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Mar 20, 2016 Eduardo Paganini El Baúl Nacional Comentarios desactivados en Una opinión sobre la literatura regional argentina
Ya sea para denominar a una corriente literaria o caracterizar determinado tipo de expresión local, el concepto de literatura regional fue manejado con frecuencia en aproximaciones críticas a las letras de nuestro país; genéricamente, sirvió para localizar una expresión que encontraba sus claves en un contorno inmediato. Esa idea trajo aparejada —muchas veces justificadamente— una imagen signada por estrechos localismos y notas pintoresquistas. Como un aporte al esclarecimiento de este tema que se presta a la polémica. Clarín “Cultura y Nación” recoge en una nota de Alejandro Tarruella la caracterización del concepto y la evolución de la literatura regional, la que se acompaña con una entrevista que él mismo realizara al escritor José Luis Víttori, mientras Juan Bedoian señala algunos aspectos significativos de las letras del noroeste argentino[i].
Mucha agua traspuso los cauces de los ríos, antes de que el variado mundo de la literatura del interior se estrechara en un mismo mosaico con las expresiones nítidamente urbanas, hasta conformar un sólido cuerpo. Hubo previamente que sortear cientos de obstáculos, que no eran sino el producto de toda una realidad socioeconómica, signada por una subordinación estructural que finalmente señalaba los rasgos de la relación urbano-rural. El mismo crecimiento de las ciudades interiores, el trazado de una caracterización propia y definida que comenzaba a actuar a manera de impulsor mecánico en todo el mundo cultural en el que se hallaba inmerso, influía poderosamente en el conjunto de la literatura,
Ese proceso de fusión perpetua, en el cual las corrientes surgidas al calor de las doctrinas filosóficas y políticas, son puestas a dura prueba por la historia, tiene un basamento localizado en todas aquellas expresiones que, paradójicamente, no se halla impresa en su totalidad y que se debe al folklore. Tanto el originario de la colonización, como el creado por las culturas autóctonas de América, con sus distintas gradaciones no siempre uniformes, fue estableciendo un destacado contraste ofreciendo una variedad de elementos que al ser reflotados sobre el tamiz de la creación individual dieron lugar a una rica literatura de proyección.
Los nutridos cancioneros populares de Juan Alfonso Carrizo abarcan un amplio territorio que incluye a expresiones de Salta, Tucumán, Jujuy, La Rioja y Catamarca, y culminan con los Antecedentes hispano medievales de la poesía tradicional argentina (1945), obra notable en donde se establecen las fuentes hispánicas de la poesía folklórica. Se suceden posteriormente el Cancionero popular de Cuyo de Juan Draghi Lucero (1938); el Cancionero popular de Santiago del Estero (1940) de Guillermo Terrera; el Cancionero quechua santiagueño (1956) de Domingo Bravo, que ofrece además la interesante faceta del bilingüismo, elemento trascendente dentro del terreno tradicional. También se inscriben en este espíritu Las canciones folklóricas argentinas de Horacio Jorge Becco (1960), y hasta una reciente recopilación de copias de Juella (“Estudio folklórico en una comarca argentina: Juella”, publicado en Jujuy Cultural” Nº 4 , (1975), que muestra la vigencia de manifestaciones que trascienden al tiempo.
En el terreno narrativo, seguramente Juan U, Ambrosetti, con sus Supersticiones y leyendas (1917), inició un periplo en el que se incorporaron posteriormente autores sumamente importantes que apuntaron a recoger un legado particularísimo, que de algún modo culmina con obras de especialización como Los cuentos folklóricos de la Argentina (1964), de la antropóloga Susana Chertudi. Ese complejo mundo cimentó parte de las experiencias que luego se plasmaron en una nutrida gama de expresiones de proyección, exhibiendo toda una estructura regional concreta y persistente.
Desde los Romanees del Río Seco de Lugones hasta las expresiones posteriores de los Dávalos, Atahualpa Yupanqui, Manuel L. Castilla y León Benarós, entre otras, la expresión tradicional dio lugar a un tiempo regional propio cuyos ecos perduran en la actualidad.
