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Mar 20, 2016 La Quinta Pata Recomendada Comentarios desactivados en Limaduras de colores
Por Carlos Lucero
La condición esencial de este pueblo se confiesa, como tantos que germinan en esas sierras que se pintan con semerucos, en el privilegio de encontrarse en la senda que surcan brisas que esparcen brumas de fantasías con bordes de redención.
La gente que lo habita saborea esta gracia porque siente que forma parte de un horizonte que ha sido el modelo para su modo de ver las cosas y nadie piensa en mudar su crédito. Sin presentar discusión, consienten en ignorar ajenos intentos que aspiren a confinar las cosas en una única alforja. Síntoma que pudiera alejarlos de su tradicional aceptación.
Pudiéramos desprender por ejemplo, que el vientre de silencio de las casas de Sierralta abriga un encanto, que para sus moradores, ha adquirido un perfil que se integra en lo habitual. Ese estado solamente se afinca cuando se ha cultivado sin arrogancia ni alboroto, la auténtica sustancia que sobreviene en estos lugares donde prima la evocación.
La situación se me hizo palpable un mediodía de setiembre, cuando tuve que pasar horas en la sala de espera de la terminal de ómnibus de San Cristóbal. Se demoraba la salida de un transporte hacia Caracas y a mi lado se sentó una mujer de maneras finas que dijo llamarse Herminia Azcárate, nacida en Trujillo como la tercera hija de don Ismael.
Aburridos y cansados de esperar, iniciamos el deleite de un diálogo con una invitación a pasear por los alrededores, mientras buscábamos un sitio para calmar la fatiga que a esa hora se hacía sentir. En una clásica arepera al aire libre, nos sentamos para disfrutar la sabrosura de un par de marrones grandes que prontamente nos quitó el tedio del plantón. Aquellos minutos que compartimos, otorgaron la posibilidad de acceder a una de esas historias que mantienen para los extraños, alguna resistencia para aceptarlas. Sin preocuparse por ese detalle, ellas continúan, con pies de bailarín, desplegando sus andanzas en las alturas de estos confines de los Andes.
Según los recuerdos de doña Herminia, al promediar el siglo pasado, don Ismael Azcárate Sosa, hombre de historias intensas, y recién llegado del otro lado de la frontera, de donde debió levar anclas por razones de inconveniencia política, recorría las calles de Sierralta. En realidad toda la familia, caminaba junto a él, en busca de una morada que les facilitara un definitivo cobijo. La restricción de sus ahorros le obligaba a buscar un lugar mínimo, sin mayores ambiciones de edificación que contara, por lo menos, con un espacio suficiente para sus tres hijas, ya casi señoritas, su esposa y él.
Luego de recorrer varios distritos del pueblo, les llegó la noticia de que, hacia el lado donde se abre la salida al camino largo, se conservaba una vivienda sin ocupantes, que vendían a buen precio. Hasta el sitio caminaron juntos, presos de expectativa. No tardaron en dar con una casona algo antigua, de grisáceos tonos, pero entera y en buen estado. El lugar recostado junto a un verde valle, ofrecía la sencillez de tres habitaciones amplias y un gran patio que cobijaba naranjeros en producción, una palma datilera y dos o tres samanes en crecimiento. Dentro del huerto casi exánime, la virtud de un mango de sólido tronco invitaba a probar la exquisitez de sus frutos pintones.
Y se desata el destello en los ojos de Doña Herminia, cuando recuerda la primera vez que sus ojos percibieron los encantos de aquella propiedad.
La familia logró un trato sin inconvenientes mediante un encargado, formalmente autorizado para entregar un papel que les aseguraba su tenencia.
¡Unánime complacencia,…los Azcárate ya tenían donde hallarse, donde crecer juntos!
Las hijas se dedicaron con ahínco a ayudar a la madre en las tareas de limpieza y ordenamiento de su nuevo hogar, ornando con impronta femenina cada rincón del inmueble. Con la intención de alegrar las paredes, recuerda Herminia que su padre viajó hasta Cúcuta para buscar unos pigmentos que renovaran la tonalidad de las clásicas lechadas de cal con que la gente pintaba sus casas. Desde allí trajo unas envolturas de papel con limaduras solubles, de los tres colores principales que, con distintas proporciones le iría otorgando al básico blanco, matices de acuerdo con sus gustos.
La vida recomenzó con entusiasmo y perspectivas, especialmente para las niñas que disfrutaban retozando en la holgura de aquel huerto con flores y maceteros muy bien cuidados.
Antes de que se cumpliera un año de habitación, se registró el suceso que vamos a relatar a continuación.
