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Oct 25, 2015 Federico Mare Opinión Comentarios desactivados en Trelew 43 años después: Memoria a barlovento
¿Qué fue de la gloria que alumbró las frentes celestes en la fuga de Rawson? ¿Qué de los fusilados en la base naval de Trelew, pagando con sangre hasta el hartazgo la victoria de la libertad que pudo ser y no fue? ¿Habrá respuesta en la escritura, la palabra vivirá como un acto del que no se resigna? ¿El hilo de Ariadna nos ahoga o nos guía, o sólo es una marca en nuestra garganta?
La historia de nuestra historia crece a contrapelo, a contraolvidos y a contramuertos en la memoria que le gana la continua brega al cementerio.
Vicente Zito Lema
Sucedió el martes 22 de agosto de 1972, dentro de la Base Aeronaval Almirante Zar, cerca de la ciudad de Trelew, provincia de Chubut. En horas de la madrugada, dieciséis integrantes de las organizaciones guerrilleras PRT-ERP, FAR y Montoneros fueron brutalmente asesinados –ametrallados y ultimados con disparos de revólver– por un pelotón de soldados de la Armada Argentina, tras un intento fallido de fuga desde el Penal de Rawson.
Han pasado cuarenta y tres años desde la Masacre de Trelew. Cuarenta y tres años es bastante tiempo: las generaciones más jóvenes de la actual Argentina aún no habían nacido. Pero tampoco demasiado, al menos no para los parámetros de la conciencia histórica. De hecho, hay infinidad de argentinos y argentinas mayores de cincuenta años que recuerdan bien aquella tragedia en tierras patagónicas.
Muchos de ellos la recuerdan, eso sí, muy de vez en cuando, y de modo análogo a como recuerdan cualquier otra noticia luctuosa de su niñez, adolescencia o juventud: la avalancha de la Puerta 12 en el estadio de River, el desastre ferroviario de Benavídez, el terremoto de Caucete en San Juan, los crímenes seriales de Francisco Laureana… Sin ir más lejos, aquel mismo año de 1972, apenas dos meses después de los fusilamientos de Trelew, se produjo en el sur de Mendoza (Malargüe) la Tragedia de los Andes, el famoso accidente aéreo de alta montaña donde perdió la vida la mayor parte de los jugadores del equipo uruguayo de rugby Old Christians –como consecuencia directa de la colisión, o en la desesperada lucha por la supervivencia que sobrevino luego–.
Pero acordarse del ayer no es rememorar. Y lo que aquí y ahora se necesita, más que nunca, de cara a la utopía del mañana, es rememorar.
Toda mortandad humana es trágica, cierto. Más aún cuando irrumpe de la mano de la violencia homicida. Pero no siempre tiene el sentido político, la carga ideológica, la dimensión ética y las implicancias históricas de un liberticidio. La Masacre de Trelew fue una tragedia dolorosa, sin duda. Pero también, y sobre todo, un atentado nefando contra la libertad y todo lo que ella representa. Fue el crimen político de un régimen que, golpeado por la crisis abierta por el Cordobazo y otros estallidos similares ulteriores de protesta social, y devorado por la hybris de la «razón de Estado», vio en su consumación un perentorio acto de escarmiento y disciplinamiento. Porque las dieciséis personas que murieron aquella desolada madrugada de invierno, cobardemente asesinadas por los marinos del capitán de corbeta Luis E. Sosa, eran militantes de la revolución, y fue precisamente a causa de esa condición «subversiva» por lo que perdieron tan prematuramente sus vidas preñadas de sueños.
En Argentina, el terrorismo de Estado no se formó de la noche a la mañana. Y aunque está claro que recién a partir del golpe de 1976 se manifestó en toda su madurez y radicalidad, es innegable que, durante los años anteriores, hubo un crescendo de violencia represiva ilegal en el cual se fueron perfilando muchas de sus lógicas y prácticas al socaire de la llamada doctrina de seguridad nacional: la demonización de la izquierda como «enemigo interno» de la Argentina, la pretorianización de las Fuerzas Armadas, la justificación maquiavélica de la contrainsurgencia o guerra sucia como cruzada contra el comunismo internacional «apátrida», la infiltración de las organizaciones reputadas de «subversivas», las listas negras y la censura, el accionar impune de grupos paramilitares y parapoliciales, los atentados y secuestros, el encarcelamiento y la tortura, los asesinatos… Desde esta perspectiva más «evolutiva» del terrorismo de Estado –que evita concebirlo como un fenómeno de génesis instantánea–, la importancia histórica de la Masacre de Trelew difícilmente pueda ser exagerada, dado que en ella se preanunciaron algunos elementos cruciales del modus operandi procesista.