El tiempo americano
Claro está que todo ese fenómeno que impregnó la literatura del interior, inabarcable en cuanto a su totalidad creadora, fue en cierto modo la resultante de un proceso que sacudió por completo a Latinoamérica, “No debe olvidarse que quienes se hayan encomendado a la ardua tarea de hacer arte americano universal estarán arando en la tierra virgen —suponía hacia 1929 Alejo Carpentier — Hay que aquilatar el justo contenido de las tradiciones, elegir los elementos folklóricos más ricos en recursos, desechar los prejuicios, crear una temática apropiada… El anhelo de «hallar lo universal en entrañas de lo local» como quería Unamuno, le obliga a sostenerse sobre una cuerda tensa, situada en la frontera misma de lo local y Universal”.
Lo regional aparecía entonces corno una necesidad histórica, frente a una instancia en la cual la gran metrópoli vivía una realidad que hacía oscurecer un contorno específico cuya transformación, en el marco de un despegue económico, aparecía como una posibilidad remota.
“Cuando hablamos de literatura regional nos referimos a toda la producción literaria escrita en o sobre una determinada región del país —expuso Castelli—, especialmente respecto de lo urbano o porteño, y sin hacer distinciones respecto de las modalidades expresivas empleadas ni de los movimientos. En cambio hablamos de regionalismo cuando analizamos las obras que, localizables en un determinado período de nuestra evolución literaria, toman como concepción estética el cultivo deliberado de una temática vinculada al paisaje, con la vida y las costumbres de una región”[ii].
Fue Martiniano Leguizamón quien desde su obra Montaraz plasmó indirectamente las bases de un regionalismo nacionalista, tenazmente opuesto a la inmigración europea. Provisto de una historia personal que lo emparentaba con descollantes personajes de la vida de Entre Ríos, bosquejó una creación en la que predominan los matices nativistas e históricos que ocultan en su trama al hombre como sujeto esencial. Es así que la faz imaginativa no aparece jamás como un elemento propio de la creación. ‘tanto en Montaraz, como en Calandria, Recuerdos de la tierra y Alma nativa, desnudó el estrecho horizonte ideológico de su pensamiento, que se enhebra dentro de una trama en donde lo meramente literario y estilístico ocupa un lugar secundario.
En un polo opuesto se ubicó Alberto Gerchunoff, quien en cambio mostró en Los gauchos judíos la asimilación de la inmigración a la vida argentina de una comunidad judía.
El nacionalismo a ultranza demudó en una nueva instancia en la que floreció el ruralismo enfocado desde una lente realista que tuvo sus mayores exponentes en la narrativa de Benito Lynch, Fray Mocho y otros, tras quienes se incorporaron Payró, Juan Carlos Dávalos y aquellos narradores que observaron en esa temática la posibilidad de expresar al hombre del interior en su contraste.
Sin embargo la vocación localista careció en líneas generales del universalismo de Unamuno en especial porque el hombre aún no era el actor principal de los hechos. “Al escritor nativista, atraído por el pasado que procura actualizar —planteó el crítico Guillermo Ara—, le es permitido prescindir del hombre en su trágica dimensión viva y corriente”[iii].
Un lenguaje nuevo
Tras superar la etapa modernista, Horacio Quiroga desenvolvió el cuerpo de una obra catártica que lleva hasta las últimas consecuencias —quizás hacia una síntesis abarcadora y total—, el dramático conflicto del hombre frente a la naturaleza. En sus personajes, fuertemente impregnados de un acento regional en donde los colonos alternan con el lugareño, el hombre emerge tras una crisis vital hacia un instante en el que su protagonismo se sucede en atisbos dentro del gran conflicto básico. Los rasgos primitivos van plasmando sucesivamente una suerte de mitología diferente, que no se basa en lo tradicional sino, que se proyecta hacia la gestación de un nuevo universo creativo.
“Cada vez que surge un prosista —sentenció Octavio Paz—, nace de nuevo el lenguaje. Con él empieza una nueva tradición” [iv]. Y Quiroga parece haber alcanzado esos parámetros, dando lugar a una tendencia completamente novedosa, abierta hacia horizontes diferentes en donde la soledad y el abandono humanos cobraron otra dimensión, como si la historia se reinventara a partir de una simbología en la que afloraran seres lúcidos de su drama, su destino y su tiempo, percibiendo quizá su irrenunciable derecho a la vida.
