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Ago 09, 2015 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Viajemos en tren hasta Buenos Aires…
El Dr. Oscar D’Ángelo con su evocación sobre las visiones entusiastas de sus jóvenes personajes —Mario y Pititorra— nos permite reeditar las sensaciones cotidianas propias del viaje en tren hacia la capital del país. Los más jóvenes desconocen en absoluto aquellas vivencias y los experimentados quizá las haya echado al olvido, viene bien pues subir a un vagón y hacernos un viajecito aunque fuere por tierras de la nostalgia.
La madrugada del lunes era suavemente cálida, una finísima lluvia humedecía la pampa. Las farolas del andén sonreían veladas en el silencio de la alborada. Los repetidos crujidos desaparecieron. Por unos instantes el mundo se detuvo y un súbito mutismo invadió la amanecida.
El Pititorra vio pasar a través de la ventanilla dos enfermeros y un policía llevando una camilla con alguien encima, en dirección contraria a la del tren. No le dio importancia y se reacomodó en la butaca para seguir durmiendo. El Cuyano[1], legendario convoy que repetía este trayecto desde el 20 de mayo de 1937, se había detenido treinta minutos en la estación Junín de la provincia de Buenos Aires y en ese momento continuaba la marcha.
Otra vez el suave bamboleo adormecedor lo acercaba al reino del sueño. Nada podía hacer sino esperar, entonces qué mejor que esperar durmiendo, se decía entre impotente y turbado.
A dos horas de haber comenzado el viaje, cuando estaban atravesando la estación Cadetes de Chile, lugar de la tragedia de Alpatacal, en la provincia de Mendoza, los dos guarda-trenes entraron por un extremo del coche de segunda clase, pidiendo los pasajes asiento por asiento. En cada fila se detenían algunos minutos, uno de ellos pedía los billetes y los perforaba, el otro cortaba un sector del mismo, anotaba el número en una planilla y entregaba el resto al respectivo pasajero.
Tres o cuatro años atrás los ferrocarriles se habían dieselizado. Las locomotoras de vapor silenciaron los pitos para siempre, su negra y arrogante estampa desapareció de los rieles argentinos en poco tiempo. Los trenes corrían con nuevas locomotoras diésel, compradas durante la gestión del presidente Frondizi y por la dictadura militar que lo precedió. Los vagones y coches de pasajeros eran de la época en que los ferrocarriles pertenecían a los ingleses.
Mario y el Pititorra habían subido en la estación Mendoza y solamente pudieron comprar un solo pasaje. Era mucha la devoción que sentían por viajar en tren a Buenos Aires y poco el dinero que disponían para hacerlo.
Esto lo hicieron en otras oportunidades y todo les había salido perfecto. Con el precio de un solo billete viajaban los dos, y con lo ahorrado, solían vivir seis o siete días en pensiones baratas en la Capital.
El método consistía, en que uno de los dos se levantaba del asiento cuando veían venir a los guardas y se metía en el interior de un armario ubicado en el antebaño, que se encontraba entre un vagón y otro. En su interior permanecían, en la más renegrida obscuridad, hasta que pasara el control de los billetes, para volver luego a su sitio, una vez que fuera avisado por el compañero. El espacio, que los amigos le llamaban “la cucha”, tenía unos treinta centímetros de profundidad, sesenta de ancho y tal vez, ochenta de altura. En otras épocas, se lo destinaba para el equipaje o pertenencias personales del guardia de seguridad que viajaba en cada uno de los coches.
Los más de mil pasajeros que se trasladaban de San Juan y Mendoza a Retiro en El Cuyano tres veces por semana, lo hacían en cuatro coches de segunda clase, cuatro de primera, dos coche-dormitorio y por supuesto en el centro del tren el coche-comedor, tal vez el sitio más ambicionado por Mario y su amigo, el Pititorra. Allí pasaban horas conversando entre café, libros, proyectos y anécdotas.