En efecto, aquella madrugada diecinueve presos políticos en completo estado de indefensión fueron sorpresivamente sacados de sus celdas y fusilados sin miramientos. Sólo tres sobrevivieron: Alberto Miguel Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar. No hubo ningún amotinamiento que permitiera pretextar «legítima defensa». Tampoco un juicio. Ni siquiera un simulacro de juzgamiento sin las garantías del debido proceso. ¿Cómo iba a haberlo si en Argentina no existía la pena de muerte y la Armada quería represaliarlos cuanto antes arrebatándoles la vida?
Alejandro Ulla, Alfredo Kohon, Ana María Villarreal, Carlos Alberto del Rey, Carlos Astudillo, Clarisa Lea Place, Eduardo Capello, Humberto Suárez, Humberto Toschi, José Ricardo Mena, María Angélica Sabelli, Mariano Pujadas, Mario Emilio Delfino, Miguel Ángel Polti, Rubén Pedro Bonnet y Susana Lesgart no son simples víctimas de una tragedia. Son, por sobre todas las cosas, mártires de la libertad. Y así deben ser rememorados por siempre, porque, como tanto le gustaba decir a otra recordada figura del panteón revolucionario, el anarquista Bartolomeo Vanzetti –un preso político condenado a muerte por un crimen que jamás cometió–, “la sangre de los mártires es la simiente de la libertad”.
Deben ser rememorados, bien digo –parafraseando a Walter Benjamin–, y no meramente recordados. Porque recordar no es lo mismo que rememorar. Y lo que aquí y ahora se precisa, más que nunca, de cara a la utopía del mañana, es rememorar.
Cuando el pasado irrumpe espontáneamente en nuestra conciencia, y sólo nos habla de cosas que hicimos durante nuestra trayectoria biográfica singular, simplemente recordamos. Pero cuando es nuestra conciencia la que sale deliberadamente a la búsqueda del pasado, y lo interroga con una intención genealógica, trascendiendo los estrechos horizontes de la existencia individual –es decir, creando un vínculo identitario con nuestros ancestros y con la comunidad toda a la que hemos elegido pertenecer–, entonces rememoramos. Recordar es bueno, pero rememorar es mucho mejor. Los recuerdos son la memoria pasiva de una existencia en sí; las rememoraciones, por el contrario, la memoria activa de una existencia para sí. Y la existencia para sí es la libertad.
* * *
Navegar a barlovento es navegar a vela en dirección contraria al viento, ofreciendo el menor ángulo posible. Se trata de una maniobra compleja, difícil, por medio de la cual la embarcación consigue avanzar trabajosamente en zigzag por el mar cuando el caprichoso Eolo sopla desde el mismo lugar hacia donde se ha puesto rumbo. Barloventear, navegar a barlovento, es, pues, navegar en la adversidad y contra la adversidad.
He aquí una buena metáfora para figurarnos cuán ardua es la labor de forjar una memoria subalterna de signo contrahegemónico en una sociedad capitalista y patriarcal como la actual, erigida sobre férreas relaciones de explotación y dominación, con enormes desigualdades en la distribución de la riqueza y del capital cultural. Esa memoria plebeya y subversiva, independientemente de sus contenidos concretos, será a barlovento o no será.
No hemos podido evitar que la oscura marea de la muerte, infinidad de veces a lo largo de la historia, arrasara las playas de nuestra libertad. Pero sí podemos evitar que su reflujo lo arrastre todo al abismo del océano. El abismo es el olvido. Lo que queda en pie después de la bajamar es la memoria. ¿Poco o mucho? Eso también depende de nosotros…
* * *
Damnatio memoriæ, «condena de la memoria». Así llamaban los antiguos romanos a un decreto del Senado en virtud del cual los muertos considerados hostes (enemigos públicos) eran sentenciados al olvido. Todo aquello que pudiera evocar al difunto (documentos, inscripciones, monumentos, imágenes, etc.) era sistemáticamente destruido o borrado, y hasta el propio nombre quedaba estrictamente proscrito (abolitio nominis).
