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May 14, 2016 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en ¿Alguien se acuerda del Gaucho Cubillos?
El primer texto que se cita aquí es el correspondiente al autor del libro citado como Fuente, don Félix Coluccio, importante estudioso de las culturas folk de nuestro país y Nuestramérica. El segundo texto aparece como Anexo en el mencionado volumen y es de autoría de Germán Pacheco, sin mayores datos de identificación ni de origen referencial.
Hablar sobre el Gaucho Cubillos es ingresar a ese espacio semi-histórico y semi-mítico donde quedan a flor de piel el choque de contradicciones entre las miradas institucionales y las comunitarias, esencialmente sobre sentidos otorgados al valor de la justicia, la propiedad, la solidaridad, el orden, la jerarquía, la ética, la legalidad y la legitimidad. Tan así es que se nos produce el curioso caso en el que la versión oficial aplaude a Robin Hood mientras desaprueba a los bandoleros rurales que nuestro suelo supo conseguir.
El Gaucho Cubillos (I) [i]
Nombre con que se conoce a Juan Francisco Cubillos, cuyas andanzas tuvieron lugar en la provincia de Mendoza, principalmente en la ciudad capital. Al parecer se trata de uno de los tantos casos de canonizaciones populares, cuya causa estriba en la muerte violenta acaecida a manos de la policía, ya que Cubillos, con “el noble fin de ayudar a los pobres, robaba a los ricos”. Había tenido varios encuentros, con distintas partidas policiales, venciendo siempre, hasta que una vez se le sorprendió mientras dormía y fue ultimado por dos guardias. A partir de entonces crece la leyenda, y hasta su tumba (levantada en el cementerio de Las Heras, vecino a Mendoza, en el que se encuentran en extraña confusión imágenes sagradas, crucifijos, fotografías de Pancho Sierra, etc.) acuden muchas personas que piden al Gaucho Cubillos interceda para resolver sus problemas materiales y espirituales. Testimonio de que a muchos les habrá otorgado lo pedido, es que las placas de agradecimiento son muchísimas, y que los lunes, días de ánimas, desfilan por la tumba personas de la más variada condición social y en silencio musitan oraciones adecuadas.
Una poesía anónima que circula por todo Mendoza y que se entrega a los que visitan la tumba del Gaucho Cubillos, dice:
El Gaucho Cubillos (II)
¿Quién fue el gaucho Cubillos? Unos lo llaman así. Otros, Cubillas, o Cuvillas, o Cubillo… Mitad de carne y hueso, mitad nacido de la imaginación del pueblo, es una de esas figuras legendarias que pueblan las fábulas y las narraciones del mundo entero; bandido romántico que robaba a los ricos para darlo todo a los pobres, defensor de humillados y ofendidos, que después de muerto realiza milagros por la sola fuerza de su bondad y dignidad. En Argentina, desde la Patagonia hasta el Altiplano, desde Misiones hasta las estribaciones de los Andes, leyendas como esta han estado corriendo de boca en boca, alentando la de los inocentes y la esperanza de los que saben esperar. En San Juan, la Difunta Correa; en Tucumán, Pedrito Hallao, la Brasileñita, Bazán Frías, al que mataron mientras huía saltando un tapial como Juan Moreira…
Cubillos nació a mediados del siglo pasado [se refiere al siglo XIX], en Mendoza. Y allí murió. Es decir, lo mataron. Damiana Vega oyó decir a su padre que era hombre manso, amigo de quien se acercara. Tenía mujer y dos hijos y vivía de lo que viniera. Un tiempo trabajó un campito; después anduvo en arreos de ganado a Chile y a Córdoba. Se llamaba Juan, como Bautista. Y Francisco, igual que el pobrecito de Asís. Como él, tenía también la mirada clara y una barba morena. Vivió en paz con Dios y los hombres hasta que la injusticia de estos le cayó encima: se había hecho de enemigos sin saber por qué. “Dentraron a perseguirlo”, como a Martín Fierro. Dejó casa, mujer e hijos. Y tuvo que pelear a la partida.