Ché, sacá de tu bolso el mapa de la guía Peuser. En instantes el plano fue desplegado sobre la mesa del bar, como las alas de un pájaro dispuesto a volar con sus dueños.
Mario era un apasionado por Buenos Aires, en ella no dormía casi para no perder tiempo y aprovechar al máximo su estadía allí.
Todo era novedoso en aquella aglomeración humana donde terminaba la pampa y comenzaba el mundo.
Desde que la conoció y luego leyera Geografía de Buenos Aires, de Florencio Escardó, no pudo dejar de amarla, disfrutarla y estrujarla gota a gota. Tal vez como el mismo Escardó hizo y transmitió en ese genial librito, que releyó infinidad de veces.
Un pacto de amor inagotable existía entre este joven provinciano y una de las ciudades multiraciales más importante del mundo. Siempre sintió que esta megacrópolis le retribuía el afecto que él le profesara. Afecto nostalgioso, conmovedor y profundamente intrépido.
La llegada, despaciosa y solemne, producía en Mario un embrujo vivencialmente placentero. Desde la estación de José C. Paz hasta Retiro, el tren corría a muy poca velocidad, mientras se desperezaba viboreando se introducía por Gral. Sarmiento, Morris, Hurlingham, El Palomar, Sáenz Peña, Chacarita, Palermo. A esta altura, Mario ya estaba entregado al ritmo y a la magia de una Buenos Aires que nunca dejó de asombrarlo. Su historia y las tragedias de cuatro siglos y medio, se metían en su corazón por el nombre de sus calles, parques, monumentos y paseos. El incidente platense por excelencia, el tango, entró en Mario rápidamente de mano de la tristeza y el resentimiento, síntomas de argentinidad propios de Buenos Aires.
Nunca entendió por qué los porteños se quejaban desmesuradamente de la ciudad, del transporte, del clima. Él en cambio, disfrutaba hasta de la pegajosa humedad que lo cubría todo, de sus lluvias, de la niebla sosegada que presentifica la respiración del río sobre la urbe. Gozaba de la totalidad de su existencia y gustaba de ella, cual ofrenda misteriosa, entregada a sus pies. Cada rincón o recoveco de Buenos Aires le contaba secretos, desde las pequeñas historias o desde el silencio nostalgioso de las siluetas descubiertas a cada paso. En la sangre de este muchacho circulaba plácidamente sangre provinciana. Estaba orgulloso de eso. Pero las imágenes porteñas exaltaban su corazón taquicardizándolo hasta perder las riendas de la razón.
Durante el viaje desde Mendoza, quince horas de ansiedad y de ilimitadas ambiciones, programaba el recorrido y leía todo lo que encontraba sobre lo que vería en él. El Pititorra lo acompañaba bastante en estas hazañas, pero no siempre podía seguirle el ritmo.
Disfrutaba sin límites al pensar que comerían pizza en Las Cuartetas y en Los Inmortales y claro está, desayunarían todos los días en el café Tortoni de la Avenida de Mayo, se sentarían en los mismos asientos que alguna vez estuvieron Gardel, Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, Roberto Arlt, Quinquela Martín e infinidad de personajes del quehacer cultural y artístico de nuestro país y del mundo.
Seguramente, don Oreste Tortoni no se imaginó jamás, lo famoso que sería ese lugar cuando lo instaló en 1858, pensaba Mario.
En esta visita se propusieron conocer la Manzana de las Luces, la casa donde nació Discepolín en la calle Paso 113, el Colegio de San Carlos que había fundado Mitre y que Mario supiera de su existencia por Juvenilia, la novela de Miguel Cané. Recorrerían por dentro la Biblioteca Nacional, donde fue tantos años director Borges, que está en Méjico al 500.