Este severísimo castigo no es exclusivo de Roma. Otros pueblos también lo practicaron, como los egipcios. Para éstos, el nombre de una persona era mucho más que una convención social. Tenía una densidad ontológica muy difícil de aprehender desde nuestra cosmovisión occidental y moderna. El ren –así lo llamaban– era uno de los elementos metafísicos constitutivos del ser humano. Se lo podía modificar a lo largo de la vida –de hecho, ésa era la costumbre–, pero nunca debía dejar de ser pronunciado o escrito, pues si eso sucedía, la persona que lo portaba –lo mismo si estuviese viva o muerta, en este mundo o en el más allá– literalmente desaparecería. Nombrar, recordar, significaba preservar la existencia. De ahí la obsesión de los egipcios por dejar constancia, tanto en inscripciones como en papiros, del ren de todos aquéllos que, a su juicio, merecían seguir existiendo, en este mundo o en el más allá. De ahí también, por ende, la extraordinaria abundancia de cartuchos con jeroglíficos onomásticos. Inversamente, el olvido, la proscripción, que suponían un aniquilamiento radical, eran reservados por el Estado para quienes eran reputados de enemigos, como ocurrió póstumamente con el faraón herético Ajenatón, cuya reforma religiosa le granjeó el odio visceral del clero ortodoxo.
También los antiguos persas practicaron la damnatio memoriæ. En el siglo VI, durante la era sasánida, el emperador Cosroes ordenó erradicar por completo la memoria del profeta Mazdek, que –conforme al deseo de los poderosos y del propio soberano–, había sido ferozmente ejecutado por subvertir el orden social promoviendo la herejía y el comunismo entre las masas «incultas» y «resentidas».
La intuición de que ciertos olvidos son ex professo, de que a menudo la desmemoria constituye una acción deliberada y premeditadamente punitiva, transida de espíritu faccioso, ya la encontramos en la Grecia arcaica, por ejemplo, en la Teogonía de Hesíodo. La ninfa Lete, que personifica al río homónimo cuyas aguas causan amnesia en todo aquel imprudente que las beba, es hija de Eris, la diosa de la discordia. La disemia de su nombre ya lo dice todo: «Lete» (Λήθη) significa, a la vez, «olvido» y «ocultamiento».
Las implicaciones distópicas de la damnatio memoriæ fueron desarrolladas por George Orwell hasta el límite de lo imaginable en su novela 1984. En el totalitario estado de Oceanía –obvia alusión a la Rusia estalinista–, el Miniver (Ministerio de la Verdad), encargado de la propaganda oficial, no sólo oculta, tergiversa e inventa la realidad del presente, sino también la realidad del pasado. Diarios, libros, revistas, archivos y demás materiales impresos que se conservan del pasado, son reescritos una y otra vez desde el presente, desde las necesidades actuales del poder. Dos eslóganes sintetizan esta rudimentaria y pragmática filosofía al servicio del Leviatán: “la ignorancia es fuerza” y “quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”.
* * *
“De la escuela de guerra de la vida: lo que no me mata me hace más fuerte”, reza el célebre aforismo de Nietzsche. Por eso, pienso, siempre es preferible enfrentar la ignominia o el silencio amañados por los poderosos a claudicar con el olvido de sí. La elección es dura pero simple: voluntad o resignación, heroísmo o cobardía, dignidad (sin ella no hay indignación) o indignidad, autoafirmación o autonegación, Eros o Tánatos.
La amnesia es la peor de las opciones. ¿La memoria? Apenas el comienzo de un largo y arduo camino. Pero al final… al final está la gloria.
Pueden privarnos del goce de la libertad, cierto. Pero nunca de la dignidad de luchar por ella –en cuerpo y alma, con actos de nuestra voluntad y rememoraciones de nuestra conciencia– aun en la derrota. Hay allí, como bien supo advertir Camus, una razón de sobra para querer seguir viviendo.
Por lo demás, si es cierto –como tantas veces se ha dicho– que la libertad es la plenitud de la voluntad, entonces la adversidad es parte de la libertad, porque no hay plenitud de la voluntad sin lucha, ni lucha sin adversidad. Disociada del numantinismo, despojada de todo dramatismo y heroísmo, la autodeterminación se vuelve una abstracción fantasmagórica, una entelequia espectral completamente ajena a nuestra condición humana.