Es sencillamente imposible enumerar la creación literaria regional en cada uno de sus exponentes, aunque es posible una tipificación en donde existe una mutación social enmarcada por un proceso histórico-político operado desde la década del cuarenta. La irrupción del hombre y su destino frente al paisaje va produciendo una paulatina integración que se basa en una constante maduración creativa, correspondiente al tiempo propio de una nación impulsada hacia el desarrollo, quizás un tiempo pausado cuyas articulaciones no se mueven como un conjunto compacto pero que en lo fundamental van diseñando un cuerpo afirmado. Ocurre cuando las urbes crecen desplazando, dentro del proceso de industrialización, al plano rural.
Los relatos, que devinieron de una cuentística que bien podría clasificarse por provincia y hasta por región, dan lugar hacia un mayor apego a la novela. Surgen de ese entorno particular momentos de suma importancia como El río oscuro de Alfredo Varela, vinculada a la vida de los hacheros del nordeste argentino, Los isleros y Campo arado de Ernesto L. Castro, ésta ambientada en zonas rurales. Una suerte de neonaturalismo realista, que capta numerosos adeptos, se afirma como una alternativa válida. “En la Argentina son legión los narradores realistas —señala Enrique Anderson Imbert—. Observados desde cerca, a cada uno se le ve una diferente marca de realismo: realismo ochocentista y realismo novecentista (y, dentro de este último, los expresionistas, los existencialistas, los socialistas, los neonaturalistas, etc.).[v] Frente al fenómeno inusual de la guerra, el ámbito interior y la búsqueda de sus claves aparecía como una opción que marcaba la necesidad de establecer una distancia.
El hombre protagonista
A principios de la década del sesenta, las áreas rurales acusaban una población que no llegaba a cubrir el 40 por ciento del conjunto del país. La influencia de la literatura norteamericana y de ciertas experiencias europeas (fundamentalmente existencialismo y el objetivismo) crecía con un vigor similar al del desarrollo urbano e industrial. Lo regional literario, como elemento propio de un sector determinado, se fundía a través de un alto grado de experimentación y profesionalismo en un mosaico en el que el papel del hombre cobrara ya esa dimensión totalizadora. Los límites de la creación se ensanchaban y se observaba la vigencia de obras como las de Juan Filloy y aquellos narradores que habían ya superado largamente las limitaciones localistas, entregándose a la experimentación y a la imaginería creativa.
Otros autores aparecerían nucleados en torno de una narrativa novedosa y plena de vitalidad respecto de un país lanzado a la búsqueda de una voz propia que, proyectada desde-su interior se uniera al destino del hombre dentro de un contorno en el cual el lenguaje iría cobrando una intensidad integrada definitivamente al mismo ámbito de Latinoamérica.
Referencias:
[a] Periodista argentino, contemporáneo.
[i] Tanto la entrevista a Víttori como la nota de Bedoian quedarán para futuras ediciones de EL BAÚL NACIONAL.
[ii] En el texto original no consta ningún llamado con el número 1 —comienza directamente con un 2—, de todos modos al pie del artículo se unen ambos llamados salvando así la omisión —seguramente originada en la tecnología de entonces del diagramado y armado, que se hacía a mano recortando y pegando fragmentos de hojas con las notas sobre papel pautado—. En el original dice: “ 1 y 2 “Aya (sic) [Ayala] Gauna narrador y poeta, art. Ayala Gauna y la Literatura Regional, Eugenio Castelli y otros; publicación del Instituto de Cultura Hispánica de Rosario, Ediciones Colmegna, 1970.”
[iii] Guillermo Ara: Líneas de nuestra evolución literaria, Comentario Nº 48, 1966. [Nota en el original]
[iv] Octavio Paz: “El arco y la lira; Fondo de Cultura Económica. 1967. [Nota en el original]
[v] Enrique Anderson Imbert: Historia de la literatura hispanoamericana; Fondo de Cultura Económica, 1957. [Nota en el original]
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