Doña Herminia con expresión segura, asevera que dormía profundamente la familia y afuera, el patio recibía con placer, los reflejos de una luna que le otorgaba brillo a la calma del pueblo. Calculan que fue a eso de las tres de la madrugada cuando comenzaron a oírse chillidos y golpes sobre la fragilidad del techo de la casa. Aunque había comenzado de a poco, enseguida no se pudo aguantar aquella batahola producida por algo o alguien desconocido.
Eran sonidos confundidos que sonaban como un llamado lastimero de aves o como si fueran lamentos de personas. Parecía como si misteriosos animales lucharan y a la vez lloraran, provocando un alboroto que podía sentirse como una embestida al descanso familiar.
Don Azcárate no supo en un momento qué hacer, pero dispuso de coraje para defender a su familia.
Apretó los puños, respiró hondo y avanzó con paso firme hasta el patio desde donde echó una mirada hacia arriba de su casa. Quedó estupefacto al descubrir tres inmensos pájaros, de color muy negro, que batían sus alas como lo hacen las arpías, emitiendo gritos de dolor que erizaban los vellos de la piel a cualquiera. Caminaban sobre el techo y se topaban entre ellas, cayéndose y repitiendo el acto de manera torpe. En sus miradas casi humanas, se agitaba algo así como una súplica, y de sus picos no cesaba de manar un reclamo indescifrable que producía espanto.
El hombre advirtió la situación de apremio. Su memoria había retenido un incidente similar, contado en su niñez por su abuela…urgía entonces espantarlas, lo antes posible.
En una sola carrera reapareció adentro de la casa, se dirigió hacia el armario de las herramientas y ante la mirada aterrada de las mujeres, juntó varios puñados de aquellas limaduras colorantes, que mediante potentes enviones de sus brazos, hizo que se precipitaran sobre sus lomos y alas.
_Tomen, tomen,… si quieren más, vuelvan otro día. Ahora váyanse. Váyanse de aquí _ exclamó en tono enérgico.
Las aves, en siniestra demostración, exaltaron al máximo el nivel de sus chillidos. Al final, la visión desagradable de estos bichos se elevó en un esfuerzo de planeo, emitiendo alaridos que fueron de a poco, perdiéndose en la noche.
La impresión de espasmo que se había apoderado de la familia, continuó hasta el amanecer y durante todo el día los padres buscaron un consuelo que poseyera eficacia para menguar el susto de las muchachas.
En esta altura del relato, doña Herminia se interrumpe. Aclara que no puede evitar un dejo de desaliento al evocar las escenas que vivió de tan pequeña y con un gesto de discreción, pide disculpas.
Al beber otro sorbo, mira el pasar de la gente y continúa contando. Según ella, al cabo de una semana, el episodio que molestara a los Azcárate, se encontraba casi olvidado. Pero resultó que, a eso de las tres de la tarde del sosiego de un domingo, cuando la familia descansaba de su almuerzo, se escucharon golpes a la puerta de la calle. Una de las muchachas comunicó que una voz femenina preguntaba por su padre.
Don Ismael al buscar la entrada, se halló ante el primor de tres mujeres con arreglos de largos vestidos oscuros que se presentaron con extraña simpatía.
Déjeme decirle que mi padre se sentía preparado para este encuentro doña Herminia siente que debe aclararlo_ pero no pudo evitar sorprenderse por lo que vio_
Buenas tardes don Ismael…_con un tono de deleite _ con mis hermanas hemos venido a reclamar una promesa que usted nos hiciera días atrás, no sé si recuerda en la tersura del rostro de la mujer, resaltaba una sonrisa que se sostenía en la altivez.
De inmediato, el hombre comprendió el apremio de aquel reclamo y volvió con las pequeñas bolsas de polvos colorantes que les entregó con cierto aprieto.
_ Es lo único que tengo_ les aclaró sin depositar la vista en ellas.
Cada una fue tomando un envase con un agrado que se notaba.
Una se arrimó al azul, la otra al rojo y la última se hizo dueña del amarillo restante. a continuación se dispusieron para marcharse.
Mu, muchas gracias, do don Ismael se les oyó emitir en una ronda de voces seniles… y fueron ordenándose una detrás de la otra.
…la tarde había oscurecido de repente y las siluetas se disipaban… en un desandar de la calle, cuidándose de no tropezar en el declive. Ahí fue cuando mi padre las observó sin poder creer lo que veía
En cada una sobresalía el pronunciado arco de las espaldas moviéndose en pisadas enfermizas, como tratando de lograr un equilibrio, en un tambaleo, que se apoyaba en la rusticidad deforme de sus bastones.
Mi amiga quedó en silencio luego del relato. Por mi parte, no tenía palabras para comentar esa vivencia de Herminia. Solamente eché un largo suspiro que me brotó, tal vez de una honda aceptación de las cosas.
Me di cuenta de que era hora de la aparición del transporte. Miré hacia la entrada principal cuando arribaba, entre ronquidos y nubes de caminos, el esperado Expreso del Llano…
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