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Jun 17, 2018 La Quinta Pata Literatura Comentarios desactivados en Crónicas paceñas: IV Poncho Negro
El Diablo y la Pachamama, el destino y las admoniciones de los sabios andinos, costumbres ancestrales e historias que terminan en la cama, son todos pasajes revelados a nuestro cronista en una noche que siguió palpitando en su devenir. Mágico relato en el que lo cotidiano y lo místico constelan gracias al encuentro con un verdadero personaje de antología.
El encuentro no buscado, casualmente cósmico dirías luego. La mateada en su poro con stevia y el acullico (1) ritual en su sombrero, abrieron este portal a su purgatorio chamánico. “Hoja blanca de La Pacha, hoja negra del Tío” (2), dijo, y empezó esta charla.
El lugar, departamento sopocachense habitado por británicos con un aire supuestamente etno, para mí aymaramente kitsch. La cena, un escabeche de pollo con beterragas, combinación agridulce mata-pasiones para mi gusto. Salame, pan alemán en la mesa y las risas con acento escocés perforándome la oreja, el postre. El vino dulce para matizar la charla en spanglish y mis bostezos, en la falda a flores de la gringa desgarbada, son el prólogo de la noche.
En ese lugar lo veo, con su sonrisa de medio lado, “Pedro Navajas de Yacuiba”, pienso, engatusando con fábulas quechuas a la inglesa “masista” de falda marroquí, la que cruza las piernas desenfadadamente y hace un guiño al público, con esa entrepierna de vellos rojizos.
Me alejo al balcón de la casa y se acerca, yacuibeño de diente amarillo y caballera de “cherokee”, me habla de Rimbaud, Breton, Borda, Saenz, Tamayo y aterriza solemnemente en Urzagasti, haciéndome un guiño con su ojo de canica. Se ríe diciendo que sus amantes kaimas (3) no entienden esto del ajayu (4) y por qué el pasado camina por delante en la cosmovisión andina. Se define como un transdisciplinario, un comunitario, caminante de las ciencias y las chacanchanas (5). “He tenido que entrar en la universidad para validar esta cosa de ser investigador social, aunque lo mío es caminar”, dice.
“Pito de kañawa (6), charque y acullico, son lo único que se necesita cuando se camina las comunidades. La bebida está en los secretos del camino, en la gente”, me dice. Responde a mi clásico “qué bonito”, por decir algo sobre un aguayo (7) colgado de la pared, con una cátedra sobre aguayología quechua y mesas rituales andinas. Me habla de los dibujos y líneas, de la combinación de colores para la fertilidad y el cuerpo, todo en el tejido.
“La coca y la yerba mate son antioxidantes”, dice. Me cuenta que en febrero cumplirá cuarenta, “parezco de veinticinco ¿no ve?”, dice orgulloso. “Como mi presidente duermo tres horas al día, pijcho cuatro libras (8) por semana y sólo mateo”, dice. “Tengo la energía que me da La Pacha, la de la coca blanca, aunque también tengo la del Tío. Es que son complementarios, necesarios uno para el otro”, afirma convencido. “El Tío me ha bañado a veces con su fuerza, ese nunca te da poder o lujuria sin cobrarte luego la factura con creces”, me dice. “Como al padre del Goni que se reía en la mina, de mi padre y nuestras challas y mesas, ahora está pagando, Sánchez de Lozada morirá viejo y solo en Estados Unidos”.

Caminamos la noche y llegamos a un boliche de Sopocachi, reservado por la gringa de falda verde, bajos instintos. Entre tanto biólogo acabo sentándome junto a ella, la flaca de bruma. Recorro con los ojos su espalda, su cuello delgado y me devuelve una sonrisa embriagante, preámbulo de sus besos tibios, pero eso es parte de otra historia, parte de otras intensidades, más allá de estas líneas.
En la puerta del boliche, el guardia nos decomisa la lata de mate y la bolsa de hojas de coca. Más tarde, en mitad del lugar dizque VIP, de su abrigo saca otra bolsita llena de hojas y sobre su sombrero de ala ancha despliega, como en aguayo, sus hojas. Chamán de mirada saltarina, flautista de los caminos, sólo ríe.
Personaje del exilio y de sombras, sin siquiera preguntarle, me empieza a hablar de los rituales del abandono; del amor carnal, de la renuncia y aceptación; del “amor real que no se encuentra en una piel firme y jugosa”, dice, “sino en esa gordita que te lo cocina con paciencia y va sudando sus jugos de embrujo en la masa de pan. Esa que con paciencia te da calorcito de panza incondicional cada mañana y cada noche”. Lo escucho y cada cinco segundos la silueta de ella me hace guiños. Su cadera de manzana me manda mordiscos, pero ya lo dije, eso es parte de otra historia, sus pecas, sus labios, son otro viaje.
Le pregunto por cómo metió las hojas de coca, que pensé que se las habían decomisado. Me dice que es caminante y conoce los secretos de la mirada y el escondite. “Te voy a confesar algo”, dice, “alguna vez fui poncho negro”. Devuelvo mi ignorancia en un silencio y entonces me cuenta la historia del cerco a Cochabamba en 2003, de su periplo por caminos de herradura para llegar a la ciudad. “Los ponchos negros me llevaron”, dice, “ellos conocen los caminos de los preincaicos como la palma de su mano, los senderos ocultos, esos de la montaña y de la tierra. Son pocos y muchos, todos y ninguno a la vez, mimetizados como camaleón entre las rutas, entre las calles se están”.

