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Jul 29, 2018 Ramón Ábalo La Pata Semanal Comentarios desactivados en Sueños y utopías con Enrique Sobisch y su obra de luz y color
No fue el espanto, pero sí la bronca lo que nos acercó, lo que nos unió en una gran amistad. Bronca vital contra lo que percibíamos como abismo en el que se perdían los sueños y las utopías que nos cobijaban. Casi adolescentes todavía – en 1944 – y ya habíamos entrado en la vorágine de esos días que sepultaban la ignominia de la «década infame».
Nos metíamos de lleno – hasta las vísceras todas – en una acción que se parecía la política con un apasionamiento místico y reivindicativo de un país, de una Nación, de un pueblo al que le habían hipotecado hasta el alma. En nuestro imaginario revolucionario, con signo nacionalista, la lucha significaba la entrega total.
Con Enrique Sobisch, Astur Morsella, con Tejada Gómez, con el loquillo Coll, el Negro Castillo, el Domingo Politi, el Fernando Lorenzo, el Pardo, el Carlos Alonso, Carlitos Owen, Mario Padín, el Jorge Fornés, y nuestras musas, fuimos una porción de intuitivos luchadores por un mundo en el que se pudiera vivir como en esos sueños que nos transportaban a bucólicos territorios. Sueños que tenían también que ver con no menos acuciantes vocaciones del espíritu: la poesía, la pintura, la música, la escritura- . Fue Enrique uno de los primeros de nosotros que comenzó a transitar el esforzado camino de la creación, eligiendo él, sin titubeos, darle formas a la luz y al color. Sobre telas y cartones las carbonillas y los pinceles trazaban armónicamente sus ansiedades más profundas, envueltas en la trama dolorosa de ser joven, ese tiempo de los deslumbramientos y, simultáneamente, con igual intensidad, de la duda existencial de ser uno mismo, o ese otro.
Ello no obstaba para saborear el gozo cotidiano de la amistad, las largas tertulias y discusiones, los primeros escarceos amorosos, y eso que más no identificaba: la plenitud de nuestros cuerpos y el fervor de los espíritus. El mundo, la vida, era una totalidad que nos conmovía hasta el insomnio, que era nuestra forma de soñar: DESPIERTOS.
Amaba a los suyos, y en su alrededor, los amigos nos sentíamos atraídos como por un remanso. Es que sin mengua de su impetuosidad juvenil y vocacional, su tono humano se destacaba por el equilibrio de los gestos y las palabras, y fue quien menos gustaba de las discusiones altisonantes, la verborragia y la ampulosidad. Este era su exterior, y cuando manifestaba algún concepto, intervenía en las controversias o teorizaba sobre algún costado del arte, de la vida, se notaba que ello devenía de reflexiones que habían ahondado en su conocimiento y sensibilidad de ser humano y auténtico artista, creador.
Estuve a su lado como se está entre amigos auténticos, y por ello fui partícipe de un par de episodios más importantes de su vida. Uno de ellos, su amor y unión con Ninín, su compañera hasta la muerte. Tengo la certeza de esa amistad, tejida desde los primeros y mejores años de nuestras existencias, forjada al calor de las ansiedades y los anhelos comunes, esos que aún tenían el sabor y el color, el contento y el dolor de la ingenuidad y la inocencia; los desgarramientos del alma ante las primeras frustraciones y rechazos; el pudor en las confesiones mutuas, los silencios y las acciones.
Todos nosotros al tiempo lo consumíamos en la placidez de las tertulias, pero fundamentalmente afiebrados por dar formas a nuestros ímpetus y vocaciones, siendo ellos los signos más relevantes de nuestras existencias. Este tránsito en comunidad se prolongó, aún en la distancia, hasta lo inexorable.
Y, claro, Enrique un ser de carne y sangre, seguramente que tuvo sus flaquezas, sus errores, sus dudas, sus déficit, como cualquiera de nosotros, seres humanos al fin. Pero puedo asegurar, puedo jurar, que los rasgos de nobleza constituyeron la naturaleza de nuestra identidad, del ser, de todos y de Enrique en particular.
En la recordación de estas líneas me flagela la tristeza y el dolor por las ausencias, como la de Enrique. Aunque no tanto, porque la muerte es eso nada más: AUSENCIA, ausencia física. En lo mejor de nosotros reviven nuestros seres amados, espíritus luminosos, incorporados en uno desde siempre y para siempre.
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