El padre de Damiana Vega contaba haberlo visto manejar el cuchillo.
¡Un relámpago, parecía! Zaz, zaz, y ya estaba el enemigo desarmado y pidiendo agua. Pero jamás mató a nadie, era un santo varón.
Pero la noche del 25 de octubre de 1895 alguien lo traicionó. Juan Francisco, que trabajaba en una cantera, dormía bajo unos árboles con el sueño pesado de los que ganan el sustento con el esfuerzo de su cuerpo. Dos sombras se le fueron acercando calladitas, con más miedo que otra cosa. Eran un par de infelices, dos “mandados” de la policía. Juan Francisco no tuvo tiempo de abrir los ojos. Los “mandados” lo cosieron a puñaladas.
—Se fue al cielo, derechito— murmura Damiana Vega. Así dicen también los versos anónimos:
“Ha muerto el gaucho Cubillos”, fue el grito que aquella noche corrió por los almacenes de campaña, por los ranchos y los caminos. Se reunieron los hombres para hablar del perseguido, del proscripto. Y en su imaginación lo hicieron más fuerte, más audaz y valeroso. Las mujeres, que lo lloraron esa noche y muchas noches, lo hicieron más hermoso, y bueno. Desde todos los rincones de la provincia, primero unos pocos, cada vez más y más, hombres y mujeres, vinieron hasta su tumba a rezar por él. Luego le dirigieron sus oraciones, pidiéndole ayuda y confortación. Y lo mismo hicieron sus hijos. Y más tarde sus nietos. Juan Francisco Cubillos, el ladrón bueno, se había convertido ya en leyenda, y cada año fueron más lo que creyeron en sus milagros.
Juan Francisco galopaba como sombra, como viento de las montañas, a través de los campos. Se escondía donde y como podía. Los que lo perseguían no pudieron verlo nunca a la luz del sol. Llegaban cuando todavía humeaba el fogón donde había hecho su asado, cuando el pasto parecía moverse aún bajo las patas de su caballo. Encontraban ceniza de su cigarro, una pisada. A él, nunca. Porque Juan Francisco estaba protegido por cientos, por millares de cómplices. Era ladrón, pero con nada se quedaba. Por ahí andan en boca de las gentes unos versos anónimos:
Pero la noche del 25 de octubre de 1895 alguien lo traicionó. Juan Francisco, que trabajaba en una cantera, dormía bajo unos árboles con el sueño pesado de los que ganan el sustento con el esfuerzo de su cuerpo. Dos sombras se le fueron acercando calladitas, con más miedo que otra cosa. Eran un par de infelices, dos “mandados” de la policía. Juan Francisco no tuvo tiempo de abrir los ojos. Los “mandados” lo cosieron a puñaladas.
—Se fue al cielo, derechito— murmura Damiana Vega. Así dicen también los versos anónimos:
“Ha muerto el gaucho Cubillos”, fue el grito que aquella noche corrió por los almacenes de campaña, por los ranchos y los caminos. Se reunieron los hombres para hablar del perseguido, del proscripto. Y en su imaginación lo hicieron más fuerte, más audaz y valeroso. Las mujeres, que lo lloraron esa noche y muchas noches, lo hicieron más hermoso, y bueno. Desde todos los rincones de la provincia, primero unos pocos, cada vez más y más, hombres y mujeres, vinieron hasta su tumba a rezar por él. Luego le dirigieron sus oraciones, pidiéndole ayuda y confortación. Y lo mismo hicieron sus hijos. Y más tarde sus nietos. Juan Francisco Cubillos, el ladrón bueno, se había convertido ya en leyenda, y cada año fueron más lo que creyeron en sus milagros.
Fuente: Félix Coluccio, El Gaucho Cubillos y Germán Pacheco, El Gaucho Cubillos, en Cultos y canonizaciones populares de Argentina, Buenos Aires, Ediciones del Sol, Biblioteca de Cultura Popular, 1986.
[i] Recordamos a los lectores que pueden releer otra versión publicada en El Baúl: http://la5tapata.net/historias-de-cada-uno/
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