“Los poncho negro se han compenetrado en uno con La Pacha”, cuenta. “Se nutren de la tierra en su camino, respetando el balance del cielo con el viento, como debe ser. Son espectros sí lo quieren, sí lo desean, aire en la cordillera y roca en la espera. Saben de la paciencia de mil años, de estar dejando que su cuerpo se haga viento en cada paso. No añoran, no desesperan, no gritan, viven en la certeza del regreso”.
“Un poncho negro camina en silencio y logra sus conquistas en la perseverancia, con la paz de la puna, la constancia de la espera y el ayuno. No pude ser uno de ellos”, dice, lamentándose de su incoherencia sus ojos se apagan, su locuacidad aparente de chamán cesa y calla. “Fracasé por la carne”, me cuenta, “el Tío me envió mujeres, cerveza y fiesta. No pude con la contemplación del viento, con la templanza de la lluvia en la montaña”.
“En febrero cumplo cuarenta”, repite. Al escuchar su historia, mi cerebro empieza a dudar de su caminar comunitario y dibuja un perfil esquizoide para este personaje. Al final, sea cual sea la verdad, en su delirio tiene la coherencia de esa razón que nos negamos a escuchar. “El Tío te manda buenas y malas cosas, lo sabemos, y te cobra”, me dice. “La Pacha nunca cobra, da abundancia sin factura”.
Se levanta entonces y empieza a bailar una canción de Depeche Mode con aires de Diablada, con aquella que mientras lo acompaña en silueta, me busca con los ojos. Luego ella me dirá “eres un celoso”, pero eso es parte de otra historia, ya lo dije.

Luego de bailar, le regala a ella un palo santo tallado que más parece una pipa de esas rituales, ella ríe con esa blancura de espejo y me guiña el ojo. El chamán habla, anota teléfono y dirección y la invita a cebar mate con leña. Luego él se sienta a mi lado y, mientras acullica, me dice que escribe al caminar en esta tierra. “Conozco la piel y el embrujo del Tío”, afirma. “Te recuerdo”, me dice, como si intuyera el juego de pieles que se ha iniciado, “hay mujeres que te manda el Tío y otras La Pacha. A veces es mejor quedarse con la gordita nomás”, sentencia. “Otras es mejor correr el riesgo y encontrar tu destino, nunca se sabe cuál camino es el adecuado, habría que subir a las montañas y escuchar lo que dicen los achachilas (9) en el viento, pero no siempre se puede”, dice.
Antes de irse me da un abrazo, lanzando las hojas de coca a mis pies. “Coca negra, el tío te va a cobrar”, dice. Lo miro, bebo cerveza y muerdo el tallo de la hoja, irreverente ante sus profecías. Él se ha ido, “poncho gris” pienso, “poncho paranoide” y me río.
Al final como decía aquel de sombrero de ala ancha, Pedro Navajas de Yacuiba, sólo en el camino sabes qué clase de embrujo te manda la vida, si fue una broma del Tío o un regalo de La Pacha.
Él se aleja, luego de un guiño y yo me voy con la mujer de bruma. Tiempo después, luego de aquel encuentro, en este café escribo con mis palabras sudándola, y me pregunto si algún día me llegará la factura del Tío por aquella madrugada en su piel.
Glosario
(1) Acullico: bollito producto de la mascada de hojas de coca.
(2) El Tío: se le dice al diablo, sobre todo en las zonas mineras.
(3) Kaimas: mujeres sin gracia, aburridas.
(4) Ajayu: en el mundo andino es la fuerza que contiene a los sentimientos y la razón, el centro de un ser que siente y piensa, la energía cósmica que genera y otorga el movimiento de la vida.
(5) Chacanchanas: caminos en las montañas, atajos.
(6) Kañawa: planta del altiplano muy resistente al frío.
(7) Aguayo: tejido tradicional como el de las cholitas, el de Tarabuco -pueblo al sur de Sucre- tiene colores menos vivos.
(8) Pijchar: mascar hojas de coca.
(9) Achachilas: viejos sabios.

Paul Tellería Antelo (1970), narrador paceño de la generación post Macondo. Licenciado en Psicología de la Universidad Católica Boliviana y Escritor de Oficio. Ha caminado y respirado la hoyada paceña capturando sus rincones y personajes los últimos veinticinco años. Publicó tres libros con Editorial 3600: De las especies innombrables (2003), Trajines y Haceres (2008) y Acto de Agua (2015). Participó como invitado en las antologías: Warikasaya, Cuentos Stronguistas (2009); Conductas Erráticas, Crónicas de No Ficción (2009); Domingos por la Tarde, Antología de Cuentos Futboleros (2014); y Una espuma de música flota, Antología de Cuentos de Bolivia y Ecuador (2015).
En 2017 fue responsable en calidad de compilador de la antología Sed y Sangre, Cuentos de la Guerra del Chaco. Fue colaborador por más de diez años de diferentes suplementos literarios como Fondo Negro y Letra Siete. Ha publicado en revistas literarias de Bolivia y Latinoamérica como Pie Izquierdo, Letralia y Otro Arte. Actualmente tiene en preparación un libro de cuentos y otro de poesía.
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