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Oct 29, 2016 Eduardo Paganini El baúl Comentarios desactivados en Semblanza sobre Julio Quintanilla
Entre el manojo de papeles conservado en el Baúl al que hemos accedido merced a la gentileza de la Lic. Patricia Benito, se encuentra esta breve pero sentida evocación y semblanza del poeta Julio Quintanilla, realizada por el periodista y legislador mendocino Jesús González Lemos, destacado miembro de la vida política de Mendoza y amigo entrañable del poeta. Podemos sospechar que estas palabras han sido inspiradas en homenaje a la partida final del poeta. Su pluma se muestra idónea y experimentada en la tarea expresiva, lo cual enriquece por sí misma al valor documental de la obra.[i]
Año 1912, diecisiete de agosto, anticipo de jocunda primavera. Música de alas en las copas de los álamos alineados en las umbrías y amplias avenidas. Floresta embellecida por un sol deslumbrante para embrujo de las pupilas agostadas de desierto; espejo brujo de las primeras estribaciones cordilleranas, brazos abiertos para recibir en el viejo solar hospitalario al periodista que llega cansado de recorrer los largos y anchos caminos de la patria llevando a todos los lugares un mensaje de cordialidad espiritual. En el paisaje y en la ciudad única de las acequias cantarinas que reflejan el espíritu de una magnifica raza, surge la expresión singular a través de una alba camisa, de una moña negra, flotando, vestida de negro, de negro toda vestida, como para acentuar su divorcio de la alegría de vivir dentro de un marco de gente ahíta y materialista, Julio Quintanilla. Un artículo suyo publicado en mi diario Bandera del Pueblo, en Buenos Aires, fue nuestra presentación. Desde aquel día, un suspiro en la marcha acelerada del tiempo, se hizo sangre y espíritu nuestra amistad. Comunidad de ideas e ideales, pacto inviolable para servir siempre la causa del bien, de la belleza, de la justicia, de la solidaridad insobornable con los humillados, con los ofendidos, con los postergados.
Las recias contingencias del vivir pusieron algunas veces leguas de distancia entre nosotros, pero a través del tiempo y de la ausencia, sus hermosas y originales canciones y sus artículos periodísticos, verdaderas jaculatorias morales, sus discursos encendidos por la pasión política militante y por una fe inquebrantable en la renovación económica, jurídica y social que alimentó su espíritu hasta la última jornada, ratificaron el pacto de identificación moral. Para embellecer y dignificar la vida, dijimos un día, lo previo es desnudarse de ambiciones personales, despojarse del interés que a tantos que pudieron ser y dar les hace convertirse en Tartufos para alcanzar una efímera posición.
Julio Quintanilla, bohemio impenitente e insobornable, hijo del pueblo, carne y hervor de pueblo a quien el destino lo marcó para ser su intérprete, fue siempre fiel a su designio. La doctrina del Galileo fue antorcha que alumbraba y alumbró, hasta el postrer aliento, su ruta.
Él dijo en un dramático relato patriótico que publiqué en 1933, que «la gloria de los pobres no tiene cara y cuando la tiene se la comen los perros«. Se refería a un sargento que después de batirse heroicamente a las ordenes de San Martín en Maipú, Chacabuco y Ayacucho, asesinado en la calle la Cañada, hoy Ituzaingó y que se encontró muchos días después con la cara comida por los perros en un acequión.
Julio Quintanilla se fue a dialogar con las estrellas, sus eternas compañeras en sus horas de tremendas inquietudes la noche del tres de mayo del año del Libertador General San Martín, guía de su conducta moral. Quintanilla era además de un magnifico poeta y escritor un patriota enfervorizado de cuño heráldico. Para establecer su filiación total, definitiva, será suficiente recordar su inspirado himno a los Sesenta Granaderos que se ha popularizado en la república y en los países del continente. Pide para aquellos bravos paisanos «que han defendido nuestra Nación que los bendiga nuestro Señor«.[ii]
Pero el estro patriótico de Julio Quintanilla cobra acentos de universalidad cuando realiza su maravillosa composición a La bandera de los Andes; es la suya la más inspirada de los bardos argentinos de todos los tiempos. Y su poema teatralizado, Nuestra Señora de Cuyo, Patrona y Generala del Ejército de los Andes estrenada hace tres lustros en nuestro teatro Independencia, es la concreción estupenda de la epopeya que culminó con la libertad de medio continente.
Julio Quintanilla era una cosa espectral, espíritu puro al que nunca adhirieron cosas materiales. Había creado su mundo moral y su mundo estético. Desdeñó sistemáticamente todos los halagos de la fortuna, por todo ello resultaba un inactual. Su vida era la suya, exclusiva, absolutamente suya. Ni amenazas ni privaciones sin cuento le hicieron apartar nunca de su propia huella. Por eso sus versos amatorios y patrióticos así como sus innumerables canciones donde exalta el paisaje y las tradiciones mendocinas son inimitables. Así cuando canta con acento melancólico a su amada Mendoza primitiva sollozando sobre las cenizas de los últimos fogones de la raza huarpe, dice:»Entonces eran mías las pardas montañas, los rubios trigales y los manantiales que corren jugando con chispas de sol«.
Pobre de solemnidad, pobreza de su señorío espiritual nacida, fue multimillonario de la emoción. Julio Quintanilla contaba la vieja plata de la luna para subsistir. Enamorado de las estrellas y de las cosas más bellas como diría otro poeta de su parecida estirpe, fue al encuentro de todas las alboradas que fecundaron siempre su espíritu para sus luminosos partos. Estaba de tránsito entre nosotros, lejos de la vanidad pero adentrado en el alma del pueblo mendocino que ama su tradición.
Como el atormentado personaje de Alfonso Daudet, Julio Quintanilla fue distribuyendo por los caminos erizados de obstáculos do su medio siglo de existencia las pepitas de oro de su privilegiado cerebro hasta que se hizo la noche en el sol de su espíritu. Fue inmaterial en un mundo dominado por frenético materialismo, fue soñador en un mundo en que todos calculan, pero ha sido el más rico y el más feliz porque ha dejado amonedado el oro de su fecunda inspiración en canciones de hondo argentinismo y en recios poemas de nacionalidad que disfrutarán en herencia de bellezamuchas generaciones.
Fiel a su credo patriótico habría podido decir al abandonar su amada Mendoza:
Una de las primeras versiones grabadas de Los 60 granaderos con Agustín Magaldi en el canto:
Fuente: Jesús González Lemos, Recuerdo y presencia de Julio Quintanilla, bohemio impenitente e insobornable, hojas mecanografiadas.
Referencias:
[i] Puede verse en http://www.mdzol.com/opinion/474039-julio-quintanilla-el-mitico-poeta-de-nuestras-tradiciones/ el gesto fraterno y solidario durante la muerte del poeta Julio Quintanilla.
[ii] El autor aquí da testimonio que alimenta la polémica acerca la autoría de una obra que se atribuye tradicionalmente a Hilario Cuadros, con música de Félix Pérez Cardozo
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