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May 15, 2016 La Quinta Pata Opinión Comentarios desactivados en Superposiciones
Una noche le dije a mi novio que creía estar embarazada y le pareció imposible.
Fue un verano en Mendoza, el lugar donde viví hasta que vine a estudiar a Bs. As. Volvía, como siempre en vacaciones, a visitar hermanos y amigas. Tenía 26 años y paramos con mi novio en un departamento que nos prestó su familia. Quedaba en un edificio menemista, con salón de usos múltiples y gimnasio. Un lujo que se combinaba bizarramente con nuestra precariedad.
Mi hermano, por entonces, había pasado 36 años sin saber quién era su papá biológico o si estaba vivo. Aprovechando esta estadía sin apuros, lo arengué nuevamente para que lo busquemos a través del laberinto escabroso que nos dejó la dictadura y él estaba dispuesto esta vez. Entonces comenzamos junt@s una aventura dolorosa y sanadora de búsqueda y reencuentros.
En principio se hacía engorroso, porque nuestra mamá se suicidó hace años y vivió silenciando esa parte de su pasado y del nuestro. En consonancia, la memoria de la familia esta distorsionada, erosionada, agujerada. Pero Mendoza, impenetrable y conservadora como es, también cuenta con una red afianzada de solidaridades antioscurantistas, capaz de apañar en estas diabólicas peripecias a las que nos han acostumbrado.
Por eso, no tardamos mucho en encontrarnos con ell@s o tal vez ser encontrad@s nosotr@s. Mi sensación novelesca es que estas personas estaban ahí esperando, cual seres mágicos, a que nos cansáramos ya de no saber…
Ellas y ellos, que habían conocido a María -nuestra mamá- o habían conocido a Talita -su versión subversiva- o habían sido compañer@s de algún compañer@ de ella o ellos -los posibles padres- nos tomaron de la mano para acompañarnos por los pasillos de las instituciones, se sentaron en muchos cafés a contarnos lo que sabían, pensaban, creían, mantuvieron inesperadas conversaciones al teléfono con nosotr@s, confundid@s hij@s de la noche.
Lo que sabíamos: Talita de 18 años se había casado con Juan, compañero de organización, quien probablemente era esquizofrénico y de una calaña peligrosa. La única vez que desplegó esta historia, mi mamá me contó que mientras vivían con la familia de él, este tipo podía despertar napoleónico y en el mismo desayuno agarrar un cuchillo y ponérselo en la garganta, mientras su familia espectadora tomaba con naturalidad la escena con el yerbiado. Luego se mudaron solos a una pensión donde la mantenía encerrada en la habitación con candado mientras él no estaba y fue gracias a una vecina que Talita consiguió huir. Ahí, compañerxs de la organización donde militaba, le encontraron refugio en casa de Pedro. Talita y Pedro, que hasta entonces no se conocían, tuvieron algún tipo de relación sexo-afectiva por lo que el papá de mi hermano podía ser cualquiera de los dos.
Elena, compañera de celda y amiga fraterna de Talita en la cárcel, nos dio cita un sábado por la mañana en un café del microcentro. Había pasado 7 años presa de los cuales sólo un tramo compartió con nuestra mamá. Nos contó que Juan, a pesar de estar desaparecido desde el 76, era sospechado de haber sido informante de los milicos y que esto hizo muy difícil para Talita las relaciones con otras presas políticas. Sobre el asunto parental, Elena no recordaba nada sobre la existencia de Pedro, por lo que asumía que el papá de mi hermano debía ser Juan. Que fuese él nos parecía un mal panorama.
Rafael, también ex-preso político, nunca conoció a Talita pero nos acompañó a la secretaría de Derechos Humanos de la Provincia. Nos vimos los tres frente a un joven recién asumido en su cargo, que oyó desorientado nuestra caótica historia. Todo nos resultaba complejo de explicar, pero aún más bizarro era contar lo que ustedes acaban de leer a un funcionario. Él nos dijo, o tal vez fue Rafael, que los restos de Juan habían sido encontrados por el equipo de arqueología forense hace unos años, en una fosa común en el cementerio de Las Heras; entonces el joven le propuso a mi hermano hacerse un ADN y despejar la duda.
Después de esto caímos a la fiscalía que lleva adelante los juicios por delitos de lesa humanidad en Mendoza. Una casa de dos plantas donde se apilan miles de archivos de la dictadura en todas sus habitaciones, desde el piso hasta la altura de los ojos. Nuevamente contar los retazos de historia, esta vez a una fiscal jovencísima, que luego de oírnos, en tres movimientos, nos alcanzó unas carpetas. ¡Todos esos nombres, esas vidas, ocupan un espacio en esa casa y ella sabía cuál!
Se trataba de los prontuarios de subversivos de Talita y Pedro, además del archivo del juicio por la desaparición de Juan. En el prontuario de Pedro vimos por primera vez su nombre completo, dónde había nacido y vivido en Mendoza, todas sus detenciones y la cantidad de años que había pasado en la cárcel. Mi hermano tomó nota de estas cosas… Cuando abrimos el prontuario de Talita, en el folio dos, alcanzamos a ver la foto de una piba de 19 años, un ojo en compota, ojerosa, abatidísima. Ahí sí, es como que solté y caí y me dejé llorar por primera vez en esta búsqueda.
