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Jul 03, 2016 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Reflexiones en torno de H. P. Lovecraft
Una evocación del escritor mendocino Ariel Búmbalo, editor de la ya legendaria revista Diógenes, sobe sus lecturas juveniles de H. P. Lovecraft, arquetípico escritor del mundo siniestro.
El próximo 15 de marzo se cumplirán 70 años de la muerte de Howard Phillip Lovecraft, uno de los mayores escritores del género terror Fue creador de una extraña cosmogonía, tuvo discípulos y aún hoy es posible detectar su influencia.
A treinta años de la muerte del escritor norteamericano Howard Phillip Lovecraft— quiero dar aviso a los lectores sobre dos cuestiones que, si bien accesorias, hacen a la naturaleza del artículo. La primera es que, como ya debe resultar obvio y contrariando las recomendaciones del periodismo, voy a escribir sobre Lovecraft y su obra de un modo personal. Este me ha parecido el recurso más a mano para volver sobre las sensaciones e ideas que me provocó un autor que leí hace demasiados años. La segunda cuestión es hacer justamente una advertencia sobre lo añejo de esas lecturas, quizá con la aviesa intención de mi parte de, digamos, curarme en salud sobre posibles deslices de la memoria o imperfecciones de criterio que un lector atento podría detectar. Adivino que alguien estará preguntándose por qué voy a escribir sobre un autor que leí hace tanto tiempo. Y la única respuesta aceptable para ese planteo es que hay placeres que jamás se olvidan.
Leí la mayor parte de la obra de H. P. Lovecraft durante el segundo invierno del Proceso militar. En los años siguientes esporádicamente hice otros abordajes, cuentos dispersos de él y de sus principales seguidores: Derleth, Kuttner, Bloch. Pero nunca fueron lecturas tan ávidas y febriles como las de aquel invierno lóbrego de 1977. Aclaro esto porque desde entonces siempre relaciono al “maestro del terror cósmico” con el terror de la dictadura militar. Y me pregunto si no será por eso que hoy me cuesta tanto releerlo.
Si no recuerdo mal —y en esto vale la advertencia que hice renglones arriba— llegué a Lovecraft —como a tantos otros— por Borges. Más o menos para esa época, Borges había publicado El libro de arena, colección donde figura el relato There are more things. En ese cuento, Borges le rinde tributo al autor de Los mitos del Cthulu y resume en cuatro o cinco páginas las claves de su literatura. El clima ominoso y el horror ante la presencia de un algo que está ahí, que es superior a cualquier imaginación y fuerza humana, que tiene la vocación de arrasarnos y que jamás alcanzaremos a ver de manera completa. Borges tenía, no obstante, un juicio contradictorio sobre Lovecraft y en el comentario a ese cuento llega a llamarlo “parodista involuntario de Poe”.
Un dato curioso, ya que mencionamos a Poe, es que Lovecraft nació en Providence, Rhode Island, un estado ubicado en el extremo noreste de Estados Unidos, región que ha dado al mundo tres de los mayores escritores de relatos de terror: Poe, quien nació en Boston, Massachusetts; Lovecraft, de Providence, un poco más al sur; y Stephen King, nacido en Maine, bien al norte. Algunos comentaristas entusiastas hablan de un ecosistema muy propicio para los escritores del género: mucho frío en invierno, nieblas habituales, el mar y puertos melancólicos, bosques umbrosos, habitantes reservados. Si esta apreciación no es del todo cierta, en los cuentos de Lovecraft, al menos, ese es el ambiente.
Pero por qué Borges llama al autor de El color que cayó del cielo “parodista involuntario de Poe”. Para interpretar esta “gastada literaria” hay que recordar que Edgar Allan Poe, maestro absoluto del cuento de misterio y creador del policial clásico, escribía con un estilo algo recargado, que algunos llaman gótico, y ponía mucho énfasis en la creación de ambientes y climas. Lovecraft toma esa fórmula y la lleva lo más lejos que puede. Sus relatos son esencialmente ambientales y climáticos, y su escritura se regodea en las oraciones largas, llenas de repliegues y adjetivos fragorosos.
