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Mar 23, 2014 La Quinta Pata Mendoza Comentarios desactivados en Julio Castillo, mecenas, escritor, amigo
Llamado también “As de Bastos” (Armando Noceda Armani) “El Loco” era un romántico orate que se ataviaba con una sábana por él decorada con vivos colores, Colgaba su vista del cielo y discutía con Dios. Le pedía explicaciones acerca de las injusticias del mundo. Jugaba “picaditos” en plena calle San Martín con el Víctor Legrotaglie y otros futbolistas. Cabeceaban la pelota amarilla número 5 que siempre llevaba consigo, además de la pata de mesa, una suerte de báculo, una especie de ornamento ceremonial. “El loco del palo” autorizado a usar el sillón de los grandes clientes de la lujosa sastrería “Jomir” de Galería Tonsa. Plástico autodidacta, con sueltos trazos y mucho colorido, pintaba en menos de un minuto cuadros abstractos de pequeño formato y se los regalaba a Julio, ser al que quería y visitaba a diario. El Negro le dispensaba, además del desayuno, sus vigorosas palmadas y reían juntos como dos niños.
Vasto curriculum de buen tipo. No es casual que grandes artistas le brindaran su amistad, como Julio Le Parc, Guayasamín, Carlos Alonso. Logró que esos plásticos vinieran a Mendoza con muestras. Así fue como apreciamos el arte cinético de Le Parc al que solo conocíamos a través de imágenes. Y nos maravilló el talento de Alonso. El americanismo de Guayasamín
Uno de sus amigos, Donato Cirasino, dice sintéticamente de Castillo “Fue un rey” El, desde la cercanía, sabía de las cualidades de un soberano bueno, generoso.
Dos elementos nefastos cayeron sobre Julio: según Donato, brevemente, sin dar más detalles, dijo al pasar que la muerte le llegó antes de tiempo por la conjunción de maldad y traición. Algo se sabe. Fue asaltado dos veces. Una, al volver a su casa, en los jardines del Barrio Cívico. Lo golpearon con un elemento contundente en la cabeza causándole una grave lesión, todo eso para sustraerle una campera. No hacía falta lesionarlo. La maldad.
Con la magra mensualidad de la Distinción Sanmartiniana, otorgada por méritos, vivía pobremente. Decidió desprenderse de dos obras importantes de su pinacoteca, un Alonso y un Polesello. Fueron vendidos en Buenos Aires y recibió como pago 30.000 dólares. Buena gente, confiado como tal, comentó en un ambiente determinado, insospechable, la posesión de ese dinero. Al día siguiente dos sujetos de civil lo empujaron cuando abría la puerta de su vivienda. Le preguntaron directamente por los dólares. Les dio el dinero a los dos masculinos. Uno de ellos le abrió la cabeza a ese hombre bueno e indefenso con un feroz golpe asestado con una pistola. Cayó al suelo desmayado y despertó horas después en el medio de un gran charco de sangre. La traición.
Acaso un médico podría decir si esas dos crueles heridas desembocaron en la enfermedad que lo abatió. O no.
Dramaturgo y narrador. Escribió la obra “Cúneo o la inmolación de la poesía” representada en el Teatro Independencia bajo la dirección de Yiyo Facio como homenaje a su gran amigo Víctor Hugo Cúneo quien murió quemado al estilo bonzo. Ediciones Culturales tiene en carpeta para editar “Marco Solo” una excelente novela de Julio.
Para quienes lo conocimos nos queda flotando ante nuestros ojos su carcajada, su gran sentido del humor, capaz de reírse hasta de su persona: “Le conté a Fernando Lorenzo” (poeta, dramaturgo, actor, dueño de una ácida ironía) “que Carlos Alonso me había hecho un retrato a la carbonilla…y me dijo: ¿Y con qué te lo iba a hacer?”
Los que recién ahora se enteran de que existió sabrán que fue un artista. Vivió como tal. Un mecenas que sólo claudicó cuando otra felonía, previa a las dos veces que le partieron la cabeza, fagocitó la mayor parte de sus bienes. Los pintores a los que ayudó le regalaron obras. Algunos, signados por el éxito desde hace mucho, como Alonso, Guayazamin, Le Parc, grandes maestros como Orlando Pardo, sintieron orgullo que “El Negro” colgara sus telas en el pequeño living de su casa. Y no faltaron quienes ensuciaron el rol benéfico que Julio cumplía. Afirmaron que a los pintores les cambiaba telas por pizza. De ese modo las larvas denigraban la encomiable labor de ese querido hombre. Y ofendían a los plásticos. No sorprenden esas maledicencias. Cada tanto surge algún intoxicado que le niega, por ejemplo, a un ex preso político su paso por una prisión. Claro que no dicen (no pueden decirlo) qué hacían ellos con sus vidas el 24 de marzo de 1976.
Con Julio prevalecerá la importancia de su entrega al arte, la amistad, acompañada de ayuda para quien la necesitaba, el amor que sintió por mujeres a las que nunca olvidó. Sus gestos colmados de energía y cariño. Su risa.
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