Como la fiscal nos dio copias me las llevé al departamento menemista y me puse a leerlas esa misma siesta:
Juan es fusilado de 37 balazos en un “enfrentamiento con la policía” en Maipú, su cuerpo aparece como NN en diciembre del 76, pero lleva desaparecido desde septiembre del mismo año, cuando es detenido camino a la universidad. Talita es detenida por primera vez antes de la dictadura junto a Pedro, en septiembre del 74. Hago las cuentas y aún no esta embarazada; son sobreseídos luego de unos días. A partir de ese momento será muy poco el tiempo que les queda junt@s porque en octubre Pedro vuelve a caer preso y va a pasar el resto de la dictadura en la cárcel, salvo por unos pocos meses de libertad entremedio.
Me metí en la ducha a gritar… llanto y agua… Sentí en el cuerpo como estar siendo ella. Estoy embarazada y llevo vida dentro mientras todo afuera es pesadilla. ¿En medio del terror un cuerpo se rebela contra la muerte y se embaraza? Vi a mi hermano bebé y a mi hermano niño… ¿Cómo se puede ser madre así? perseguida, huyendo, dolida hasta la médula, decepcionada hasta el suicidio. Lo parió en medio de la nada y no pudo acompañarlo a encontrar un padre… Y aquí estamos, retomando las cosas por donde las cortaron…
El último encuentro de ese verano fue con una amiga de Pedro que nos facilitó datos para ubicarlo. Pero me advirtió que había un chileno y también un porteño, con los que se decía o ella creía, que Talita había compartido más que refugio durante el tiempo que estuvieron tod@s escondid@s, exiliad@s de la vida. Mi hermano no pudo estar presente en esta charla y ya eran cuatro los posibles padres.
Desde esa ducha angustiosa intuía mi propio embarazo y en medio de todo comencé a tener “síntomas”. En estas vacaciones, no pagadas y sin ahorros, trabajé de camarera, corriendo de 19 a 7, sin parar. Claramente estaba cansada, pero lo raro era tener sueño todo el rato y náuseas que sólo cuando comía algo se me pasaban.
Le comenté al novio mi temor y le pareció imposible… ¡Imposible! ¿por qué? Estábamos cuidándonos a medias tintas, recordaba un sexo sin forro particularmente envolvente y yo sentía: fue ahí mismito… Esa noche, me dormí sabiendo que cuando me despertaran las ganas de ir al baño me aplicaría a la inquietante tarea de hacerme un test de embarazo.
Hice pis al amanecer en una vasijita de plástico y le puse la tirita de papel y no hubo suspenso porque las dos líneas aparecieron inmediatas, una después de otra. Despabilé al compañero, le conté, nos angustiamos y me quedé dormida. Al despertar era una mujer encinta dispuesta a abortar.
Me siento afortunada de haber sabido y podido hacer amigas desde chica. Siempre pude apañarme con las mías cuando el patriarcado, en muchas formas y ocasiones, nos dio duro en la cara. Es la mejor explicación que encuentro cuando me preguntan qué es el feminismo para mí o por qué lo soy… Una amiga desde Buenos Aires activó sin dilaciones y me confirmó que había conseguido pastillas de misoprostol. Mi compañera de casa, otra valiente, se había hecho un aborto así el año anterior y yo había quedado sorprendida de la autonomía con la que había resuelto la cuestión. Ella era para nosotras una exitosa pionera del aborto con pastillas, teníamos un procedimiento que funcionaba y podíamos asumirlo nosotras mismas. Era un momento jodido, pero todo esto para mí es tener suerte.
Llegué una mañana a Bs. As., mi cuerpo casi ha olvidado los nervios y el miedo. En casa me esperaban estas dos amigas con todo lo necesario para abortar. Quise hacerlo con ellas, dejando al compañero fuera del asunto. Ese día resultó trabajoso pero amable, fue de reencuentro y sangrado. Tenía muchísimo para contarles.
La interrupción parecía haber salido bien pero había que confirmarlo. Dos semanas más tarde elegí el lugar más transitado y popular que se me ocurrió para hacerme una ecografía, una salita frente a la plaza Constitución. Ahí debían lidiar con muchas situaciones como para andar jodiendo por un aborto. Le dije a la ginecóloga que había perdido un embarazo y pareció entender la situación porque me dijo: “todo salió bien”. Mi útero estaba vacío y sano.
Cuando retomé el curso de las cosas detenidas, volví al ruedo familiar.
¡Pedro tenía Facebook! Vi su foto… se parecía muchísimo a mi hermano y se la mandé: “es tu papá”. Entonces mi hermano le escribió: “podría ser tu hijo”. Pedro contestó que de hecho sí, era su padre.
Lo conocimos pronto y es un señor estupendo. Laburante, dibujante y escritor que no se deja morir por la rutina de un trabajo ni por las asperezas de la vida.
Difícil y fácil, ¿porqué no?.
Jodido y sanador, en simultáneo.
Pasado y presente, superpuestos.
Pasar por el propio cuerpo vidas pasadas,
mutar en un verano.
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