cadena: “Angueto, ¡quedate quieto!”. Para todos los espectadores del paso de comedia infantil, allí había un perro. Incluso, en el juego de la obra, algunos personajes se apartaban de la correa, “por las dudas” algún error de percepción les hubiera impedido captar que lo que parecía un espacio vacío en verdad estaba ocupado por un animal enfurecido. Hasta una vez, en el colmo del absurdo, el mismo Carlitos debió discutir con el mozo de un bar, que lo conminó a abandonar la mesa porque no se permitía ingresar con perros. Ese traspaso de lo convencionalmente irreal a la concreción a través del discurso, generaba una posibilidad que era certeza en los niños que disfrutaban el número: Carlitos no estaba loco y Angueto existía realmente.
Quien haya atendido las noticias difundidas esta semana, aun las emitidas por los medios hegemónicos, seguramente no pasó por alto un párrafo del presidente en su discurso de apertura de sesiones en el Congreso de la Nación. Dijo allí: “Lo peor ya pasó y ahora vienen los años en que vamos a crecer. Las transformaciones que hicimos empiezan a dar frutos, a sentirse”.
Hasta aquí, quizás, se evidencie tan sólo una mera contradicción entre lo dicho y el carácter apolítico que desde lo publicitario imprime el macrismo a todas sus acciones: claramente estas locuciones vienen encabalgadas en el corcel furibundo de la arenga política.
Pero el relato continuó: «Hace un año, en este lugar, les dije que teníamos que construir las bases para que la Argentina pudiese crecer veinte años en forma consecutiva. Eso es lo que hicimos, ese crecimiento invisible sucedió. Es como cuando empezamos un edificio: en el pozo no se ve lo que estamos haciendo, pero esa base existe, está y sobre ella se construye el resto. Esto es lo que está sucediendo: los argentinos empezamos a ver los frutos de eso. Y cada transformación está hecha sobre bases firmes y va a durar para toda la vida«.
Entonces, las reacciones se multiplicaron. Se trataba de una joya de lo que se dio en llamar el duranbarbismo, es decir, la estructuración discursiva que instaura en el destinatario concatenaciones emocionales, imágenes que no se corresponden con la realidad, pero que, en la soledad interior de la subjetividad a quien la parrafada apela, se construyen como correspondencias necesarias entre lo que se acaba de percibir desde el habla y una materialidad o emergencia fáctica verdaderamente existente.
Los detractores dieron el primer paso: ¿era posible un “crecimiento invisible”? El bando macrista, a favor de esa posibilidad, no dudó e hizo mutis por la racionalidad; todos los demás denunciaron que el presidente de la Nación había ordenado que le escribieran un discurso con el solo fin de burlarse de la concurrencia.
Porque, se preguntaban, ¿quién capta aquello que es invisible y que no se manifiesta de ningún modo en el mundo exterior? ¿Cómo supo el presidente que alguna cosa creció, si esas cosas no están y, en consecuencia, nadie ha podido percibir su crecimiento? ¿Habrá en juego un superhombre, un “nadie excepto él”?
En El Falso Problema de Ugolino, uno de sus Nueve Ensayos Dantescos, Jorge Luis Borges plantea que, en el espacio del arte, todas las cosas pueden ser y no ser. Algo que ya había sugerido en La Biblioteca de Babel: la hipótesis de que la construcción lingüística, la mera combinación de palabras, signifique la posibilidad de una realidad presente en el mundo de las cosas. Los exégetas aun hoy no se ponen de acuerdo respecto de si Dante ha querido decir que el traidor Ugolino se comió o no a sus hijos dentro de la prisión; Borges, inspirado en la superposición de planos temporales que permite el arte –cuyo juego excede las interacciones rígidas de la lógica formal- resuelve: “en la tiniebla de su Torre del Hambre, Ugolino devora y no devora los amados cadáveres, y esa ondulante imprecisión, esa Incertidumbre, es la extraña materia de que está hecho”.
Y acá, precisamente, está la esencia del intríngulis presidencial. El cuestionamiento opositor es estricta y lamentablemente insustentado. La respuesta la da un hecho incontestable: todo conocimiento requiere un sujeto dispuesto a conocer. Cuando el sujeto cognoscente se presenta con la ingenuidad del tabula rasa a interpelar el objeto, lo más probable es que se desarrolle una Historia del Conocimiento similar a la que ha ocurrido desde la primera curiosidad hasta el día del discurso de apertura de sesiones. Pero si la afición espectadora es una grey que ha hecho de la sugestión un fenómeno colectivo de generación de verdad discursiva, la ausencia de hilo conductor con la realidad emergente –y evidente- disocia y vence a las reglas del razonamiento. El vacío invade el prado de la verdad y, paradójicamente, da todas las respuestas.