Pero entre Poe y Lovecraft están Freud, Darwin y Einstein. Es decir, Poe con todo lo suyo, que es mucho, es un escritor del siglo XIX, y el misterio y lo sobrenatural tienen en él resonancias propias de su tiempo. Mientras que Lovecraft ya es un autor del siglo XX y resulta imposible leer sus relatos sin pensar en las nociones de inconsciente, evolución y en una perspectiva del cosmos nueva. En Lovecraft los protagonistas no son los espíritus que no terminan de morir, los poseídos por un poder diabólico o los torturados por la muerte o la demencia, sino que el terror proviene del posible despertar o resurgimiento de monstruos que han estado agazapados por eones[i] en algún profundo repliegue de la Tierra. Nunca los hemos visto ni prestado atención, estuvieron siempre ahí, son anteriores a la especie humana, más poderosos, y ahora se preparan para volver. Lovecraft los llama a lo largo de sus cuentos “la Gran Raza”, “los Antiguos”, “los Shoggoths”. Cuando uno ve la reciente versión que hizo Spielberg de La guerra de los mundos (basada en la novela de H.G. Wells, otro gran escritor de más o menos la misma época) y se estremece ante la irrupción de esas formidables máquinas asesinas que vienen desde la tierra profunda y rompen el asfalto y los edificios de una ciudad, no puede dejar de pensar no en Wells ni en Spielberg sino en Lovecraft.
El autor de La sombra sobre Insmouth fue, como reconocen todos los artículos y estudios que se escriben sobre él, creador de una cosmología o saga mítica. De hecho su principal colección de cuentos se conoce como Los mitos del Cthulu. En esos textos, en novelas cortas e incluso en sus poco conocidos poemas (la colección Hongos de Yuggoth), Lovecraft elaboró una densa y sorprendente trama referencial, en la que, además, de la genealogía de la mencionada “Gran Raza” se pueden hallar citas de estudios y libros apócrifos, continuas menciones de autores ficticios e instituciones y ciudades inexistentes como la lóbrega Arkham o la Universidad de Miskatonic. Entre todas estas invenciones, la más célebre es sin duda el terrible Necronomicón, una suerte de Biblia de la “Gran Raza” escrita por el no menos conspicuo y ficticio árabe loco Abdul Alhazred. Las referencias a esa obra en los textos de Lovecraft resultaron tan eficaces y convincentes que, es leyenda, no pocos de sus lectores acudieron a bibliotecas y universidades en busca de un ejemplar del misterioso, inexistente libro.
Como he llegado a este punto en el que me es inevitable reproducir datos que son lugares comunes en cualquier artículo sobre Lovecraft, agregaré que hay una especie de territorio de fantasía en torno a la figura de este escritor, una “Lovecraftlandia”. Para no reproducir nociones que han sido visitadas tantas veces por otros, anoto aquí las más importantes de manera sumaria:
En fin, luego de este rápido paseo por “Lovecraftlandia” ya sólo me queda ir al asunto que, desde hace rato, percibo, puede ser lo más útil de esta nota y además su apropiado (y ansiado) final. Que es recomendar Lovecraft a quienes aún no lo hayan leído. Desde hace unos cuantos años a esta parte hay una especie de reflujo de la literatura fantástica, la ciencia ficción y el relato de misterio y terror. No es fácil encontrar Lovecraft en ediciones nuevas y las que hay son de muy baja calidad. A cambio de esta escasez en soporte papel hay una inmensa cantidad de material en Internet, los cuentos, novelas, poemas y ensayos en versiones completas para bajarse en formato pdf, más estudios y comentarios de toda clase y calidad. Basta con poner HP Lovecraft en cualquier buscador para recibir ese inmenso aluvión de horror cósmico.
Cada vez que se habla de la obra de Lovecraft se mencionan como sus mejores relatos El color que cayó del cielo, La sombra sobre Insmouth y El horror de Dunwich. Son muy buenos es cierto, pero si puedo introducir un gusto personal recomiendo encarecidamente Sueños en la casa de la bruja, En las montañas de la locura y un cuento breve que se llama El extraño. También un relato espeluznante de uno de sus seguidores: Las ratas de Henry Kuttner.
A los amantes del terror (no confundir con “terroristas”) que ya hayan visto varias veces todas las películas de terror japonesas hoy en boga y estén un poco hastiados de las películas yanquis y de Stephen King, les recomiendo la lectura de H. P. Lovecraft y les garantizo horas de emocionado agónico deleite. Es más, confieso que escribiendo esta nota hasta a mí me han dado ganas de leerlo de nuevo aunque me traiga recuerdos de los terrores nada cósmicos del Proceso militar.
Fuente: Ariel Búmbalo, El que paseaba en la oscuridad, Mendoza, Diario Los Andes, Suplemento Cultura, Sección Literatura, sábado 24 de febrero de 2007.
Referencias:
[i] Eón: período de tiempo indefinido de larga duración. || 2. En el gnosticismo, cada una de las inteligencias eternas o entidades divinas de uno u otro sexo, emanadas de la divinidad suprema. || 3. Unidad de tiempo geológico, equivalente a mil millones de años. R.A.E.
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