Querían conocer mejor el barrio de Caballito, en el viaje anterior descubrieron en el museo de Luján, la veleta con el caballito de lata que motivó el nombre de esta zona. Perteneció a una pulpería, propiedad de un tal Vila y que en 1820 se le llamaba “la pulpería del caballito”. Posta de carreros que se encontraba más o menos donde está la intersección de las calles Rivadavia y Cucha Cucha, de ese barrio. Si nos queda tiempo qué te parece si visitamos las tumbas de Facundo Quiroga, de Remedios Escalada y las de los miembros de la Primera Junta, que están todas muy cerca, en La Recoleta, había propuesto Mario, quien repitió algunas frases de Florencio Escardó que leyó sobre ese cementerio: “…los muertos que allí van no van porque hayan muerto, sino porque han merecido reposar en La Recoleta, donde por un fenómeno porteño están más muertos y menos muertos que los difuntos comunes”.
Mario no dejaba nunca de visitar un café que había sido muy frecuentado por González Tuñón, en la calle Leandro Alem. Lo mismo hacía con el “café Ruiz “, un café-bar del siglo XIX, en Marcelo T. de Alvear, que tanto nombra Sábato en sus libros.
Siempre llevaban un plan del recorrido que anhelaban hacer y generalmente lo podían concretar. Cuando regresaban, nostalgiosos y satisfechos, ya estaban programando lo que harían en el próximo.
La vehemencia que profesaba por los ferrocarriles tenía su edad. El ruido del tren, sus pitadas y las escurridizas imágenes de su figura lo acompañaron desde el mismo momento en que nació. No podía pensar la vida sin los trenes, no quería imaginar otros países y ciudades sin las estaciones y los rieles. Viajar y conocer era sinónimo de trenes. Buenos Aires de indulgencia y misterio.
Pero la ferromanía más intensa comenzó en la adolescencia, el tema preferido por entonces fue el origen de los ferrocarriles, su invención, sus comienzos y la maravillosa expansión.
Con sus amigos discutía sosteniendo que el ferrocarril era un invento francés y no inglés ni yanqui, como se suele decir sin fundamentos; porque el primer vehículo a vapor lo construyó un ingeniero de Francia, llamado Cugnot en 1770, tenía capacidad para transportar cuatro personas y se le llamaba fardier, o “carro de Cugnot”. Poseía tres ruedas de madera y la delantera era a su vez motriz y directriz. Arriba de ésta se encontraba una calderita de vapor, cuya presión lograba convertir el movimiento rectilíneo de los pistones en otro rotativo continuo. Este es el comienzo de la locomotora. La que circuló en Inglaterra en 1804, fue construida tomando como modelo la de este francés y del norteamericano Oliver Evans, que la puso sobre rieles fijos. Se le atribuye equivocadamente el invento a Evans cuando en verdad fue Cugnot quien puso la piedra fundamental de esta creación prodigiosa.
También sostenía que la incorporación de la locomotora al transporte de carga fue en realidad el comienzo de la era del ferrocarril y esto se lo debemos a Stephenson, un loco británico que fuera fogonero de una bomba de vapor de una mina, en un condado de Inglaterra.
Le gustaba recordar entre los interesados en el tema, el nombre de la primer locomotora que construyera Stephenson: La Rocket, que se traduce como cohete, en aquel histórico de 1830. Año que echó andar, recorriendo orgullosa la distancia desde Liverpool a Manchester. Allí se abrieron para siempre las compuertas de los trenes hacia todo el universo.
Nunca omitía en sus relatos ferrocarrileros que el primer ferrocarril que tuvimos los argentinos, nació cuando se firmó un acuerdo entre un grupo de comerciantes argentinos y la provincia de Buenos Aires, en enero de 1854, o sea tan solo veinticuatro años después de la Rocket de Liverpool, y que tampoco fueron los ingleses los que construyeron los primeros caminos ferroviarios en nuestro país. El 29 de agosto de 1857, época en que gobernaba la Argentina el presidente Urquiza, fue inaugurada oficialmente la primera línea. Remarcaba con agudos detalles que la primera estación se llamó Parque, que estaría donde hoy se levanta el teatro Colón y que después de pasar por Plaza Once, llegaba, en su recorrido de diez kilómetros, hasta Flores.
