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Dic 17, 2017 La Quinta Pata Recomendada Comentarios desactivados en Los estes y los otros
Ya no se les puede llamar señales. Son hechos concretos. Basta comparar al gobierno actual con algunos anteriores, de corte tiránico. Todos aumentaron desmedidamente las fuerzas de represión, compraron resmas y resmas de garrotes golpeadores.
Se parecen, algunos dictadores feroces y los estes, gobernantes de hoy, en los desmedidos aumentos de presión sobre la gente, manoteos de fondos para favorecer a sus acólitos de felpudas almas, actos de crueldad contra los que no pueden defenderse: jubilados, discapacitados, niños sumidos en la pobreza.
Son tan malos los estes, que superan al máximo perverso de la iconografía de los antiguos radioteatros: un villano capaz de apalear a una ancianita ciega y hemipléjica. Los esbirros de los estes van más allá. Reprimen a una manifestación, le pegan a un discapacitado, a una diputada nacional la patean, a un diputado le echan gas pimienta, meten preso a un indigente que no tenía nada que ver con la protesta, balean con dolorosos perdigones de goma, a periodistas, agarran a muchachos entre tres o cuatro, los retuercen, les restan aire, cruzándole desde atrás un brazo y tirando esa palanca con el otro: una tortura espantosa, pública y televisada.
Todo el país y una buena parte del mundo vieron esa represión argentina ordenada por el este que baila y sonríe y promete felicidad para todos. El único feliz es él y su corte de adulones que, apenas pueden, hablan de la futura vocación argentina. Consiste en “la nueva y gloriosa Nación” según el himno, tansformada por sus leyes y sus desmanes en un gheto de servil pobreza.
Desde sus lujos bunkers los estes vieron el despliegue de castigos propinados por uniformados. Y se reían. Eso, seguro. De no sentir esa contenteza, ese placer por el sufrimiento de quienes no son como ellos (esencialmente, son pobres, ellos, forrados en plata) sufrirían por esos humanos. Y solo con pulsar la tecla de un celular les hubieran impuesto recato a esos hombres de presa.
No fue así. Aparecieron motos con tiradores de proyectiles de goma, montados atrás, disparando sobre todo lo que se movía. Adentro, en el recinto de las leyes se ponía en marcha el mecanismo para condenar a los jubilados a más hambre, a más servicios cortados, a menos remedios. Lo peor, sentirse un inútil, un fracasado pleno. Toda una vida de trabajo para legarles a los estes un país digno dentro de su riqueza. Y al llegar casi al fin, en lugar de mínimos placeres, un poco de mar, asaditos, lindos regalos a los nietos, llega, empujada por cruel política, la nada. O casi. El sueldo se estira hasta el día 10, con suerte. Y sobrevienen los fiados, los pechazos a los hijos, a vecinos, para poder recibir al día 30 y sus diez desnutridos hijitos. Y empezar de nuevo. Y, peor que en el otro mes. Los estes son incapaces de detener la inflación. Los precios suben. Comer magramente cada vez es más caro.
No alcanzó el quórum para dañar más a los jubilados. Más, porque el este adicto a las danzas macabras, ya les sacó una millonada en bonos de creciente renta, ahorros para jubilaciones futuras. Se los vendió a un gaucho llamado Lewis, un invasor sin armas. Que adquirió una carretalada de hectáreas en el Sur. Más o menos como el filántropo Benetton, que con un desparramo de billetes en lugares muy bien elegidos, tiene un enorme feudo en Rio Negro. Ocupa tierras de mapuches, que viven en ellas antes de la llegada de los conquistadores españoles. La policía del lugar le es adicta. El comedor de spaghettis quiere echar a los aborígenes.
No llegaron al quórum para dictar una nefasta ley los estes. Afuera sus tropas gaseaban a hombres y mujeres, viejos y jóvenes. Metieron a dos diputados truchos, para aumentar el número de los suyos y fueron descubiertos. Un papelón internacional.
La presión no puede ser contenida con fuerza por siempre. Sigmund Freud daba un ejemplo: “Tomad un barril cerrado, vacío y deposítalo en un estanque. Ponle una mano arriba, húndelo. Llegará un momento en que la presión que ejerce el envase, levantará tu mano, tu brazo y el barril flotará nuevamente”
Los estes nunca leyeron al padre del psicoanálisis. De haber aprendido la fuerza de ese ejemplo no hubieran cometido el tremendo pecado de ordenar infringirles dolor, heridas, humillaciones, encierros a tantas personas. De mentalidades obtusas imagínense, meter dos diputados truchos en el palacio de las leyes. Seguro que están felices por las palizas, el despliegue de fluidos que cortan la respiración y agua coloreada repartida por unas tanquetas ridículas. Tanto, como esos apaleadores vestidos como guerreros de las galaxias.
Los gendarmes vinieron en más de cien micros chicos, más dos camiones. Las otras “fuerzas”, con varias camionetas 4 x 4 nuevas y motos de elevado costo. El gobierno ha gastado un dineral en mantener por un rato el barril debajo del agua. Es que resulta más cara la violencia que la paz. Luego les fracasó la puesta en escena de la ley para meter sus manos, en bolsillos de los jubilados. Saben que si siguen cometiendo graves gansadas la gente saldrá de nuevo a las calles, hará huelgas que pararán el país por largo tiempo. No advierten que eso ocurre por la presión a que someten a la ciudadanía, miles de desocupados, una fábrica de satélites argentina, de excelentes productos, vendida a extranjeros, las increíbles, absurdas, descomunales tarifas de servicios públicos, en Mendoza por ejemplo el gas, la abolición del Fútbol para Todos, en un país futbolero por tradición y amor (una cretinada) la puesta en marcha de un plan para vender, siempre a gente de afuera, la central de Atucha, la inminente privatización de Vialidad Nacional, el endeudamiento por millones de dólares en préstamos de montos siderales que ya ingresaron a las arcas de nadie sabe quién, deudas que acaso terminen pagando nuestros biznietos. La lista de graves hechos cometidos contra el pueblo es enorme. Todos los días pergeñan un nuevo atropello contra la ciudadanía, a algunas de esas trapisondas las llaman ajustes.
Tanto presionan que tienen que dilapidar fondos del Estado para vestir a esa suerte de SS, que deberían estar cuidando fronteras, dotarlos de armas y trasladarlos, para que le peguen a la gente. Son unos descastados represores. Lanzan gases, agua y palazos contra seres similares a ellos, pero sin esa predisposición al sadismo, algo que los identifica.
Y resulta que ahora el este de espantosos bailes quiere expoliar no más a los jubilados. Fracasó con su artilugio, esa suerte de multiplicación de los panes, en su caso, de diputados.
Será con un decreto de necesidad y urgencia, algo ilegal, traído de los pelos.
Si logra su cometido, otra vez, meterá el barril bajo el agua. Parece que es medio duro de entendederas. No aprende.
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