Es que ese “agujero” de significante, esa falta de vinculación con la realidad, se erige en herramienta idónea para comunicarse con una afición SUMAMENTE SUGESTIONADA. El único perfil, la única dimensión de aquellas palabras fundantes de Macri es de naturaleza EMOCIONAL. No hay nada que lo vincule con nada que pasó o que vaya a pasar. Es como decir “felicidad”: refiere SÓLO a un registro emocional, pero a nada en concreto.
Macri le dice a sus adictos que “lo peor ya pasó”: se trata de una abstracción que conduce NECESARIAMENTE a un limbo sencillo y grato, una idea que produce placer: “lo único que puede pasar a partir de ahora es lo MEJOR”. Un placer multiplicado, porque, además, la captación de esa idea no demanda NINGÚN esfuerzo. Es TODO dicha. Esas palabras no hacen existir lo inexistente, pero lo prenuncian a través de su perfume. El perfume de lo invisible confirma y prenuncia la dicha. Y, ¿quién contradiría la dicha? ¿Por qué esforzarse para no gozar? En ese contexto: ¿qué importa si se ven o no se ven los frutos del crecimiento, si igualmente están, según dice el presidente desde la imagen/aroma de lo invisible del discurso?
“Nosotros no lo vemos, pero igualmente percibimos que el crecimiento existe, lo cual es idéntico a verlo; ellos, los del otro lado, no lo ven, y por eso dicen que no existe, pero están equivocados”, expresan los macristas. Y lo enuncian, además, echando mano del mérito que para ellos conlleva el esfuerzo para hacer posible lo imposible, como se manifestara en la cantiga que impulsaron los propios legisladores oficialistas al finalizar el palabrerío del primer magistrado: un “Sí, se puede” que invitaba a forzar las Puertas de la Percepción, a ver lo que no se ve. El mismo sentido –oh, Fortuna- que aquellos carteles de Facebook que hace ya una década vienen colgando sus seguidores como fachada de su fe siderúrgica y pueril: “Para Lograrlo, sólo debes Proponértelo”.
Los lúcidos que todo lo enturbian, desde la otra vereda, expresan a los gritos que algo que no puede percibirse ni pensarse de ningún modo es imposible que exista; y que, si sólo pudiera pensarse, existiría en tanto pensamiento, pero no se manifestaría en el campo de la realidad objetiva.
En aquella Asamblea Legislativa, mientras decenas de diputados y senadores canturreaban a la vista de su líder y otros tantos permanecían ofuscados en sus escaños, quedaba grotescamente plasmada la resolución borgiana del Problema dantesco: el crecimiento invisible es una categoría a la vez válida e inválida, y esa ondulante imprecisión era la extraña materia de que estaba hecho.

«El Perfume del invisible», de Milo Manara
Descartada la lógica aristotélico-tomista, y abiertas las esclusas de la ilógica del arte propuesta por el genial Jorge Luis, la idea de la presencia de aquello que no se percibe –o que sólo uno percibe- nos ubica en una conjunción fatal y también grotesca entre los ejemplos de los que hablábamos al comienzo. La alimentación del fenómeno de sugestión colectiva perfectamente abordable desde el paradigma salud-enfermedad devino, esta vez, bajo el efluvio de un perfume dulce de lo invisible que no conduce, como en el personaje de Manara, a la penetración efectiva de una realidad física de peso y volumen en el cuerpo del sugestionado, sino a una entelequia que los persuadidos captan –dichosamente – como elemento del mundo exterior, y que ahora incorporan en tanto realidad percibida e interpretada. Así también para el personaje de Balá –y aun para la mayoría de los niños que miraban la magistral payasada- en el extremo de la correa había un perro.
¿Cómo cuestionar, si el arte mismo lo confirma, que para muchos de los colectivamente sugestionados, realmente exista un crecimiento invisible, es decir, exista lo inexistente, y que, además, tenga esencia y forma desde lo estrictamente óntico, pero que… no se vea?
¿Cómo negarles, desde ese mirador, la posibilidad de que, además, tal percepción cimente las bases de una solidez futura, a la que también confieren entidad de trascender el espacio de lo narrativo?
A favor del macrismo, quizás, habría que reconocer su capacidad de discurso eficiente, de generar día a día un hágase fundacional que sólo admitía antecedentes en el fiat lux divino y en algunos pocos liderazgos carismáticos de la Historia Universal que, recordemos, TODAS LAS VECES terminaron en desastres de los que tomó lección la Humanidad entera.
En contra, la posibilidad de que ese perfume de lo invisible sea también, aun a costa de la vida y del patrimonio de los que no vemos lo que no se manifiesta, un perfume de lo insano.
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