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Las marchas por el reclamo de justicia por los femicidios que ocurren casi a diario en la argentina han puesto sobre el tapete varios temas que desde hace tiempo se vienen planteando en distinto ámbitos pero que sin embargo no han tenido respuestas desde los gobiernos simplemente porque los rebasa. Es un gran quilombo cultural y político además, creo yo, el fondo de la problemática, a la cual hemos menospreciado en muchos casos, en otros adherido, y en menor medida analizado con más espesura. Escribo reconociéndome desde donde escribo: como un hombre que a los 48 años puede decir que “los hombres hemos fracasado”. Es decir, no puedo despegarme de mi condición de género para escribir como si fuera una mujer. Tengo los mismos prejuicios de muchos y la formación machista generacional en mi caso de tantos. Y me da vergüenza personal porque debo confesar que yo he sido también un cretino que no supe valorar a las mujeres. Esta aclaración la creo conveniente porque veo en las redes sociales y en los medios cómo los hombres se rasgan las vestiduras con el tema sin mediar el lugar desde donde se habla. Entonces, hablo como hombre y digo esto, hemos fracasado. Cada uno sabrá en qué aspecto pero con la frase quiero representar a un modelo de sociedad patriarcal que está en jaque mate. La cultura nos moldea y arrojados aquí en este mundo hacemos lo que nos dictan desde niños en la familia, la escuela, las instituciones y así actuamos. Es un parangón del capitalismo. El capitalismo por más poder y hegemonía que tenga como sistema mundial es un fracaso en sí mismo: es desigual, genera pobreza, aumenta la riqueza de una franja estrecha, invade países, y mata. El capitalismo mata como lo hace el hombre. El capitalismo golpea como lo hace el hombre, el capitalismo maltrata como lo hace el hombre. Ahí debemos reparar que muchísimas mujeres actúan de la misma manera, como hombres, mimetizándose y reproduciendo la mismas condiciones de maltrato y desigualdad en la familia, la escuela y las instituciones. Pero hoy hablar del movimiento de mujeres que sale a las calles a movilizarse por las muertes, desapariciones y denuncias es un tema para abordar con mayor complejidad. La última marcha en Mendoza fue la movilización más contundente de los últimos años en cuanto a ocupación de las calles por un sector de la sociedad. Mujeres de toda condición social, en general de clase media y baja que dijeron basta y fueron por todo. Con un gran poder de articulación política que permitió que en las calles estuvieran todos los sectores políticos e institucionales más allá de las internas que existen en distintos planos. Las mujeres juntaron 15 lucas en Mendoza. Y si uno repasa las fotos, los hombres no llegaban al 20 %. Ahí mandaban las mujeres. Un subsuelo sublevado con furia y contundente en las exigencias. Esto recién empieza. Digo, porque el empoderamiento de la mujer hace rato en la política, el trabajo, la familia y la escuela ya llegó, pero en las calles se empieza a dar de una manera inusitada. La mujer es por una cuestión antropológica el arraigo al suelo. Las que en las crisis se ponen al hombro a las familias y salen adelante. Las que empujan al marido o a la pareja a no dejarse caer, las que se ocupan de la vida y las que encima son maltratadas. Por nosotros. Los hombres. Aunque ellas maltraten también, las de perder la tienen ellas y no nosotros. La política no sabe muy bien qué hacer con esta ola que crece y crece en las calles como un mar bravío. Hay colectivos que se le suman y están emparentados por haber padecido y padecer el mismo sometimiento: el movimiento de la diversidad sexual. Tiene carácter de movimiento esto que sucede porque el mismo está atravesado por distintos sectores de clase y los reclamos se unen. Son ellas las que saben más que nadie que la legalización del aborto es una necesidad social y no una mera consigna progre. Porque digámoslo también, las mujeres más castigadas por el capitalismo patriarcal son las mujeres pobres. Las anónimas. De hecho la primer presa política bajo el macrismo es una mujer que viene de la miseria del norte diablo, Milagro Sala. Todo un símbolo de sometimiento. Una coya representante de miles de mujeres y hombres pobres que construyeron un movimiento paralelo al Estado para autogobernarse. Ahí le apuntaron y allí está Milagro Sala, presa hace 9 meses. Los partidos políticos van a la cola y solo llegan a mostrar su presencia con sus banderas, lo cual no está mal, pero no es de ellos la conducción. La conducción de este movimiento es horizontalizado y eso es lo que jode y pone incómodos a los acostumbrados a las conducciones verticales. Hasta los medios se tuvieron que sumar a la convocatoria, sin embargo le encontraron la fisura para deslegitimar la marcha por las pintadas que hicieron en la puerta de la legislatura y las piedras que algunos tiraron contra la policía. Les vino al dedo para estigmatizar al “vandalismo organizado que no es ni más ni menos que sectores opositores al gobierno”, según los escribas y el propio oficialismo. Lo que no ven es que la situación social no está dando para más. 13 millones de pobres en el país, millones de desocupados, indigencia, hambre, maltrato social e institucional en un país policial y militarizado. El amedrentamiento en todos los espacios públicos. No obstante, los que gobiernan no pueden dar nunca la cara a no ser que sea en actos empresariales, porque es para ellos que gobiernan y allí son bien atendidos. Pero en las calles no. Excepto (y destaco) la actitud de la vice-gobernadora Laura Montero que sí dio la cara y salió a hablar con los familiares y se bancó las puteadas de la muchedumbre. Cornejo tiene miedo de aparecer porque sabe que podría ser devorado. Por efecto dominó el nivel de tensión en las marchas irá en aumento porque la pueblada de mujeres ya se hizo dueña de las calles. Y cuando se gana la calle ya sabemos lo que pasa: se tuercen las decisiones oficiales por la imposición de la multitud. Y lo del vandalismo es una cuestión para mí menor, es parte de la bronca. El grito dispara.
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