La compañía que lo construyó, decía, compró en Gran Bretaña una locomotora usada que había sido empleada en el sitio de Sebastopol, en la guerra de Crimea. Se llamó “La Porteña” y la pobre estuvo tirando vagones durante más de cuarenta años, ahora está descansando en el museo de Luján. En 1858 las vías llegaron a Ramos Mejía, al año siguiente a Morón y ya para 1860 estaban en Moreno, a 36 kilómetros de Parque. Al poco tiempo ni la cordillera detuvo el avance de los carriles de hierro. Los ingleses recién “compraron” o construyeron todos los ferrocarriles y lo explotaron como aves de rapiña, recién a fines del siglo XIX.
Le contaba a su amigo que el ramal ferroviario por donde iban en ese momento no pasaba por la ciudad de San Luis, sino ochenta kilómetros más al sur y que se construyó en 1907, veintisiete años después que llegaran las vías a la urbe puntana. Esto se hizo para evitar el gran esfuerzo que necesitan hacer las locomotoras, ya que la capital de la provincia se encuentra en zona de serranías y a una considerable altura. Fue realizado por un acuerdo entre ferrocarril Pacífico y el Gran Oeste Argentino y a partir de entonces los ferrocarriles de Cuyo comenzaron a tener importancia y mucha efectividad. Se llamó “Proyecto Goudge” porque administraba el ferrocarril “Buenos Aires al Pacífico” un empresario que se llamó James Goudge. Esta administración ganó mucho dinero llevando frutas en fresco de Cuyo a Buenos Aires. Usaban para conservarlas un rudimentario frigorífico en los sótanos de una galería construida por el ingeniero Emilio Agrelo, que hoy se llama “Galerías Pacífico”, en honor a la empresa ferroviaria que le diera tanto auge en aquellos primeros años del siglo XX. En este viaje te mostraré la galería, dijo entusiasmado Mario, está en Florida al 700 y es un verdadero monumento al arte, tiene misterio, magia, hechizo.
En Beazley, habían subido siete soldados y el coche en que viajaban solo tenía dos asientos libres, los cinco restantes fueron ubicados en butacas de campaña en el antebaño apoyadas sobre la puerta de la “cucha”, donde viajaba acurrucado Mario desde el río Desaguadero. El Pititorra intentó avisarle que los guardas ya habían pasado controlando los billetes. Imposible, los soldados continuaban estaqueados en el mismo sitio. Al detenerse el tren en Junín, el coche en que viajaban quedó frente a la oficina de la Policía Ferroviaria.
Mario que había estado todo el tiempo tratando que sus piernas no se acalambraran, no aguantó más y golpeando desde adentro pidió a gritos que lo sacaran del escondite. Cosa que pudo hacer con su cuerpo encogido y en cuclillas. Las dos piernas totalmente adormecidas y trabadas le impedían levantarse.
Cuando los soldaditos, inicialmente asustados, intentaron estirárselas ya que permanecían inmovilizadas, crujido de meniscos rotos mediante, Mario empalideció y una cascada de soldados acusadores entraron perforando sus retinas, acompañado del sufrimiento más intenso que jamás sintiera.
El corazón subió hasta la garganta, cerró su boca para que no se le escapara y las persianas de su conciencia cayeron en vértigos hasta el embudo final del desmayo salvador.
Con una minúscula lucidez, contemplaba la ciudad desde la terraza del Kavanagh, luego los tejados de su Buenos Aires querido, desaparecieron hasta el próximo cabildo.
Fuente: Oscar D’Angelo, La Cucha en Sucedidos, Mendoza, Ediciones del Canto Rodado, 1998.
Referencias:
[1] Sobre el último viaje de este “Tren Social” puede verse http://wwwcronicaferroviaria.blogspot.com.ar/2013/03/mendoza-hace-20-anos-partia-el-ultimo.html de donde se ha tomado la fotografía que ilustra la nota.
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