* * *
Hoy existen, sin embargo, sectores de izquierda que reniegan de los mártires de Trelew. Movidos por la pasión triste del fanatismo sectario, se preocupan más por demostrar los presuntos errores estratégicos de aquellos jóvenes fusilados, y por poner en tela de juicio –incluso– su valía revolucionaria, que por condenar la barbarie criminal de los cancerberos al servicio del status quo. Tanto ensañamiento en «refutar» a camaradas de lucha, tanto encarnizamiento en descalificar a compañeros y compañeras que dieron sus vidas por la causa socialista, revelan hasta qué punto algunos segmentos de la izquierda argentina se han apartado de la ética humanista de la fraternidad.
Hace ocho décadas, allá por 1934, poco después de que el gobierno español de Lerroux ahogara en sangre la Insurrección de Asturias, el escritor anarquista argentino Rodolfo González Pacheco escribió indignado, para una columna intitulada Con los rebeldes siempre, estas lúcidas y generosas líneas:
Nosotros, anarquistas, no podemos olvidar, ni aun en aquellos momentos en que una negra derrota nos llama a la prudencia, al hombre valeroso y arrojado que cayó por la Anarquía. No debemos extraer de su caída otra cosa que voluntad solidaria. Afirmarnos en su acción para volver a pararnos.
Decir que cayó porque fue iluso, o porque, imbuido de un entusiasmo teatral, sacó el brazo o el pecho más allá de esta línea o de aquella experiencia es, no sólo cantar al desánimo, sino algo mas feo: declararnos superiores. Derrotarlo más aún. Pegarle porque está caído.
[…] ¿Qué podríamos reprocharle? ¿Que su caudal de indignación y coraje es más hondo e irrefrenable que el nuestro? ¿Que el dolor le duele más y la injusticia le es más injusta? ¡Linda cosa!
Nunca tenemos más jefes y catedráticos que cuando estamos en el suelo. […] Los esperamos de vuelta para decirles, a los que llegan desangrados y deshechos, lo que alguien le dice a los obreros y campesinos de España: “la revolución perdió lo que tenía que perder”, que es decir: los que yacen en cementerios y cárceles por la intentona de Asturias, que revienten y se pudran por estúpidos.
¡Coño, sí! Hay que sacar lecciones de las derrotas; pero no de posibilismos y de consignas, sino de audacia y de conciencia. De solidaridad más firme con los caídos y de redoblada acción al lado de los que quedan.
Esta filosa reflexión que González Pacheco hiciera en torno a la militancia ácrata, nosotros podemos hoy –y deberíamos– extrapolarla, mutatis mutandis, a casi todo el arco del activismo revolucionario. Rememorar a los mártires de Trelew, más allá de cualquier disenso político de orden estratégico o táctico, es una exigencia ética ineludible, imposible de disociar del ideal socialista de fraternidad.
* * *
¿Cómo luchar por los ideales si no se lucha al mismo tiempo contra los olvidos? ¿Cómo prevalecer algún día si aquí y ahora, confinados en este oscuro laberinto del Minotauro, la memoria no guía nuestros pasos con su luminoso hilo de Ariadna? No hay manera, no parece haberla, al menos si hemos de concederle un poco de valor a la experiencia histórica atesorada. Esta es la certeza que palpita en Contraolvidos, uno de los más desgarradores poemas de Zito Lema:
Eingedenken es lo que se necesita: «rememoración» en sentido benjaminiano, «rememoración» como doble acto solidario de rescate-reparación y filiación-inspiración. Redimir las luchas del ayer en las luchas de hoy, y enraizar las luchas de hoy en las luchas del ayer (desarrollaré esta idea en otro ensayo que aparecerá en la próxima edición semanal de La Quinta Pata).
Nuestras utopías demandan memoria para persistir y crecer en medio de la adversidad de la barbarie. Y esa memoria, en el sufrido país que habitamos, no podría ser completa, plena, enteramente sí misma, si no albergara en sus anaqueles numantinos, debidamente aquilatada, la historia de la Masacre de Trelew: sus hechos, sus antecedentes, sus rostros, sus causas y consecuencias, y, por sobre todo, su profunda significación martirológica dentro del gran drama de la Argentina contemporánea.
Sin traicionar en absoluto el pesimismo de la inteligencia sabiamente reclamado por Gramsci, podemos aferrarnos a esta esperanza: nada ni nadie morirá del todo hasta que todas las generaciones actuales y venideras hayan probado las aguas del río Lete. Queda tiempo, pues, para redimir el pasado en el presente, y el presente en el pasado.
Optimismo de la voluntad. Confianza en la praxis. Ilusión de aurora.
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