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Abr 14, 2019 La Quinta Pata Género y Feminismos Comentarios desactivados en Acoso callejero
Plazas, peatonales, parques, bares, ciclovías para hacer ejercicio, paradas de colectivos y podríamos seguir nombrando lugares físicos por los cuales las personas circulan libremente…
¿Libremente? ¿Todas las personas?
El espacio público ha sido una zona que las mujeres han tenido que ganar a fuerza de transitar. Para ir al trabajo, a la universidad o a cualquier otro lugar susceptible de ser conquistado para el crecimiento personal. Siempre escoltadas por una garantía que diera cuenta de su virtud. Ya sea a través de una compañía masculina, una distinción de clase como un carruaje o por otras mujeres que resguarden su moralidad. Pues ella, la moralidad (la patriarcal), es un “regalo” del que no se puede disponer. No se discute, no se devuelve, no se cuestiona. Simplemente se exhibe como un don… o, si se transgrede, se padece con la persecución.
Mujeres trotando o caminando en circuitos deportivos; adolescentes yendo a las escuelas o a hacer las compras en el barrio; jóvenes viajando solas; de todas las edades esperando un colectivo o caminando al hogar después de un día ajetreado por los estudios o el trabajo, en fin; circular de un modo pretendidamente libre se puede volver hostil.
Los testimonios sobran. Basta googlear distintos medios que han tomado vivencias personales de mujeres para acceder a esa realidad naturalizada que da cuenta de los roses en los colectivos; de las miradas insistentes en las paradas de los micros; de las obscenidades dichas con absoluta impunidad en los recorridos habituales hacia el trabajo o hacia cualquier otro lugar de destino; de las palmadas en la cola robadas a la inocencia de los primeros años, los comentarios no pedidos sobre los propios cuerpos. En fin de todos aquellas situaciones que provocan angustia y humillación y, que si pidiéramos más ejemplos, ellos se multiplicarían por miles. Basta ser mujer para saber que tus amigas te dicen: “avisa cuando llegues” o para saber que alguien “te va a ir a buscar a la parada”.
Un cuerpo no se acostumbra a ser invadido por miradas y comentarios ajenos, más o menos violentos, en todo caso nunca pedidos y volviéndose cotidiano desde los 11 o 12 años hasta dejar de ser “atractivo” para los invasores de los espacios personales. Sobran las demonstraciones, a fuerza de seguir caminándolo, que el espacio público se rinde ante el propio deseo de las mujeres que se resisten a relegarlo. Que brillan en las conquistas propias y colectivas; actuales y de las ancestras que supieron conquistar la intimidad en un cuarto propio, en la ciencia, las artes, el trabajo dependiente, la política y la justicia.
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